CAPITULO II DEL ILUSTRÍSIMO FRAY HIERÓNIMO DE LOAISA, ARZOBISPO DE LOS REYES
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El ilustrísimo fray Hierónimo de Loaisa, primer arzobispo de Los Reyes, religioso de nuestra sagrada religion, desde su niñez comenzó á dar grandes esperanzas de lo que fué despues, y de lo que más fuera si, como le cupo la suerte de iglesia en estos reinos, le cupiera en España, donde, así del Emperador, de gloriosa memoria, Carlos V, como del rey nuestro señor Felipe II fuera en mucho tenido, y se le hiciera mucha merced, conocido su talento general para todas cosas, y no le hiciera muchas ventajas su tio el ilustrísimo fray García de Loaisa, arzobispo de Sevilla, de la misma sagrada religion nuestra, con haber sido uno de los valerosos varones que ha producido nuestra España. Fué varon de claro y admirable entendimiento, muy docto y bonísimo predicador, aunque esto pocas veces lo ejercitaba, si no era los dias de Ceniza, domingo de Ramos y el dia de la Asumpcion de Nuestra Señora, con tanta autoridad y gravedad, que representaba bien el estado y dignidad archiepiscopal; su ingenio era general para todas cosas, para paz y para guerra, por lo cual en la rebelion y tirania de Francisco Hernandez fué nombrado por capitan general del campo de Su Majestad, juntamente con otros dos Oidores, el doctor Saravia y el licenciado Hernando de Sanctillan, hasta que se nombró á Pablo de Meneses por General; gobernó su obispado con gran rectitud y cristiandad muchos años, creo fueron pocos menos de cincuenta, sin que del menor vicio del mundo fuese notado, ni un si no dél se dijese. Con los señores era señor; con los muy doctos, muy docto; con los religiosos, muy religioso, y con todos los estados se acomodaba con toda prudencia, que era admiracion. Con los Visorreyes guardaba y tenia la autoridad que se requeria. Oí decir que en una consulta quel Visorrey don Francisco de Toledo tuvo luego que vino de España, donde se halló el arzobispo y otros prelados, reprehendiéndoles de que no habian remediado algunos vicios que competia á ellos remediarlos, les dijo: Si vosotros los obispos y arzobispos tuviérades el cuidado que debíades, no habia yo de venir á remediar esto. Tractaba de ciertos amancebamientos públicos de personas principales; á quien el arzobispo respondió entre otras cosas: Si vosotros, Visorreyes, tuviésedes el celo que se requiere al servicio de Dios, y favoreciésedes á los prelados de las iglesias como debéis, no era necesario que viniérades á remediarlo; nosotros en muchas cosas tenemos necesidad de vuestro favor, como vosotros del nuestro. Era don Francisco de Toledo amicísimo de ganar honra con los prelados y con todos.
Su consejo en todas cosas era acertadísimo, como de quien era dotado de bonísimo entendimiento. En todo el tiempo que gobernó, la renta que le venia de su cuarta nunca llegó á 7.000 pesos ensayados, y con ser tan poca, su casa tenia muy llena y harta y bastantes criados, y le lucia más que á otros que mucha más tenian, y daba á caballeros pobres largas limosnas sin que ellos se las pidiesen. Hizo á su costa el hospital de los indios de Santa Ana, donde todos los indios que vienen á sus negocios á la ciudad de Los Reyes, y enferman, son curados con todo el regalo posible, y dos ó tres años antes que muriese hizo donacion al hospital de toda la vajilla suya, mucha y muy buena, y de toda su hacienda, esclavos, mulas, tapicerias, con condicion que por el tiempo de su vida fuese como usufructuario dello, con obligacion de pagar lo que se gastase ó perdiese. Celosísimo del bien y conservacion de los naturales deste reino, tanto como ha habido en todas las Indias prelado, y si dijere más no engañaré; por el bien de los cuales no temia barbadamente oponerse á los Virreyes y Audiencias, en lo cual á Nuestro Señor hacia servicio, y no menos al Rey; de sus prebendados y demás clérigos del obispado era temido y amado por la entereza de su vida. Tenia unas entrañas piadosísimas para los pobres, á los cuales recibia y consolaba como padre; de los indios de todo el reino era grandemente amado, porque sabian cuánto en lo justo les favorecia, y así con todas sus cosas venian á él, á los cuales cuando era necesario reprehendia y castigaba como padre amantísimo. Todo el tiempo que vivió, su iglesia fué muy bien servida con mucha música y buena; los oficios divinos con gran cuidado celebrados, y porque los prebendados los dias principales solian darse priesa á decir la última Hora, despues de misa, les mandó que la sexta ó nona, conforme al tiempo que era despues de misa, la cantasen como cantaban tercia antes della, y desta suerte, cuando acababan, ya toda la gente habia salido de la iglesia. A un clérigo que yo conocí, y era muy conocido en la ciudad, y tenia bastante hacienda para tractar bien su persona, como es decente un sacerdote se trate, le vistió graciosamente, porque el vestido era muy mugriento. Llamóle y díjole: padre fulano, tengo necesidad; prestáme una barra de plata, yo os la devolveré presto. El clérigo, aquélla y más le ofreció, y dióla luego. El buen arzobispo mandó se la diese á su mayordomo, el padre Ribera, sacerdote bueno, á quien dende á pocos dias le dijo: tomad aquella barra y con