CAPITULO VIII DEL MARQUÉS DE CAÑETE
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Al Visorrey don Antonio de Mendoza sucedió don Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, cuya memoria permanece con alabanza perpétua; varon realmente de muchas y admirables virtudes, dignas de ser imitadas de todos sus subcesores, y alabadas de los historiadores, y puestas sobre las nubes, pues para tractar dellas se requeria otro talento qu'el mio, y facundia más aventajada; por lo cual confieso ser atrevimiento mio, criado (puedo decir) en estas remotas partes, á quien lenguaje y órden de escribir le falta, que ni he visto cortes de Reyes ni príncipes, ponerme á escribir lo que otros, haciéndome grandes ventajas, han reusado; mas viendo que no era decente que sus virtudes y hechos en el rio del olvido quedasen anegados, en breve escribiré lo que todo este reino de su gran cristiandad experimentó, ánimo generosísimo, entrañas más que de padre para los pobres, afabilidad para los humildes y pecho para rebatir los ánimos soberbios, y finalmente, mereció ser llamado padre de la patria.
Partió de España el año de 56, y llegando con buen tiempo á Tierra Firme, halló en ella muchas cartas de la Audiencia de Los Reyes, en que le avisaban que don Pedro Luis de Cabrera, vecino del Cuzco, se habia retirado medio casi rebelado á la ciudad de San Miguel de Piura, teniendo en su compañia algunos de los notablemente culpados en la rebelion y tirania de Francisco Hernandez Giron, uno ó dos de los cuales habian sido sus capitanes, por lo cual viese lo que convenia ser hecho; y porque se entienda lo que vamos tractando, don Pedro Luis de Cabrera, caballero conocido, natural de Sevilla, era vecino (como dijimos) del Cuzco, y de muy buen repartimiento; concluida la guerra de Francisco Hernandez, y tirania, donde sirvió muy bien, bajando á Lima no sé con qué ocasion, con alguno ó con todos de los Oidores se desabrió, por ventura por la compañia que sustentaba, y desabrido se vino con los suyos á Trujillo, de Trujillo á Piura, donde muchas veces fué requerido por la Audiencia de Los Reyes despidiese aquellos traidores; si no, procederian contra él.
El Audiencia por entonces no era poderosa contra don Pedro de Cabrera, por no alborotar la tierra, porque los ánimos de los que en la guerra habian servido á su costa, hallándose pobres y sin remedio de que se les gratificasen sus servicios, no sabiendo quién era proveido por Virrey, y no lo esperando tan presto, descomedíanse, y aun hacian algunas befas, y hobo dia que muchos destos pretensores juntos se fueron al acuerdo donde los Oidores estaban, á pedirles les diesen de comer, con no poco descomedimiento; bastante fué ir junctos á esto; de suerte que por ver á la tierra en la condicion y estado referido, los señores de la Audiencia sufrian más de lo que en otro tiempo no sufrieran.
Don Pedro de Cabrera hacia poco caso destos requerimientos ó cartas, ni despedia la compañía de traidores; ya dije no eran todos. Despachó el Audiencia al factor Bernardino de Romani, hombre de pecho, y prudente; pero no se atreviendo á ejecutar lo mandado, ni llegar donde don Pedro de Cabrera estaba, se volvió á Los Reyes. Luego la Audiencia, temiendo alguna rebelion, despachó al licenciado Hernando de Santillan, Oidor, que despues fué Presidente de Quito y obispo de la ciudad de La Plata, contra don Pedro de Cabrera, con copia de criados, porque ruido de armas no convenia, porque la tierra no se alborotase si con soldados y armas descubiertas le despachara, para que le redujese, y si fuese necesario prendiese, y preso lo trujese á Los Reyes; sabido esto por don Pedro de Cabrera, salióse de Piura con toda su gente y dió la vuelta sobre la isla de la Puna, donde se hizo como fuerte y estaba como medio encastillado; por lo cual el licenciado Santillan se quedó en Piura, no pasando más adelante, casi como en frontera, para que si don Pedro se desmandase le pudiese refrenar. Vistas, pues, estas cartas por el Marqués, ignorando que don Pedro estaba en la Puna, despachó luego de Tierra Firme á un caballero de su casa, don Francisco de Mendoza, nobilísimo caballero, deudo suyo, muy discreto y no menos gentil hombre, con cartas para don Pedro de Cabrera, regaladas y discretas (yo las vi y leí en Túmbez), en que le mandaba que, recibidas, se partiese luego para Los Reyes y allí le aguardase, porque no pensaba desembarcar en ningun puerto hasta llegar al del Callao, adonde le veria, porque traia órden de Su Majestad el emperador Carlos Quinto, de gloriosa memoria, de tenerle muy cerca de sí, de quien se habia de informar del estado de todo el reino, y con su parecer hiciese merced á los beneméritos. Llegó don Francisco á Paita, y sabiendo don Pedro se habia retirado de Piura para la Puna, despachó luego las cartas del Marqués con un criado suyo, las cuales recibidas, con gran alegría se embarcó con aquellos capitanes y soldados en balsas, para la playa de Túmbez, adonde llegando en dos dias y aun ante se desembarcó con todos ellos, confiadísimo que el Marqués habia de hacer muchas mercedes á los que traia consigo.
Llegado á Túmbez, luego se partió para Trujillo; perdióse en el camino antes de llegar á Piura, adonde Nuestro Señor le proveyó de un aguacero; si no, pereciera de sed, y los suyos, ó porque olieron el poste ó porque fueron mejor aconsejados, desde Piura cada uno tiró para su parte, que nunca más se vieron; llegó á Trujillo y luego cayó en la cama indispuesto.