CAPITULO IV DE LOS REVERENDÍSIMOS DEL CUZCO
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La catedral del Cuzco tambien ha tenido bonísimos prelados. El primero el reverendísimo fray Juan Solano, de nuestra sagrada religion, el cual, gobernando don Hurtado de Mendoza, de buena memoria, marqués de Cañete, se fué á España y de allí á Roma, donde vivió muchos años y acabó loablemente en buena vejez, con admirable ejemplo de virtud, haciendo crecidas limosnas. Sucedióle don Sebastian de Lartaum, dotor por Alcalá de Henares, guipuscuano, varon doctísimo y por sus letras nominatísimo en aquella Universidad, y de allí por la buena fama de su cristiandad fué promovido á esta silla; gran eclesiástico, amigo de toda virtud, temido de los que no la seguian; tuvo muchos trabajos en este reino, en que Nuestro Señor le ejercitó, así con sus prebendados como con otras personas; empero el mayor fué un falso testimonio que le levantaron, diciendo que en el Cuzco habia hecho compañia para sacar un tesoro con el licenciado Gamarra, médico, y segun fama con el capitan Martin de Olmos, vecino encomendero de la misma ciudad, del hábito de Santiago; los cuales todos tres lo[2] sacaron y ocultaron por defraudar al Rey nuestro señor de su parte y quintos, y cupo á cada uno trecientas y sesenta y tres cargas y media de oro, el cual se sacó en casa (segun afirmaron) del licenciado Gamarra; esta fama llegó á oidos de don Francisco de Toledo, Visorrey, y luego envió al Cuzco al licenciado Paredes, Oidor de la Real Audiencia de Los Reyes, el cual procedió contra el licenciado Gamarra; prendiólo, y á su mujer doña Catalina de Urbina; dióles tormento, y al capitan Martin de Olmos tuvo preso: no pareció nada. ¿Cómo habia de parecer lo que no era?
Al reverendísimo mándanle bajar á Lima, y no pudo hacer otra cosa; decian que debajo de una torrecilla edificada junto á la escalera de la casa del licenciado Gamarra, de allí lo habian sacado, y por eso la derribaron, y es cierto que yo me hallé en el Cuzco cuando la torrecilla se cayó, por ser el año de muchas aguas, y entonces no se dijo tal ni estaba el reverendísimo en el pueblo, y dende á dos años adelante se publicó el falso testimonio; fueron, si no me engaño, tres clérigos los autores desto, y todos tres pararon en mal. El uno, estando preso en un navio en el puerto del Callao de Lima, se quemó, con otras muchas personas, en él. El otro, saliendo de su casa en un pueblo de indios que doctrinaba, cayó un rayo y lo mató; no habian pasado tres dias que pasando yo pocas leguas de aquel pueblo por el camino de Potosí á Arica, así lo referian, y así pasó. El otro tambien acabó en mal, y porque la honra del dicho señor obispo no perezca, porné aquí lo que al tiempo de su muerte mandó para defensa suya se hiciese, y la sentencia que por el Concilio provincial de Lima en su favor se dió el año de 83 pasado.
«Alonso de Valencia, scrivano público de la ciudad de Los Reyes, da fe cómo ante el reverendísimo de Tucumán, don fray Francisco de Victoria, de la Orden de Santo Domingo, y ante el mismo Alonso de Valencia, Alonso García Salmerón, vicario de Ariquipa, Beltran de Sarabia, Bartolomé Ximenez y Pero Lopez, sacerdotes, el reverendísimo del Cuzco don Sebastian de Lartaum hizo una declaracion en ocho de octubre del año de 83, estando enfermo, de la cual enfermedad murió, del tenor siguiente:
»Item que por cuanto en el santo Concilio provincial que se celebra en esta ciudad se han tractado y tractan muchas causas civiles y criminales de parte de muchas personas contra su señoria reverendísima, y su señoría contra ellos, en defensa de su honra y auctoridad episcopal, quiere y es su voluntad que las dichas causas se sigan y fenezcan en cuanto toca á la defensa de su honra y fama, y la difinicion dello quiere se lleve ante Su Santidad y del Rey nuestro señor, si fuere necesario, para que conste de su limpieza, y en lo demás, que su señoría perdona de muy buen corazon y voluntad á todas aquellas personas que le han ofendido é injuriado, por escripto ó por palabra, ó de otra manera, por que Dios Nuestro Señor le perdone sus culpas y pecados, y les pide perdon si los ha injuriado».
