XI LA SOLEDAD INAPETENTE
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Palmyra se quedó anonadada, pero sintió la sospecha que cerró sus lagrimales. Volvió a encararse con aquel detalle de la huída de Armando y que ya la hizo desconfiar en el momento del viaje: «¿Por qué se había llevado todas las cosas?»
«Y retrato mío, ¿se habrá llevado alguno?» Buscó todos y hasta encontró el pequeño para el que Armando, en la época de las galanterías, encargó un marquito de brillantes en Lisboa y tenía siempre delante en su mesa de despacho.
—No tendré ninguna carta de él—se decía Palmyra, dándose cuenta de la crueldad necesaria en la huída. Para borrar su arrepentimiento le olvidaría por completo. Nunca jamás volvería a hacer aquel camino de vuelta. Procuraría que fuese muy vago el recuerdo de todo.
Se volvió a sentir Palmyra en las playas últimas de Europa... Se acordaba de lo que decía Armando con cierta tristeza: «Aquí se ve el último momento del ocaso que ve toda Europa... Nosotros lo despedimos en el último puerto, cuando ya se va decididamente al otro mundo».
¡Si ella supiese no mezclar su alma a los amores y ser algo así como la dama que hospeda en su casa al elegido sin temer verle partir!
Aquella Quinta era enemiga del amor constante; pero era encantador refugio para el amor apasionado de unos meses.
El alma tensa y apasionada de Palmyra se negaba a consentir eso. Tenía el deseo de inmortalidad que padecen las almas nobles.
Quiso conformarse con la Quinta, y la comenzó a vivir más intensamente. Cada nuevo día sin carta de él, la hacía más desengañada.
Estaba el jardín abandonado. En las plazoletas había crecido la hierba; del estanque había que sacar los cadáveres del tiempo, los cadáveres de los cinco o seis años que no se limpiaba, las barbas del dios de las aguas.
Aquella limpieza del estanque fué para ella como un alivio. Todos los posos que habían dejado en ella sus amores últimos salieron con aquel desarraigo de las verdosidades acuáticas. La limpieza de la matriz del estanque fué también una limpieza para la suya.
Las noches de luna la cogían en las terrazas. Aquellas noches de luna la fosforecían el alma y se la engatusaban más. Brillaban las claraboyas y los cristales como si algo en el paisaje pusiese los ojos en blanco.
¡Su corazón! Estaba desorientado y vacío. Lo único que necesitaba era cierta limpieza y una entrada en los nuevos amores discreta, bien llevada, bien dicha.
Palmyra daba vueltas a las habitaciones solitarias, encendía luces, buscaba. ¡Gata desalada!
No había remedio. Comprendió todas las razones y las excepciones; pero insistía en encontrar al que la acariciase en ese único día—todos los días el único—en que se movía la vida.
¡Qué noches más largas! En la Quinta no se podía vivir sola. Todo era inútil, muerto y los rechinamientos de su cama eran burlones.
Palmyra estaba como sorda en la Quinta. En sus paseos en milord buscaba el rincón del coche y se reclinaba allí con gesto displicente y desdeñoso. Se calzaba y enmediaba demasiado bien para permanecer sola.
Dialogaba consigo misma como varón y mujer. La entraba esa duplicidad sensual en que la mujer, si pudiera, crearía al hombre. ¡Y qué hombre la saldría: apuesto, violento, cumplidor! Daría miedo en su relación con los demás hombres.
Ella.—Sí, me he desnudado delante de ti como delante del espejo que puede atraparme.
El.—Déjame, señora, que primero te acaricie sobre los encajes.
Ella.—Sería la alcoba triste sin ti.
El.—Levanta un poco tu camisita como en el antiguo can-cán.
Ella.—Lo que tú quieras... Haré como que paso el río del amor.
El.—Eres blanca como el delirio, y los sitios en que el escultor de tus piernas metió el dedo creó sombras que acaban de exaltar tu dulzura...
Ella.—Ya quería yo, ya, que alguien fuese justo con mi blancura...
El.—Tus hombros son los hombros del ánfora, en que resbala la forma.
Ella.—Acércate... Cógeme como un ánfora.
El.—Tus sábanas están limpias como una virginidad...
Ella.—Tengo un cuadrante de pluma para ti... Yo no necesito más que uno...
El.—A mí me basta la almohada... Tu cabeza es la que necesita tener un trono sobre el lecho.
Ella (apagando la luz).—Ven...
En la sombra el sueño se prolongaba, pero el diálogo se iba durmiendo en un monólogo con sordina.
De las esquinas de la cama, con sus remates en forma de quilla, salían los cisnes ledos que buscaban a Leda.
Pero ella ya no tenía fuegos para sostenerse atenta a sus pensamientos, y se dormía baldía.
A la mañana siguiente recomenzaba la tragedia solitaria y recorría los jardines de la Quinta como la protagonista de una novela que no encontrase la continuación de su argumento. Se asomaba a la verja de la puerta siempre como «la protagonista y buscaba el belvedere estilo portugués de la esquina del tapial para asomarse tranquila en otra orientación extrema.
Se pasaba largos ratos echada sobre los almohadones, dóciles como gatos que permitiesen recostarse sobre ellos. Parecía una convaleciente cuya sangre se va tornando roja muy poco a poco.
Se quedaba mirando los gruesos pendentif de las arañas, ese gran brillante que cuelga como su último remate.
En aquellos días de perdición en la Quinta—de mucha más perdición que lo que se llama perdición en el amor—hasta entró en la biblioteca. Se escondía allí para que el tiempo no la encontrase tan demasiado en medio de los grandes salones.
La daba melancolía la biblioteca. ¡Cuántos antepasados tenían que haber muerto para dejarla a ella aquellas estanterías con libros inesperados para sus manos, pero que la pertenecían!
Las señales que se veían en algunos tomos salientes como orejas perspicaces la daban una sensación de las manos y las inteligencias muertas, de cómo aquella asociación de datos que buscaba la señal, ya sería siempre inútil. A veces había ido a quitar todas las señales de los libros, pero la dió pena estropear aquella labor y borrar lo que ingenuamente esperaba que volviese el que señaló el libro.
La esfera armilar la ponía triste. Hasta una enfermedad de esas que se curan tomándose esféricos depósitos de termómetro era preferible a aquella soledad con la esfera armilar.
Aquella esfera la daba la emoción infinita de un modo confuso y apenas inteligible para su puerilidad. Era como el esqueleto del Universo que la hacía microscópica, inexistente, polvo vil.
La sobraban los libros; todos eran como tomos de medicina en un sitio en que se está sano. Prefería, a leer, mirar por el balcón al mar.
Los libros, eso sí, daban sustancia a la biblioteca, cuyo balcón la gustaba más que los otros, precisamente por eso, porque los libros mejoraban el arrobo de la habitación, su resguardo.
La gran esfera terrestre, que tenía que sostenerse sobre el suelo porque no había mesa ni estante que la sostuviese, era como el reflejo en convexo de la idea de la naturaleza lejana y complicada que se veía por el gran ventanal.
Los mares de la esfera, sobre todo, se volvían verdaderos y anchurosos en aquella proximidad al mar inmenso. Era como si se desbaratasen y se escapasen a la red de sus meridianos y se vertiesen sobre el verdadero mar.
El cinturón de cobre y la cerviz, también de cobre, que envolvían a la esfera enorme, daban al mundo un aspecto formidable.
Palmyra, quieta y asentada durante un largo rato, volvía a sentir la desazón voluptuosa, y dando un salto huía de la biblioteca.