XVI OTRA RETIRADA
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Samuel tenía voracidad de amor, pero se le veía aprovecharse de él, no para gozar el placer que se infunde en el mundo después de brotar del hombre, sino para almacenarle, para guardarle, con un último gesto sórdido en que se concentraba mucho y escondía el placer que conseguía.
Palmyra, que nunca había comenzado a perder los amores, se fué disuadiendo del amor de aquel hombre, cuyo único defecto no es que fuese de raza distinta, sino que se lo creyese, que en él estuviese la desconfianza y la prevención en vez de en los demás. El era el que no había olvidado.
Samuel también tenía el defecto de que hablaba constantemente de sus hermanos de Salónica, de Hamburgo, de Tánger, de Polonia, y eso le hacía un poco antipático, como si llamase a intervenir en sus amores con Palmyra a aquellos numerosísimos hermanos y hermanas, suegras y suegros terribles y rencorosos, con convenciones especiales a las que tendría que obedecer.
—Porque mis hermanos de Salónica...
—Porque mis hermanas de...
Y siempre salía a relucir aquella fraternidad que le absorbía, que le hacía volver la cabeza a los lejanos horizontes y distraerse de Palmyra con nostalgias fortísimas.
* * *
Palmyra había tenido, sin embargo, días de sentirse junto al hombre honrado, y había recibido todas sus confidencias de perseguido y de plantado por las mujeres; pero desde el primer día hasta esta tarde en que después de dos meses de pasión se reunían en el Salón Siglo XIX, estaba esperando su huida, el momento de la ingratitud en que caería sobre él la maldición de merecer el despego de los demás y sus persecuciones. En su predilección por aquel hombre serio como un hombre, había envuelta una especie de maldición gitana: «¡Que maldecido y perseguido te veas por judío si me abandonas!» No había vez que no se dejase abrazar por él que no repitiese eso por lo bajo, con los párpados y los dientes apretados unos contra otros, en tensión rabiosa y obcecada.
Aquella tarde estaba Samuel más preocupado que nunca, como dispuesto a contarla una nueva vejación de las que había sufrido.
Por eso Palmyra había escogido aquel salón para estar reunidos en la hora mejor del idilio, al atardecido.
En cuanto llegaba el calor era el salón en que se pasaba el bochorno, porque la humedad y el olor a humedad resultaban refrescantes. Aquella humedad era tan grande que levantaba las hojas de la pared.
—¡Qué sabroso es este salón siglo diez y nueve! Me deja un mayor anhelo de tu carne—la había dicho una vez el huído Armando y Palmyra no se había olvidado de la frase.
—En este salón—la dijo Samuel—tu blusa de seda es más incitante. En este salón se sorprenden los amores de tus antepasados y se ve que aún rescoldan sobre los sofás.... Eran de los que no se acostaban, de los que lo hacían todo muy abrazados sobre los sofás...
Palmyra entraba en aquel salón cuando temía aquella cosa imponente que había en los otros salones del palacio, llenos de un aire demasiado suntuoso que parecía amedrentar y despedir a los amantes.
Samuel, que tenía pico de águila para el placer, parecía afilarlo en los besos silenciosos que ponía en ella. Palmyra le dejaba recapacitar en sus besos, y esperaba lo que saliese de aquella seriedad, pues muchas veces en esos torvos silencios se prepara el arrebato del amor.
Impaciente Palmyra, le preguntó:
—¿En qué piensas?
—En que te llevaría a un viaje...
—¿A un viaje?
—Sí... No sé cómo puedes estar aquí siempre... A un barco parado se le ponen sucios los fondos... Si pudiésemos empujar hacia el mar esta Quinta y que navegase...
—De ningún modo... Me agarraría desde las ventanas a las ramas de los árboles para contenerla... Son sus cimientos en la tierra los que más me gusta...
—No te comprendo... No te acabo de comprender.
—Pues es bien fácil... No quiero perderme fuera de aquí... Más que vivir la vida, la vamos leyendo, y yo quiero repasarla bien, no distraerme, no perder palabra, no perder ripio...
—Pero donde más interesante es la vida es en los viajes—repuso Samuel, siempre poseído por el mal intrépido de la huída...
—No... Eso es ver láminas, que es lo que hace perder más el texto de la vida... Un libro con láminas está aviado... Casi no se lee nunca... Lo importante es la letra menuda, monótona, que dice muchas cosas...
—¿Y los monumentos?
—Son los que dan más vaguedad a la vida... Sirven sólo para encubrirla...
