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Descripción colonial, libro segundo (2/2)

CAPITULO XLVIII EL CONDE DEL VILLAR, VISORREY DESTOS REINOS

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Por la muerte del excelentísimo y gran limosnero don Martin Enriquez, Su Majestad proveyó á don Francisco de Torres y Portugal, conde del Villar, bonísimo caballero y de acendrado ingenio para gobernar; amicísimo de hacer justicia y que ninguno de sus criados se oliese recibia la menor cosa del mundo; el cual, al que traia de España, por un no sé qué que dél se dijo le despidió en Tierra Firme y mandó volver á España; servíale despues otro criado suyo mozo, llamado Cabello, al cual por ser comprehendido en ciertas dádivas que recebia le descompuso con gran infamia, y á un soldado, que se decia era el trujamán, llamado Gatica, le mandó, ó por mejor decir condenó, al remo de las galeras, que estaban en el Callao, donde fué castigado valientemente; las cuales dos galeras, teniendo á cargo dellas el general Pedro de Arana, estuvieron muy bien tripuladas, particularmente la mayor, y otros dos navios gruesos con su general llamado...[22]. Sucedió, pues, por el estrecho de Magallanes entró el capitan Candelin, luterano inglés, y desembocó en esta mar con tres navios, el uno de alto bordo, los dos pequeños, y descubriéndose en la tierra de Chile, luego el gobernador don Alonso de Sotomayor en un navio[23] despachó, avisado de lo que habia, á un muy buen soldado llamado Verdugo, el cual llegando á la cibdad de Los Reyes dió aviso al Visorrey, el cual se lo agradeció mucho, y aun prometió hacer mercedes; la cibdad se puso en armas, y el Callao; los capitanes nombrados por don Martin Enriquez, de buena memoria, quedáronse con solo el título, porque el Conde nombró otros; envió á Huánuco y aun á todas las cibdades los vecinos viniesen con sus armas y caballos, de las cuales vinieron de muy buena gana; pero como se tardó más de ochenta dias que no pareció en la costa el enemigo, burlaban en Palacio y fuera dél del pobre Verdugo; ya no habia quien le quisiese dar de comer, si no era el licenciado Ulloa, á quien siempre le pareció ser verdadero el aviso. Los demás decian que alcatraces eran los que habian visto, y no navios.

El enemigo, del largo viaje traia sus navios destrozados; dióles lado en la bahia Salada, entre Caquimbo y Copiapó, en la costa de Chile, donde el capitan Francisco Draque dió al suyo y hizo su lancha; detenerse en esto fué causa no se mostrase en la costa, donde en las partes convenientes habia sus atalayas.

No sabiendo nueva del enemigo en este tiempo (éralo de enviar la plata á Tierra Firme, así la de Su Majestad como de particulares), en[24] dos navios que habia gruesos en el puerto, de Su Majestad y de armada, cargan toda la plata con la artilleria en los navios; despáchalos á Tierra Firme; despachados, y cerca ya de aquel reino, segunda la nueva que el enemigo habia parecido sobre Arica, donde no se atreviendo ni á surgir, siguió su camino la costa en la mano, buscando leña, agua y mantenimientos, que ya le faltaban, pero en ningun puerto se atrevia á saltar en tierra para buscarlo; llegó al puerto de Pisco, á donde la villa de Ica y el corregimiento, con la gente que en él habia, y en los valles comarcanos, habia venido; tampoco aquí se atrevió á saltar en tierra. El conde del Villar ya habia proveido lo necesario en el puerto, donde habia más de 600 infantes y más de 200 hombres de á caballo, con muy buenas ganas de venir á las manos con el enemigo; empero no teniamos navios gruesos para le buscar ó seguir, ni artilleria gruesa.

Nombró el Visorrey por General á su hijo don Jerónimo de Torres, de 22 años ó 24, caballero de grandes esperanzas. A la sazon yo vivia en el convento de Los Reyes, y pidiendo licencia al Provincial me fuí con un compañero al nuestro del Callao, donde vi todo lo que pasaba, y con ánimo, si se siguiera al enemigo, de embarcarme con los nuestros.

