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Descripción colonial, libro segundo (2/2)

CAPITULO XXI DE LAS VIRTUDES DEL MARQUÉS

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En tiempo que vivió en estos reinos fué castísimo y muy amigo que todos los de su casa, como es justo, lo fuesen, y mirando por esto y por el buen ejemplo que están obligados á dar los que gobiernan. Diré lo que dijo el padre Molina. Este padre Molina se consagró á servir á los españoles en el hospital llamado San Andrés: en él era capellan, mayordomo, y toda la casa quien la gobernaba, y todas las haciendas. El piadosísimo Marqués acudia á hacerle muy crecidas limosnas, porque le dió más de 30.000 pesos de su hacienda; el padre Molina venia de noche á tractar con el Marqués las necesidades del hospital, y como de clérigo, los vestidos eran largos; díjole el Marqués: Padre Molina, ya sabeis que para vos no hay puerta cerrada, ni hora ocupada; no vengais más de noche; traeis esas faldas largas; algun malicioso pensará sois mujer; mirad que en público y en secreto somos obligados á dar buen ejemplo.

Como se preciaba tanto de ser padre de pobres, fuera de las limosnas hechas al hospital de los españoles, y aun al de los indios y al convento de San Francisco, hizo otras en particular, no pocas, pero destas referiré dos ó tres. Un buen hombre vino de México, casado y pobre; entró á pedirle limosna (para los pobres no habia puerta cerrada); mandólole dar una barra; las limosnas luego se daban sin réplica ni libramiento, porque luego mandaba á su mayordomo y mandábale diciendo: Dad tanto á este buen hombre; luego era cumplido. El buen hombre, muy contento con su barra, antes que saliese de la sala, tornólo á llamar el piadoso Marqués y dícele: Buen hombre, ¿sois casado? respóndele: Sí, señor, y traigo mi mujer é hijos; dice al mayordomo: Montoya, dadle otra barra; no tiene para zapatos; y luego pregúntale: ¿Tenéis oficio? y respondióle: Sí, señor; sé mucho de labranza y crianza; el buen Marqués dícele: Mucho me alegro de eso, porque agora mando poblar un pueblo 22 leguas desta ciudad, de muy fértil suelo; ídos allá con vuestra mujer é hijos; yo os daré una carta para el capitan Zurbano; allí os dará solar para casa, tierras para pan y para viñas; hacedme allí una heredad muy buena para vos y para vuestros hijos, y cuando tuviéredes necesidad, no vengais acá, sino escribídmela, yo os la remediaré. Con esto se fué el hombre muy contento, y de aquí á Cañete.

Levantábase muy de mañana, y sólo con un paje de guardia se iba al rio arriba, rezando en unas Horas; prosiguiendo su camino oyó lloros como de mujer que se estaba acuitando, porque una sola negra que tenia, con que amasaba un poco de pan, y lo sacaba á la plaza, y desto se sustentaba trabajosamente, se le habia muerto aquella mañana. El pientísimo Marqués ¿qué pensó, cuando oyó los gemidos y voces? que la hacian alguna fuerza; alargó el paso y púsose á la puerta para oir lo que pasaba, y como entendió á la mujer que se lamentaba y la causa, diciendo: ¡Ay! cuitada de mí, que sola una negra que tenia, que me ayudaba á pasar mi trabajo, me ha llevado Dios; ¿qué tengo de hacer, miserable? y otras cuitas que las mujeres pobres en semejantes trances suelen hacer. Luego el padre de pobres y buen Marqués da la vuelta y con el paje que le acompañaba le envió una barra de plata de 250 pesos ensayados (entonces aun no valian tanto los negros bozales), diciéndola no se afligiese más, y que con aquella barra comprase otra negra y supliese su necesidad, y con las demás acudiese, que se las remediaria. Desta manera favorecia á los pobres y les hacia bien y mercedes y limosnas.

Otras muchas limosnas hizo á caballeros pobres y á personas necesitadas, que seria largo de contar, y nuestro intento no lo permite; pero decillas en breve, pídelo; finalmente de su hacienda dió de limosnas pasados de 80.000 pesos, por lo cual su hijo, don García de Mendoza, bajando de Chile, bien pobre, hallando muerto á su padre y en el gobierno al conde de Nieva, que consigo trujo á don Juan de Velasco su hijo, estando juntos los dos, don Juan de Velasco dijo á don García de Mendoza, como por baldón y mofando: ¿Qué hizo su padre de vuestra merced en este reino? al cual con mucha prudencia respondió don García de Mendoza: Un monasterio de San Francisco, donde se enterró, y un hospital de españoles, donde como á pobre me den de comer; y guárdele Dios á vuestra merced no muera su padre en el Perú, y vuestra merced entonces se halle en él, porque se verá uno de los más desventurados caballeros del mundo. Parece le fué profeta, porque se vió paupérrimo y con suma pobreza, y esto allí le vimos y tractamos.

