V DÍA DE LLUVIA AMOROSA
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Al abrir las contraventanas se encontró las viruelas de la lluvia en los cristales. Después vió que en los charcos dejaba caer sus chinitas pertinaces, boquiabriéndose el agua de los charcos como si los pececillos lanzasen fuera su burbuja de aire puro.
¡Otra vez esa confinación en el palacio por quince días dentro de los flecos interminables!
A Armando le faltaban palabras para Palmyra y esa era su principal tragedia, pues acariciarla la barbilla con ternura constante no era suficiente.
No tenía más horas álgidas que las horas comestibles, las doce y las ocho de la noche, pero eran horas ¡de tan breve duración!...
Era, pues, este día un día de estar muy pegado a las ventanas y de mirar la péndola del reloj de alta caja de la sala más clara, un reloj en cuya lenteja estaba pegado el retrato de la difunta madre de Palmyra.
Era una señora de peinado burgués y de cuello corto, que debió tener una gran bondad.
En la lenteja del reloj—¡qué ocurrencia!—parecía vivir con palpitaciones de reloj, como si su corazón, en vez de moverse de arriba a abajo, se moviese de izquierda a derecha. Era una manera excesiva de perpetuar los recuerdos, pero estaba bien por la originalidad.
Asomado a las ventanas de la Quinta, pensaba que aquéllas eran las ventanas de Europa; las ventanas del otro lado, las ventanas finales que daban a la luz del descampado mar de quince días de travesía. Devolvía aquel cielo la luz extensa y desorbitada del solar extensísimo del Océano Atlántico.
Eran las ventanas para lanzar los suspiros del alma desolada que al llegar al borde último de los continentes y las penínsulas suspira con fuerza y la gusta irse en el suspiro ancho y desahogado del cielo que se remonta y huye. Por eso había un suspiro claro de luz aun siendo un día lluvioso.
En seguida apareció Palmyra y fué hacia él.
—La lluvia borra el mundo—dijo Armando.
—No. Lo oculta para que vivamos de nuestra intimidad... Hoy la Quinta está más satisfecha y dice: «¡Gracias a Dios que se van a dedicar a mí sola!»—repuso Palmyra.
Resultaba reblandecida y sin curación en el fondo del salón, que parecía más profundo porque el cortinal de la lluvia era espeso y confundía la luz.
Lo que en su rostro pálido había de herpético—ese poco de herpético que es como el principio inicial de la corrupción—se acentuaba más en la tarde, que devolvía su condición de greda a la carne humana.
Lo que hay de más difícil de entretener es la mañana, y una mañana lluviosa sobre todo.
—Estamos como dentro de una pecera, colocados así detrás del cristal y viendo caer agua—dijo Armando.
—¿Y no es bonito estar en el nido de una pecera, los dos juntitos?—repuso Palmyra.
Armando tenía odio a los mimos y era hasta brusco con Palmyra.
Al ver sus brazos desnudos, que tanto la gustaba desnudar, la dijo con tono desabrido, como mordiéndola en el brazo y haciéndola daño:
—¿Pero no ves que es de una gran desvergüenza tener siempre los brazos desnudos?
Abrumada por la reprensión desmedida de Armando, Palmyra cruzó sus brazos y se cubrió con las manos los biceps mullidos y con plástica de aparatos musicales de la sensibilidad.
Palmyra le obedecía en todo, y cuando él se incomodaba se quedaba cohibida como una cordera bajo la influencia del eclipse.
La cuesta de la mañana la subían bastante silenciosos, manoseándola a ratos él como se manosea la caza, el pescado o la fruta que se compran en el dintel de la puerta.
Ella estaba tan enamorada de Armando que no tenía pudor ni por la mañana, y se miraba y le volvía a mirar y se volvía a mirar para ver si le podía complacer a él lo entreabierto, insistiendo en el juego para encontrar en sus ojos una buena mirada de avidez como premio. Pero él la miraba como el que se para a contemplar la estatua de mármol mientras la quita el polvo, con mirada burda de doméstico.
Después Armando se ponía a pensar en la comida.
«Qué pez es el del día es lo que hay que preguntar—se decía—, que la carne ya sé cuál ha de ser, tanto la de la mujer como la de la ternera.»
A las doce, cuando ya estaba el menú preparado y habían escogido en la discusión de la cancela el pez más extraordinario de las banastas, hacía Armando su pregunta en voz alta:
—¿Qué pez es el del día?
—Hoy es pargo—le contestaba Palmyra, o bien le decían al servirle:
—Es un pez muy bueno que aquí llaman jabel.
—¡Sí, sí!... Ya sé—dijo Armando, que no quería recibir tantas explicaciones como un sordo.
La nieve del mantel caía ya sobre la mesa y él lo miraba desde lejos, a través de las puertas de cristales. Eso daba luz a la mañana. Las altas copas iban reanimando el día, y la lluvia perdía importancia.
Bebía con delectación su vino predilecto, que veía enrubiecido por la luz que caía del sol a través de las nubes.
Para su vinillo predilecto eran las mejores sonrisas del yantar, para aquel Bucellas claro como sangre cordial de mujer rubia. Muchas veces levantaba su copa para ver el día a través del licor y del cristal y encontraba así, sólo con esa mirada, transparente y ambarina, el suficiente optimismo.
El «Bucellas vielho» le insuflaba todo aquel tiempo que contenía, pues el tiempo suele buscar el fondo del vino para posarse, y así lo adensa y lo mejora.
«¡Es que me he bebido la esencia de tantos días!»—se decía Armando al sentirse un poco ebrio de una cosa vibrante, llena de minutos, espesa de segundos.
El se volvía decidido, anecdótico, náufrago alegre aun en los días grises, mirando por la vidriera el mar como si sólo fuese motivo de una vidriera policromada, en que cada ola se emplomase en las de al lado, en la de atrás y en la de delante.
Los brazos aireados de ella, los brazos que le irritaban y le atraían, jugaban al diábolo con sus miradas, que, como carretes del diábolo, se movían dentro del ángulo del brazo y después de saciadas le eran devueltas por la axila pálida, por el hueco muerto y triste que queda entre el brazo y el antebrazo.
Armando la veía en gran señora de la casa, erguida, airosa, muy castellana.
Todo su gesto era gesto de retener su perfil puro y escueto con mueca tersa, ese gesto elemental y sugestivo que es todo el pensamiento y todo el físico de muchas mujeres, y que cuando se las marchita y se las arruga es como si desapareciesen porque no han sostenido más que eso, no eran más que esa vigilancia de la boca fruncida, la frente estirada, los ojos vivos y la nariz esculpida.
¡Pero qué bien sostienen ese perfil algunas!
¡Cómo tiraban sus mejillas y todo su rostro del perfil que presentaba escueto, delgado, suave, agudo, triunfando en él y asteriscándole bien con las dos orlas de brillantes de sus lóbulos!
En aquel día lluvioso, pensando en salvar su situación, dijo Armando a Palmyra:
—Sabes... Voy a escribir a un amigo mío de la infancia, también aristócrata, para que venga a pasar unos días con nosotros.
—Bien, bien... Escríbele esta tarde misma—contestó ella con verdadero deseo de tener un huésped y de dar a la Quinta una de sus ilusiones insatisfechas, la de tener siempre huéspedes.
Sólo ante la noticia de aquel huésped, las cosas, todos los muebles, los quinqués, se fueron recomponiendo, atusándose y diciéndose: «¡Viene por fin un huésped!... ¡Viene por fin un huésped!»