X ÚLTIMO PASEO DE ARMANDO
Reading edition
—¿Quieres que vayamos a la playa de Morça?
—Vamos.
Era una playa «muito longa», a la que muchas veces había estado preparada la excursión que había fallido por algo imprevisto.
Armando aceptó el paseo con ansia de despedida, pues el telegrama que había pedido a su amigo por caridad, un telegrama como el que a él le libertó, debía de llegar a través de todo aquel día.
Salieron a las diez de la mañana. El coche con la capota echada, tenía ese fondo recatado de cenador mañanero que toma en las excursiones tempraneras. El cochero se había puesto el traje nuevo para las excursiones bajo la luz clara y llevaba su fusta de niño bien regalado, la fusta de trenzado látigo blanco y como con el pito infantil en el puño.
Pronto estuvieron en medio del paisaje, en el que había esa salsa en que se echa tomillo y romero.
Se olía ese perfume o «chiero» que huelen los burros con los anillos de las narices muy abiertos.
Las abulagas lo llenaban todo. También surgían los saúcos al margen del camino... Al verlos, Palmyra dijo:
—¡Cuánto tiempo que yo no veía saúcos! De pequeña me cubría la cabeza con palmas de saúco... Quiero una rama... Di al cochero que pare...
—Después... La cogeremos a la vuelta...—repuso Armando, que no quería nunca parar lo que ya caminaba, ni rectificar un recado, ni decir que no trajesen ya una cosa que se había encargado. Lo que marchaba debía seguir; ¿para qué cometer la impertinencia de parar el coche y retardarlo todo y hacer volver la cabeza al cochero, inquiriendo lo que pasaba en el fondo del coche, y solemnizar el capricho pueril en medio de la claridad de la mañana, que ridiculiza y macera tanto las cosas?
Los bordes de los caminos dejaban ver todas las raíces, y por eso olía tanto a raíces, a ese hondo olor que más que hondo olor es hondo sabor.
Armando sentía en aquella despedida la resignada vida que impone el campo.
Desde el fondo del milord se veía la dignidad con que andan los caballos, su idea de que arrastran el coche como si fuese su cola.
Las puertas de las corraladas tenían dignidad de puertas de palacio y se veía que daban a otras quintas de Portugal, de esas en que los dueños reposan de todo, como si fuesen los reyes tristes del paraje.
Salieron a la vera mar. Encontraron el faro de Praia, junto al que hacía tres años que había un gran barco roto, un barco que todos los que acampaban en sus alrededores se iban comiendo, pero al que con todo lo que le habían arrancado le quedaba aún más de la mitad. ¡Era tan difícil de desatornillar y desclavar! A veces tenía aristas tan soldadas que resultaba una caja de sardinas difícil de abrir, sin que se encontrase la herramienta lo bastante perforadora para abrirle brecha.
En la popa, aún metida en el mar, había blindajes agujereados, por donde salían fuentes de ola. El olor a alquitrán daba, no se sabía por qué, toda la aguda tristeza del naufragio.
Era aquel barco roto una constante catástrofe. Hasta que no quitasen el barco de allí no se serenaría el paisaje de la costa.
Olía a mar vivamente. Palmyra dijo:
—Es como si nos comiésemos un cangrejo...
Grupos de gentes nómadas se hospedaban en aquel trecho.
Habían construído los camarotes del naufragio, aprovechando los ojos de buey como ventanas de sus barracas.
El barco, partido en dos, debía ser el espantajo de todos los barcos que pasaban a lo lejos, temerosos de incurrir en la misma suerte.
Allí se encendía la lumbre y se guisaba con maderas de barco roto.
Remontaron la sierra y vieron el mar en el fondo. Era el mediodía, la hora de las hambres...
El mar estaba sin barcos... Era como si todos se hubiesen ido a comer... Un solo barquito de vela era como la trufa del mar y estaba en medio de él como para justificar la navegación.
Les salían al paso los molinos de Portugal. Armando dijo:
—En la cruz de Portugal se une el signo divino de la cruz con la humana aspa en cruz del molino.
—Es verdad... Tienes razón—dijo Palmyra.
Bajaron, rizándole, el monte en que tantas personas realengas buscaban antaño un refugio y tenían sus retiros estratégicos. El camino era un camino patinoso y verdinegro, en el que todos los árboles estaban cubiertos por la yedra. De vez en cuando se oía el ruido sospechoso de una cascada que caía de lo alto o se veía un lago de esos que, aun estando en la cima del monte, llegan a su base.
Avanzaba la hora. Iban a comer muy tarde. Ya se habían esparcido los barcos en el mar, y les parecía frente a las humosas chimeneas que el capitán comía constantemente.
Los vapores blancos parecían aeroplanos lanzados en la inmensidad celestial del mar.
