XXVII SALIDA DE LA CONVALECENCIA
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Pasó Palmyra el lóbrego pasadizo entre la vida y la muerte.
El infernillo de la fiebre ardió en su frente noche y día, buscando sus manos como un consuelo el frío mármol de la mesilla.
La vida como siempre que atisba, roza o huele la muerte, tuvo temblores y titiriteos blandísimos. Hubo momento en que creyó que había muerto, y sin embargo, era que retoñaba en ella la vida en la propia herida.
La melancolía la sentaba mejor.
Aquella belleza pulimentada que le había quedado era como estatua de fuente seca, pero cuya agua corrió mucho.
Echada en sus divanes, tenía aún brillos del amor de las aguas pasadas.
Ninguno de aquellos hombres vanidosos que imitaban al que tiene que hacer algo lejos, comprendía que allí el tiempo caía en el pozo que le correspondía, en vez de quedar desenterrado y vano como por donde iban.
La Quinta, temblorosa, hospedaba el fantasma del hombre imposible, con algo de mujer, pero sin irse por eso con los hombres, sino con las mujeres.
Nadie sabía quedarse allí para siempre y abonarse a todos los días, sin ansia viajera y sin espera del día siguiente.
Ese mamar del aire universal en el perdido balcón en que el aire es dulce, no lo comprendía nadie.
Sólo ella se asomaba a los balcones del día para amamantarse en las mamas del espacio.
Sólo ella sentía cómo el pezón de todo el espacio caía en su boca en pacífica suspensión y dedicación.
Todo recae sobre nosotros, todo tiene aquí su reflejo.
La había quedado un miedo especial a aquel palacio ruso, a aquellos ídolos de que se había reído y al hombre.
Salía nueva. Más embellecida, con el hueco que queda entre el lagrimal y la nariz más profundizado por el dedo del escultor que nunca deja de retocar las bellezas que sostiene en la vida.
Necesitaba el amor que no hace su maleta y se va, el amor que sabe agonizar detrás de las cortinas, en el fondo de lecho que hay en las habitaciones de la Quinta.
Todo tenía en la Quinta defensa de puerto con el que lucha el mar.
Las cadenas que sostenían las cortinas, rematadas por unas bolas tachueladas de estrellas aristadas, parecían grilletes de los que se habían escapado los presos.
Se sentía Palmyra en el fúnebre coche estufa que boga por los mares de la muerte, pero en el que el muerto se siente vivir.
«En estas soledades—pensaba Palmyra—se conversa con los reyes desengañados.»
Todo en la Quinta tenía aspecto de tocador de mujer. «¡La verdad es que todo esto se ha vuelto tan femenino! Los hombres necesitan irse a la guerra y a las ciudades».
Una idea antigua bullía en su mente y la recorría el cuerpo como una vergüenza mezclada de voluptuosidad.
Aquella paz, llena sólo de la sombra de los grandes navegantes y descubridores cansados y desdeñosos de sus descubrimientos, podría ser compartida sólo por otra mujer.
¿Pero qué mujer? No quería la abnegada tía, ni la que se convierte en brusca ama de llaves, ni la que viene a compartir sus suspiros y desea siempre una enfermedad que curar.
Necesitaba la amiga que sabe abrazar con abrazos que desean curar y curarse de todas las nostalgias.
Dió su primer té de recién curada, el té de las felicitaciones, como si fuese el día de su santo aquel primer día de presentarse compuesta en sus reuniones.
Lo preparó todo en el cuarto de los retratos, aquel cuarto nostálgico que por estar tan lleno de miniaturas y fotografías dentro de las coronas ovales de sus marcos tomaba su ámbito algo de cementerio.
Dieron las cinco de la tarde, aquella hora en punto que se la clavaba siempre como una espina.
Llegó doña Elisabeth con un tipo inglés en que bajo el aire rígido que conservaba, aparecía la hija del que fué zapatero desde el principio del mundo.
