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Descripción colonial, libro primero (1/2)

CAPITULO CXIII CÓMO LOS GOBERNABA EL INGA

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Conoscida, pues, la calidad de los indios por el Inga, y su ánimo peor que servil, los gobernaba con leyes rigurosísimas, porque las penas eran muerte, y no sólo al delincuente, más á toda su parentela llevaba por el mismo rigor. El que hurtaba, por muy leve que fuese el hurto, pena de muerte; la misma se ejecutaba en el que levantaba del suelo alguna cosa que á otro se le hobiese caído: allí la habia de dejar, fuese de mucho precio ó de ninguno, por lo cual, el dueño que la perdió, allí la habia de hallar; por esto no se hallaba ladron entonces, y casi era necesario este rigor, porque las casas de los indios no tienen puertas, ni cerraduras, ni el dia de hoy, si no es cual ó cual usa de puerta, más de un haz de leña delgada, ó unas cañas ó palos atados unos con otros; ya tienen necesidad de puertas y cerraduras. Ningun indio habia de entrar en chácara de otro, ni le habia de coger una hoja de maíz, so la misma pena. A los soldados tenia con tanta disciplina, que el mayor ó el menor no habian de hacer agravio, ni tocar en un grano de maíz ajeno, so la misma pena, y por eso les tenia depósitos de todo género de sus comidas, de vestidos y armas, no como los nuestros soldados, que en escribiéndose en la matrícula, en poniéndose debajo de bandera, le parece que todos los vicios le son lícitos y como naturales.

Mentir no se usaba ni por imaginación; verdad se habia de decir, burlando ó de veras; agravio no se hacia á nadie, so pena de la vida, y si un indio á otro agraviaba, el que recibia el agravio íbase al gobernador ó capitan del Inga, contábale el caso; luego inviaba á llamar al que habia agraviado, y lo primero que le decia era tractase verdad, porque una oreja le tenia guardada para oirle; no era necesario más; luego confesaba de plano, y era castigado; lo mismo guardaba el Inga en las residencias que tomaba á sus gobernadores ó capitanes; enviaba un chasqui, que es un correo, á esta ó aquella provincia; juntaba los indios, decíales cómo el gran señor le enviaba para saber si su señor ó capitan habia hecho algun agravio, que el agraviado viniese y se lo dijese. Con los agravios oidos, partia para el Inga, y referíaselos; el Inga despachaba otro á llamar á su gobernador ó capitan; venido y pareciendo en su presencia, decíale: este agravio he oido con esta oreja derecha, que has hecho; la izquierda te he guardado para oir tu disculpa, di la verdad. Si agravió, era castigado con quitarle la vida; si no, al que mintió daba la pena del talion; finalmente, no habia pena sino de muerte. Con este temor y leyes rigurosísimas no habia quien se atreviese á mentir, ni se á emborrachar, sin licencia del gobernador, ni llegar á mujer ajena, ni cometer otros vicios que agora son muy usados. Conocíales ser amigos de ociosidad, y por esto de dia y de noche habian de trabajar; no habia palmo de tierra en todo este Perú, que pudiese ser labrado, que no se labrase para las comidas; por esto andaban sus ejércitos muy hartos y abundantes, y sus reinos bien gobernados; digo á su modo, porque tanta crueldad en cosas livianas, y que los parientes inocentes pagasen por los delincuentes, ni se puede alabar ni excusar. Acuérdome de haber oido decir á algunos antiguos, que cuando Atabalipa, el último señor destos reinos, se vió preso en poder del marqués don Francisco Pizarro, le dijo. El mejor reino tienes del mundo, pero cada tercer año, si te han de servir bien estos indios, has de matar la tercera parte dellos; el consejo no lo alabamos, porque es cruelísimo, el cual ni se aceptó ni se ha de aceptar, sino comprobamos el ánimo servil destos, que si no es por miedo, no se aplican á cosa de virtud; para malicias, vivísimos son.