En las tapias había bancos constantes para los caminantes más románticos del mundo. En la ventana de alguno de aquellos palacios una vieja, como chiflada, pero cuerda, se asomaba como alucinada. Les extrañó una que leía un periódico, un periódico indudablemente viejo, antiguo, de hace lo menos veinte años.
Pasaron los pueblos de los vinos portugueses, resultando muy pueblerino el sitio de partida de los vinos que pueden pedirse en todos los restaurantes.
Así como en las mesas están de etiqueta las botellas—pechera blanca y traje negro—, estaban descuelladas, repanchingonas y de casa junto a sus fábricas, en su pueblo.
Los hombres y las mujeres del pueblo que se asomaban a las puertas de esos pueblos de los grandes vinos, parecían alcoholizados ya, con la nariz roja.
Por fin llegaron a la playa de Morça. No había nada en el hotel, pero mataron un conejo que guisaron salteado, y compusieron en seguida un menú.
El vino parecía de ese que se encuentra en las barricas que echan los barcos al mar.
—Vamos a volver pronto, no nos coja la noche en el camino—aconsejó Armando, y en silencio comieron de prisa el modesto condumio.
En el silencio, el mar engañoso les mostraba esa cosa de ir a callarse para siempre que tiene—¡después del rizo ruidoso de su rizado de tres en tres olas!—, y que se rectifica a continuación volviendo fatalmente a prorrumpir en sus desbordamientos ruidosos del gran baño de Dios, preparado todos los días con puntualidad.
Después de comer tomaron de nuevo su coche, con gusto de principio de paseo, y el coche buscó el atajo, corriendo mucho.
Era la hora de las cuatro.
En los corrales los gallos daban sus cacareos secos, pues tienen poca saliva para tanto cacareo.
Las rosas bravas se asomaban entre todas las plantas plebeyas.
Se notaban cosas sutiles, como que el aire había soplado todos los molinillos, creando esos vilanos que son las palomas mensajeras entre unas y otras plantas.
En lo más bajo del paisaje aparecieron unas casitas abrigadas en lo hondo, porque en lo hondo prosperaban sus viñas.
Desde la puerta de esas casas tiraban el agua de la jofaina en que se ha lavado alguien.
Se veían cimientos de casas que no acabaron de construirse, sin que nadie sepa por qué.
Se veían mendigos barbudos, que, sentados en el camino, se ponían las alpargatas que acababan de sacudir o cargaban con su morral.
—Las amapolas—dijo Palmyra—son como corbatas que se pone el campo.
En las Quintas altas se veían grandes jarrones y varios bustos romanos, entre los que se destacaba la madre de Nerón. Todas las estatuas, como la de su Quinta, eran como evocación de otras estatuas, no como estatuas de plasticidad propia.
Armando se quedó dormido después del largo memorial del paisaje y al despertarse encontró «que los caminos siempre piensan lo mismo, sin enterarse de nada».
El pesimismo del campo volvía a él:
«En el campo se siente que igual podríamos ser de un siglo antes que de un siglo después.»
«Todo el campo, además, espera a los muertos.»
El coche caminaba al trote cochinero de los coches que vuelven, un trote seguido, sin descanso, como si el cochero gastase toda la vida de sus bestias en la postrer carrera.
—Aquí—dijo volviéndose a sus amos—fué donde se estrelló el otro día un automóvil.
Lo decía con la satisfacción del cochero de coche pacífico y nadador que odia al automóvil.
El olor a manzanilla del campo se agravaba, y las margaritas eran como sus últimas luces.
Apareció por fin el conmovedor rincón que habían tenido sólo todo el día, la Quinta descuidada durante toda la jornada, y que esperaba teta de su mamá, como un niño abandonado a las criadas inútiles.
El coche saltó, con alegría de galgo, el umbral de la puerta tristona de la Quinta. El viejo jardinero esperaba a la puerta con el telegrama urgente. Armando lo abrió con falsas señales de impaciencia.
Palmyra alargó la cabeza para leer.
«Tu madre, muy mal. Ven en seguida.—Luis.»
—¿Has entendido?
—Sí... ¡Qué desgracia!
—Me voy esta noche... No tengo otro remedio... Si no salgo esta noche tú sabes que no podría tomar el tren de mañana... Dormiré en el Francfort.
Bajaron rápidamente del coche. Ella estaba muy pálida. Tanto, que la doncella que salió a recibirla puso una gran ternura y una gran avidez en su «Mía Señora».
—¿Qué le pasa a «Mía Señora»?
Armando, en plena hipocresía, subió corriendo a su habitación, y gritó:
—¡Las maletas!
Fue preparando todas las cosas sobre las butacas y la cama. En aquel apresuramiento, la mentira parecía tener algo de verdad.
Ella, después de haber llorado, se asomó a la alcoba.
—¿Pero te lo llevas todo?
El se volvió inquieto. «¿Quizá desconfiaba ella?»
—Tú sabes que todo se puede necesitar cuando no sabe uno qué va a pasar..., qué tiempo va a tener que estar a la cabecera de una enferma...
