XII AL CASINO
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En aquellos días recibió una invitación del Casino de Ardantes.
Era una invitación como otras muchas que había recibido antaño: «A charming festival in honour of the British Colony of Ardantes to be held in this Casino, the Direction has the great pleasure, etc.»
Nunca había querido ir a aquel Casino en que no se sabía qué gentes jugaban a los juegos prohibidos.
Iría dispuesta a traerse un hombre a la Quinta.
Se vistió otra vez con la ilusión de la que no sabe lo que va a pasar y estiró sus medias como se estiran para hacer la conquista.
Hizo el camino a pie. No quiso alborotar la terraza del Casino con la llegada de su coche. Podría entrar mucho más disimulada y dejar con más desparpajo el bastoncito sobre el borde de la mesa de juego mientras abría su portamonedas con gesto de bolsista jugadora.
Pasó por entre los chalets, cuyas ventanas respiraban el aire embalsamado con la misma vagarosidad que los peces el agua.
Las casas, cubiertas de verdor, se daban tono de mujeres con un chal sobre los hombros.
Aquellas casas cubiertas de enredaderas, eran casas que había que peinar por las mañanas. Ella no había cubierto las paredes de su palacio con las mismas morenas yedras por si no podía asearlas con el ancho peine que necesitaban para no llenarse de innumerables bichos.
El nido humano resultaba más nido en aquellas casas cubiertas por completo de hojarascas y llenas de melenas verdinegras.
Palmyra sentía la turbación de la que sale por primera vez al mundo después de una viudez.
Lo malo es que se acordaba demasiado de Armando y de sus palabras.
—Al subir la cuesta los automóviles meten ruido de aeroplanos—había dicho Armando viéndoles subir aquella cuesta que buscaba el camino de los pueblos.
No se la podían olvidar a Palmyra aquellas frases del golfo genial que estuvo preso en el palacio como un bandido del renacimiento, y que, como aquellos aventureros, dejó grabadas para siempre sus anécdotas en las paredes de la prisión.
—Atado en ese sofá estuvo él—sentiría siempre ansias de explicar a los que por primera vez fueran a la Quinta.
—Las cazoletas del telégrafo son palomas ahorcadas—había dicho también, y también era inolvidable para Palmyra que las veía estranguladas por noticias que llevaban más allá, sin dejar ninguna en la Quinta, sin poder sorprender lo más mínimo de las palabras pasajeras.
Pensando despaciosamente en Armando llegó al Casino.
Aquel Casino tenía una gran vida en el verano, sin sillas suficientes nunca para esos invitados de casino que se invitan solos y que no se sabe de qué recóndito rincón han salido.
Se sentó en la mesa de juego y puso sobre ella uno de aquellos grandes billetes que sonaban a papel pergamino escandalosamente.
Su vecino de mesa la miró por la rendija pícara que quedaba entre sus lentes y su sien. La reconocía con desconfianza y con hipocresía, buscando la abertura en su cuello, ese sitio por el que entran las miradas de refilón y se ve una carne quemada que resulta más carnal.
Ella apuntó a cualquier número.
—No..., no ponga usted a ese número, que no ha salido ni saldrá nunca—la dijo el vecino con arrebato apasionado, con aire protector, con verdadera congoja.
Palmyra le miró agradecida por aquella advertencia trémula, y le preguntó:
—¿Pero, por qué?
—Porque yo he perdido todo mi dinero señalando ese sitio... Es un abismo.
—Entonces—dijo Palmyra con la misma voz trémula—quiero ver si le vengo, arrancándole al banquero todo el dinero que le ha quitado a usted...
Así se formó la sociedad de súbita franqueza y de emociones compartidas que había de hacerles volver juntos a la Quinta al final de la tarde de jugadores, después de que Palmyra recuperase parte de la fortuna de Fausto, ingeniero de minas, que ahorraba la mitad de su sueldo y con la otra mitad especulaba, jugaba, se divertía y comía modestamente.
Tomaron el té de después del juego, té reconfortante, cuyo azúcar dulcifica el dolor sufrido y asienta el gusto metálico que tiene el mismo triunfo.
Palmyra estaba encantada de la pasmada galantería del ingeniero, galantería torpe, de hombre que no se considera apto para entrar en la intimidad de la mujer distinguida con quien habla.
No tenía rubor en confesar sus gustos más ingenuos.
—A mí la naturaleza me encanta... Llevo siempre en mi maleta, cuando voy a la ciudad, unos cuantos paisajes que cuelgo de las paredes del hotel...
—¿Y los pinos? ¿Cómo está usted con los pinos?
—Los pinos...—y Fausto se detuvo un momento sin saber continuar; él amaba la naturaleza, la naturaleza en general, pero no había pensado en los pinos... Sin embargo, hizo un esfuerzo... Debía hacer un esfuerzo por decir algo ingenioso... Miró por las ventanas del Casino al campo, y dirigiendo una mirada a los pinos que se veían, dijo:
—Sí...; los pinos son el tupé de nuestros montes...