Fuera de lo que en otras partes habemos tractado de caminos y puentes, el Inga y sus gobernadores tenian tanto cuidado acerca de los caminos, que siempre habian de estar limpios y aderezados; y tan anchos que casi dos carretas á la par sin estorbarse la una á la otra podrian caminar. Los pueblos comarcanos á los caminos tenian cuidado de aderezarlos si se derrumbaban, y lo mismo era de las puentes, entre las cuales, fuera de las creznejas, hay en rios grandes, donde no se pueden hacer puentes, una manera de pasarlos jamás inventada si no es en este reino del Perú, y facilísima de pasar y segura, y es que de la una hilera á la otra del rio, de barranca á barranca, tienen echada una maroma tan gruesa como el brazo, muy estirada, de paja que acá llamamos hicho, que es mucho más blanda que esparto, y en ella ponen una como taravilla con una soga recia de lana, pendiente para abajo, con la cual atan al que ha de pasar y va sentado en ella; en la misma taravilla tienen dos sogas delgadas y recias como las que se ponen en las cortinas ó en los velos de los retablos, que tiramos de una y recogemos la cortina, y tirando de la otra la extendemos; así de la otra parte del rio tiene una de las sogas que está en la taravilla, tiran della y en dos palabras ponen de la otra parte al pasajero, y cuando los indios conocen que el que pasa es chapeton, ó nuevo en la tierra, y le ven con temor antes que le aten, cuando le tienen en medio del rio cesan de halar ó tirar la soga, y el pobre chapeton piensa que allí se ha de quedar ó ha de caer en el rio, y con palabras halagüeñas y humildes les ruega le acaben de pasar; puesto de la otra banda se rie de su poco ánimo; confieso de mí que la primera vez que pasé el rio de Jauja por esta oroya, que así se llama, que temia, aunque por no dar muestras de flaqueza mostraba ánimo y mandé á un ordenante que venia conmigo, entre otros, que pasase, y como vi que tan presto y seguramente estaba de la otra parte, luego me puse y en menos espacio de cuatro ó cinco credos pasé mi rio. Por aquí y desta manera se pasan las cajas, almofrejes y mercaderias; págaseles á los indios su trabajo, y cada uno se va con Dios; yo creo que para los que no han visto esta oroya, ni manera de pasar, le parecerá son ficciones peruleras; hacérseles ha increible que un rio caudaloso se pase de la suerte dicha, y menos creible les será decir que un indio solo pasa por esta maroma, él mismo tirando la soga; lo uno y lo otro he visto y experimentado. Demás desto los tambos, que son como ventas en los caminos, eran muy bien proveidos de lo necesario para los caminantes, gobernando el Inga, sin interés ninguno, y desto tenian cuidado los indios comarcanos. Despues que los españoles entraron en el reino, mandó el gobernador Vaca de Castro, que vino á pacificar la rebelion de don Diego de Almagro y á gobernarlo, que los caminos, tambos, puentes y recaudo para ello estuviesen á cargo de los mismos indios, como antes estaba, y esto yo lo conocí y alcancé por muchos años, sin que á los indios se les pagase nada por su trabajo ni por la comida que nos daban. Despues el marqués de Cañete, de buena memoria, mandó quel trabajo y comida que diesen los indios se les pagase por arancel que los corregidores de las ciudades pusiesen, y así se hacia infaliblemente, y los indios vendían sus gallinas, pollos, carneros, perdices, leña y yerba, y todo se les pagaba; agora los corregidores de los partidos venden todas estas cosas, y el vino y lo demás, pan, y maíz, y tocinos, y ponen los aranceles subidos de punto, como cosa propia, y se aprovechan para sus granjerias de buena parte de los indios que están repartidos para el servicio de los tambos ó ventas, y cuando los indios tenian á su cargo los tambos, les era no poco provecho y ayuda para pagar sus tributos. Yo vi apuñearse algunos indios, y puse en paz, sobre cuál habia de llevar las cargas de un pasajero, no á sus cuestas, sino en sus carneros de la tierra, que los cargan como los asnillos en España; despues que los corregidores de los partidos se ocupan en sus granjerias, con no poco daño, de que tambien soy testigo de vista y he predicado contra ello delante de Virreyes y Audiencias, y en particular les he avisado de sus costumbres; no por eso se remedia mucho, y los indios del servicio del tambo, más trabajados.

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