En su tiempo los mercaderes de la ciudad de Los Reyes, juntándose, tractaron de pedir limosna para los pobres de la cárcel, que se iban multiplicando, no con título de cofradia, sino por via de caridad; despues se constituyó cofradia y creció como habemos dicho.

Concertáronse que dos cada semana pidiesen por amor de Dios para los pobres della, y les diesen de comer, y cuando las limosnas no alcanzasen, de su casa les proveyesen; la segunda semana cupo á dos, Juan Vazquez y Juan Vaz, hombres de caridad, casados y ricos; conocílos y tractélos mucho; convinieron en ir á pedir limosna al Marqués; entraron y dícenle lo que habian ordenado, y que suplicaban á Su Excelencia les mandase dar limosna; alabóles mucho la buena obra, y mandóles dar, para aquella semana (como tractando de la fundacion desta cofradia dejamos dicho), cien pesos, y para cada mes cincuenta, y que no se los viniesen á pedir, sino á su mayordomo, lo cual infaliblemente el tiempo que vivió se cumplió así.

Diré otra, que fué graciosa. Pocos meses despues de llegado á la ciudad de Los Reyes, cantó misa un clérigo llamado el padre Roberto; hallóse presente el Marqués y el Audiencia y todo el pueblo; entonces de tarde en tarde se cantaban; salió el misacantano á ofrecer. El Marqués habia pedido al mayordomo un pedacillo de oro de 25 pesos; ofreciólo; luego los Oidores, los cuales no ofrecieron, mandaron, y las mandas se escribieron; en las fuentes llevaban papel y tinta: hobo quien dijo dellos (si no me acuerdo mal fué el licenciado Santillan, de quien arriba tractamos): Escriban 50 pesos; el Marqués casi corrióse, y dijo: Pues dijéranme que se usaba mandar por escripto; yo tambien mandara; escriban 100 pesos, y así ofreció 125 pesos, los 25 en oro; y á quien era tan limosnero y liberal, no es necesario alabarle que jamás recibió dádiva, ni nadie se atreviera á ello, ni á cohechar al menor de su casa; y que esto se entienda ser así, es verdad lo que diré: habia en la ciudad un mercader rico y de mucho crédito, llamado Gonzalo Fernández, de cuya casa se proveia todo lo necesario para la del Marqués, y era como el cambio del mayordomo mayor, y el salario del Marqués todo entraba en casa deste mercader. Tractábase como criado del Marqués, y no perdia en ello nada. Quiso hacer un servicio á la marquesa, y tuvo para servirla un cofrecito de plata como el segundo del terno, y en él no sé qué sortijas con esmeraldas y otras piedras; no faltó quien se lo dijo al Marqués, ignorándolo Gonzalo Hernandez, y un dia llamóle y díjole: Dícenme que enviais á la marquesa no sé qué regalo; por mi vida ¿qué es? El mercader respondióle: Es verdad, señor, que á mi señora la marquesa tenia determinado servir con un cofrecito de plata, y otras cosas no de mucho valor, conforme á mi posible y no conforme á quien es mi señora la marquesa. Mandóle lo trujese; holgóse de verlo, y díjole: ¿Qué vale esto? El mercader respondió: Señor, no tracte, suplico á Vuestra Excelencia, deso; es muy poco; finalmente, dijo á su mayordomo que supiese de los oficiales lo que valia y lo pagase al mercader, y que él lo queria enviar en nombre del mismo Gonzalo Hernandez. Quien esto hizo no puede ser notado de avariento, ni cobdicioso, ni que jamás recibió cohecho.

Las vísperas de Pascua, en las visitas de cárcel, jamás ningun Virrey (sin les hacer agravio) dió tantas limosnas, pagando por los pobres que no tenian dónde pagar, lo cual con suma liberalidad hacia. Ninguna destas visitas le costaba menos de 1.000 pesos, pues para cobrarlo no era necesario más que pedirlo al mayordomo. ¿Quién ha hecho tal? Pero no lo echaba en saco roto; Nuestro Señor se lo ha pagado cient doblado, y porque para todas las limosnas y mercedes que hacia de su hacienda no habia libramientos, mandó en su testamento que no pidiesen á su mayordomo, sus herederos, más cuenta de la que él quisiese dar, ni libramiento para lo que hobiese dado de limosnas, y bien seguramente lo mandó, porque el mayordomo no le hiciera menos un grano.

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