VII PASEOS EN «MILORD»
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Esperaban al coche de campanillas argentinas, alegres, bien timbradas, porque su secreto era que estaban hechas de plata. Se hundían en el coche, se quedaban ocultos por la montaña azul de la capota y se iban como a darse un paseo en hamaca por el paisaje.
Buscaban la carretera que iba junto al tren. Deseaban esa compañía ciudadana, civilizada, que trae la reciente confidencia de la capital.
Les gustaba también que el tren entero les mirase buscando en ellos la felicidad deseada.
Pasaba el tren lleno de ventanillas de sol. Llevaba siempre el raudal feliz de un principio de primavera. Sus viajeros leían en él, desperezando los brazos, los periódicos tostados, luminosos y felices del verano.
Como en butacas de peluquería alegre iban todos los viajeros. La tijera del buen día les acariciaba el cogote.
Había sonrisas mudas al pensar en las enemistades lejanas, en estos extranjeros solos y embriagados en el viaje por la ribera dichosa. Su sarcasmo era para los malos que tenían que estar en su riguroso país por su ambición o por su torpeza. Los anónimos recibidos durante su vida se habían borrado definitivamente en este ambiente.
El «milord» de Palmyra salía después al campo, y ya en aquella carretera maltratada, el coche sufría las oscilaciones y los tumbos de las grandes zanjas abiertas por las ruedas de los carros cargados de piedra.
Se encontraban esos «chalets» hechos en medio del campo, en medio del miedo, mirando a paisajes ingentes, cuando un poco más arriba, en terrenos que costaban lo mismo, hubieran visto el mar. «¿Es que el padre de los dueños de esos «chalets» fué un náufrago y por eso sus hijos no quisieron volver a ver el mar?»
En todos aquellos hotelitos se notaba que todo estaba dispuesto (¡que sean más grandes los ventanales, que sean mayores!) para mirar lo que se ha de dejar de ver irremisiblemente, sin que sirvan las atalayas bien dispuestas para verlo más tiempo.
Hicieron sus «chalets» los moradores para estar asomados siempre, primero activos, en pie, saliendo fuera del «chalet», más tarde siempre sentados frente a los últimos cristales—por lo que entonces piensan que debieron hacer más bajo el alféizar.
Cada ventana de Portugal tiene su significado propio, su gesto particular, su éxtasis distinto. La una es la ventana para el espíritu avizor, la otra es para el nostálgico y aquélla para el enervado.
El coche de dos caballos tenía siempre una cosa de desbocado. Al bajar las cuestas los caballos, torcían las cabezas como si se las descoyuntasen, unidas en un delirio de espanto, siempre como si ya no pudiesen contener el coche de lanza disparada como una flecha enorme.
Se reflejaban en el camino los ojos espantados de los caballos.
Pero siempre se salía con bien de ese momento difícil de la cuesta abajo en que el torno del freno intervenía como una máquina de someter al Destino.
Otra vez en el campo llano, volvían a su serenidad.
¡Qué regalo el de las legumbres, que encima de dar su fruto dan a veces su perfume! Las habas estaban ya floridas y dejaban percibir el olor correspondiente al ensueño de su sabor.
Ella estaba por rechazar aquel olor como si fuese un olor de cocina, pero la conmovía con su finura.
—Huele casi como la flor de almendro—dijo Armando.
—Aun siendo tan ordinario se puede aceptar...—contestó Palmyra.
—El campo nos ofrece lo que puede... No es para que le llames ordinario a lo que te regala—repuso él por refrenarla igual que el cochero a sus caballos.
—¿Que no es ordinario?—repuso ella brava—. ¿A que no te atreves a que tengamos en la vivienda, sobre los veladores, flores de habas? Si nos preguntase alguien qué flores eran, ¿te atreverías a decir la verdad?...
Armando calló. Las habas seguían dando su perfume para cocineras sentimentales, un perfume sustancioso que se filtraba a través de los muchos cercos de piedra en que abundaba el valle, refiriéndose a los cuales, se le ocurrió decir a Armando:
—Debe tener dolor de muelas el paisaje.
Pasaban por caminos de pinos constantemente.
Los pinos son los más humanos de los árboles, con sus cabelleras obscuras, con sus cuerpos de atezada expresión.
Todos están para hablar, para salir al paso, para decir las cosas de la tierra que escuchan con sus raíces, pero aún no se ha decidido ninguno.
«Un día—pensaba Palmyra—se le ocurrirá hablar a uno de esos humanos pinos, y lanzará recitales de profundo sentido.»
Los caminos de pinos tenían algo de los caminos de postes que van al lado del tren, parecían andar, estar constantemente de paseo con un movimiento propio.
Había un rato en que se dedicaban a la arbitrariedad.
Ponían nombres solemnes a las cosas y así, por ejemplo, las desgarraduras que se abrían en las nubes eran para ella: «ventanas que daban a la tarde de Dios, agujeros de telón por los que se podía ver todo si alguien nos aupase como a niños que quieren ver lo que no alcanzan a ver» y él opinaba, señalando esas ruinas o esas montañas que parecen castillos, que: «La naturaleza es muy novelera, y quiere que se la dote de castillos con fosos y almenas».
