CAPITULO XXVI DE LA GUERRA QUE HIZO AL INGA
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Prosiguiendo su viaje don Francisco de Toledo, Visorrey destos reinos, desde Guamanca al Cuzco, y llegando á esta ciudad, fué recebido solemnísimamente por el cabildo della y demás ciudadanos, y en la puerta de la ciudad, jurando de guardar los fueros y derechos della; al tiempo de firmar, el escribano de cabildo le dió una pluma de oro con que firmase. El primero dia de fiesta se lucieron muchas con toros y juegos de cañas guarnecidas con plata. Descansando allí unos pocos de dias del trabajo del camino, que lo es y muy áspero, aunque para Virreyes, obispos, prelados y otros personajes desta calidad no lo es tanto, llevando desde Guamanga noticia de los daños que los Ingas que se quedaron en los Andes y no quisieron salir cuando el marqués de Cañete el Viejo, de felice memoria, sacó al Inga (como dijimos), determinó por bien ó por mal sacarlos, allanarlos y reducirlos al servicio de Su Majestad, porque salian con mano armada y hacian particularmente daño, robando y matando en los términos de Guamanga y el camino Real que hay desde allí al Cuzco; por lo cual nombró sus capitanes á Martin de Arbieto de Mendoza, capitan general, á Martin de Meneses capitan, vecino del Cuzco, y á otros, é publicó la guerra con toda solemnidad acostumbrada; envió algunos criados de su casa, lanzas y arcabuces, que salieron desde Lima acompañándole, como tenian obligacion, mal pagados; entraron en las montañas de los Andes; los Ingas habian alzado y jurado á su modo por rey á un Inga, muchacho de 18 á 20 años, de la casa de los Ingas señores, porque viejo ni otro no habia más cercano; los cuales, viendo la pujanza de los españoles, ni los esperaron á batalla ni acometieron; antes se fueron huyendo un rio grande abajo, en pos de los cuales en balsas los nuestros se echaron; alcanzáronlo y prendieron al pobre muchacho y los principales de sus capitanes, con los cuales se volvieron al Cuzco muy victoriosos, porque ni de la parte de los nuestros ni de los Ingas hobo derramamiento de sangre.
Llegados al Cuzco, mandó el Visorrey que en la fortaleza que llaman del Cuzco, casa de don Carlos Inga, hijo de Paulo Inga, el cual ayudó á los españoles á conquistar el Collao con 40.000 indios que traia consigo, é fué con don Diego de Almagro el viejo á Chile, que no es muy fuerte, le mandó poner preso, creo sin prisiones; empero á sus capitanes todos en ellas y á buen recado con guarda de españoles lanzas y arcabuces, y de indios Cañares. Procedió contra el Inga y sus capitanes, y mandó á religiosos de nuestro convento del Cuzco los industriasen y enseñasen las cosas de la fe, para que si quisiesen ser cristianos los baptizasen, y lo mismo al Inga, los cuales, particularmente el Inga, como era de poca edad, en breve deprendió las oraciones, y persuadiéndole fuese cristiano y pidiese el sacramento del Baptismo, lo hizo é fué baptizado. El Visorrey procedia y hacia sus informaciones contra el Inga é los demás, que cometió al capitan general, y por lengua á un mestizo que consigo traia para este objeto, muy gran lengua y en la nuestra muy ladino, llamado Fulano Jimenez, empero en comun llamado Jimenillo; hechas, pareció, conforme á lo que el Jimenillo interpretaba, tener mucha culpa el Inga de los robos é muertes que los suyos hacian, saliendo á hacerlos al distrito de Guamanga y camino Real de allí al Cuzco, y condenóle el Visorrey á cortar la cabeza; hicieron en la plaza su cadahalso para el dia señalado, y aunque fué importunado el Visorrey por el reverendísimo de Popayán, augustino, que se halló en el Cuzco, varon religiosísimo, tenido en su obispado y acá por un hombre perfecto, no quiero decir sancto, amado de todo el reino, que de rodillas, no es encarecimiento, le suplicó no le justiciase, sino lo enviase á Su Majestad, porque era muchacho y habia poco tiempo le habian jurado por rey, y no era posible que entendiese ni mandase hacer aquellos robos ni muertes que se habian hecho, y cargando los prelados de las Ordenes, no fueron poderosos para que no ejecutase la sentencia dada; sacáronle, y subiéndole al cadahalso para cortarle la cabeza, y viendo el pobre muchacho que no habia remedio, sino que habia de morir, dijo: Pues ¿para matarme me persuadieron me baptizase y fuese cristiano? Lo cual en los que se hallaban presentes causó muchas lágrimas y sentimiento, pero no aprovechó cosa alguna para que se le otorgase la vida. Cortáronle la cabeza y á los capitanes ahorcaron, y en una frontera llamada Villcabamba mandó el Visorrey poblar un pueblo, donde puso por capitan general de aquella frontera y provincia al mismo Martin de Arbieto, y el dia de hoy está poblada, y la tierra pacífica; empero Martin de Arbieto es ya muerto y el Visorrey tambien, los cuales de la justificacion han dado cuenta, y si fué justa, lo habrá Nuestro Señor pagado, y lo mismo si injusta.
De las informaciones hechas por la interpretación de Jimenillo, resultó alguna culpa contra los Ingas que vivian en el Cuzco, y en particular contra don Carlos, casado con una española, de la cual tenia entonces un hijo niño, llamado don Melchior; decian que los Ingas de los Andes y los demás del Cuzco le habian jurado por rey destos reinos, por lo cual se procedió contra don Carlos. Quitóle el Visorrey la casa y puso en ella guarnición de soldados lanzas y alguna artilleria, é indios Cañares, en la cual se guardaban las costumbres que en las fortalezas, y por castellano á don Luis de Toledo, caballero muy principal y deudo suyo.
Privó á don Carlos de los indios que tiene perpétuos; empero apelando por via de agravio, el Audiencia de Los Reyes se los ha vuelto, y casas y demás haciendas, y por su muerte las posee su hijo, ya hombre, casado con una española; á los demás Ingas desterró para Lima, y no sé si aun para Tierra Firme, los cuales apelando como don Carlos, los más murieron en Los Reyes, como mueren muchos de los serranos, y de los que volvieron de sus casas al Cuzco libres por el Audiencia, venian tales de la tierra callente, que en llegando acabaron sus dias; de suerte que de los Ingas descendientes de Guaina Capac, ninguno, ó pocos, ha quedado.