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Descripción colonial, libro segundo (2/2)

CAPITULO X EL MARQUÉS LLEGA Á TRUJILLO

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Aquí en Chicama fué servido el Marqués con todo el regalo posible, porque así lo mandó doña Ana de Valverde, mujer que fué del capitan Diego de Mora, en cuyo ingenio fué hospedado (como habemos dicho) con gran abundancia y todos que iban y venian; de donde partió para la ciudad de Trujillo, cinco leguas de camino, en la cual fué recibido con mucha alegría y gasto de aquellos vejazos vecinos, en palio. Entró en un caballo blanco que le dió la ciudad y lo compró el comendador Melchior Verdugo, vecino de aquella ciudad. Trujo mucha casa: un mayordomo mayor, hombre muy principal, de mucho gobierno, de pocas palabras, pero muy discretas y graves, llamado Diego de Montoya; cuatro mestresalas; dos capellanes, y luego recibió en su servicio otro, un hermano mio, llamado Juan de Ovando; dos caballerizos, mayor y menor; muchos pajes y lacayos, y su guarda con su capitan; tanta y tan buena casa, que ningun Visorrey la ha traido tal, harta ni abastada. Fuese á posar á las casas del Capitan Diego de Mora, donde fué servido como era justo se sirviera un varon y señor de tanto valor y ánimo. Prestólo allí doña Ana de Valverde 12.000 pesos ensayados para su gasto; volvióselos de la Audiencia de los Reyes en oro. En llegando, la primera cosa que hizo fué mandar embarcar á don Francisco de Mendoza en un navio que acertó á estar en el puerto, para le llevar á Tierra Firme y se volviese á España, con lo cual los ánimos soberbios comenzaron á humillarse y á temer.

Entre otros capitanes y caballeros pobres gastados de la guerra que habian bajado á Trujillo á matar la hambre, bajó el capitan Rodrigo Niño, caballero pobre y adeudado de los gastos de la guerra, el cual á la sazon estaba en la cama enfermo, que no tenia sobre qué caer muerto, en casa de doña Isabel Justiniano, señora principal, que movida de caridad le regalaba en su casa y curaba. El cual así enfermo, diciéndole y pidiéndole albricias, que ya el Marqués habia desembarcado en la tierra y costa del Perú, preguntó que dónde; respondiéronle en Mal Abrigo; entonces dijo: Más quisiera desembarcara quinientas leguas más abajo, porque quien desembarca en Mal Abrigo no nos puede abrigar bien; mas engañóse diciéndolo, porque luego que el piadosísimo Marqués supo estaba enfermo, y sus servicios, le envió con un paje 1.500 pesos ensayados, para su enfermedad, animándole á que procurase[7] su salud, que dándosela Dios, en nombre de Su Majestad le haria merced, como se la hizo dándole 5.000 pesos de renta, y no los quiso; mandó el Visorrey al paje no recibiese un grano del capitan Rodrigo Niño; vuelto el paje y dada la respuesta, preguntole: ¿qué te pasó con el capitan? respondióle: señor, porfió mucho conmigo que tomase las barras para calzas, y como llevaba órden de Vuestra Excelencia que no recibiese un grano, no las quise recibir. Entonces dijo el Marqués: ¿es posible que un hombre que no tiene un grano de plata, tenga tanto ánimo? ¿quién ha de hartar los ánimos de los hombres deste Perú? y quien esto hacia con el capitan Rodrigo Niño, no le queria abrigar mal. Oí decir que el Marqués en España era tenido por escaso.

No se puede creer, por la liberalidad que mostró en estos reinos en todas sus cosas, siendo, como es así, verdadero refran que los que pasan la mar mudan los aires y no los ánimos; que es decir: múdanse de un reino á otro, de una region á otra, pero no mudan sus inclinaciones naturales. En esta ciudad se detuvo casi un mes, en el cual tiempo muchas veces enviaba á visitar á don Pedro de Cabrera, el cual, como dijimos, llegado á ella enfermó, y don Pedro deseaba mucho la salud, por besar las manos al Marqués, pensando habia de destruir á todos los Oidores, segun tenia contra ellos cosas verdaderas ó fingidas, y fingidas debian ser, porque los Oidores de aquella sazon eran varones muy libres y enteros de lo que á algunos suelen infamar. Ya que estuvo con salud, envió pedir licencia al Marqués para le besar las manos.

Envíale á su capitan de la guardia con cuatro alabarderos y una mula para que lo lleve al puerto y lo embarque en el navio donde estaba embarcado don Francisco de Mendoza, y de allí lo lleven á Tierra Firme, y dende á España, como se hizo. Fué justísimo embarcarle, con que admiró á muchos y sosegó á otros.

Cuando llegó á esta ciudad, la justicia tenia preso á un vecino della, llamado Lizcano, por sospecha que habia hecho un libelo infamatorio, contra el cual hobo algunos indicios, los cuales si se le probaran corriera riesgo de la vida, como lo merecen semejantes malos hombres y peores cristianos; no se le probó. El Marqués muy buenos, sí los mostraba, de le mandar justiciar; mandólo desterrar á España, y embarcáronle en el mismo navio.

Hiciéronse muchas fiestas de toros y cañas, y el Marqués, como aficionado á caballos y ejercicio dellos, los domingos y fiestas salia á caballo y hallábase en la carrera; hízosele allí un picon gracioso.

En la ciudad vivia Salvador Vazquez, muy buen hombre de á caballo de ambas sillas, pero de la jineta mejor; tenia bonísimos caballos hechos de su mano; un dia en la carrera tractó con el general Pablo de Meneses, y comendador mayor Verdugo, de hacer el picon, y puesto en ella parte con su caballo, y ya se le caía la capa, ya la gorra, ya estaba en las ancas del caballo, ya en el pescuezo; finalmente, paró, y fínjese muy enojado, y vuelve á pasar delante del Marqués. Cuando emparejó díjole el Marqués: bueno está, señor, no os pongais en más riesgo; la culpa fué del caballo; no paseis adelante, por mi vida. Salvador Vazquez, responde: suplico á Vuestra Excelencia sea servido darme licencia para pasar otra vez la carrera, porque estoy corrido y afrentado que este caballo delante de Vuestra Excelencia haya hecho tantos desdenes y á mí caer en una falta semejante.

Los que sabian el caso suplicaron al Marqués lo dejase volver á pasar la carrera; consintiólo, y puesto en ella, parte Salvador Vazquez con su caballo como un gamo, y antes de parar el caballo hecha mano á la capa y espada, y desnuda, jugó della muy bien, y tornó á ponerla en la vaina y su capa en su lugar. El buen Marqués recibió mucho gusto y dijo riéndose: Bueno ha estado el picon; yo me he holgado de ver la segunda carrera, porque delante del príncipe nuestro señor se pudiera hacer.

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