CAPITULO V DE LOS REVERENDÍSIMOS DE LA PLATA
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El primer obispo nombrado para la ciudad de La Plata fué el Regente fray Tomás de San Martin, de nuestra Orden, de quien, tractando en el libro precedente de nuestro convento de Los Reyes, dijimos alguna cosa; varon de mucho pecho y valor, muy docto, gran predicador, de bonísimo y acendrado ingenio, de mucha prudencia, con la cual, despues de vencido[3] el tirano Gonzalo Pizarro, y repartida la tierra, hallándose muchos descontentos, por haber quedado sin suerte, de los servidores de Su Majestad, temiéndose otra rebelion peor que la pasada, en un sermon[4] los quietó, diciéndoles que lo menos que habia que repartir se repartió; porque habia tal y tal descubrimiento y conquista, de noticia y riquezas nunca oidas; que esto se dejaba para los ánimos valerosos, con lo cual y con otras razones quietó los ánimos que estaban ya medio rebelados. No le alcancé, porque cuando llegué á la ciudad de Los Reyes habia poco era muerto; pero lo que dél se decia es que en el tiempo que duró la tirania de Gonzalo Pizarro, el cual siempre lo tuvo por sospechoso, y aun le quiso matar, y despues de llegado á estas partes el presidente Gasca, andando siempre en el ejército de Su Majestad, más soldados y capitanes le acompañaban que al Presidente, ni al ilustrísimo de Los Reyes; tan bien quisto era de todos, y tanto le amaban. Diré lo que á personas que le oyeron el sermon dijo hablando con el presidente Gasca en favor de un caballero de Cáceres que habia servido bien, y habia quedado sin suerte; llamábase el caballero Mogollon; quejósele que no le habian gratificado sus servicios, y rogóle con el presidente Gasca fuese parte para ello; prometióle hacerlo, y en un sermon que se ofreció, presente el Presidente, muy á propósito trujo: Agora, señor, cosa es digna de que nos admiremos que coman todos de mogollon, y que Mogollon muera de hambre; no es de vuestra señoría consentir tal cosa. Esto fué bastante para que se le diese un repartimiento, creo en Arequipa, y así fué. Predicó á Su Majestad del emperador Carlos V, de gloriosa memoria, Rey y señor nuestro, en Flandes, domingo, en las octavas de Nuestra Señora de la Asumpcion, y el dia propio de Nuestra Señora habia predicado un religioso del seráfico Francisco, y hecho una escalera de doce gradas por donde habia subido Nuestra Señora; dejó admirada á la corte la fama del regente y provincial de las Indias; además de la presencia del Emperador y cortesanos, concurrió todo el mundo, y refiriendo en breve las gradas de la escalera que habia traido el presidente de San Francisco, dijo: pues más gradas faltaron, y añadió otras ocho más, con lo cual todos quedaron pasmados. Allí le hizo Su Majestad merced por sus méritos, y porque más merced merecia, del obispado de La Plata, dividiéndolo del Cuzco, de donde se partió para estas partes, habiendo dado primero larga relacion de todo lo pasado en la rebelion de Gonzalo Pizarro (fué con el presidente Gasca) á Su Majestad, y Su Majestad, teniéndose por muy servido, le dió licencia para volverse. Llegó á la ciudad de Los Reyes, donde en breves meses dió el ánima al Señor y fué enterrado en nuestro convento é iglesia, que siendo provincial habia hecho, en la capilla mayor, al lado del Evangelio, con gran sentimiento de toda la ciudad, y mayor de nuestros religiosos, sin llegar á sentarse en su silla. Todo lo que tenia dejó al convento.