Una tarde, pues, tocase un arma á mucha priesa, que el enemigo se habia descubierto con sus navios y parecia traia su derrota de entrar en el puerto entre la isla y la tierra firme, lo cual no le pasó por el pensamiento; toda la gente de guerra salió á la plaza y estuvo en escuadron; empero el luterano siguió su viaje la mar abajo, por detrás de la isla, de donde las atalayas le vieron muy claro, y pasando con su viaje, luego las atalayas vinieron diciendo el enemigo habia pasado. Con esto se deshizo el escuadron; ya no era necesario. Sabido por el general de las dos galeras, Pedro de Arana, el enemigo haber pasado, hizo un chasqui que en menos de media hora llegaba al Visorrey á la cibdad, como el mismo general Pedro de Arana, acabado de despachar, me lo vino á decir, avisando al Conde cómo el enemigo era pasado, y que agua arriba irle á buscar, teniendo el barlovento, no convenia, como se habia hecho; pero ya habiendo pasado, iba perdido; que Su Excelencia le diese licencia para salir en pos dél, con sus dos galeras, que él se lo traeria ajorro al puerto, y si no, le cortase la cabeza, porque el enemigo buscaba dónde tomar agua y leña, y ésta no la podia tomar sino en el puerto de Guarmey, donde necesariamente le habia de hallar, cuarenta leguas del puerto del Callao, y allí con sus dos galeras le maniataria; yo le pregunté si las galeras estaban con el aderezo necesario, y respondióme: La grande puede ir de aquí á México y volver; la pequeña (era vieja) hasta Paita. El Conde, recebido este despacho, mandóle no se moviese hasta ver mandato suyo, el cual nunca llegó, y es cierto si sale el general Pedro de Arana con las galeras, le halla en Guarmey como lo habia imaginado; allí surgió el enemigo y tomó agua y leña sin que nadie se lo estorbase. Luego otro dia que pasó el enemigo tractan de enviar dos navios, los mayores que habia en el puerto, tras él; mas como no habia artilleria ni municiones, cesó todo. El luterano siguió desde Guarmey su viaje, y prosiguiendo la costa, más abajo de Trujillo encuentra con uno ó dos navios que de los valles venian para Lima cargados de azúcar, sebo, corambre y otras cosas; desbalijólos y dejó á sus dueños perdidos. En este mismo paraje, sobre el puerto de Zaña, llegó un navio llamado la Anunciada, cargado con más de 200.000 pesos de mercadurias, que venia de Tierra Firme para el puerto de la cibdad de Los Reyes, y el piloto é pasajeros, deseosos de saber nuevas del Perú, no conociendo al navio enemigo, arribaron sobre él, el cual les disparó muy cerca una pieza de artilleria, diciendo: Amaina por la reina de Inglaterra; y como se iban llegando y oyeron las voces que amainasen, viéndose en un peligro tan grande, amainando las velas ya al medio de los mástiles se encomendaron muy de veras á Nuestra Señora del Rosario, la cual les hizo merced que sucedió una refriega de viento, embarazó las del navio luterano y las del navio católico pareció que las habia aizado arriba, y en dos palabras se vieron libres de aquel peligro, el navio enemigo á sotavento y el nuestro poniéndose á la bolina prosiguió su viaje y en breve tiempo llegó al puerto de la cibdad de Los Reyes, en la cual á uno de los pasajeros oí lo referido, y los demás decian lo mismo, dando gracias á Nuestro Señor que por intercesion de su Sanctísima Madre les habia librado.

