CAPITULO XCIII DE LOS VALLES Y PUEBLOS DESDE CLIZA Á MISQUE
Reading edition
De Cochabamba á Pocona ponen quince leguas, en medio del cual cae el valle de Cliza, muy ancho, de más de cuatro leguas, y de largo más de ocho; vice aquí Eolo con todos los vientos (si nos es lícito hablar como los poetas), porque al verano son incomportables, por cuya razon el trigo deste valle es bonísimo y de lo mejor del mundo, y el maíz es lo mismo; no tiene agua, que si tuviera abundancia della era suficiente él sólo á dar trigo é maíz á Potosí, de donde dista más de cuatro leguas, y aun á todo el Collao.
El rio que sale de Cochabamba, y divide estos dos valles, no es provechoso para sacar acequias, porque corre casi al fin dél. Diré lo que hay por muy cierto, que sucedió en este rio á un soldado (así llamamos á los solteros que no tienen casa conocida): el pobre habia jugado y perdido lo poco que tenia en una chácara deste valle, é ya que anochecia, medio desesperado, tomó su camino para Cochabamba; llegando á este rio ya á media noche, hallóle de avenida; no tiene puente; no se atrevió á vadearle, y apeándose del caballo buscaba por donde pasar; no hallando, dijo: ¿No hobiera algun diablo que me pasara? No lo dijo á sordas, y Nuestro Señor, que le quiso castigar, arrebátanle y pásanle de la otra parte por medio del agua y tórnanle á pasar; desta manera lo llevaban y traian de una parte á otra, hasta que finalmente lo dejaron bien mojado de la otra parte del rio, donde halló su caballo. El miserable, medio muerto y no poco temeroso, tomó su caballo y siguió su camino hasta Cochabamba, una legua poco más, donde contó en una posada lo sucedido; otro dia confesó, y despues vivió pocos dias. Esto oí á personas que conocieron á este soldado, y lo nombraban; cuando lo oí no tenia intencion de escrebir esto y así no encomendé á la memoria el nombre. A la ribera de un arroyo que tiene este espacioso valle viven algunos españoles en sus chácaras, donde fuera de las sementeras tienen algunas viñuelas, más para uvas que para vino, con algunos árboles de los nuestros, membrillos, manzanas y duraznos. Cuando descubrimos el valle parece estar lleno de indios que lo labran, y son unos hormigueros tan altos casi como un estado. Críase en él mucho ganado ovejuno, muy sabroso por la yerba que nace en tierra salitral, y el agua es salobre.
No faltan aquí víboras de toda suerte, y en las casas muchas hitas. El temple del pueblo Pocona, siete leguas más adelante, es muy frio, por estar más alto. Hay en él 3.000 indios tributarios; doctrínanlos padres de San Francisco y es guardianato; son indios trasplantados deste valle de Jauja; trasplantólos el Inga; á los cuales llamamos mitimas; son indios muy ricos, así por los ganados como por la coca que sacan de tierra caliente, llamada los Andes de Pocona, y aunque es enferma, no tanto como los Andes del Cuzco. Es fértil de las sabandijas que dijimos haber en los demás Andes. Críanse allí osos muy grandes, que trastornan las mujeres, y ellas viéndoles, ninguna resistencia hacen; hay terribles tigres, y ha sucedido llegar un tigre á la casa donde dormian muchos indios, y de en medio dellos, si habia alguno no baptizado, llevárselo en las uñas sin hacer daño á los baptizados; esto no es fábula.
A ocho leguas de aquí entramos en el valle de Mizque, y antes de llegar á él pasamos por dos vallecillos pequeños, pero de muchos cedros finísimos, donde hay algunas chácaras de españoles; hay viñas en las cuales se coge bonísimo vino, y el agua donde se dan los cedros es tal; parece que no sufre el cedro regarse con agua gruesa.
Mizque es valle ancho, con dos rios, uno mayor que otro; el mayor lleva sábalos grandes y buenos; en él hay un pueblo de indios; es abundante este valle de viñas y vino muy bueno, y frutas de las nuestras y hortaliza; pero lo que mejor se da son cardos, que por no espantar los oidos de los que leyeren estos borrones, no quiero decir cuán grandes los he visto; es abundante de víboras como los demás, y de hormigas á los pies de las cepas, que les roen las raíces y luego se secan; el remedio es en el hormiguero echar agua hirviente; mátalas y salen arriba huyendo, donde á escobazos las matan.
Todos estos valles, con toda la provincia de los Charcas, tienen al cielo por contrario, por los grandes pedriscos que sobre ellos vienen y descargan; la causa natural es ser esta provincia llena de minerales, y como los vapores que dellos saca el Sol sean gruesos, fácilmente se convierten en pedriscos, y si alguno dellos es combatido, es este valle de Mizque, y á la viña que da, ó árbol frutal, en tres años no vuelve en sí. Tiene otra plaga, y es que se crian, así en los indios como en los españoles, papos, que acá llamamos cotos, en las gargantas; yo he visto hijos de españoles nacer con ellos; el remedio experimentado es atarse á la garganta una ó dos cabezas de víboras, y con esto se resuelven.
Conocí á un hombre llamado Simon Albertos, con uno muy grande; y sabiendo este remedio, se echó dos cabezas de víboras al cuello, y le vi sano, como si no hobiera tenido tal en toda su vida. Pues ¿no hay remedio para apocar las víboras? Sí hay, y son los puercos; éstos las apocan; pero en el tiempo de las aguas se crian muchas por la costelacion del cielo y por la humedad y fertilidad de la tierra. Es cosa de admiracion ver pelear un puerco con una víbora. En viéndola, eriza todas las cerdas del cerro; la víbora, en viéndole, levanta la cabeza cuanto naturalmente puede y estáse queda. El puerco rodéala hozando y guardando con la tierra el hocico, no le pique en él; si le pica, como un gamo vase al agua y pone el hocico en ella, hasta que se siente sano; vuelve con la misma velocidad á la batalla; la víbora no se aparta de su lugar; el puerco vásele llegando hozando, y cuando ve la suya, es prestísimo, con la una mano pónela encima de la cabeza de la víbora, y dando con ella en el suelo la aprieta tan fuertemente con la tierra que no la deja volver á picar, y con la boca hácela dos pedazos y luego se la come. He dicho esto para alivio del prudente lector.