Quedando vaca esta silla, Su Majestad del Rey nuestro señor Filipo II hizo merced della al padre fray Domingo de Santo Tomás, maestro en sancta Teologia, doctísimo, gran predicador, gran religioso, gran celador del bien y conversion de los naturales, y no menos de las conciencias de los españoles, varon benemérito desta silla y de otra mayor; debia haber un año ó poco más habia venido de España, donde siendo provincial habia ido á un capítulo general en que se juntaron todos los provinciales de la Orden, y con traer recado del General de la Orden para ser vicario general y visitador suyo, nunca quiso usar deste poder, ni mostrarlo hasta haber aceptado; vivia en el convento de Lima, con título solamente de la Universidad que entonces en nuestra casa estaba, y en las con conclusiones generales, particulares y conferencias se hallaba y presidia: entonces era yo estudiante de Súmulas. Llegadas las bulas y cédulas de Su Majestad, no queria aceptar, aunque el conde de Nieva y comisarios le daban priesa aceptase; retrújose á nuestra chácara, que dista de la ciudad una legua pequeña; finalmente, allí aceptó; aunque algunos religiosos nuestros, particularmente un buen viejo que vivia en Chincha, le persuadia no aceptase, y finalmente aceptó, y el propio dia, viniendo de la chácara al convento acompañado de muchos caballeros y religiosos, en el camino le dió un tan gran dolor de ijada, que llegando á la ciudad, y habiendo de pasar por el convento de San Augustin, que es donde agora está la iglesia y parroquia de San Marcelo, no le dejó el dolor llegar á nuestro convento, sino que allí se quedó hasta que se aplacó, y aplacado se vino á casa. Sabido por el buen viejo en Chincha, escríbele y dícele: Señor, ¿no persuadí á vuestra señoria no aceptase el obispado? Advierta bien á lo que le sucedió el dia que aceptó, y sepa que no le han de faltar grandes trabajos. Parece le fué profeta el buen religioso, porque, como luego diremos, tuvo muchos, y la orina é ijada le acabó. Ello es cierto que honores afferunt secum dolores, que es decir: los cargos traen consigo muchos trabajos. Acordábase muchas veces el buen obispo de la carta de su amigo.
Aceptado el cargo, luego le consagró el ilustrísimo y reverendísimo de Los Reyes con mucha pompa y aparato, donde concurrió á la iglesia mayor todo el pueblo, por ser el primer obispo que en ella se consagraba; hizo la fiesta y gasto el ilustrísimo de Los Reyes, con mucha magnificencia; luego se celebró un Concilio provincial; acabado, fuese á su iglesia, donde fué recibido solemnísimamente, y en el primer pueblo de indios de su obispado, creo ser Paucarcolla, por el camino de Arequipa, viéndolo sin iglesia, la mandó hacer á su costa, con ser los pueblos y indios ricos, buena, de una nave de adobe, sus portadas de ladrillo; el enmaderamiento es lo más costoso, porque se traen de lejos las vigas; no reparó en eso. Llegado á la ciudad de La Paz, el primero pueblo en su camino de españoles, dió priesa á la labor de la iglesia mayor, á la cual ayudó de su renta un tanto cada año, aunque no se acabó viviendo, pero despues años; llegando á la ciudad de La Plata, fué recibido con gran aplauso de la ciudad é indios de toda la marca, y de los que vinieron de Potosí; amábanle como padre, y visitado su obispado, bajó otra vez á Lima, á otro Concilio provincial, y volviendo á su silla y llegando á ella dióle Nuestro Señor un purgatorio, ó por mejor decir dos: el uno con sus prebendados (no con todos) que yo conocí, no agora tales como su estado requeria, y favorecidos por la mayor parte de la Audiencia, á los cuales queriendo corregir no podia. El otro fué el mayor, pues le acabó la vida: una enfermedad, por muchos meses, de ardor de orina (con ser templadísimo en comer y beber) que en fin le llevó á la sepultura. Dos meses antes que moriese, sintiendo ya se le acercaba la hora de su partida para el Padre, pidió al padre prior de nuestro convento, que no está más que la calle en medio de su casa, le fuésemos allí á servir y acompañar cada uno ocho dias, hasta que Nuestro Señor fué servido de llevarle; fuimos de muy buena gana, donde yo serví las semanas que me cupieron. El Padre de misericordias que le dió aquel purgatorio le doctó de una paciencia admirable, porque todas las veces que habia de orinar, y eran más de cuarenta entre noche y dia, cuando los dolores más le afligian, y la orina más le abrasaba, nunca le oimos decir