Don Mariano Guisasol apareció con aquel chaleco de seda brochado que parecía haber tenido viruelas y apretó su mano con tal fuerza, que se fatigó y se sentó exhausto a su lado. Estaba muy gastado el pobrecillo.
Don Vasco apareció más profesor de botánica que nunca. Era como el doctor que se tuvo desde la niñez y que es tan desinteresado que asiste a la fiesta de alegría; cuando su antiguo enfermo ha salido de una enfermedad gracias a otras manos.
Encontró en don Vasco al hombre de gafas perspicaces que se acerca a la mujer como si fuese un naturalista. Era como el tocólogo de gran experiencia que toca a la mujer poniéndola las manos en los sitios en que la queda un dolor rezagado.
La trataba como a una sirena y esto a ella la encantaba porque se sentía con la carne correosa y triste.
Aquella tarde, más patinoso que siempre, era el caballero de un antiguo sarao de la Quinta, un señor que estuvo hablando con su bellísima tía Adela, descotada y con los senos apretados, según aquella moda que los hacía redondos y amontonados alcores.
El pensar en aquel sarao en que quedó irrealizada la hazaña con su tía Adela, Palmyra aceptó las galanterías de don Vasco porque resultaban juveniles.
Para aquella reunión de viejos amigos estaba bien encendida la leña en la chimenea, aunque el día de invierno era como los más crudos de aquel paraje un día de primavera con escalofríos.
Frente a la chimenea un gran abanico de metal cubría el calor, dejando entrever su fuego a través de las varillas de su calado encaje.
Don Mariano Guisasol se apoyaba en las tenazas de los leños como en una gran tizona.
Se hablaba de la lumbre.
—Yo creo que los que queman ramaje en el campo lo hacen como cocineros que lo quisieran sazonar—decía don Vasco.
—¿Se han fijado en esos suspiros que lanza la leña y en los que sopla con soplo interior todo el leño?—decía Palmyra.
El humo de la leña les picaba a todos los ojos.
Todos como con el alma blanda echaban una lagrimita en honor de los leños consumidos.
La inglesa se limpiaba los ojos y las gafas constantemente. Parecía que habían despertado sus nostalgias las simplezas que acababa de decir.
—Ya tenemos todos lentes ahumados—dijo el viejo español.
La Quinta se sentía eterna, con gentes en su seno, con la alegría aprovechada, con el interior satisfecho, sintiéndose bailada por una mujer enmascarada con las grandes cortinas de raso de fuego y entre cuyos cabellos rutila el rocío de las arañas de cristal antiguo.
El té les esperaba en el salón del comedor en que los cuadros se habían matizado con todas las salsas.
Les daba bondad, benevolencia y suavidad, al darles su taza de té, que lanzaba la última rúbrica de humo.
Como siempre, cuando acababa de servir los tés, se decía: «Ya están aceitadas para un rato todas sus asperezas, sus impertinencias, sus secos silencios» y se sentaba muy alegre en medio de todos a seguir ese juego de prendas inesperado, que es conversar con gentes que están muy lejos del mundo.
Sus conversaciones eran una especie de «Memorias».
Llegó doña Manolita.
Se veía que todos la habían perdonado aquellos amancebamientos depurados por la herida.
—Estás muy macilenta—dijo algo agorera—. Después se apresuró a tomar su taza de té, que sorbía a cucharaditas, una tras otra, como quien cuenta todas las que tiene una taza y que, como ella decía, «era como lo tomaba de pequeña».
Doña Beatriz apareció con sus gafas de la resignación.
Se veía que sus dos antiguas pensionadas de té habían perdido la costumbre.
Avidamente tomó su té y mojó las pastas. En su mirada a Palmyra, parecía decir: «Déjeme ser su contertulia de todas las tardes. Con un té con pastas, viviré el resto de mi vida». Cerca de ella reposaba su bolsillo morisco en que estaba toda su fortuna.
La conversación parecía querer distraer a Palmyra de su convalecencia pasada y hablaban como si no se hubiesen separado de aquella tertulia hacía mucho tiempo.