Con el despojo de los dos navios dichos, que le fué no de poco momento, pasó adelante y llegó á la isla de la Puna, donde descargó sus navios y dió lado. Aquí tuvo una refriega con los vecinos de Guayaquil, donde le mataron 15 ó 16 hombres y quemaron parte de la jarcia, y si fueran hombres de guerra, ó tuvieran capitan experto, le quemaran los navios; pero como éste venia por azote para los mexicanos, contentáronse los nuestros con este pequeño efecto, como los vecinos de Santiago de Chile, que sabiendo habia llegado un poco más arriba del puerto, salieron contra él, y con la gente que habia echado en tierra pelearon; matáronle otros 16 ú 18 hombres, sin salir ni herido uno de los nuestros; prendieron tres ó cuatro, los cuales si, como se trató aquella noche, se quedaran emboscados, les mataran muchos más, porque hobo quien dijo al corregidor, que era el capitan: Señor, quedémonos emboscados esta noche, que los enemigos han de salir á enterrar sus muertos y á tomar aguas y darémosle otra bativa arma, mayormente que ni de dia ni de noche el artilleria no nos puede hacer daño; no se recibió este consejo, y subcedió así, que los enemigos salieron en tierra y enterraron los muertos, y en el arena, por no se atrever á ir al rio, temiendo daño, hicieron hoyos para sacar algun agua medio salobre. El capitan contentóse con lo hecho y no quiso pasar una mala noche.

Salió este pirata de la Puna; siguió su camino hasta el puerto de la Navidad, en la costa de México, adelante de Guatulco, donde vienen á reconocer los navios de la China; allí vino uno muy grande; dicen traia oro de mercaderia; como venia descuidado sin armas, facilísimamente le rindió, y dejando azotado al reino de México, volvióse á su tierra con mucha más hacienda que llevó Francisco Draque.

Despues desto, pasado casi año y medio, no sé qué se les antojó á los del Callao, ó algunos dellos, que á las diez de la noche habia visto un farol cerca de la isla por sotavento della; tocan arma en el Callao; despachan al Conde á poco menos de media noche; tocan arma en la cibdad; alborótase toda. El General de los navios de la armada que estaba en el puerto, sin órden del Visorrey levanta anclas y parte con sus dos navios en busca del farol, y así se lo escribió al Visorrey. El Visorrey, á las tres de la madrugada parte de la cibdad para el puerto con lo mejor della, dejando echado bando que todo el pueblo le siguiese. A la sazon yo era prior de nuestro convento de Los Reyes; fuime al puerto; llegué ya que era amanecido, y al Conde ofrecíle ochenta religiosos, si fuesen necesarios, para seguir al enemigo ó defender el puerto, que ni pasasen de cincuenta años ni bajasen de 25; agradeciómelo mucho, y dijo: Con tan buen socorro no hay que temer aunque toda la Inglaterra venga, y cumpliera mi palabra, porque vivíamos en el convento 120 religiosos; de otras religiones no sé que saliese nadie.

Quiso Dios, y no fué nada, ni tal farol hobo, sino que al que hacia la guardia aquella hora, un planeta se ponia al Poniente un poco más encendido que otras veces, y parecióle farol, ó los ojos los debia tener encendidos, y alborotó el puerto y la cibdad, y al buen viejo conde del Villar hízole llevar una mala noche en peso, que no durmió en ella ni media hora.

Antes desto, estando el Conde en el Callao, habiendo despachado el armada con la plata para Tierra Firme, subcedió un temblor de tierra muy grande, que arruinó muchas casas en el Callao, y en la cibdad hizo lo mismo; fué uno de los mayores que se han visto en este Perú, y tras él en el Callao se siguió retirarse la mar y luego volver con tanta vehemencia é ímpetu, que saliendo de madre anegó muchas casas y derribó, y el Conde, que estaba á la sazon, como habemos dicho, en el puerto, corrió mucho riesgo de la vida, porque las casas donde posaba, que eran de Fulano Trujillo, dieron consigo en el suelo, y la mar llegó y entró por ellas, y si no fuera por buena diligencia, y principalmente porque Nuestro Señor le quiso guardar, allí pereciera, porque en acabando de salir huyendo de lo uno y de lo otro, la escalera y lo alto dió consigo en el suelo.

Gobernó muy bien, poco más de cuatro años, aunque sus continuas enfermedades no le daban tanto lugar; tenia muy entero el entendimiento, con ser muy viejo; á sus importunaciones, el Rey nuestro señor le dió licencia para dejar el cargo; fuese á España, y como era viejo en breve tiempo acabó sus dias en buena vejez.

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