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Descripción colonial, libro segundo (2/2)

CAPITULO XLI EL VISORREY MANDA VOLVER EL CAMPO AL PERÚ

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Viendo, pues, el Visorrey su poca salud, y lo que el licenciado Recalde le aconsejaba era lo justo, bueno y sancto, y el riesgo qu'el reino corria, determinó mandar se diese la vuelta al Perú, ya todo el campo muerto de hambre, y los que más la padecian eran los pobres indios, los cuales si encontraban con algunas sillas se comian los cordobanes y guarniciones; los más se aventuraban á salir á este reino, y salieron algunos; vi un indio en la cibdad de La Plata, del repartimiento del capitan Hernando de Zárate, que á su ventura se atrevió á salir y llegó á la cibdad, y fuese derecho á casa de su amo, donde á la sazon estábamos dos religiosos; doña Luisa, mujer del capitan don Fernando, cuando le vió compadecióse grandemente y todos nos compadecimos; regalóle, acaricióle, mandó que le diesen de comer; no parecia sino la estatua de la muerte, en los puros cueros y en los huesos; al cual preguntándole el estado de los nuestros, dijo lo que habemos referido. Preguntámosle más: ¿cuántos Chiriguanas traian en colleras? lleváronlas Chichas de acá. Respondió estas palabras: Ni solo una uña de chiriguana traen los cristianos.

Todo el real casi venia á pie, porque los caballos, pasaron de más de 1.600, se quedaban estacados de cierta yerba que comian, haciendo espumarajos; salieron cual ó cual, y como no habia en qué traer la ropa, quedábanse los toldos armados y las petacas llenas.

El licenciado Recalde se mostró gran cristiano para con los indios, y Nuestro Señor se lo pagó, porque encontrando al indio animado ó á la peña, transido de hambre, le hacia dar de comer, lo traia en su compañia, y si no podia caminar, en sus caballos ó mulas lo mandaba subir; dejando su caballo, y quitándolos á sus criados y á los de su casa, los daba á los indios; albergábalos, curábalos en sus toldos, con lo cual libró no pocos de la muerte y sacó á esta tierra; finalmente, sus toldos eran las enfermerias de los pobres indios. Con mucho trabajo salió el Visorrey y el campo á la tierra del Perú, á un valle llamado Tomina, sin que en el camino recibiese algun daño de los Chiriguanas, que fué no poca merced que Nuestro Señor hizo á todo el reino, y si bien se considera, confesaremos que el mismo Dios puso[18] en las manos de los nuestros á los Chiriguanas, y los cegó para que no conociesen la oportunidad, creo por la gran soberbia con que entraron.

Si el capitan Juan de Zárate siguiera el consejo que le daban, habria preso y captivado muchos de los principales Chiriguanas, enseñándoselos con el dedo en el pueblo donde dijimos llegó y no halló resistencia alguna. Fué señor de la comida, y si no la desamparara no se padeciera en el real la penuria que della hobo, ni hobiera hambre, y la guerra casi era acabada, y si no acabada, se habria puesto en término de acabarla presto. Puso tambien Nuestro Señor á los españoles en las manos Chiriguanas; empero, usando de su acostumbrada misericordia con ellos, cegó á los Chiriguanas para que no conosciesen el tiempo, ni se aprovechasen dél ni de sus propias costumbres de pelear, porque con ser gente que no pelea sino á traicion y de noche, con nosotros pocas veces de dia, sí de noche; si fueran dando arma en el campo, de suerte que los desvelaran y hicieran estar en arma toda la noche, hambrientos, sin fuerzas para tomar armas, y desvelados, ¿cómo volvieran á este reino? ¿por qué camino?

Abriéndolo venian; cególos Dios, y olvidáronse de su órden de pelear. Del campo dióse aviso al Audiencia y á la cibdad cómo salian y cuán destrozados y hambrientos. Salió con la brevedad posible el Presidente Quiñones á les llevar refresco, el cual llegando al valle de Tomina y sabiendo cuánta más necesidad traian de la que en las primeras cartas se habia significado, y que los gastadores estaban cerca, ya casi arrimados á los árboles, tomando su mula y en ella unas alforjas, y los demás que con él iban haciendo lo mismo, con la priesa posible llegaron donde los gastadores estaban, entre los cuales hallaron dos ó tres ya arrimados á unas peñas, los ojos vueltos en blanco, de hambre; animóles y dióles el refresco que llevaba, con lo cual los volvió en sí y avisó al campo cómo habia llegado con bastimentos y otro dia seria con ellos; con esto los unos y los otros se animaron y llegaron al valle nombrado Tomina, sin que se perdiesen tres soldados, á donde fueron muy caritativamente recebidos de los que en él habitaban, españoles chacareros, que con gran liberalidad daban de comer á todo el campo, vaca, ternera, cabritos, ellos y sus mujeres amasando de dia y de noche el pan para los que á sus casas llegaban con no poca pérdida del crédito español.

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