CAPITULO XCIX DE LOS CHIRIGUANAS Y SUS CALIDADES
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Los indios Chiriguanas viven muy cerca destos valles, en unas montañas calurosas y ásperas por donde apenas pueden andar caballos. No son naturales, sino advenedizos; vinieron allí del rio de la Plata; la lengua es la misma, sin se diferenciar en cosa alguna. Son bien dispuestos, fornidos, los pechos levantados, espaldudos y bien hechos, morenazos; pélanse las cejas y pestañas; los ojos tienen pequeños y vivos. No guardan un punto de ley natural; son viciosos, tocados del vicio nefando, y no perdonan á sus hermanas; es gente superbísima; todas las naciones dicen ser sus esclavos. Comen carne humana sin ningun asco; andan desnudos; cuando mucho, cual ó cual tiene una camisetilla hasta el ombligo; usan pañetes; son grandes flecheros; sus armas son arco y flecha; el arco tan grande como el mismo que lo tira, y porque la cuerda no lastime la mano izquierda, en la muñeca encajan un trocillo de madera, y allí da la cuerda. Pelean muy á su salvo, porque si les parece el enemigo les tiene ventaja, no acometen. Pocas veces con nosotros pelean en campo raso, si no es á más no poder, y si les parece han de perder un chiriguano, no acometerán; son grandes hombres de forjar una mentira, tardan mucho tiempo en ella, y enséñanla á todos, de suerte que los niños la saben, y si se les pregunta no difieren de los mayores, particularmente para engañarnos, como adelante diremos. Si han de ir á la guerra es por órden de las viejas, que les traen á la memoria los agravios recibidos, y los afrentan con palabras llamándolos cobades, borrachos, ociosos y flojos. Entre estas viejas hay grandes hechiceras, y hállanse en ellas las pitonisas que dice la Escritura, en cuyo ombligo habla el demonio. El mayor de los pueblos es de cinco casas; lo comun es de tres; mas son muy largas, de más de 150 pasos, á dos aguas, con estantes en el medio sobre que se arma la cumbrera, y de estante á estante vive una parentela. Con los indios que más enemiga han tenido son con una provincia que cae á las espaldas destas montañas, tierra llanísima, falta de agua, que se llama los Llanos de Manso, ó la provincia de los Chaneses; destos, que es gente desarmada, aunque bien dispuesta, de mejores rostros y más bien inclinados que los Chiriguanas, se han comido más de 60.000, y no creo digo muchos, porque aquellos llanos eran muy poblados; agora no hay indios sino muy pocos, y como no tienen quien los defienda, es la carneceria desta bestialísima gente. Son tan subjectos á los Chiriguanas, que en viéndolos no hay más que sentarse, sin resistencia alguna, para que el chiriguana haga dél lo que quisiere; tráenlos como ovejas en manadas; comen los que se les antojan, de los demás se aprovechan para el servicio de sus casas y sementeras. Cuando se quieren comer alguno no hay más que decirle se vaya á lavar al rio, lo cual hace sin replicar; viene desnudo; mandan á sus hijos tomen los arcos y flechas, y el pobre chanés en una plaza huyendo de aquí para allí de las flechas, sin se atrever á salir della, de los muchachos es flechado y muerto con gran alegria de los que le miran; le hacen pedazos y se lo comen, ó asado, ó cocido con maíz y mucho ají. De los que ven valientes y de buenos cuerpos, aprovéchanse para la guerra; hácenlos á sus bárbaras costumbres y cuando han de pelear pónenlos en la delantera, y si no pelean bien, fléchanlos por las espaldas. Es gente traidora y que no guarda palabra, porque como dijimos, no tiene un puncto de ley natural, ni cosa de policia; es poca gente; no llegan á 4.000 indios de guerra; la aspereza de la tierra en que habitan les ha sustentado tanto tiempo contra los españoles; en ella hay rios grandes, poco temidos destos, por ser grandes nadadores. Los rios llevan sábalos, armados, bagres y otros peces los cuales pescan desta suerte: al verano echan un pedazo del rio por otra parte; quedan los peces en el brazo del rio desaguado; en agua hasta la cinta, entran en ella con sus arcos y flechas, allí los flechan, y el que se escapa de la flecha, las mujeres van detrás con unas redes en que caen. Son tambien astutísimos en cazar ó enlazar las víboras, las de cascabel; éstas comen, y cuando un