Cada cual halla un sentido al mundo y le halla matices nuevos, sobre todo cuando las lenguas se desatan de verdad al atardecer.
Palmyra se volvía más tierna y sin temor a que el cochero viese su gesto buscaba las manos de Armando y le buscaba la boca como paloma que busca el pico del palomo. Armando la rehuía un poco. Era de suyo temeroso de la avidez que hay en los anteojos de los ociosos dueños de los «chalets». Palmyra tenía la hermosa pasión que no se recata.
Echaba la cabeza en su hombro y se quedaba así como dormida con los ojos abiertos.
—¡Qué turulata eres!—la decía Armando.
—¿Y qué es eso?—preguntaba Palmyra.
—Que te quedas turulata y no sales de ser una turulata... Un ocaso te dejó un día así y no sales de tu arrobo...
—¿Te burlas?
—Jamás... Te comento... Siempre me darás ansia de llevarte en brazos tan desmayada como estás y aunque no salgas nunca de tu desmayo, como si el suplicio de los donjuanes de un momento lo aceptase yo para siempre...
—¡Qué poca ternura tienes!—le insistió ella buscando más mimos.
Era insaciable de ternura en medio del paisaje.
—Parece que no es sólo de tu corazón del que quieres que cuide, sino de una huerta de corazones—la dijo Armando.
Volvían hacia casa. Contra corriente tornaban también los trabajadores, que miraban cínicamente a los coches.
Siempre parecía que se había hecho demasiado tarde, y se temía el vientecillo sutil que da la pulmonía.
El coche entraba por fin en la Quinta dando un saltito sobre el listón de piedra que sobresalía del suelo marcando la entrada. Ese salto del coche sobre sus muelles era un salto que marcaba la intimidad, era como el salto que dan los caballos de circo cuando ya han trabajado, cuando ya se meten dentro.
La Quinta estaba llena de un silencio ambarino precioso. Había más luz, una luz que había estado sola en las habitaciones y que se había llenado de confidencias. En el botijo de cristal del agua se había filtrado lo mejor de la luz de la tarde.
Era cuando Armando reconocía más la suavidad de Portugal, su entonación, la serenidad de otro tiempo en que abundaba.
El sólo recordaba una paz igual allá de pequeño, hacia el 1889, cuando en casa de su abuela, en la calle de Monteleón, llegaba la hora de la siesta y se quedaban entornadas las maderas.
Era un aire de hacía treinta años aquel que había en la Quinta, y por eso resultaba tan virgen y tan sabroso.
Palmyra, siempre con los brazos desnudos, le daba los abrazos de la desnudez, los abrazos sobre las sábanas revueltas, y, sin embargo, estaba en pie y con la etiqueta del traje.
Armando, displicente, apenas la hacía caso, y ella, entonces, se iba como despechada. Y cuando volvía reaparecía con cara de haber llorado, pero no por haber llorado, sino por no se sabía qué.
Armando miraba al cielo como si aquel telo del rostro de Palmyra señalase muchas nubes y una luz lluviosa.
«¿Pero es que ha nacido para llorar?», se preguntaba Armando, y sin poderlo evitar buscaba sus lágrimas o un gran sentimiento que justificase sus lágrimas.
En vez de aplacarle fomentaba su crueldad de hombre aquella propensión a las lágrimas.
A lo lejos el polvillo del mar hacía brumoso el sol y alejaba el poblado extremo de la costa, al que daba un tipo de ensueño de la realidad.
Eran las seis de la tarde, esa hora en que todo ha llegado ya a los pueblos finales de la costa, esa hora en que el mundo se estanca en sus casas de refugio.
Palmyra a esa hora se dirigía hacia atrás buscando el apoyo de alguien, buscando el reposo en todo.
Las butacas de abrazo antiguo la recibían con encanto a esa hora en que a los seres finos les entra el desmayo de amor.
Y el atardecer solitario se precipitaba y desde ese momento hasta la noche le entraba a Armando la fiebre, el escalofrío de la soledad. Cenaban y muy temprano, cuando el cansancio es como un niño lleno de sueño verdadero, se iban a la cama.
Armando, que había soñado tanta cosa para cuando se acostase, se encontraba ensoñarrado y cansado.
La veía desde las arenas del sueño levantar sus brazos de mujer que está en camisa y, sin embargo, comienza a desabrocharse el traje.
Tenía costumbres antiguas y cuidadosas como guardar en su joyero de cristal con un fondo de raso azul enguatado, las joyas de que se despojaba para acostarse y que eran como los candados de su belleza, que se volvía libre, nadadora del lecho, desligada de los compromisos severos que imponen las joyas antiguas que son como el recuerdo moral de las severas mujeres de la familia.
En el clima de aquel paraje del mundo podía sacar las manos de entre las sábanas y jugar con ellas.
Resultaba hasta inexistente su desnudo en aquella soledad desdichada huída de la gran ciudad. En vez de tenerla más por completo y más para él solo que nunca, se sentía sin ella como si Palmyra se quitase la camisa en el vacío supremo.
La naturaleza que les rodeaba no deseaba a la mujer. Deseaba el sol, el aire denso y vivo.
Se necesita que toda la ansiedad de los desesperados y de los insaciables envuelva a la mujer que se desnuda, aunque se realice el acto solitario muy a cubierto de ellos.