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Descripción colonial, libro segundo (2/2)

CAPITULO XXX SALIERON LOS CHIRIGUANAS Á BESAR LAS MANOS Á DON FRANCISCO DE TOLEDO

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En esta misma ciudad salieron ocho indios chiriguanas, no llegaron á diez, á besar las manos al Visorrey don Francisco de Toledo; alegróse dello, recibióles muy bien y agasajóles, y fingidamente (como es su costumbre) le dijeron no querian ya más guerra ni enemistad con los cristianos, ni les hacer mal en las chácaras, como dos años antes lo habian hecho, sino toda paz y concordia, á lo cual salian para que si Su Excelencia la queria admitir, volverian á sus tierras y traerian curacas y indios principales con quien se asentase. El Visorrey admitió su demanda y envió con algunos dellos, quedando otros como en rehenes de que no harian mal, á un soldado, por nombre Mosquera, mestizo del Rio de La Plata, hombre de bien, y en la lengua chiriguana, y en la nuestra, bien experto; entre los Chiriguanas que quedaron fué un muchachon de 18 á 20 años, que se comenzó á hacer medio chocarrero, á quien, aunque no le baptizaron, llamaron en palacio don Francisquillo; vistiéronle como á español, y entraba é salia en palacio, y comenzaba á gorjear en nuestra lengua, agudo y vivo como un fuego; fué Mosquera y volvió, y con él más de treinta naturales, Chiriguanas como veinte, y los demás de servicio indios Chaneses, y entrellos dos Chiriguanas más principales, el uno llamado Marucare y el otro por excelencia Inga Condorillo, y otro indio de nacion Chicha, que confinan con estos Chiriguanas, de los cuales habemos tractado y habemos de tornar á tractar cuando prosiguiéremos el camino de Talina á Tucumán; este indio se llamaba Baltasarillo, baptizado, á quien desde niño le crió en este reino el capitan Baltasar Velazquez, hombre principal y rico, teniendo á su cargo las haciendas de Hernando Pizarro, de cuyo repartimiento era este indio, porque las Chichas eran de Hernando Pizarro, digo de su encomienda; bien dispuesto y en la lengua general y en la nuestra bien ladino. No le pareciendo bien vivir como cristiano, ni en su natural, se pasó á los Chiriguanas, y habia ya tomado sus costumbres, y los capitaneaba contra nosotros y contra su propia nacion y sangre. A estos Chiriguanas se les señaló casa por sí, y proveyóseles de mucha comida y bebida, entre los cuales no Chiriguanas salieron dos de servicio, varon é mujer, que si fueran bien proporcionados eran de género de gigantes; eran de nacion Chaneses. El Visorrey fué deteniendo á estos indios más de lo que ellos quisieran, y los parientes que allá en sus tierras los esperaban, aunque es así que á cabo de muchos meses casi á la mitad dellos dió licencia para que se volviesen, y entrellos á Marucare, detuvo al Inga Condorillo y al Baltasarillo. Como los de acá se tardaban, los Chiriguanas que allá en sus tierras vivian, deseando saber si los suyos eran muertos ó vivos, hacen y componen una fiction, y con ella envian cuatro indios mozos, bien dispuestos, á la ciudad de La Plata, para que con ella engañando al Visorrey los dejase volver á todos, y la fiction fué: los cuatro indios Chiriguanas que vinieron, cada uno traia una cruz hecha de madera, colorada, de una pieza, tan grande y gruesa como un bordón, y lisas que no parecian sino bruñidas; realmente bien hechas. Con éstas partieron de sus tierras, y entrando en los términos de la cibdad de La Plata, por los valles que habemos dicho ser poblados de chácaras de españoles, aunque pasaban por las chácaras pedian comida y eran conocidos ser Chiriguanas, ninguno les hacia mal, antes les daban matalotaje, principalmente viéndolos con cruces en las manos, y preguntando por el Apo, que es decir el Virrey, y encaminaban de valle en valle, hasta que entraron en la cibdad, en la cual cuando los indios de la plaza los vieron se alborotaron como quien via á enemigos capitales y comunes, y de algunos nuestros españoles se alborotaban, no para tomar armas, sino por verlos con cruces, y preguntando por el Visorrey, con esta palabra: Apo, Apo, no decian más, y esta no es de su lengua, de la deste reino la han tomado, con la cual bien se entendia, buscaban ó preguntaban por el Visorrey. Digo, pues, que los nuestros españoles se admiraban verlos con cruces en las manos, como cosa nueva. Preguntando, pues, por el Apo, encamináronlos á la casa del Virrey, donde llegados, aunque el Virrey estaba enfermo mandó se les diese entrada; en la cuadra donde yacia enfermo tenia un adoratorio bueno como de Visorrey, en un encaje de una pared, guarnecidas las paredes con paños de seda; en entrando y viendo el adoratorio, ningun caso hicieron del Visorrey, sino del adoratorio, hincándose de rodillas; no rezaron mucho, no son muy amigos de saber las oraciones; levantándose á su modo hicieron su reverencia al Visorrey; esto le admiró mucho, y á sus criados y á otros que á la sazon con el Visorrey estaban, y entre ellos al padre fray García de Toledo, deudo muy cercano del Visorrey, y religioso nuestro, de quien dijimos haber sido provincial, pero fuelo despues desto. La cibdad aguardaba saber esta novedad, y en la sala y patio habia mucha gente de toda suerte.

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