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Descripción colonial, libro segundo (2/2)

CAPITULO XX DE LA MUERTE DEL MARQUÉS

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Cuatro años habia, poco más, que gobernaba el Marqués, padre de la patria, siendo amado y tenido de los buenos y de los malos, cuando Nuestro Señor fué servido llevarle para sí, recibidos devotísimamente todos los Sacramentos, que muchas veces frecuentaba, sabida ya la venida del conde de Nieva por Visorrey destos reinos, proveido luego que murió don Diego de Acevedo. El dia de su muerte fué muy triste para la cibdad de Los Reyes, y para todo el reino; fué llorado de todos y en particular de los pobres. Enterróse en el convento del seráfico San Francisco, de donde, sacados sus huesos, fueron llevados á España por el padre fray Juan de Aguilera, comisario de aquella Orden en estos reinos.

Era hombre de mediana estatura, más grande que pequeño, espaldudo, y de miembros fornido, de gran ánimo y generoso; nada amigo de derramar sangre, empero que se hiciese justicia; amigo de los hombres animosos. No se espantaba de que hobiese algunas pendencias, porque es imposible menos. Sucedió lo que diré: Acabando de comer (no dormía la siesta, sino por maravilla), salíase á pasear á una sala cuya ventana en la esquina salia á la plaza; cuando á ella llegaba, sacaba el cuerpo fuera y miraba si habia algo en ella; á una vuelta, mirando la plaza, vió que se encontraron dos caballeros de Jerez, enemistados, ó escogieron aquel lugar para reñir á tiempo que en ella no pareciese nadie; echaron mano á sus espadas don Yelmo de Gallegoso y el capitan Patiño, y comenzaron á reñir con gentil donaire y ánimo. El Marqués recostóse sobre el pretil de la ventana mirando cómo reñian, en lo cual tardaron buen rato sin que la justicia ni hombre acudiese á meterles en paz; hiriéronse ambos y mal; acude la justicia, préndelos; entonces el Marqués mandó al paje de guardia que vaya alcalde y le diga de su parte no los lleve á la cárcel, sino á cada uno les dé la posada por tal, que aquella causa tomaba para sí; y luego envíales á cada uno una barra de plata diciéndoles les ha visto reñir desde el principio, y se habia holgado, y lo habian hecho como muy buenos caballeros; se curasen y recibiesen cada uno su barra para pollos, y sanos, tractaria de las amistades. Los heridos besáronle las manos, y que Su Excelencia hiciese dellos lo que fuese servido. Sanaron, hízoles amigos; don Yelmo siguió su viaje á España; el otro se quedó acá en el reino. Hacia burla de cosas de alzamientos y rebeliones, de lo cual otros han hecho gran descargo de servicios á Su Majestad. Hobo en Los Reyes cierto rumor de alzamiento; salíase á pasear una y dos veces cada semana, y las fiestas y domingos íbase por las chácaras, y á los que le acompañaban mandaba se quedasen, y con un solo paje se iba buen trecho solo. Su mayordomo mayor decíale: Señor, ¿cómo se va Vuestra Excelencia solo sabiendo lo que se ruje en la ciudad? Respondióle diciendo: Por eso me aparto solo, para ver el ánimo destos. Pues esta gente, ¿se ha de atrever á eso? Sucedió así que de la cibdad del Cuzco le enviaron un soldado, con informacion no muy bastante, sino de indicios leves, que se queria alzar ó tractaba dello, para que el Visorrey le mandase castigar. En una visita de cárcel (no perdió ninguna), salió el pobre soldado aherrojado, y leida en breve la causa de su prision, llamóle y díjole: ¿Vos os queríades alzar con el Cuzco? el miserable, temblando, respondió: No, señor; ¿quién soy yo ni qué calidad tengo para eso? Enemigos que en el Cuzco tengo me han impuesto ese testimonio. El Marqués llama al alcaide (el pobre ya pensó estaba ahorcado), y dícele: Quitad las prisiones á ese hombre; y al hombre dícele: Andad, id luego derecho al Cuzco, y alzáosme con aquella ciudad; si no, por vida de la marquesa, que tras vos envio para que si no lo hiciérades os hagan cuartos. ¿Cada chirrichote se ha de alzar contra la Majestad del Emperador y rey nuestro señor? El otro, en saliendo de la cárcel, no pareció más ni fué al Cuzco; bien sabia el magnánimo Marqués que no habia de ir aquel miserable al Cuzco.

En manos de otro cayera, que por lo menos fuera á remar á las galeras.

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