Armando seguía afanosamente la preparación de sus maletas. Todo lo tenía arreglado desde hacía días. Sólo la dejaría unas cuantas hojas de Gillette desparramadas sobre las mesas y los mármoles como tarjetas de acero del hombre.
—Vete fuera si has de llorar tanto... No puedo consolarte si he de hacer las maletas... Se me olvidará todo...
Palmyra salió de la alcoba.
Armando estaba apesadumbrado.
Era como el que guarda en la maleta los pedazos del cadáver de su víctima.
Había que ser un niño o una mujer para adaptarse a aquella tenue resignación de la Quinta, que era cárcel venturosa de la intimidad humana.
Había que saber desposarse con los muebles, con las cornucopias, con las columnas salomónicas como sólo sabe hacerlo una mujer.
Había que poder saborear esa dulce paz que hay en los sofás en que el alma del mundo se sienta, desmayándose el tiempo en su pliegue ideal.
La Quinta ofrecía el día indeterminable que no necesita paseos ni nada, pero él no los podía soportar.
Las maletas hechas, Armando llamó a Palmyra.
—Despídete de mí como si fuera a volver dentro de un rato... Eso es lo que va a pasar.
—No puedo... No puedo—decía ella llorando—, me matarán las saudades de un solo día sin ti...
Tenía que desprenderse de ella violentamente. Hubiera querido evitar que sucediera eso.
Tomó el coche corriendo, como el que va a llegar tarde, yéndose con una hora de anticipación.
Hizo que apremiase los caballos el cochero para no tener que devolver saludos finales de marinero a la ventana a que ella se asomaba y por la que parecía irse a tirar.
Aquella noche durmió en el hotel de Lisboa con ese temor a no despertarse a tiempo que ocurre antes de los viajes en que se huye.
Se despertó y salió en el tren casi vacío, en cuyo camarote sus reflexiones se recrudecieron. Era libre, respiraba a gusto, pero no dejaba de darse razones para consolar su arrepentimiento.
¡En qué día más feo le tocaba viajar!
Con una temperatura más bondadosa le habría entrado una llantina como aquella en que se derretiría Palmyra.
Cerró las ventanillas. Se quedó el vagón sordo.
Los eucaliptus de las estaciones se destrozaban en el viento. Iba a salir de Portugal de un momento a otro.
Entró en los valles plácidos a que aún no había llegado la lluvia.
Iba con un señor serio y melancólico que debía vivir en otra Quinta en medio del campo.
«Yo me hubiera convertido en un señor como éste», se decía Armando. Aún le quedaba una envidia de cómo hubiera podido vivir. Le obsesionó aquel caballero parte del viaje, hasta que en una estación sin nadie avanzó un criado de patillas, que, con el sombrero en la mano, tomó su maleta y la metió en un coche de dos caballos. Después echó a andar, y al pasar frente al paso nivel volvió a verle esperando que el tren pasase. Le pareció mal que no hubiese tenido influencia para pasar antes que el tren.
El tren hacía árboles, hojarascas de humo.
Se veían pastores en medio del campo. «Mientras haya pastores...»—se decía Armando con retinencia optimista, pues en los viajes se ve la estabilidad duradera de todo.
«En la tarde del tren se comprende la tarde prehistórica»—pensaba en la soledad genial del vagón, con genialidad que le es propia.
Iba hacia los días obscuros en que se está como en los profundos estanques del invierno, allí en España.
Dejaba aquellas mañanas en las que aparecen vivas, recortadas sobre un límpido cielo azul, las balaustradas del buen tiempo. Iba a cambiar el mundo que es alegre en su inmensidad, por el que es alegre en los chamizos, en los «cabarets», en los cafés.
Aquellas mañanas portuguesas tenían siempre una punta de sol o varios cuchillos de sol, aun los días nublados. La claraboya del mar también era luminosa siempre.
«¡Si no lloviese tanto!»—se decía Armando para contradecir su nostalgia, que era demasiado amorosa, tan amorosa que le reprendía, diciéndole: «Podrás estar sobre lagos de lluvia, pero siempre en lo alto, junto a la luz, no como en aquel Madrid que se sumerge y sólo vive con empuje la luz artificial de los «cabarets».
Iba atardeciendo cada vez más, y Armando veía en su recuerdo el panorama de los alrededores de la Quinta.
Los hotelitos en la tarde obscura quedaban a flote, como barcos amarrados en el puerto seguro.
Los pinos llevaban una vida platónica en lo alto del monte. Todo tenía la placidez de lo que disfruta luces y vacaciones amenas entre dos muertes: la del nacer y la de morir. Todo aprovecha el interregno.
La noche vino, y Armando se perdió en el sueño pesado de los viajes. Ya estaba corriendo por España camino del Madrid que quebranta los huesos, pero cuyo suplicio quería vivir.