ella vestíme muy bien al padre Godoy (así se llamaba); de suerte que todo se gaste en vestirle, que por la buena obra le quiero dar de vestir. El padre Ribera, de allí á ocho dias ó diez llamó al padre Godoy y dícele: Padre Godoy, su señoría os hace merced de daros de vestir por la buena obra de la barra; de aquí me mandó desta tienda os sacase dos pares de vestidos. El clérigo no los queria recibir, pero, finalmente, pensando ahorrar, tomó sus vestidos; de suerte, que la barra se consumió menos 17 ó 18 pesos. El mayordomo llevó al padre Godoy á casa de un sastre donde le hicieron de vestir, y concertadas las hechuras librósela en la tienda donde se puso la barra, y se sacaron los vestidos. Toma la cuenta y la resta, y da cuenta al Arzobispo de lo hecho; entre los vestidos sacó una sotana de chamelote de seda, un manteo de paño veinticuatreno, otro de raja; hasta zapatos. Nuestro padre Godoy, que pensaba ser vestido á costa del señor Arzobispo, con su sotana [de] chamelote, fué á besar las manos al señor Arzobispo y rendir las gracias por la merced de los vestidos. Entró con la sotana rugiendo; cuando el Arzobispo le vió y oyó el ruido de la sotana y tan bien vestido, dice: Sanctos, Sanctos, mas no tantos; nuestro padre Godoy híncase de rodillas pidiéndole las manos por la merced, á quien haciéndole levantar le dijo: Padre Godoy, aquella barra no os la pedí prestada para mí, sino para vos; della se os han dado estos vestidos; yo poca necesidad tenía; necio venís pensando que yo os hacia merced; id al mayordomo, que os dé la resta, y de aquí adelante tracta muy bien vuestra persona y andad muy bien vestido como sacerdote honrado; si no, yo os vestiré otra vez y mejor; y desta suerte vistió y despidió á nuestro padre Godoy, que pensaba á costa del Arzobispo ser vestido. Adornó su iglesia de buenos ornamentos, á su costa, de brocado, bordados, etc., y mandó hacer la custodia de que agora se usa para el Sanctísimo Sacramento, de plata, como dejamos dicho, y dió la custodia de oro en que se pone el Sanctísimo Sacramento, que vale tres mil pesos, todos de oro.
En su tiempo, gobernando el marqués de Cañete, de buena memoria, una moza liviana se fingió endemoniada, la cual alborotaba la ciudad, y como era fiction, los conjuros y exorcismos de la iglesia no aprovechaban más que en una piedra; llevábanla á la iglesia mayor á los curas con gran copia de muchachos tras ella, en cuerpo, con un rostro muy desvergonzado. El Arzobispo afligióse; mandó que se la llevasen al hospital de Santa Ana, donde la mayor parte del tiempo vivia; lleváronsela, exorcizóla, como quien exorciza á una piedra. Sucedió que un dia le fué á visitar y besar las manos un religioso nuestro, gran predicador y de mucha opinion, llamado fray Gil Gonzales Dávila; hallóle muy afligido y lloroso, y preguntándole la causa respondió: ¿No me tengo de afligir, que sea yo tan desventurado que en todo mi arzobispado no haya quien pueda echar un demonio del cuerpo de una moza, é yo propio la he exorcizado y no aprovecha más que si exorcizase á un poste? ¿No me tengo de afligir? El religioso nuestro le dijo: Suplico á vuestra señoría mande que me la lleven mañana á casa; yo la exorcizaré, y mal que la pese la compeleré á que me responda en la lengua que yo le hablare. Hízose así, y otro dia mandó llevasen la moza á nuestro convento, y llamado el padre fray Gil á la capilla de San Hierónimo, donde estaba la endemoniada fingida, en viéndole entrar díjole ciertas palabras afrentosas llamándolo capilludo, ¿qué queria? ¿qué buscaba? El religioso luego conoció ser fiction y maldad, y al cura que la llevaba, llamado el padre Valle, dícele: Diga vuestra merced al señor Arzobispo que esta desvergonzada no tiene demonio, y el que tiene se le han de sacar del cuerpo con muchos y crudos azotes; y acertó en esto, porque volviéndola á su casa no fingió más el demonio, y se conoció que por usar de su cuerpo deshonestamente con un hombre fingió aquella maldad y remaneció preñada. En hacer órdenes era muy recatado, como es necesario, aunque al principio, por haber falta de ministros, no sé si ordenó á algunos no muy suficientes, pero de buenas costumbres y lenguas, para que lo que en la sciencia faltaban en las costumbres y buen ejemplo supliesen. Nunca tractó de pedir cuarta á los clérigos de su obispado, como despues acá se ha pedido y puesto; á las Ordenes la quiso pedir, empero no salió con ello, y esto creemos lo hizo insistido por los prebendados, que por otra cosa. Tuvo con ellos algunos recuentros; presto los fenecia, y no por eso dejaba de comunicarlos y hacerles cuanto bien podia, y con su prudencia y cristiandad en breve eran concluidos. Muchas cosas, si de años atrás fuera mi intento hacer este breve compendio, se pudieran escrebir; por ventura otros las ternán notadas, las cuales, si por extenso se hubieran de tractar, requerian un libro entero; para nuestro intento sea suficiente decir que fué un prelado en toda virtud consumado, y que la majestad de Nuestro Señor provea de que los sucesores suyos sean como este ilustrísimo señor; finalmente, lleno de buenas obras dió su ánima al Señor, y está enterrado en Los Reyes, en su hospital, en la capilla mayor, llorado de todo el reino, pobres y ricos.