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Descripción colonial, libro primero (1/2)

CAPITULO XXXII DE LOS OBISPOS

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En este breve tiempo, como acabamos de decir, han salido deste convento siete obispos, y tres casi á un tiempo juntamente, en lo cual excede á todos los conventos, no sólo de nuestra Orden, pero de las demás en España y fuera de España, porque á conventos de muchos años fundados no ha sucedido otro tanto. El primero fué el reverendísimo fray Tomás de San Martin, de quien tractaremos arriba y trataremos algo más cuando escribiéremos los obispos que en este reino he conocido; primer obispo de la ciudad de La Plata, el cual obispado concluia en sí, entonces, todo el reino de Tucumán y la provincia de Santa Cruz de la Sierra.

El segundo, el reverendísimo fray Domingo de Santo Tomás, de la misma ciudad; el tercero, el reverendísimo fray Alonso de la Cerda, primer obispo de Puerto de Caballos [23]. El cuarto, el reverendísimo fray Alonso Guerra, primer obispo del Rio de la Plata, y despues de Mechoacán, ó Yucatán; el quinto, el reverendísimo fray Francisco de Victoria, primer obispo de Tucumán. Estos tres señores obispos son hijos deste convento, y todos tres se vieron obispos junctos en su casa, y su madre, que es esta casa, los vió todos juntos en ella. El sexto, el reverendísimo fray Antonio de Ervias, obispo de Cartagena, en el reino de Tierra Firme.

En un mismo tiempo sacó Su Majestad para obispos, estando todos tres presentes, al reverendísimo fray Alonso de la Cerda, fray Alonso Guerra, fray Antonio de Ervias, en lo cual, aunque hizo mucha merced á la Orden, sirviéndose della, á nosotros, llamo á nosotros los que acá estábamos y tomamos el hábito, la hizo, pero dejónos sin canas que nos gobernasen, lo cual hasta hoy sentimos; no me acuerdo haber leído que de un convento tres personas tales á un mismo tiempo se hayan sacado para iglesias, como deste nuestro de Los Reyes. El séptimo y menor y más indigno de todos soy yo, á quien la Majestad de Dios levantó á obispo de la Imperial, reino de Chile, y espero en Nuestro Señor se han de sacar más.

Demás destos señores obispos, ha hecho nuestro Señor merced á nuestra sagrada religion en nuestros tiempos, dándole en estas partes varones apostólicos que con mucho celo del servicio de nuestro Señor y de las ánimas han predicado á los naturales la ley evangélica, con claro ejemplo de costumbres y vida. Uno dellos fué el padre fray Melchior de Los Reyes, que por muchos años se ejercitó en este ministerio y murió en este convento de Los Reyes y se enterró en el capítulo, donde es costumbre enterrarse los religiosos nuestros, y abriéndose su sepultura á cabo de siete años y más, se halló su cuerpo entero y los hábitos y capa de anascote, sin lision alguna, y esto el señor arzobispo de México, Bonilla, visitador de la Audiencia Real, lo vió, é yo tambien, y todo el convento, queriendo echar en aquella sepultura otro religioso difunto.

En esta misma sala de Capítulo se halló otra sepultura con otro cuerpo, del padre fray Domingo de Narvaez, hijo desta nuestra provincia, buen religioso, entero, con todos sus hábitos y capa de anascote, sin lision alguna. Este religioso se habia ocupado en doctrinar los naturales deste reino con gran llaneza y sinceridad.

El padre fray Cristóbal de Castro, gran siervo de Dios, celosísimo de la conversión de los naturales, de clarísimo ejemplo y abstinentísimo, murió en su oficio loablemente. A este religioso, los curacas del valle de Chincha, donde por la mayor parte vivió ocupado en este ministerio, le ofrecian un navio cargado de oro y plata, y jamás se pudo acabar con él recibiese un grano, y haciéndole fuerza los curacas á que tomase alguna cosa, jamás lo pudieron acabar con él, ni para sí, ni para la Orden, ni para hombre viviente. Lo que hizo fué decir á los curacas hiciesen un cáliz de oro para su iglesia, como lo hicieron, y fué el primer cáliz que se hizo en el Pirú; á cuya sancta emulacion los curacas del valle de Lunaguaca hicieron para dos iglesias suyas en cada una un cáliz de oro, que yo he visto y dicho misa con ellos.

El padre fray Benito de Jarandilla, verdadero hijo de Santo Domingo, el cual por más de cuarenta años, en el valle de Chicama, cinco leguas de la ciudad de Trujillo, se ejercitó en la conversión de los naturales sin salir de aquellos valles, donde vivió con admirable ejemplo, así para con los naturales como para los españoles, y deprendió muy de raíz la lengua de los indios pescadores de aquel valle, que es dificultosísima de aprender. Los naturales le tenian por un hombre sancto, porque le vian guardar con mucho rigor su profesion, como verdadero hijo de Santo Domingo, y dicen dél que como le viniesen á llamar á cualquier hora de dia ó de noche, para confesar algun indio enfermo que viviese de la una parte ó de otra del rio, que en tiempo de aguas no se deja vadear, que es en verano, no temia el rio y en un macho en que andaba lo vadeaba, y los indios decian iba caminando por cima del agua. Acabó sus dias, llenos de buenas obras, con buena vejez.

El padre fray Baltasar de Heredia fué un religioso esencial, el cual, aunque no se ocupó tanto en doctrinar á los naturales, viviendo en conventos de pueblos de españoles se ejercitó en obras de mucha virtud y de gran caridad; es fama que le hallaron muerto hincado de rodillas en una chácara de la ciudad de La Plata, aviándose para venir al reino de Chile por vicario provincial y visitador, por tierra: lo cual este varon religioso acetó con gran humildad, aunque el trabajo y riesgos de tierra, caminos, rios é indios de guerra, por donde habia de pasar algunas veces, eran notables.

El padre fray Antonio de Figueroa, hijo deste convento, fué un varon religioso y muy esencial, gran trabajador en las cosas de la comunidad, muy libre de cualquier interés humano; para consigo riguroso y paupérrimo, pero las cosas del culto divino deseaba, y de la sacristia, que fuesen riquísimas.

Fué muy muchos años subprior deste convento, con mucho ejemplo de vida y costumbres.

Fué mi maestro de novicios, á quien debo más que á mis padres. Cuando á este gran religioso, por su virtud y trabajos y ejemplos, se le habia de mandar descansase, quitándole la carga del cuidado del convento, le mandó la obediencia ir á España á negocios de mucha calidad de la Orden: lo acetó con mucha humildad y se puso en camino, y llegando á Cartagena, de Tierra Firme, le llevó nuestro Señor para sí con una muerte como habia vivido; finalmente, murió obedeciendo.

Cuando llegó la nueva cierta de su muerte cayó tanta tristeza sobre todos los religiosos que en él viviamos, y cuando se le hizo su sufragio, que no osábamos mirarnos los unos á los otros: tanto era el amor que le teniamos, porque á casi todos nos habia criado y habia entonces en el convento poco menos de ochenta religiosos. A todos estos padres conoscí y traté mucho y no hablo sino de vistas.

Otros más ha habido buenos religiosos; empero éstos, conforme á lo que dellos conosciamos, son los más aventajados que para estos defectuosos tiempos son afamados.

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