Siguiéronse sus causas despues de muerto, por sus procuradores y partes contrarias en el dicho Concilio, y finalmente por los señores obispos jueces nombrados por el Sancto Concilio, conviene á saber, don fray Francisco de Victoria, obispo de Tucumán; don Alonso Dávalos Granero, obispo de la ciudad de La Plata; don fray Alonso Guerra, obispo del Paraguay, por otro nombre del Rio de La Plata, cuya sentencia es la que se sigue:
«Fallamos que la parte del bachiller Sanchez de Renedo, fiscal, no probó cosa alguna de lo contenido en su acusacion y capítulos della, fecha por la dicha delacion del dicho Diego de Salcedo y puesta contra el dicho reverendísimo del Cuzco; damos y declaramos su intencion por no probada, y que el dicho reverendísimo del Cuzco y sus procuradores en su nombre probaron sus ecepciones y defensiones bien y cumplidamente, y así lo declaramos; en cuya consecuencia debemos dar y damos al dicho reverendísimo obispo don Sebastian de Lartaum por libre de todo lo contra él pedido y acusado en esta causa, y declaramos haber sido injustamente acusado, por estar inoscente y sin culpa do lo contenido en los dichos capítulos y querellas que le fueron puestos, los cuales parece haber sido calumniosos, y con odio y enemistad contra él puestos, y así lo declaramos y damos por libre dellos y de la dicha acusacion, condenando, como condenamos, al dicho delator y al fiador por él dado en las costas y gastos por el dicho reverendísimo obispo hechos, cuya tasacion en nos reservamos por esta nuestra sentencia difinitiva, etcétera.»
Dióse esta sentencia en Los Reyes, á 7 de Noviembre de 83; notificóse á las partes y pregonóse en la plaza públicamente con trompetas en 12 de Diciembre del dicho año; fué secretario del Concilio en esta causa Hernando de Aguilar, sacerdote.
Los seglares que persiguieron al reverendísimo del Cuzco fueron Francisco de Valverde, que le mató un clérigo en su propia casa; el dicho Diego de Salcedo, que murió excomulgado, y otro vecino del Cuzco.
Era varon de buenas y loables costumbres; vestido de pontifical parecia admirablemente de bien; alto de cuerpo, bien proporcionado, con unas venerabilísimas canas que adornaban mucho el rostro; hablaba cerrado como si no hobiera estudiado, ni criádose en escuelas, pero en las cosas de Teologia y lingua latina no se echaba de ver; hizo una ampla limosna al reverendísimo del Paraguay luego que llegó al Concilio, por ser muy pobre; acabó sus dias en la ciudad de Los Reyes; mandóse enterrar en nuestro convento; diósele sepultura junto al altar mayor, á la peana del altar al lado de la Epístola, porque en el otro lado tiene la suya el reverendísimo de los Charcas, fray Tomás de San Martin, como diremos en el capítulo siguiente; fué su muerte muy sentida, y con mucha razon, particularmente de la nacion vizcaina.
Sucedióle el reverendísimo fray Gregorio de Montalvo, de nuestra sagrada religion, obispo primero de Yucatan, en los reinos de México, varon religioso, muy docto, bonísimo predicador, de quien no sé qué poder decir, porque vivió poco y con pesadumbres con sus prebendados. Quién tenia justicia, no es de mio definirlo; dióle Nuestro Señor una enfermedad trabajosísima, que le llevó desta vida, como se cree, á gozar de la eterna.
Al presente acaba de llegar á Los Reyes, venido de España, el reverendísimo de la Camara y Raya; no le conozco; su fama es mucha de cristiandad y todo género de virtud. Nuestro Señor le conserve por muchos años.