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La quinta de Palmyra

XXVIII LUCINDA

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Aquel despertar de Palmyra a la vida tuvo voracidad, pero voracidad contenida.

Se paseaba por su jardín como loca entre las palmeras que tenían el cogote muy afeitado, pues acababan de ser aseadas y se veían sus mechones sobrantes por el suelo.

Eran días de aire feroz, un aire que movía las palmeras como si fuesen penachos de caballos de coche fúnebre. El aire parecía quererse llevar todos los sombreretes de la tierra.

En aquel remanso portugués se sentía la vaguedad insaciable. En aquella última playa se acostaba el invierno, allí era el sitio en que los trenes tropiezan con los topes finales.

El gran conflicto la traía suspensa, trémula, unos ratos arrebatada y otros pálida.

Esperaba con efusión sospechosa a Lucinda.

Había tenido mucha fama de eso y tenía los ojos unidos de las serpientes con las pupilas muy abiertas de quien ha querido ver mucho las cosas que absorbió, las víctimas desangradas. Tenía también el gesto sospechoso de la serpiente que muerde en lo bajo y mira hacia lo alto para ver encima de ella el gesto de la mujer mordida.

Se la veía, sin embargo, ya cansada y deseosa de paz. Su voz que había sido más dura, tenía inflexiones silenciosas y sordas. La esperaba con incertidumbre y deseo. Necesitaba encumbrarse en espejos más cálidos que los espejos fríos.

Su pensamiento se entestarudaba cada vez más...

¿Pero y el gesto? ¿Cómo se realizaría el gesto que inicia el gran secreto?

Sí, sí; en el hombre no volvería a incurrir. Su último rencor para él era el de aquella larga curación en la mayor soledad.

Esa dulzura resignada de la mujer, esa cosa de niño que ha crecido, no merecía el trato brusco del hombre generalmente engreído y en pos siempre de una nueva aventura.

La maltrataba el gesto de cansancio que tomaba en seguida el conquistador. No podía el hombre llevar una mujer a cuestas como una mujer lleva a un hombre sin revolverse contra él. Se veía que iban impacientes siempre y comparándolas con las mujeres muy bellas, de los demás.

La inmovilidad de las cosas era contradecida aquella tarde por la constante movilidad y pasaje de las nubes.

Todo se iba un poco con las nubes que robaban intimidad a las casas y que se llevaban algo así como el tiempo del paisaje, dejando sin fondo vital la vida paisana.

«¡Qué importa quedarse si todo eso se va! ¡De qué vale que nos creamos inmóviles!», pensaba Palmyra asomada a los cristales y viendo pasar las nubes cinematográficas de aquella tarde.

La tarde pasaba y Lucinda no llegaba.

Asomada al balcón, no podía retener una idea ni casi retenerse a sí misma.

Las nubes, rápidas, la daban una melancolía de desangramiento y Palmyra las miraba con gesto de dolorosa.

Se veía en ellas más de bulto que de ningún modo el pasaje de todo.

Aún tan atraída por las nubes frente al cristal de la ventana, se retiró hacia el fondo de la habitación, como para no marearse de tristeza y desgana y la escarmentó más ver las nubes correr en el fondo del espejo de su tocador. «Eso sí que es más grave que todo, eso sí que es irresistible» y se retiró a otra habitación.

Por fin llegó Lucinda. Traía los libros de poesías que Palmyra la había pedido para pasar la tarde, libros de mujer, entre los que se destacaba el de la regia muerta, de Renée Vivien, la diosa de todas, la que volvía de la muerte con viva morbidez.

Se sentaron en el ancho diván de la habitación confidente.

Lucinda leía los versos de la muerta suspirante.

