XXIII EL HOMBRE CÓMODO
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En vez de anclarse con su reloj en la Quinta se había establecido con su brújula aquel marino en vacaciones. La inquieta brújula, colocada siempre sobre su mesa de despacho, parecía orientar la Quinta. Señalaba el Norte con temblor del cielo y del infierno, como con temor de la incertidumbre de la tierra.
Era raro aquel hombre. Parecía pensar en otra cosa, ir navegando sin importarte nada la vida y, sin embargo, era atrozmente celoso. No la dejaba siquiera cantar en aquellos tés que daba Palmyra de vez en cuando.
—No me gusta que cantes... Las mujeres cantando se quedan en camisa... Y si es largo el canto, con los senos desnudos sobre el descote de la camisa.
Como el capitán Buonaventura tenía algo de centauro, cuando daba con él los paseos a caballo, parecía volver huída de él, como enemigos, como después de la batalla sentimental.
Los caballos volvían también como muy serios el uno con el otro. Ella y él esperaban entrar en casa para decirse la verdad de un desamor al que no le basta montar a caballo.
Palmyra se quedaba pequeña al lado de su caballo y él la miraba como a espolique pueril. Tardaba en bajar de su cabalgadura para subrayar más el contraste.
También salían de paseo en el milord. El marino apenas hablaba. Ella deseaba volver, y al llegar frente a la Quinta se entregaba a delirios de efusión:
—Es nuestro aliento el que sale por las chimeneas... Está tan unida la casa a mí que hasta me parece que me esperan en todas las ventanas niños de pecho, criaturas mías que esperan que yo las dé teta.
—Ni que fueras una vaca de cien ubres—respondía el rudo marino sin acabar de comprender aquel simil que henchía una sola maternidad.
Palmyra no encontraba el alma de aquel hombre. A veces la parecía que sólo se revelaba en aquellos ratos misteriosos en que se encerraba echando el pestillo de su despacho. ¿Qué ocultaba aquel hombre?
Era bueno, melancólico y cariñoso, ¿pero qué escondía que no quería que ella viese? ¿Por qué se escondía en la habitación cerrada para no se sabía qué? Su camiseta era como un coselete de acero del que no se despojó nunca. Llevaba algo muy forrado en el pecho:
—Es para que no me dé frío...
Palmyra encontraba la rareza de aquel hombre, que no creía que hay que dar algunas explicaciones y aclarar lo que se piensa.
Abundaba en pensamientos de viaje:
—Ya ves que estamos sentados, pues recorremos kilómetros, y kilómetros sobre el terráqueo que se mueve.
Ella le contestaba con incongruencia para distraerle:
—Los pinos hacen el día de un verde escarchado.
* * *
Andaba solo, desasosegado por el jardín:
—He estado sentado toda la tarde en un banco... He podido hacer un viaje largo... Por lo menos me hubiera encontrado en otro sitio al final de esas cuatro o cinco horas.
—¡Muy bonito!—le contestaba ella reconviniéndole.
—Mujer... Contando con que tú fueses también en el tren.
Tenía una máquina de fotografía y la pleitesía a Palmyra, su mayor rasgo de galantería, era hacerla fotografías y fotografías.
El no decía más que de vez en cuando: «yo que soy un hombre» o «yo que soy un hombre de hierro». ¡Cuán poca cosa!
El invierno, que avanzaba, le iba dejando más en cuadro, más desmontado, más sórdido.
Los días grises le quitaban todo brillo y todo ingenio.
La glándula que conmueve el día gris seguía inundando en grisuras el lago de su espíritu.
Las frases de Palmyra quedaban caídas en las alfombras, como pendientes que nadie recoge:
—Los días grises me envuelven en nubes—decía ella y él no comprendía qué debía contestarla—. «¡Qué bien te sientan!», ya que era obligada esa galantería en aquella soledad en que sólo lucían para él los ojos de ella.
Los ocasos morían sin responso.