Todos repetían el «decíamos ayer», pero todos, a una también, se dieron cuenta de que era hora de irse.
Ya estaban de pie, cuando entró Lucinda; era la única invitada juvenil que, aunque tarde, llegaba a darla unas manos en que no se notaban los huesos, como en todas las que iba estrechando en la despedida.
Un temblor, una correncia de sus sinobías escondidas la tremuleció al ver a Lucinda.
Era su amiga turbadora de antes, pero después de su enfermedad, se sentía más dominada por ella y la sentía nueva en su corazón. Era además impetuosa, dulce, apasionada en las confidencias. Seguramente se tenían que decir en el sofá que el hombre es tan brusco, tan falsario y tan despreciativo, que no merece la alucinación por sus otras excelencias.
Palmyra la dejó en un rincón mientras despedía a todos. Después se acercó a ella como quien dice «ya podemos hablar».
—¿Ya bien?
—Ya bien... ¿Y dónde has estado tanto tiempo?
Aquella pregunta sorprendió a Lucinda, como si Palmyra estuviese arrepentida de no haberla querido más antes, como si hubiera delirado con su nombre en las fiebres.
Las cosas se transforman y se aclaran en un momento, sólo en un momento.
—He estado en el Norte como en el fondo del mar por como ha llovido... He pensado mucho en ti...
Palmyra la apretaba las manos como queriendo decir algo que no podía decir. Lucinda, cansada de esas últimas declaraciones en una vida cansada que ya no quería despilfarrar su vida en los tés de la añagaza, veía en lo que Palmyra tanteaba, como ciega de su camino, la paz de la retirada.
Dos anclas se anclaban en aquellas manos y las dos comprobaban el satinado agradable y el calor para la noche de fiebre fría en que no bastan los calentadores de cobre bajo las sábanas rizadas sobre el fuego.
Palmyra, caída en su temor a sentirse de nuevo frente al mundo, llamando a los hombres con su pañuelo desde la más alta ventana de la Quinta, dijo a Lucinda:
—¿Vendrás muchas tardes?
—Las que quieras.
—Tú lees muy bien... Me acuerdo de tus recitados en las noches de frío del salón grande de Adela... Tráete libros, tus libros predilectos...
—Los traeré y te leeré... Estás en la segunda convalecencia... Se ve que tu alma se ha quedado asustada.
—Mucho... En el Palacio Ruso me señaló el destino, allí me parece como si me hubieran presentado a la muerte con mucho misterio y ceremonia...
—¿Los caballos galoparon al caer?
—Me parecían caballos de Neptuno que se lanzaban a un mundo submarino... Fué un momento terrible en que sus crines parecieron melenas de león... ¡Qué feroz carrera hacia la muerte!
—¿Y él?
—El no me acompañó, él se quedó como un mono colgado de unas ramas... Se desprende una del hombre en la desgracia sin arrancarse el corazón. Se ve que no nos puede acompañar a la muerte...
—¿Y después, qué hizo?
—«¡Fugio!»
—¿Y no has vuelto a saber de él?
—Sí... En cartas muy cumplidas... Pero no le quiero volver a ver... La Quinta no quiere más viajeros... Sólo mi jardín y estas habitaciones que son consuelo de mis ilusiones.
—¿Y a las buenas amigas como yo, dónde nos dejas?
—Es verdad... Tú... Sí—y se quedó con su mano en las manos.
Un reloj les sacó de su ensimismación.
Lucinda exclamó:
—¡Qué tarde! Volveré mañana—y se puso el sombrero sobre aquel pelo negro como lleno siempre de las aguas del peine.
Tenía algo de esclava en todo su porte e iba muy bien como pareja a la belleza larga, fina, con unos grandes ojos, de Palmyra.
—Adiós... Hasta mañana.
—Hasta mañana... Adiós.
Ya los chales de las dos mujeres se enlazarán en una visita eterna, como pegándosela a todos los hombres que creen inferior a la mujer y se lo sueltan en muchos momentos.
¡Qué replegadas en su blanda madriguera!