—¿Así es que según tu opinión las pirámides...?
—Las pirámides buscaron una apariencia natural de serranía que no está mal... Pero casi todos los monumentos distraen, hacen daño a la vida...
Se veía cómo estaba metida por honda convicción en su Quinta. Ni una carreta de bueyes la podía sacar de su predio.
¿Qué carrozas esperaba? Sólo imaginándose el gran espectáculo de la vuelta de unos viajeros que tuviesen forzosamente que volver y que pasar por aquel paraje, se podía explicar aquella espera feliz y continua junto a las ventanas de la Quinta.
Claro que hay el mundo de lo insucediente que está sobre los grandes ramajes y fija la punta del pie en las ramas que rematan los árboles, pero ese mundo es demasiado soporífero.
Palmyra, que se había dado cuenta de lo que aquello significaba de rebeldía contra la Quinta, se echó en la chaisse-longue desde la que se veía el paisaje del atardecido. Otra vez volvía a tomar cómoda posesión de los almohadones de la melancolía.
Se curaba en aquella mirada intensa de su eterna convalecencia por la huída de los hombres.
Veía el recodo de la salida al mar y sentía como todos los días, con entera novedad, que era un puerto antiguo al que acababa de llegar, y en el que se unían las carabelas del ayer más remoto como las del más próximo presente.
«Si no se llegase alguna vez, sería penoso el viaje de la contemplación diaria»—se decía Palmyra, que había encontrado el cierre, la pulsera para cada idea con precisión de escritora mística, de Santa Teresa del anonimato.
Era más largo y más denso que el resto del día aquella hora en que el día se entornaba. Dejaba en la casa provisiones de eternidad, caramelitos y guindas de inmortalidad.
Palmyra perdía la vista en aquella larga contemplación, y la quedaban en los ojos soles amarillos como yemas de numerosos huevos fritos transparentes en medio de las claras numerosas.
—A esta hora me olvidas—la dijo por fin Samuel, rompiendo el silencio y la situación penosa y desconfiada—. Pareces de la religión egipcia que mira con veneración y miedo al sol que se pone para juzgar a los muertos.
La cena de todos los días se iba cuajando poco a poco y echaba en su salsa perejiles, romeros y mil yerbas sobre todo el paisaje. En esa paz severa del verdadero campo se siente la seguridad de que se cenará. En las ciudades, por el contrario, la seguridad es abrumadora porque hasta el fuego depende de las nóminas oficiales, y el cenar es un acto improvisado y de última hora.
«Todo cocina en mi guiso»—se decía Palmyra y tomaba una postura más cómoda en su chaisse-longue.
En aquel silencio, Samuel, que veía el bosque por la ventana, se sentía irritado por esa trampa, que es la arboleda que no se abandona, la arboleda que rodea demasiado una vida.
Sentía ya el deseo de las grandes llanuras, necesitaba salir a los páramos, a los inacabables calveros del mundo. Su raza se había educado en las caminatas por los desiertos y amaba ese paisaje que descubre la desnudez del mundo.
«Los árboles, ¡qué por encima están del ser humano y qué poco tienen que ver con él!—pensaba Samuel—. Si el perro aulla cuando encuentra un hombre muerto en el bosque, el árbol se abanica suavemente sobre el hombre caído en el que van quedando al descubierto las costillas como si se le hubiese desabrochado y se le hubiesen salido las ballenas del corsé de la carne».
El sentía que los dos preparaban una disputa en su silencio, que anunciaba con su largura y su calidad el fondo rencoroso.
—Los árboles—dijo Samuel por fin—cubren la vida de una hipocresía verde y ostentosa... Cada día que pasa veo que los odio más...
Palmyra, con un rencor enorme, desproporcionado, más enconado que si hubiese sido ofendida ella misma, repuso:
—Como que te ahorcaste de ellos una vez...
Samuel no contestó. Se puso en pie, se paró un momento como un soldado que se cuadra, después abrió la puerta que daba al pasillo de las alcobas y se fué.
No tenía arreglo lo que iba a suceder. «Después de todo—se dijo Palmyra—tenía que pasar esto algún día próximo. No tenía más remedio que irse por una razón más fuerte que la de ninguno de los que se fueron».
Y Samuel se marchó, se marchó aquella misma noche en el mismo automóvil de los turistas en que vino de tan intempestiva manera, en el enorme automóvil blanco que envían de las Agencias cuando se pide un automóvil por teléfono desde un punto distante.
Y fué el único amante que lloró al hacer el equipaje y que se fué llorando en el coche que le libertaba.