CAPITULO XXIX DE LOS DEMÁS PROVINCIALES DE NUESTRA ORDEN
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A este bonísimo varon sucedió el padre fray Francisco de San Miguel, venerable por sus canas y vida ejemplar, gran predicador, conforme á lo que entonces se usaba, que era (creo lo mejor) no tantas flores como agora, ni vocablos galanos; no se daba tanto pasto al entendimiento como agora se da, pero dábase más á la voluntad y más la aficionaban á la virtud; dióle nuestro Señor este don: tenia en su mano el auditorio para le alegrar y para le compungir y hacer derramar lágrimas; era de su natural grave, mas acompañaba á su natural gravedad mucha humildad y no menos sufrimiento; ninguna cosa aumentó en el convento, por no haber cómodo para ello.
Despues del cual fué provincial el padre fray Alonso de la Cerda, hijo de este convento, varon recto, de unas entrañas humanísimas y muy llanas, gran religioso y de muy buen ejemplo, libre de toda cobdicia y muy observante; siendo prior compró el retablo para el altar mayor, de madera talla de bonísimas figuras, que costó 3.500 pesos puesto en el altar; fué el primero que comenzó á edificar el convento, haciendo una enfermeria muy buena, con muy alegres celdas altas y bajas, como se requieren para el regalo de los enfermos. Ayudó mucho á esto una legítima que dejó, siendo novicio, para edificarla, el padre fray Tomás de Heredia, que al presente vive, maestro en sacta Teología y Lector que ha sido della, hombre religioso y de muy buen ejemplo, nacido en Guánuco, de nobles padres. La ligítima mandó se echase en renta, y así se echó y permanece, y no se puede gastar en otra cosa que en el regalo de los enfermos.
Todos los que en esta enfermeria mueren ganan indulgencia plenaria, como yo he visto las letras apostólicas que están guardadas en el archivo del convento. Siendo provincial el padre fray Alonso de la Cerda, fué prior el padre fray Antonio de Ervias, doctísimo varon y maestro mio en la Teología y no menos religioso; hizo el refectorio, que es muy buena pieza; despues fué obispo de Cartagena en el reino de Tierra Firme, como despues diremos.
Esta enfermeria se edificó en aquella parte del convento que cae sobre el rio, la cual con una avenida que el rio trujo se llegó tanto á la barranca, que rompiendo por ella se llevó un poco, y desde este tiempo no se puede pasar por detrás de nuestra casa entre la barranca del rio y nuestras paredes, por donde muy descansadamente podian ir dos carretas á la par. Otra vez, siendo yo prior en este convento, me vi en gran riesgo de que el rio rompiera por nuestra porteria que llamamos del rio. Fuí á pedir favor de indios para remediar mi casa y buena parte de la ciudad, al Virrey, que era el conde del Villar, y no le pedia sino indios para amontonar piedras y reparar el daño que se esperaba; la paga de los jornales yo la daba, y respondióme con mucha flema: ¡ah, este rio! ¡ah, este rio! Empero, viendo el poco remedio que se me daba, todas las noches destas avenidas, que son las mayores en Cuaresma, hice que despues de maitines á media noche se rezase la letania de Nuestra Señora, mediante el favor de la cual una noche que creí el rio habia de romper por el convento, por ser la avenida muy crecida y el ruido de las piedras que traía notable, fué Nuestro Señor servido, por intercesion de su santísima madre, que nos amontonó mucha piedra frontero de nuestra porteria, y recodando hacia el Rastro, derribó parte dél y nuestra casa hasta hoy, gracias á Dios, quedó libre; ya aquel año no hobo más avenida; luego con ayuda de la ciudad, que nos dió mil y quinientos pesos de limosna, la cual ayudé á pedir, y con otros tantos que el convento gastó, hicimos un reparo de cal y canto, con que al convento y á la ciudad habemos librado del rio, el cual, si hasta entonces el marqués de Cañete, de buena memoria, viviera, no nos pusiera en tanto estrecho; pero no le mereció el reino y llevóselo Nuestro Señor para sí.
Volviendo á nuestro provincial fray Alonso de la Cerda, en los cargos que en la Orden tuvo fué muy bien quisto de los religiosos por su llanísima condicion y bondad. Fué despues obispo de Puerto de Caballos, y luego de Los Charcas, como escribiremos en su lugar.
Sucedióle en el provincialato el padre fray Andrés Velez, hombre docto y buen predicador, de agudo ingenio; fuese á España, y por eso no tenemos nada que tratar dél en el augmento deste convento.
A quien sucedió el padre fray Gaspar de Toledo, varon, cierto, religioso, de bueno y galano entendimiento, pero no amplió cosa en el convento, como se pensó, y en su eleccion lo prometió el virrey don Francisco de Toledo, deudo muy cercano suyo; á cabo su cuadrienio, fué electo el padre fray Domingo de la Parra, tambien varon religioso y muy observante, aunque nimio en algunas cosas muy menudas en que los provinciales no se han de entremeter, sino avisar se guarden; donde no, castigar á los prelados. El tiempo que fué provincial hizo guardar en este convento nuestra constitucion que no se coma perpétuamente carne en el refectorio, y él la guardaba infaliblemente. Si no la guardábamos era por dispensacion que para ello tenemos en estos reinos, respecto de ser la tierra de los llanos enferma y la de la sierra falta de pescado, y en este convento haber cuotidianamente muchos enfermos, y la costa ser mucho mayor; y con decirle los médicos el riesgo de la salud de los religiosos, respondia un poco secamente: mueren en lo que profesaron. Fué á España y no volvió más; en acabando fué electo en el Cuzco el padre fray Domingo de Valderrama, maestro en sancta Teología, buen predicador, el cual comenzó la casa de novicios, de las buenas que hay en la Orden y fuera della; tiene casi 50 celdas altas y bajas, frescas y alegres, porque así lo pide la tierra. Hizo este edificio, digo la mayor parte dél, porque en su tiempo no se pudo acabar, con lo que aplicaba de los salarios que se dan á los religiosos que se ocupan en la doctrina de los naturales.