CAPITULO LXV DEL VALLE [DE] CAMANÁ
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Síguese á éste, ocho leguas adelante, el valle de Camaná, de las mismas calidades de los pasados, donde se fundó un pueblo de españoles; su trato es vino, pasa, higo, de lo bueno deste reino; es abundante de pescado; el puerto es playa; pasa por él un rio grande que pocas veces se deja vadear. El año de 604, víspera de Santa Catalina mártir, lo destruyó casi todo un temblor de tierra. Desde aquí á Arica y aun hasta Chile, ya fenecieron los valles grandes y fértiles y se siguen vallecillos angostos y no de las calidades de los pasados; por eso haremos dellos poca memoria. Desde aquí nos comenzamos á meter la tierra adentro, caminando para la ciudad de Arequipa, distante dél veintidós leguas y más, en las cuales hay dos valles, uno llamado Ciguas, de muy buena agua y mejor vino; ya casi sin indios, por se haber consumido, como habemos de los demás referido. Cinco leguas adelante entramos en el valle llamado Víctor; éste es más ancho y donde los más de los vecinos de Arequipa tienen sus heredades; cogen mucho vino y muy bueno, que se lleva al Cuzco, 65 leguas, y á Potosí, más de 140, y se provee todo el Collao.
Esta ciudad fué los años pasados de mucha contractacion, hasta que don Francisco de Toledo, visorrey destos reinos, le quitó el puerto y lo pasó á Arica; digo mandó que todas las mercaderias que se desembarcaban en el puerto de Arequipa para Potosí se desembarcasen en el puerto de Arica, por lo cual la contractacion ha cesado, porque no llega allí navio, sino el que forzosamente va fletado para el puerto de aquella ciudad, con mercaderias para ella misma ó con algun balumen, hierro, jabon, aceite y otras cosas así llamadas, para el Cusco, de donde se lleva por tierra con carneros. Los navios surgen más de una legua en el mar, lejos de la Caleta, donde se embarcan y desembarcan, que dista de la ciudad diez y ocho leguas no de muy buen camino y faltísimo de agua, y es cosa de admiracion que con surgir tan en la mar, en aquel paraje nunca hay tormenta ni los navios han garrado, y aunque es así que en el tiempo del ivierno, que es en el de las garúas, anda la mar tan brava, que no se puede entrar ni salir de la Caleta, la mar donde el navio tiene echadas sus anclas no se alborota.
Despues de entrado el batel en la Caleta, la mar es llanísima, y es tan angosta que se recogen los marineros los remos de una parte y otra por que no se hagan pedazos con las peñas, hasta que se abre un poco más, y así llegan á tierra ó salen á lo ancho; pero en cualquier tiempo es peligroso entrar ó salir della si los marineros no bogan con mucha fuerza. Tiénese este cuidado en comenzando á entrar en lo peligroso: que viendo venir la ola de tumbo, antes que quiebre se dan mucha priesa á bogar, porque la ola no quiebre en el batel, porque si en él quiebra, lo aniega y se pierde sin remedio. Conocí en este puerto un hombre extranjero, residente en él, el cual tenia ya tanta experiencia y conocimiento cuándo se podía desembarcar y venir á tierra, que en surgiendo el navio levantaba una banderilla blanca, y si no, los marineros no venian hasta verla. Empero en cualquier tiempo, como sean aguas vivas, por tres dias antes y tres despues es muy peligroso desembarcar. Tiene este asiento poca agua; una fuentecilla hay en él, que para deshacer la piedra de los riñones es muy aprobada. Es combatido de muchos temblores de tierra, y lo que más admira, que la mar tambien tiembla.