Los cristales solos, miraban al ocaso como esas menorcitas del Brasil que miran con frenéticos ojos de escarabajo dorado a los hombres con grandes barbas.
Palmyra, abriendo las cortinas, como si abriese las tapas de una encuadernación, corría a ver el último momento del día:
—Me gusta pasar por entre las cortinas de dos hojas—solía decir—, porque eso tiene una cosa de teatro... Unas veces salgo a debutar y otras a recoger los aplausos.
Entraban las tardes por el balcón con una humedad exquisita.
—Es una humedad de encaje—dijo Palmyra una tarde.
—Hoy tiene una humedad de macizos de pensamientos. Huele a las pestañas moradas de los pensamientos...—dijo Palmyra otra tarde.
El viento tachaba más sus palabras y las ensordecía más.
El viento, siempre asustante, siempre yendo a romperlo todo y siempre no rompiendo nada.
Se entregaba a su broma eterna de coger a los árboles por la cintura y hacer como que va a correr con ellos.
Merece que no se le haga caso. Como la ventana no esté abierta y se libre del portazo, no puede con el cristal.
A otros árboles los cogía por el pelo y parecía que los iba a arrancar.
El mar resultaba como más cercano y embravecido con la presencia del marino. Era como la fiera junto al domador, gruñendo en el cajón del circo.
Sonaba la trompa de los barcos. Los elefantes artificiales levantaban sobre el mar el arco de su trompa.
Por llenar aquellas tardes interminables en que el marino, echado en el diván, fumaba y miraba a lo lejos, buscaba su arpa Palmyra.
Eso despertaba en él su adoración violenta de temerario adorador de las sirenas.
Junto al arpa se convertía Palmyra en nave de sí misma, izándose sobre su cabeza la vela lírica.
El marino sentía celos en medio de su adoración, como si contemplase los abrazos de un amor mayor. Gracias que ante el safismo, que era tocar el arpa, mitigaba sus celos la voluptuosidad de poder presenciar a la lesbiana.
Así como Júpiter encarnó en el cisne, Orfeo ha encarnado en el arpa para yacer con las mujeres.
Tejedora—primera imagen en la creación del arpa—del fino tapiz musical, que es como cortinal de los soles misteriosos. Palmyra se abrazaba a su arpa como a la amiga de sus desengaños, a la última, a la que se inclina sobre el pecho, gravitando con pesadez sobre él.
El cetro de oro del arpa vivía en el arrebato de la arpista. Era cetro descomunal con dotaciones litúrgicas.
En el revés de las cuerdas del arpa, se veía la mano de Palmyra como pájaro que buscaba su libertad, picoteando en los barrotes de la jaula. La escena de las dos manos por este contraste de la prisión, era escena de macho y hembra ansiosos, el uno a un lado y el otro al otro de la jaula.
¡Mano presa del otro lado de la lluvia y la distancia!
¡Dedos viciosos los de la arpista!
—Ahora quiero más tus manos—la decía él después de verla tocar el arpa, como si notase en su mano la desproporción del dedo amenazador.
Palmyra se curaba a sí misma la soledad y se consolaba porque aquel hombre tenía trazas de ir a estar siempre.
Iba descubriendo en él al remolón, al hombre cómodo y enervado, cualidades que no la importaban con tal de que representase por mucho tiempo al ser complementario, que en sus ausencias buscaba desatentada por los pasillos de la noche.
El no recataba su comodidad:
«Aquí orino más», se decía con gran placidez, dando una gran importancia a ese hecho dichoso que parecía despejar su naturaleza de residuos insanos, de esa cargazón que corrompe, de esos venenos que obran en el interior del ser.
Todo el día plácido de la Quinta parecía pasar por él como un licor fino, de esos que son tan cordiales y reponedores.
Dormía copiosamente y le indignaban aquellos montantes en forma de abanico por los que entraba una ducha de luz terrible.
—¡No, que no abran! ¡Que no abran!—gritaba el hombre cómodo cuando sentía a la doncella de la mañana.