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Descripción colonial, libro primero (1/2)

CAPITULO XLVIII DE LOS HOSPITALES

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Sustenta esta ciudad cuatro hospitales; uno de españoles, llamado San Andrés por respeto del marqués de Cañete, D. Andrés Hurtado de Mendoza, de buena memoria, á quien de su hacienda dió muchas limosnas y crecidas, pasadas de 30.000 pesos, como diremos cuando tractaremos de su gobierno y virtudes.

Aqui se curan solamente españoles y negros, de todas las enfermedades, con mucho cuidado y regalo; la enfermeria de las enfermedades cotidianas es á modo de cruz; el un brazo más cercano á la puerta sirve de cuerpo de iglesia; los otros tres para enfermos, en las paredes hechos sus encajes, donde está la cama del enfermo con su cortina delante y de donde puede ver misa. El altar se colocó en medio destos brazos. Despues acá no sé que Virrey la haya hecho tantas limosnas, ni con mucho que llegue á ellas. Fueras destas enfermerias hay otros apartamientos para curar otras enfermedades contagiosas.

Quien con más cuidado comenzó á tenerlo de los pobres hasta que la edad no lo permitió, fué el padre Molina, sacerdote, gran celador del bien de los enfermos, y augmentador de las haciendas del hospital, con notable ejemplo de vida y cristiandad, con la cual acabó el Señor.

Su hermano el secretario Molina se metió á servir á los pobres, donde acabó tambien.

El segundo se llama Santa Ana, donde solamente se curan indios; fundólo á su costa, asi la iglesia como la capilla mayor de bóveda, y lo demás de buenos edificios, el ilustrísimo y reverendísimo fray Jerónimo de Loaysa, primer arzobispo desta ciudad y reino, de felice recordacion, dejándole bastantísima renta, donde murió y está enterrado. El día de su advocacion se gana una y muchas más veces indulgencia plenísima, mejor diré jubileo plenísimo; cúranse aquí los indios de todo el reino que caen enfermos, con todo el regalo y cuidado posible, donde ha habido grandes siervos de Dios, seglares, que se han venido por esclavos ellos mismos, y dedicado al servicio de los indios, y entre ellos floreció en nuestros tiempos el padre Machín, sacerdote vizcaíno, y otro gran siervo de Dios, que todo el dia se ocupaba en pedir limosna á pie por la ciudad, y de noche velaba su cuarto á los enfermos, como si no hobiera trabajado nada entre dia, sin que nadie fuese parte á que descansase. Acabó loablemente; llamábase fulano Ruiz.

El tercero es nombrado el Spíritu Santo; aquí se curan solamente los marineros, porque ellos á su costa le han fundado, y han hecho una buena iglesia; los edificios van labrándose; cada navio le acude con una soldada, fuera de las limosnas que piden en los viajes y otras que marineros é pilotos les dejan al tiempo de su muerte.

Hase fundado otro, que es el cuarto, llamado San Diego, de convalescientes; éste es muy moderno; aquí se da bastante recaudo á los tales, hasta que enteramente han recuperado la salud y puedan trabajar.

Hay otro, llamado San Lázaro, pasado el rio; es el más pobre; comenzóle á fundar y á su costa, muy poco á poco, un buen hombre muy conocido en esta ciudad, é yo le conocí mucho, Anton Sanchez, espadero de oficio y muy enfermo de grandes dolores. Murió este buen hombre, despues del cual se entró á servir allí el padre Cristóbal López Bote, sacerdote muy conocido en este reino, y de mí muy en particular y tractado, á quien Nuestro Señor hizo admirables mercedes, porque habiendo por cierta ocasion muchos años tenido una enemistad que le inquietó mucho y desasosegó, y en lo demás de su sacerdocio hombre muy concertado y muy buen eclesiástico, le tocó la mano del Señor y se consagró allí á servir á los pobres, no sólo españoles, sino negros esclavos é pobres indios, de tales enfermedades que en los demás hospitales no los querian recibir, é los curaba (yo lo vi, y otros muchos) de aquellas enfermedades contagiosas y asquerosas, tan sin asco y con tanto amor y caridad como si fueran sus hijos ó hermanos. Despues le dió Nuestro Señor una enfermedad muy larga y trabajosa, la cual sufria con tanta paciencia cuanta el Señor que se la dió sabia era necesaria para llevarla; su cama, una tabla, murió loablemente en el Señor.

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