CAPITULO XCV PROSIGUE EL CAMINO DE MIZQUE Á LA CIUDAD DE LA PLATA
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Volviendo al valle de Mizque, y prosiguiendo el camino, á diez leguas andadas llegamos al rio Grande, que corre por un valle desaprovechadísimo, si no es para víboras, tigres y osos; caluroso y sombrio respeto de la mucha montaña de una parte y otra, y los árboles infructíferos, silvestres, los más espinosos. Aquí no habitan sino las creaturas dichas, y no pocos mosquitos. Al tiempo de las aguas, es el rio muy grande; no se puede vadear, y al de la seca es necesario saber bien el vado. Por el riesgo de los que se ahogaban y por ser camino muy pasajero, el marqués de Cañete, de buena memoria, el viejo, mandó se hiciese una puente, y para ello se cortó mucha madera, juntóse mucha piedra, hízose gran cantidad de cahices de cal, sogas, maromas, acequia para desaguar el rio; todo se perdió, por respecto de un religioso, no de mi Orden, y así se quedó y se quedará por muchos años. La puente no puede ser más que de un ojo, y éste, segun lo afirmaba el artífice, habia de ser de más de sesenta pasos. Luego se siguen otros valles angostos, empero fértiles de maíz en las laderas, y en los altos de trigo, donde jamás entraron indios ni en ellos poblaron; era montaña cerrada, llena de los animales que habemos dicho. Los españoles, acabadas las guerras civiles, como no tenian en qué ocuparse, se metieron, desmontaron, araron y cavaron, hicieron sus chácaras, donde de Potosí les vienen á comprar las comidas; siémbrase aquí el maíz con ceniza; en haciendo el hoyo para echar los granos y echándose en él, luego otro indio anda con una taleguilla de ceniza derramándola á la redonda y dentro, por que las hormigas no coman el grano; llegando á la ceniza no pasan adelante, y nacido el maíz no llegan á la hoja. Así en este valle como en otros tres que hay de aquí á la ciudad de La Plata, las aguas son muy gruesas y salobres, y en todas hay las plagas referidas, con pedriscos á su tiempo; danse tambien en estos valles algunas viñas y fructas de las nuestras. A una parte dellos viven algunos indios llamados Moyos, barbarísimos en extremo, y holgazanes, más bárbaros que los de la laguna de Chucuito; éstos comen cuantas sabandijas hay; culebras, sapos, perros, aunque estén hediendo, y si pueden haber á las manos los potranquillos, no los perdonan, y como tengan un sapo para comer aquel dia, luego se tienden de barriga en el suelo. No creo se ha descubierto, ni hay en este Perú, gente más bárbara. Críanse en estos valles cedros altísimos, gruesísimos.