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Descripción colonial, libro segundo (2/2)

CAPITULO LVII [DE LA MUERTE QUE EL ADELANTADO MENDAÑA HIZO DAR AL MAESE DE CAMPO]

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Viendo los naturales que los españoles poblaban, al momento dejaban sus casas y lo poco que en ellas habia. Visto por los nuestros, con mucha priesa fueron á ellas, pensando hallar algo de cobdicia, y no hallaron sino unos pocos de cocos con que beben, y algunas esportillas de palma con unas raíces á forma de biscocho, que es su principal sustento; empero para los españoles es como ponzoña, porque en metiéndolas en la boca se cubria de ampollas, con una aspereza grande y desabrimiento, aunque la falta de comida general las hacia sabrosas; en todas las casas no se halló memoria de oro ni plata; sólo se aprovecharon para la nueva poblazon de la madera; entre las casas destos naturales habia algunas grandes que parecian ser sus adoratorios; habia pintadas algunas figuras de demonios, y lo que les ofrecian colgaban juncto á ellas: cocos, palmitos, plátanos y otras cosas de comida. Al fin hízose el pueblo y cerróse de palizada para defenderse de los naturales, que por momentos los apretaban, hasta que se trujeron tres ó cuatro piezas de artilleria, con las cuales fácilmente los desperdigaban; en todo este tiempo el Adelantado se estaba en la Capitana sin salir á tierra, sino de cuando en cuando á dar órden en lo que más convenia.

Los naturales, con todo eso, algunas veces inquietaban; otras traian cañas dulces y frutas de la tierra.

En este pueblo, por ser la tierra muy cálida y húmida, comenzaron á enfermar los españoles, que apenas enfermaba alguno que sanase; pero la mayor enfermedad fué la discordia que se encendió entre el Adelantado y maese de campo, queriendo defender con palabras á un soldado quel Adelantado tractaba mal. Las palabras fueron decir que les bastaba á los pobres soldados sus trabajos, sin malos tractamientos, y que el maese de campo en todas ocasiones habia vuelto por el Adelantado.

Dende á cuatro ó cinco dias el Adelantado salió á tierra con algunos marineros y pilotos, habiendo tractado con ellos de matar al maese de campo, y llegando á tierra se fué derecho á la casa del maese de campo con Juan Antonio y el capitan Juan Felipe, ambos corsos, y hallando al maese de campo que acababa de almorzar le dijo le queria hablar dos palabras; salió el maese de campo con el Adelantado, y llegaron á la playa, á donde razonando los dos, á cierta seña Juan Antonio llegó y con una daga le dió una puñalada en los pechos, y queriendo meter mano á su espada llegó el capitan Juan Felipe y con un alfange le cortó á cercen el brazo de la espada, y allí murió hecho pedazos. A las voces que dió una mujer que mataban al maese de campo, salió Tomás de Ampuero, diciendo: ¡Traidores! ¿á mi camarada? Un cuñado del Adelantado, con cinco ó seis marineros dieron sobre él y á estocadas le mataron, lo cual hecho se alzó el estandarte Real, diciendo ¡viva el Rey y mueran traidores! Tomóse motivo fuera de lo dicho, para estas muertes y otras, quel maese de campo preguntó á un piloto, llamado Jordán, que para volver al Perú ¿qué derrota se podria tomar? llegó esto á oidos del Adelantado y que Tomás de Ampuero habia incitado á 40 ó 50 soldados hiciesen una peticion para el Adelantado, pidiendo les cumpliese la palabra que les dió en el Perú de los llevar á la tierra que habia primero descubierto. Aquel mismo dia, á las cinco de la tarde, llegó el alferez Buitrago, del maese de campo, que habia ido con veinte soldados á buscar de comer; llegados, el Adelantado, que los esperaba, como llegaban los desarmaba y mandaba poner en el cepo, y al pobre alferez Buitrago mandó echar unos grillos y llevar á la puncta del rio donde estaba el padre Serpa, y mandó le confesase; el cual hincado de rodillas, porque dijo: ¿Qué he hecho yo que me quieren quitar la vida? llegó el sargento mayor, portugués, con un negro, un alfange en la mano, y dijo: Dale; el cual negro le dió tal golpe en la cabeza que le derribó muerto á los pies del confesor, dejándole ensangrentada la sotana. La mujer del alferez, que oyó una gran voz de su marido, saliendo y viendo lo que pasaba, pedia justicia á Dios; mandáronle callar, so pena que se haria otro tanto con ella.

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