← Table of contents
La quinta de Palmyra

VIII EL TELEGRAMA

Reading edition

Enrique era el huésped tratado a cuerpo de rey. Palmyra no le había regateado nada. Todas las mañanas le variaba las rosas de su cuarto y recogía las caídas sobre la gran mesa de pórfido.

El perro golfo de Enrique no agradecía bastante aquella bondad. Le parecía que después de todo aquellas rosas deshojadas le acompañaban más, y las hojas caídas eran como papelillos suyos en aquella mesa prestada, tarjetas, algo que hacía mal en llevarse aquella mano misteriosa.

Al perro golfo le molestaba que inmediatamente después de haberlo dejado todo sobre la cama, alguien viniese y lo colocase en su sitio, colgandero de las perchas, montado sobre las cruces que se estaban cayendo siempre y producían un gran ruido dentro del armario.

Armando le veía aparecer en la mañana satisfecho de poderle dar aquella hospitalidad magnífica. Había resucitado su entusiasmo por el gran palacio; ver a Enrique admirando todas las cosas, embobado frente a los grandes espejos, admirado ante aquellas mesas de mármoles de colores en que se veía un puerto, con barcos de vela, con pescadores, y además, como si el que los había confeccionado se hubiese dejado la escuadra, el compás, el lápiz, los guantes y el bastón, con todos esos bártulos incrustados en mármoles de color, dando mayor realidad a la mesa.

Lo único que hubiera hecho de buena gana, hubiera sido comprarle un traje. En eso el hijo del gran magistrado estaba desavenido con su categoría aparente, con aquel aire de gran señor que él tomaba y que Armando procuraba exagerar.

¿Y tu tío el presidente del Tribunal del Estado?

—Bien, bien... Siempre en su coche de mulas, como si fuese un obispo...

Palmyra no desconfiaba, no le estudiaba. Su buena fe, su gran deseo de continuar la fábula en el palacio encantador, en el que se podían amar hasta los visillos de linón de las ventanas, la hacía aceptar a aquel caballero casposo, con la enjutez del hombre vicioso. ¡Como que había sido croupier durante algún tiempo en el Casino de Invierno!

Veía en aquellas reuniones, en el salón del palacio, la hospitalidad encendida. Estaba siempre afanosa de que los cálices de tan fino vidrio que hasta se quedaban vibrando cuando se escanciaba en ellos el licor, estuviesen llenos hasta el borde.

La purera, que representaba una pequeña pagoda, tocaba de vez en cuando la pieza de música, que era como el ofrecimiento delicado para que se tomase de nuevo un puro más.

Ella inclinaba la cabeza con mimo durante las conversaciones. Ponía una gran languidez en el gesto y enseñaba sus brazos desnudos y sus manos en postura de orquídeas variadas, móviles, gesteras.

Armando, como todas las tardes, había un momento que, sintiéndose un poco borracho y viendo que Enrique también lo estaba, la rogaba con gran zalamería:

—Palmyra, toca un rato el arpa.

Palmyra arrastraba hasta el centro de la habitación su arpa y llovía sobre los muebles del gran salón, sobre todo dentro de los espejos, la lluvia del arpa, con sus grandes y atravesadas gotas como lágrimas lentas.

Aquella tarde el arpa tocaba con más sueño que nunca, como cuando la lluvia se ha olvidado de dejar de caer, cuando ya cae del cielo como de los aleros porque estaba al caer.

De pronto llamaron a la campanilla. El arpa se quedó desoída. Las manos de Palmyra en las cuerdas doradas eran como pájaros musicales que hiciesen sonar su jaula.

El criado apareció. Traía un telegrama en la bandeja.

—¿Para quién?—preguntaron los dos caballeros a la vez. Palmyra no tuvo tiempo sino de suspender su música y escuchar.

—Para el excelentísimo señor don Enrique...

Enrique, con un gran gesto de actor dramático, recogió el telegrama. Lo abrió, y después de leerlo, se quedó callado con aire de contrariedad.

Palmyra, con su mejor aire de mediadora y enfermera, preguntó rompiendo el silencio:

—¿Alguna desgracia, don Enrique?

Armando observaba la escena con cierta impasibilidad.

Enrique dió a leer el telegrama a Armando, que lo leyó, no con la tristeza que hacía al caso, sino con una extraña tristeza sardónica, y que, por si no había estado clara en su rostro, la aclaró diciéndole a don Enrique, al darle el cupón del telegrama que había que firmar y que esperaba el criado:

—No será nada... Firma ahí... Esta firma del recibí consuela mucho.

Enrique, al oir esas palabras, dirigió la mirada a Armando, una mirada de ladrón al compañero desconocido con quien de pronto se encuentra viajando en el mismo tren. Después firmó.

Palmyra, crédula, tenía un puro rostro de dolor, pronto a romper a llorar si la aclaraban que era muy doloroso el telegrama.

—Dale algo al telegrafista—dijo Armando a Palmyra, con ese recordar súbitamente una propina que no se dió.

Palmyra, que conocía el arrebato y la preocupación de Armando por las propinas, salió a dársela.

Al quedarse solos, Armando dirigió una sonrisa a Enrique que le arrancó la espada de dolor que aún esgrimía.

—No seas «parvo»... Ese mismo telegrama fué el que recibimos en aquel pueblo de Toledo y que, según me explicaste entonces, era el telegrama que cortaba tus aburrimientos, el telegrama convenido para poder huir del sitio que no te convenía... Responde a otro tuyo en que sólo escribes «Pronto»... ¿Ves qué memoria tengo?

Enrique no supo qué responder, pero sonrió.

—Por lo menos, que lo crea Palmyra...

—Eso, bueno...

—Porque chico, esto es muy bonito, muy poético, ha podido costar un millón de pesetas poner ese lago enfrente del palacio, pero yo me aburro...

Armando tomó un aspecto melancólico que daba a su gran sensatez un aire de simpatía extrema.

—Pero no es para que te pongas así... Tú tienes para no aburrirte esa encantadora mujer con la carne de las miniaturas.

—Sí... Pero me aclara mi propio caso tu telegrama... Te hemos dado la mejor habitación, has sido tratado a cuerpo de rey, has hecho por primera vez todas las excursiones que hay que hacer. No has tenido tiempo de desesperarte oyendo a la señora inglesa hablar de su casa de Londres, ni al viejo español retirado alabar este clima... No has tenido que ser fiel a una mujer y has flirteado con todas las de los contornos y a los quince días estás cansado.

—A los veinte, si te es igual...

—Tan igual; es lo mismo para el caso, porque yo llevo muchos meses.

En eso entró Palmyra, guardando las llaves en la escarcela de su cintura, y se abismó todo en una conversación melancólica, que precipitó la caída de la tarde.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings