XXV EL COCHE DESBOCADO
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Habían salido en su «milord» como dos convalecientes de una soledad de muchos días.
El campo tenía doble perfume. Ya día de otoño muy entrado y, por lo tanto apenas con flores, se oligüiscaba el perfume de las flores maceradas para lograr su esencia.
Aquella tarde el coche había ido más temprano, inmediatamente después de comer, a la una y media de la tarde.
Los caballos tenían ese latir impaciente que les caracteriza, como si se pusiesen cada vez más nerviosos de esperar al que ha de bajar. Palmyra los acarició antes de subir al coche, fijándose, como siempre, en esa sufrencia que las venas de su cara dan al caballo.
Del día irradiaban los caminos felices y rectos del día optimista.
Iban al Palacio Ruso, palacio misterioso, edificado en medio de los bosques, en lo alto de un monte y al que se podía visitar consiguiendo permiso en Lisboa. Hacía tiempo que Palmyra tenía ganas de visitar aquel palacio de difícil acceso, pues para llegar a él tenía que hacer el coche una espiral de trescientas vueltas alrededor del empinado monte. Los cocheros la disuadían siempre «porque los caballos vulgares no sirven para eso».
Palmyra no dejaba de entrever en lo alto del boscaje como extraño palomar de cúpulas moscovitas aquel palacio a cuyas ventanas quería asomarse alguna vez.
Por eso iba radiante. El camino era precioso y a veces tropezaba con un chalet de interior delectable o con un nombre dichoso como «O Miradouro». Nuevas Arcadias pasaban en su excursión y sobre los tejados de los pueblecillos se secaban las calabazas como soles antiguos.
Eran llevados como por unos tritones de los que se sentía además el oleaje marginal.
Palmyra hablaba menos que había hablado con sus otros amantes al cruzar por el mismo paisaje.
Sólo dijo al pasar ante los molinos erguidos sobre el horizonte:
—Los molinos parecen coquetas que se han echado la sombrilla al hombro.
El valle la ofreció sus últimas flores por haber dicho aquello y abrió un poco más sus capullos bufándolos con ese gesto rápido de las floristas, fáciles comadronas de las flores.
Convenía decir una sola frase en paisaje tan puro. Sin ser sobrecargada esa única frase, quedaba como luminosa flor ultravioleta que luciese mucho.
Ante el pino solitario dijo de nuevo Palmyra, sin pensar en cómo eran de vanos los oídos que la escuchaban:
—Este pino, tan sólo, es como el pastor de un rebaño de pinos que se le escaparon...
Los miósporos primaveralizaban siempre los caminos, creciendo salvajes, verdes invierno y verano, siempre con hoja reluciente, fuerte y cantarina.
Los miósporos propalaban la cordialidad del buen clima y curaban todo desengaño. El miósporo no es árbol que consiente a los muertos congregarse bajo él. Sólo la vida, las tardes veraniegas, los andenes de sombra en los días demasiado soleados.
Los miósporos, árboles silvestres y no muy apreciados, bailaban la alegría del árbol con jarana interior.
Crecidos hasta entre las piedras del buen país son valientes, griegos, siempre como frente a un mar lleno de la ilusión primera, a la vista de los primeros barcos crédulos que llevaban un ojo escrito en la proa.
Muchos se desarrollaban en forma de gran bola, como nubes reales, quietas, agarradas a la tierra en la velocidad de su empuje, nubes hijas de la tierra como las otras lo parecen del cielo, aunque tienen que confesar, sin tomar en cuenta el símbolo poético, que también lo son de la tierra.
Los miósporos despreciados por los jardineros, eran el galope de las verduras, el encabritamiento del campo, una nota verde tan entrañable que era la tenacidad de la primavera en aquellos parajes.
¡En cuantas excitaciones a dejar su Quinta, se había agarrado a los miósporos verdes, varoniles, fuertes como los grandes clavos de que se amarran los barcos!
Se la ocurrió de pronto inventar la fiesta de Eva.
Escogió la mejor manzana de los pomares por que pasaron.
—¡Qué bien harías de Eva!—la había dicho él y ella había respondido:
—A la noche.
Y en el coche, con su bellísima manzana en la mano, tenía un tipo muy sugestivo de Eva vestida.
Al pasar por entre el caserío, con rubor de enseñar algo prohibido, ocultó la manzana.
A veces una rueda iba por el mar y la otra por la tierra.
El cabrilleo de las aguas producía un fenómeno picatorio.
Parecía que saltaban sobre las aguas como sobre una red las sardinas, más bancos de sardinas que los que había visto nunca cualquier pescador de experiencia.
Ante un árbol cortado, dijo Palmyra:
—Muchos troncos cortados imitan un tronco de mujer en corsé...
Todo estaba situado como en la última costa en que se sienten todos los pensamientos revoloteando en la nuca y delante el espectáculo magnético del mar divisionario. ¿Para qué se quiere más? Por eso la gran inmovilidad de la raza, que sólo es sonámbula de los caminos del mar y tira por ellos de vez en cuando.
En aquella tarde, la verdad ensimismadora del mar resultaba más consoladora, prestándose a un éxtasis sin remordimientos.
Subían el camino en caracol, ese camino hacia lo alto que parecía conducir al cielo en coche.
Los árboles se desconocían unos a otros, en cuanto los parajes daban la vuelta, pues cada cual daba a un punto cardinal distinto.
Aquella vuelta al pináculo tenía aires de regata en coche y de subida hacia aires más puros. Era a una especie de Parnaso a donde subían.
Los árboles se permitían el lujo de ser geniales en aquella altura y se adornaban con enredaderas como con sus bandas los personajes.
Se huía hacia el mundo de la jaula colgada en el más alto claro de la tierra, la jaula de tórtolos siempre arrulladores...
La verdad silenciosa y saudosa de Portugal, se sentía en aquel camino acaracolado entre árboles con musgo y liquen en sus troncos, con algo de los primitivos apóstoles del mundo.
Los chalets de los muertos inmortales parecían ser aquellos que les salían al paso y de cuyas ventanas colgaban las macetas de corcho.
La inconsciencia del vivir se refugiaba y resultaba espléndida bajo aquella luz de tarde feliz.
Iban por el camino, por el que ya nadie vuelve a encontrar al que busca. Se oía un coche que iba delante de ellos y nunca se le encontraba ni se le veía al final del camino.
Palmyra, con su credulidad apasionada, iba señalando con besos cada grado de la espiral.
El marino, que se sentía atónito como si el coche fuese a recular hacia atrás sin que el freno valiese de nada, se dejaba querer. Fumaba en su larga pipa blanca el cigarro cínico que se fuma en la punta de una pipa larga y recta. Hombre que despega así el cigarro de sí, también despega a la mujer de sus abrazos.
Plantas obscuras, follajes desconocidos y anónimos vivían su más pura virginidad, veían de puro obscurecidos que estaban como ven las máquinas fotográficas.
El cochero se transfiguraba en aquellas alturas y parecía un ser alado sentado en un pescante de alto tejado.
Las plantas pendolares ponían colgaduras en el paisaje, cabelleras tendidas, cascadas verdes.
Algún ciprés en la ladera era perpendicular, que daba ejemplo a los otros árboles.
En cuanto se daba una vuelta se sostenía más el paisaje sobre el abismo.
Se oían hilos de agua, saltos de agua en que se sentía la frescura de los berros y hasta se saboreaban.
—También tuvo rareza el gran señor ruso para hacer aquí su palacio—dijo el marino.
—Sitio ideal—dijo Palmyra—. Si yo pudiese trasladar aquí la Quinta, la trasladaba.
—No te comprendo—repitió Buonaventura, lanzando aquella frase bárbara que la dejaba sola, que tantas veces había desolado su espíritu.
Por fin se vió el palacio ruso, con su tipo entre capilla bizantina y casa antañona.
«¡Qué sorpresa la del señor ruso cuando después de haber visto subir a la última carreta con los últimos muebles, tuvo que abandonarlo todo muriendo!»
Aún bordearon los caminos espirales como con los caballos andando de pie por la empinada cuesta; los brazos delanteros nadando en alto sobre el aire.
Por fin llegaron a la puerta encerrojada por las hierbas.
Abrieron y toparon con aquella primera plazoleta rodeada de una balaustrada con dos jarrones llenos de agua. El marino, dijo:
—El agua de los jarrones sí que es agua bendita. Yo las únicas veces que me persigno es cuando encuentro una de esas pilillas de agua de Dios, del agua conservada desde el diluvio en los frescos tazones.
Después recorrieron un largo camino.
El coche había quedado lejos del palacio, a la entrada de sus aledaños llenos de árboles musgosos y con hojas blancas, hojas como las fichas de nácar que atesoran las cajas japonesas de tresillo.
Un criado, vestido con un triste pijama de domador, les fué enseñando aquel magnífico palacio que un ruso nostálgico de todas las Rusias se había hecho construir en el ideal Portugal.
Había habitaciones bizantinas como vestidas de torero.
Los íconos lucían su gesto momificado y los monstruos y dragones eran ya las quimeras con que el imperio chino apuntaba su influencia.
—La sala de los zares—decía el guía—hecha a imitación de la llamada del «pequeño trono», en el palacio episcopal de Moscú.
Todo sabía a facsímil húmedo del poder lejano. Como las patatas almacenadas en sitio poco a propósito todo aquello sabía a humedad y había echado tallo.
¡Cómo se habían abrigado en la lejanía de sus todas las Rusias con tapices, muebles y alfombras!
En la tarde de blandura portuguesa habían querido congregar la Rusia tan adornada y tan recargada, quizás para vencer al frío.
Resultaba chocante todo en aquel ambiente y tenía ferocidades de adorno, algo que hacía dañoso el sosiego del paisaje.
—Yo no hubiera vivido en casa tan alhajada—decía Palmyra.
—Comprendo que se muriesen en seguida sus dueños bajo el peso de tantos adornos y recuerdos...
—¡Ah!—decía respirando y abriendo los balcones que daban al luminoso paisaje—¡Ah! Pero tenían los balcones...
El marino iba detrás de ella con paso de marino que, por verlo todo, entra a ver las cosas artísticas en los puertos a que llega, paso del que ve de prisa y apenas se entera, paso del que recuerda Constantinopla a cada paso.
Anocheció en el vasto comedor del palacio ruso, donde se sentaron a descansar, y en el que Palmyra, con escándalo del guía, dió a la espita del samovar vacío, acercándole una taza de china en actitud de ordeñar a la enorme tetera.
Ya de noche, emprendieron el camino del regreso.
El iba con la pipa encendida y repanchingado en su asiento como en un barco. Ella iba inquieta y no encontraba asiento en el coche.
El fresco de la noche hacía desear envolverse en chales y gabardinas que no tenían a mano.
Pasaron junto a los criaderos de langosta:
—No quiero langostas de criadero, como no me pondría perlas si supiese que eran de criadero—dijo Palmyra.
—Los troncos cortados en el bosque sueñan con ser navíos—volvió a decir ella para romper el largo silencio.
El imitó un murmullo de aprobación. No comprendía aquella noche la emoción que repartía la luna.
Palmyra seguía hablando sola y con medias frases decía: «o mar na praia chora»... «as fontes da sombra...» «minha janela estará aberta»... «sombrias borboletas»... «pombas doloridas da noite»... «os vinhedos en repouso»...
En los vericuetos portugueses es donde queda un eco del tiempo antiguo, las últimas ráfagas del pasado como gallinas vivas del tiempo antiguo que se entretienen en su última plazoleta de árboles, en cualquiera de esas plazoletas que nadie trazó y que son su refugio.
Esas gallinas vivaces como horas redivivas picotean el presente y lo dan solemnidades infinitas, escondiéndose bajo los árboles bajos cuando se piensa en eso.
Los sándalos—llamémosles así—daban su perfecto olor a sándalo. El abanico de la noche les era acercado a la nariz con ese gesto tan desenvuelto de la damisela que pone el suyo bajo la nariz del caballero que busca un perfume que al fin encuentra.
Una flor india, con emanaciones azafranadas, sazonaba el paisaje como el «curaré» sazona los arroces.
Los caballos que no estaban acostumbrados a aquella hora y que sentían lo que de navegación tiene el camino de la vera mar, iban respingosos, con miedos súbitos de criaturas infantiles.
Las cuestas se hacían difíciles, más rampantes que por el día, con menos freno. El cochero reunía una contra otra las cabezas de sus caballos, enlazadas en un característico gesto hípico de no quererse, de juntarse a la fuerza, de besarse frente al abismo por la tiranía de las riendas.
¡Ah! Había llegado ese momento en que parece que se les viene encima el mundo a los caballos, todo el mundo empujándoles hacia abajo por la rampa de una cuesta.
Repiqueteaban los cascos sobre el tambor del mundo con tamborileo de muerte, de pánico, de espanto. Era el redoble de la ida a pique, del preámbulo al arrojo de ir a morir, de despeñarse, de resbalarse sobre el abismo. ¡Braceo último de los caballos desbocados, vertiginosos, de tupé desgreñado y fosco!
El cochero se puso en pie y el marino también, como capitán que en el último momento va a quitar el timón al timonel catastrófico. ¡Pero ya no hubo tiempo!
Los Caballos tuvieron un gesto de espanto máximo por que se vieron tronchados en el abismo, y el cochero cayó revuelto con ellos, mientras Palmyra gritaba agarrada a la capota, y el marino saltaba fuera del coche, agarrándose a un arbusto.
Por lo menos todo halló su fin pronto, es decir, todo hizo pie rápido en la catástrofe.
El capitán, a salvo en la greña del arbusto milagroso, se dió cuenta del caso, Palmyra no estaba muerta sino mal herida; el cochero estaba destrozado; un caballo estaba materialmente aplastado, pero el otro se había salvado en tan bestial aplastamiento.
Rápidamente se arrastró por la tierra Buenaventura y comenzó a bajar hasta la plazoleta de la catástrofe, final de la merienda de la muerte.
Bajaba como al fondo del mar convertido en buzo que busca a la mujer bella del naufragio. Sentía rebeldía contra aquel anochecido diáfano en que la catástrofe resultaba más inexplicable e injusta. En el fondo del mar hubiera resultado mejor, más blanda la caída, menos dolorosas las heridas.
El caballo vivo, espantado, pero prisionero, se hacía el muerto, tendido junto al otro para aplacar al destino.
Palmyra estaba desmayada, con ese desmayo de cuya sordera no se sabe cómo se ha de sacar a la que ha caído en él.
—¡Palmyra! ¡Palmyra!
El cochero, doblado como sólo se dobla el cuerpo con la muerte, tenía la folletinesca muerte de aquellos postillones a los que mataban los bandidos.
El marino buscó por los alrededores de aquellas cañadas la casa de socorro, el chalet en que organizar la angarilla para transportar a la herida.
En aquella cañada no había refugio.
En eso oyó un automóvil y salió al camino que daba allí su vuelta, un tramo más abajo—¡pero qué tramo!—del otro camino del que se había desgajado el coche.
—¡Eh! ¡Eh!—gritó al automóvil que zarpeaba el camino con sus ruedas de atrás.
El automóvil paró como si hubiese atropellado al que no había alcanzado aún.
—Hay una dama herida de gravedad, aquí cerca, y un cochero muerto... Un coche que se ha caído al abismo. Yo me he salvado por casualidad.
Saltaron del automóvil todos los ocupantes, dispuestos a recoger a las víctimas.
Buonaventura estaba satisfecho de presentar a una bella mujer, al mostrar a su desmayada Palmyra.
En efecto, todos sintieron simpatía por la bella desgraciada y sobre el largo almohadón desprendido del coche, desprendido en la merienda de la catástrofe, la llevaron al automóvil.
Todos comprobaron que el cochero estaba muerto; pero en atención al chauffeur lo trasladaron también al automóvil.
—¿A dónde?
—A la Quinta de Palmyra... Junto a Amarantes... Antes recogeremos al médico.
El automóvil partió tan raudo como en las carreras o como los automóviles de los bomberos que van a apagar el fuego.
Paró un momento en las afueras de Ardantes, en el Chalet Florido, donde recogieron al doctor y su botiquín, y por fin entraron en la Quinta, donde la cama amorosa de la alcoba, llena de altares y altarcitos, fué el primer consuelo de la herida, las primeras hilas en ancho engavillado.