otra cosa más de: Pecavi, Domine; pecavi, Domine; que es decir: Señor, pequé; Señor, pequé. Lo cual muchas veces repetia, y descansando un poco decia: Ah, Señor, ¿á un hombre miserable enfermedad de caballeros? Fiat voluntas tua. Desabrirse con el servicio de su casa, ni tener la menor impaciencia del mundo si no se acudia tan presto con lo que pidia, ni por imaginacion. Esto es don de Dios y merced que á los suyos hace; cuando les da trabajos, los provee de fuerza y virtud para con alegría llevarlos. Viéndose ya cercano á su partida, reconcilióse; confesarse hacialo muchas veces; mandó se le trujese el Santísimo Sacramento; diré lo que le ví hacer, y todo el pueblo presente: trújolo el cura, llamado el padre Prieto, que despues fué religioso de San Francisco, y acabó loablemente en Tucumán; esforzose cuanto pudo, mejor diré, esforzóle Nuestro Señor; levantóse de la cama, vistióse su hábito de religioso, el cual nunca mudó, con su capa negra. Cerca del altar en que se habia de poner el Santísimo Sacramento se hincó de rodillas sobre una alfombra; quisiéronle poner un cojín; mandólo quitar; púsosele un escabelo corto sobre que se recostase, la enfermedad no le dejaba hacer otra cosa. Pues como llegase el cura y pusiese el Santísimo Sacramento sobre el altar, volvióse para este gran varon, comenzóle á hablar con la cortesía y reverencia que se debe á un obispo, y díjole: ¿no veis, hermano, que está presente el Señor de los señores, Rey de reyes, Señor del cielo y de la tierra? no me habeis de tractar sino como á uno de los del pueblo, delante del Rey no hay señoría; y así le dió el Santísimo Sacramento como si fuera el menor del pueblo, con tantas lágrimas de todos los presentes, cuantas era justo allí se derramasen. Poco antes que expirase recibió el Sacramento de la Extremauncion, y expirando, con ser un poco moreno de rostro, y la nariz aguileña, pequeño de cuerpo, quedó tan hermoso que parecia otro; era cierto maravilla verle y vestido de pontifical; parecia vivo. A cosa de su casa ninguno de sus criados llegó antes ni despues, más que si estuviera vivo, lo cual pocas veces suele suceder en las muertes de los obispos, como sucedió en la muerte de otro que luego diremos.
Diré tambien lo que vimos todos cuantos acompañábamos su cuerpo desde su casa á la iglesia: fué uno de los religiosos que volvió por el bien y conservacion de los naturales que ha habido en estas partes, y si dijere que ninguno le llegó, no mentiré. Era conocido de todos los curacas y no curacas del Reino, y como le habian tratado muchas veces tenianle amor. Sabida en Potosí (que dista de la ciudad de La Plata 18 leguas) su enfermedad, que le iba consumiendo, muchos curacas de los allí residentes le vinieron á ver, y á llorar con él, cuando estaba en la cama. El dia de su enterramiento, con toda el Audiencia y la ciudad, los indios se hallaron en su acompañamiento, y dábanse mucha priesa á llegar al ataud, donde le llevábamos vestido de pontifical, particularmente en las posas, á las cuales más de golpe se llegaban; los españoles deteníanlos, y ellos decian: dejanos ver á nuestro padre, pues ya no le veremos más, y no queda quien mire por nosotros; hiciéronsele las obsequias debidas, con gran sentimiento de todo el pueblo, y los canónigos, que no le eran muy aficionados, derramaban abundancia de lágrimas: Creemos piadosamente que desde su pobre cama, no era rica, sino casi como de pobre fraile, Nuestro Señor se lo llevó al cielo. Todo el tiempo que vivió, así en la Orden como fuera della, dió muestras de mucha virtud; jamás se le conoció vicio notable; de los descuidos cuotidianos ¿quién se libra de ellos? libérrimo de toda cobdicia y avaricia, y muy observante en los tres votos esenciales, y en las ceremonias de la Orden; era de mucha prudencia y cordura, y que delante de los príncipes del mundo podia razonar; humilde en gran manera, amigo de pobres y limosnero, su renta nunca llegó á 8.000 pesos, los cuales, dejando para su casa gasto moderado, lo demás repartia entre pobres; fundó en la ciudad de La Plata un recogimiento que se llama Santa Isabel, donde se criaban hijas de hombres buenos, pobres; sustentábalo con su hacienda; despues que murió creo no se tiene tanto cuidado. Con ser religioso nuestro, en su testamento no dejó más limosna á nuestro convento que á los demás. Entre los tres mendicantes mandó repartir igualmente su libreria, que era mucha y muy buena.