chiriguana halla una dellas y la mata se la echa en el hombro y se viene muy contento á su casa; cómenlas desta suerte: córtanles la cabeza, con dos ó tres dedos más, y otro tanto de la cola; luego la desuellan y hecha trozos ponen encima de las brasas, y así asada con ají la engullen; oí decir á dos personas fidedignas que las habian visto asar, y que olía la carne como si la hobieran lardado con muchos olores, porque al olor de una que asaban sus yanaconas en su chácara, salieron de casa á ver lo que era y hallaron los indios chiriguanas en una gran candelada asando una para se la comer. Toda la tierra que habitan es fértil de muchas víboras de cascabel y de las pequeñas que habemos dicho; hay otras culebras grandes de más de tres varas; éstas no pican, pero en viendo al hombre abalánzasele, cíñele por el cuerpo y luego con una espina acutísima que tienen en la cola es cierta al sieso por donde la meten, y desta suerte le mata, y luego se lo come. Hállanse lagartos de sequera, el cuerpo de una vara y más, sin la cola, que es poco menos; éstos acometen á un muchacho y se lo comen. En Tucumán vi uno destos, como diremos cuando tractaremos de aquella tierra. Entre los árboles tienen muchos cedros, pero hay otros que llevan tanta garrapata, que arrimándose un hombre á él caen á mia sobre tuya sobre el pobre, que le cubren como si una saca dellas le hobieran derramado por encima. Contra éstos más que bárbaros hombres entró don Francisco de Toledo, Visorrey del Perú; lo que le sucedió diremos cuando trataremos de lo que le sucedió en el tiempo que gobernó estos reinos.
Con ser esta gente de la calidad referida y la tierra asperísima, el capitan Andrés Manso, natural de la Rioja, con sólo sesenta hombres los subjectó é repartió; sirviéronle y á sus encomenderos como sirven los indios destos reinos, y no trabajó mucho en la conquista dellos, y menos en la de los Chaneses. Agora 29 años, cuando subí la primera vez á la provincia de Los Charcas, ya era muerto; no creo habria siete años.
Este capitan pobló un pueblo que confina con las montañas de los Chiriguanas y con los llanos de los Chaneses; el sitio, llamado por un nombre Condorillo y por el otro el río de los Sauces. Los que lo han visto, que son muchos, dicen no hay en lo descubierto de las Indias temple más saludable; el suelo fértil y alegre. Viviendo aquí con toda paz, y no distando de la ciudad de La Plata ochenta leguas á lo más largo, estos Chiriguanas le engañaron con una ficcion, de las cuales, como habemos dicho, son grandes hombres para fingirlas; fingen, pues, y engañan al pobre capitan, que á pocas leguas de allí habia un valle donde vivian unos indios de extraña figura, muy ricos de oro (entre los Chiriguanas, ni en toda aquella montaña, ni oro ni plata se ha descubierto); que si quiere, ellos le llevarán allá y se los conquistarán, y de los españoles no es necesario más que la mitad, y la otra mitad se queden en el pueblo. Creyóse (que no debiera) dellos, y salió con treinta soldados; los otros treinta con las pocas mujeres dejó en el pueblo; llevó consigo parte de los Chiriguanas, los cuales dejaron concertado con los demás que para el servicio del pueblo se habian quedado, que para tal dia tomasen las armas, y á tal hora de noche; que ellos en el propio dia y hora darian en Andrés Manso, y sus soldados, y desta suerte los matarian á todos. Al dia, pues, ó por mejor decir, á la hora de la noche señalada, los unos dan en el pueblo, los otros en Andrés Manso; matáronlos á todos sin dejar uno ni ninguno, y desde entonces se han quedado señores como agora lo son, y tan enemigos nuestros como antes, y del nombre cristiano; sólo se escapó un mestizo llamado fulano de Almendras, á quien prendieron en el pueblo, y un cacique destos Chiriguanas le quitó que no le matasen, y puso en salvo, porque tenia con él amistad: cosa nunca entre Chiriguanas guardada. Vínose á la ciudad de La Plata, donde á pocos años murió, estando yo presente, á quien entonces confesé y ayudé lo mejor que supe en aquel trance; escapóse otra mestiza que debia estar amancebada con algun Chiriguana, porque se quedó con ellos hasta hoy, como otra vez della diremos; y esto en suma de los Chiriguanas y sus costumbres; prosigamos agora nuestro viaje.