CHANSON

De ta robe à longs plis flottants Ruissellent toutes les chimères, Et tu m’apportes le printemps Dans tes mains blondes et légères. J’ai peur de ce frisson nacré De tes frêles seins, je ne touche Qu’en tremblant à ton corps sacré, J’ai peur du charme de ta bouche. Je me sens grandir jusqu’aux Dieux Quand, sous mon orgueilleuse étreinte, Le doux bleu meurtri de tes yeux S’évanouit, fraicheur éteinte. Mais quand, si blanche entre mes bras, A mon cri d’amour qui se pâme Tu souris et ne réponds pas, Tes yeux fermés me glacent l’âme... J’ai peur,—c’est le remords spectral Que l’extase ne saurait taire,— De t’avoir peut-être fait mal D’une caresse involontaire.

Después siguió leyendo otro libro dedicado por una mujer a otra «...¡Ah! tu carne, bajo el agua y bajo mi carne, mi carne que busca todo lo que la huye y se la parece»... «Los cisnes turbados por nuestras rivales blancuras se aproximan y nuestros cuerpos se mezclan al «duvet» de sus alas»... «...y mis dedos pasarán sobre ti, con la obsesión deslizante de las ondas y mis dedos te harán sentir la insinuación ligera de las ondas. Y nuestros cuerpos tendrán el balanceo de los juncos sobre el agua; pues mis caricias saben el ritmo de las mareas».

Palmyra se sentía como nenufar de aquellos recitados cuyo camino se hacía para encontrar una sola flor.

«Yo la tenía sobre mi amor como una crucificada.»

Y como era una mujer la que hablaba de otra, la cruz era suave y sin tormentos y la crucifixión estaba llena de blanduras.

«Yo me acuerdo de las tardes rojas en que nos devorábamos, insaciablemente hambrientas, y nuestros besos se volvían asesinatos, y nuestras bocas entreabiertas, como heridas, tenían un gusto a sangre.»

Sentían un viejo consejo de otra como ellas: «Sé loca conmigo, pues la locura es la sabiduría de las tinieblas».

Después leía más versos de mujeres, versos de esas poetisas portuguesas dañadas por el mal insaciable y en los que se hablaba de «nesta agonía lenta do viver», de «nêgra dor espavorida», de «nêgra nostalgia», de «nêgros días ensombrados», «de «noites laurentas», de «un atardecer triste o doloroso», que «enrubescen o ceu», «de numa ancia desgrenhada», de los nervios «crispados por amarguras nas minhas noites perdidas», de perderse «na grande Escuridâo».

Lucinda acabó de recitar.

Palmyra se preguntaba: ¿pero y el gesto? ¿El primer gesto?

Una ternura de soledad y de atardecer largo las empujaba, pero hasta aquella misma mujer de fama perversa era tímida; comenzó su perversidad dejando caer el libro que guardaba entreabierto como un devocionario para encontrar con su cabeza al reclinarse para cogerlo el pecho de la amiga. Palmyra sintió en aquel tropezón una voluptuosidad extrema, sin engaño ni arrebato.

Muchas veces, en la necesidad de amansar los deseos locos de ternura de su cabeza, también ella había dejado caer a propósito un dedal, las tijeritas, un lápiz, así, en medio de una tertulia apiñada, para poder desvanecer un poco de la sed de ternura de su cabeza en un regazo ajeno.

¿Iba a ser una pasión espúrea la suya?

No. Iba a tener alguien que la acompañase con el mismo miedo y el mismo deseo. Necesitaba a quien confesar lo inconfesable, porque la pasión no es más que eso: compartir la misma confesión de deseo y hacer brotar por el roce el fuego mortal e instantáneo. El placer no puede dar una contestación, puede sólo emborrachar de preguntas o ensordecer la pregunta al reforzarse el preguntar.

«Ya sé que no es una concesión ni una realidad el amor—pensaba Palmyra—, pero es la posibilidad de preguntar, de exclamar, de pedir durante unos minutos cada día.»

Ese violento apretar los dientes del hombre ante la mujer que le cansa un poco, no se daría en la amiga.

Y en la hora del insomnio largo en que cualquier cosa calma, aquella mujer compartiría la pregunta incontestable, haciéndose cargo compasivamente de que a todos se asoma con igual desconsuelo.

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