Sus casas, á una cuadra de la plaza, buenas, que rentan más de dos barras, dejó á su iglesia con obligacion de que cada uno el dia de su enterramiento le digan los prebendados vigilia y misa; no hizo ni fundó mayorazgo alguno, sino, á lo que creemos, en el cielo.
A quien sucedió el reverendísimo don Fernando de Santillan, que fué Oidor de Lima y Presidente de Quito, donde tuvo muy grandes trabajos y testimonios falsos que le levantaron; sacóle Nuestro Señor dellos y sublimóle á la catedral de La Plata; no llegó á sentarse en su silla, porque murió en Los Reyes. Su muerte fué bien llorada; no habia un mes que se habia tomado la posesion del obispado por él, cuando luego llegó la nueva de su muerte. Varon de grandes prendas y de mucha virtud, aunque fué primero casado.
A este famoso varon sucedió el reverendísimo Granero de Avalos, clérigo; no sé que dejase memoria de sí más de haber entablado la cuarta funeral en su obispado, como ya lo está en los demás destos reinos, con lo cual en breve, y con lo mucho que crecieron las rentas de los diezmos, se enriqueció mucho. Oí decir en la ciudad de Guamanga, que tractó casar un sobrino suyo con una hija de un vecino de aquella ciudad, con el cual ofrecia dar al sobrino 300.000 reales de á ocho; pero, finalmente murió, y sus criados le desampararon, y viéndose morir via le descolgaban la tapiceria, y dejaban las paredes mondas; é ya que estaba para expirar, en la cámara le tenian puesto un candelero de plata con una vela, y llegó uno, no hallando ya otra cosa, le quitó y se lo llevó poniéndole la candela entre dos medios ladrillos, y desta suerte acabó sus dias. La hacienda no sé qué se hizo; más vale morir pobremente con bendicion del Señor, que rico y desamparado. Dicen estaba muy mal quisto con sus prebendados y con otros; por eso se hallaron tan pocos en su casa al tiempo de su muerte.
Sucedióle el reverendísimo fray Alonso de la Cerda, de nuestra sagrada religion, hijo del convento nuestro de Los Reyes; acabó loablemente; vivió poco en el obispado; varon religioso y ejemplar y limosnero.
Al reverendísimo fray Alonso de la Cerda subcedió el reverendísimo don Alonso Ramirez de Vergara, varon de grandes prendas y muy docto y muy galano predicador, limosnero, y que en su iglesia catedral de los Charcas labró, segun soy informado, dos capillas y las dotó con abundante renta, de quien yo recibí y me invió quinientos reales de á ocho de limosna para ayuda á venir á este reino de Chile al obispado de la Imperial, que si con ella no me favoreciera, con dificultad viniera á él. Fué Dios servido de llevarlo casi súpitamente con una sangría que sin discrecion de los médicos se le hizo. A la hora que esto se escribe tengo por nueva cierta es promovido á aquel obispado el reverendísimo de Quito, de quien arriba tenemos hecha mencion.