Palmyra le animó con una larga sonrisa a que fuese ingenioso.
Tomaba Fausto el té con avidez de jugador arruinado, como si encontrase en su líquido dorado el restituyente.
La confesó los pormenores de su casa: «Mi lecho y una gran mesa de pino blanco, llena de los puntazos de los chinches, naturalmente de los «chinches» limpios».
Cada vez le veía Palmyra más posible: la primera noche como huésped extraño, y después un poco dueño de todo, colocando las cosas en distinto sitio, acercando su butaca al balcón.
—La acompañaría si no perdiese el tren...
—Acompáñeme a la Quinta y cenará usted conmigo... Como no pensaba retirarme tan tarde, no he pedido el coche... Pero no hay mucha distancia.
Salieron del Casino... El camino era el camino campestre, largo, con muchas revueltas, con humo de hojas amontonadas en pequeñas piras que ardían en las cunetas como si el ocaso hubiese dejado incendiados todos los matojos.
«El camino va a bastar», pensaba Palmyra. «Este es el de los amantes de la naturaleza que sienten ganas de besar en medio de ella».
En efecto; en la revuelta del camino en que ya no se vieron casas blancas, Fausto, como si ya no le viese nadie, sin pensar en que le veía ella y en que se podía resistir, besó a Palmyra con beso que resbala, que da un tropezón en el rostro y que buscando la mejilla cae en la barbilla o se queda colgado de la sotabarba.
Palmyra aceptó aquel beso, diciendo con falsa ingenuidad de mujer que no quiere que de ningún modo retrocedan las cosas...
—Sí... Realmente no nos ve nadie...
—Estábamos demasiado solos... No se puede llevar a un hombre apasionado por un camino tan solitario a esta hora...
—Lo malo—dijo ella—es que todo el camino es tan solitario y es muy largo...
—Tengo besos para todo el camino, por largo que sea.
—Es usted un besador de caminos, en vez de un ingeniero de caminos...
—Soy más; soy un salteador de caminos.
—¡Qué miedo!—dijo ella haciendo un mohín.
El resto del camino fué dichoso. Ella tenía ganas de volverse a encontrar como objeto de goce, como intriga para el ansia y la curiosidad.
A veces le tenía que decir:
—Espere... Soy la dueña de mi casa, y en mi Quinta soy Cleopatra, dueña de Egipto...
Ella prefirió aquel atrevimiento, desde luego, en la opulenta sinceridad del camino, como caza clandestina en medio del campo, con anhelos de chico que ha encontrado un nido, apagando así el vivo deseo de llevarla pronto a casa, donde sucede el epitalamio después de la cena, mezclándose al arrebato del vino y de la carne.
Fausto entró en la Quinta con timidez. Siempre se sospecha que la mujer sea la cruel reina que prepara la encerrona al hombre para matarle. Cuando se cerró la puerta de la Quinta, que sonó a cierre de gran jaula, volvió la cabeza desconfiado.
Pero le dió confianza ver al final del paseo de grandes árboles la casa de tipo noble y señorial, la clara casa portuguesa como ensueño de una lluvia clara.
Tenía cierta timidez de entrar en aquellos recintos en que, si no el padre, la sombra del padre se albergaba y les vería pasar por los pasillos como en plena ilegitimidad.
—Otro cubierto en la mesa—dijo Palmyra a su vieja doncella—, y prepárenle el cuarto de los huéspedes... El señor se llama don Fausto, y es mi primo el ingeniero...
Fausto tasaba lo que había de cinismo en las frases de Palmyra, pero también tasaba que aquello no era usual, que se veía que no acostumbraba a guardar allí al hombre elegido...
El ingeniero atisbaba la altura de techos de las habitaciones, sin pasar de ese asombro con que le contagian al hombre modesto y habitante de las casas bajas de techo las grandes proporciones del palacio. Se sentía apasionado por Palmyra. No había visto nunca nada tan deslumbrador y generoso.
Ella sentía la alegría de estar ya acompañada, y se hacía la ilusión de que hacía tiempo que había excitado a que volviese a este amigo antiguo que, por fin, había llegado aquella noche.
Ya tenía quien la observase de nuevo, ante quien ser nueva e insospechable, así como tenía al hombre de quien esperar los despotricamientos más extraños del instinto y las seriedades más curiosas.
—Mañana enviamos a su casa por el tablero, las cajas de compases y ese platillo blanco en el que se moja el tiralíneas como un pájaro en su bebedero. Mi padre también era ingeniero.
Fausto dejaba proponer. Estaba admirado, y aun en la alcoba trató a aquella mujer como quien la da el brazo para ir al comedor.