XIV LOS AUTOMÓVILES DE LOS DESEMBARCADOS
Reading edition
Después de la riña con Fausto, una de las cosas que más emocionaban su vida de soledad, lo que la llevaba hacia el mundo, lo que la daba la palpitación máxima del corazón era ver los automóviles que unidos a los trasatlánticos que hacían escala en Lisboa, transportaban a los viajeros más inquietos para que viesen aquellos parajes de la costa y el faro estratégico.
Camino del faro pasaban junto a la Quinta de Palmyra, que les lanzaba destellos de todos sus cristales, triángulos de luz, losanjes volanderos.
Las seis bocinas en fila hacían presagiar la caravana de viajeros. Palmyra corría a las ventanas. Ella, tan lejos del mundo, en ese momento perdía su resignación y se asomaba a ver los grupos de extranjeros apretujados, los brazos de unos sobre los pechos de los otros, cuatro o cinco donde cabían sólo dos, las gasas de las extranjeras flotantes como banderolas descoloridas, todos despeinados y como mareados por el largo viaje, ellas con flequillos y patillas desrizadas, de embarazadas en meses mayores, echadas hacia atrás en sus asientos, afondadas, como si su preñez las obligase a esas posturas.
Se dejaban llevar por la ráfaga encorvada del automóvil, todos en la mecedora flotante y rauda, sin saber ni por dónde iban ni qué iban a ver, cumpliendo más que nada con un itinerario de los que ofrecen los «chauffeurs» listos.
Ni tenían tiempo de saludar al paisaje y menos para despedirse de él, y dejaban flotante su extrañeza y su extranjerismo como inquietud abandonada en medio del bosque.
La soledad quedaba arrepentida de estar tan sola, y todo el monte hubiera querido irse con los excursionistas, continuando su viaje hacia ciudades más en el centro del mundo.
Se van sin importarles lo que dejan detrás, prendiendo miradas distraídas en lo que ha de quedar bien fijo, establecido para siempre en el sitio que ocupa.
A Palmyra la costaba trabajo meterse dentro, abandonar la visión del camino recién rizado por todos los automóviles, esperando ver uno más, el rezagado, el de los más degustadores del paisaje que se habían detenido más largo rato bajo el faro engallado.
Había recogido—sobre todo cuando lucía blusas de mucho color—las miradas amorosas de todos, como si todos ellos quisieran ser sus esposos y ellas la mirasen encantadas de ser sus cuñadas. ¡Pero ninguno se tiraba de su automóvil como torero que salta la barrera!
¿Escribiría alguno alguna vez la postal del pasajero?
Dejaban el recuerdo de los camarotes pintados de blanco y con ojos de lupa en aquellos barcos que ella veía en alta mar con su tarta blanca en medio, y que eran los que vertían sus viajeros extrañados durante unas horas de la lisura estable de la tierra.
«Ya estará impaciente el trasatlántico, moviéndose en la rada, tirando de la cadena de su ancla como perro que quiere escaparse»—pensaba Palmyra.
Y por fin se metía dentro de la Quinta. «¿Cómo sospecharían su vida aquellos seres?... ¿Qué idea del paisaje se llevaban? ¿Como cuál creían que era? Sólo aspiraban a llevarse visto un punto más del mundo para poderlo pregonar.
Aquellos automóviles eran como las canoas de salvamento a las que se pone en marcha dando al manubrio de su despertar.
Siempre la habían dejado gran emoción; pero aquella tarde de soledad en que aquel viajero rubio la había tirado el sombrero como brindis de torero entusiasta, dejándolo colgado de un manzano, se quedó más pensativa que nunca.
El sombrero aquél, que había bajado a buscar, llevaba en el forro de fina sedilla blanca el nombre de un sombrerero de London. Eso no era bastante para saber la nacionalidad del desombrerado, porque según vieja falsificación todos los sombreros son de London y tampoco decía nada apenas el que en su badana apareciesen las iniciales S. C.
No dejaba de tener una íntima galantería bastante original aquel regalo del sombrero del excursionista arrojado como recuerdo en el rápido pasaje de esos automóviles de «te tomo y te dejo en el mismo sitio que te tomé».
Palmyra dejó aquella montera de brindis en su perchero, y cuando volvió al salón pensó sorprendida que iba acompañada de la sombra que había entrado en la Quinta con aquel hombre que había dejado su sombrero en el perchero. Estaba íntimamente con ella, y, sin embargo, estaba lejos, ya en alta mar con un sombrero nuevo que aun extrañaba su cabeza.
«Con él encasquetado ya no se acordará de mí»—pensaba Palmyra—, pero después rectificaba: «Se acordará aún, porque el sombrero nuevo le estará chico, más chico que éste que me ha dejado».
Durante el anochecido estuvo nerviosa, excitada, mirando el mar de los espejos, esperando quizá la entrada de aquel hombre por el dintel del espejo.
Cuando la sirvieron el té tardío, porque se había olvidado de llamar, estuvo por decir al criado: «¿Y la otra taza que te he pedido?»
Aquel sombrero que cogió como el de un vagabundo del árbol del que se ahorcan los sombreros y las alpargatas de los trotacaminos, tenía el imperio del sombrero del dueño y señor. Había dejado libre el cabello oleaginoso que ella buscaba para peinar con sus manos y sentir los chisporroteos eléctricos que brotan de los peines de concha y de los dedos entreabiertos como parte ancha de unos peines blandos.
«Y no es que haya tirado un sombrero viejo... Está usado, pero no está viejo»—pensaba Palmyra.
Del salón se iban colgando las anchas cortinas moradas de los bailes de arte; sólo el espejo del fondo tenía luz y copiaba la tarde de ojeras irisadas.
En eso llamó la criada:
—Madama... Un señor sin sombrero pregunta por su Excelencia...
Lo de «sin sombrero» lo decía la criada para que madama no le recibiese, porque un señor sin sombrero da idea de un loco o de uno que viene huyendo, pero madama, como si esa señal la recordara a un amigo querido que llegase de muy lejos, la dijo:
—¡Que pase! ¡Que pase!
Un caballero, menos rubio de lo que la había parecido al verle pasar en el automóvil, se adelantó hacia ella e hirió su mano con la llaga de un beso apasionado y largo...
—Señora—dijo—, he torcido mi viaje sólo por usted...
—¿Pero perdió su barco?—exclamó con ingenuidad Palmyra...
—Sí..., partió sin mi—respondió sonriendo el desconocido...
—¿Y sus baúles?—volvió a preguntar Palmyra desconcertada, como si esperase que el extranjero hubiera llegado con sus baúles y todo a instalarse en la Quinta desconocida...
—¿Mis baúles?... En un Hotel de Lisboa—respondió extrañado el extranjero.
Palmyra le señaló un asiento. El extranjero se sentó con tipo de marino que descansa, tipo de marino que viene a traer una noticia de allende el mar.
—¿Y cómo se ha atrevido a venir? ¿Y si yo hubiese sido una señora casada?
—No hubiera venido... Me he enterado antes de quién era usted y cómo vivía... La tiré mi sombrero porque no me dió tiempo de tirarla otra cosa; mejor la hubiera tirado la cabeza, el corazón... Lo que quería decirla es que volvería...
—Yo sólo creí que fuese un chicoleo.
—De ningún modo... Siempre se tira el sombrero para recogerle, más o menos pisado por la dama, pero se recoge...
—Ya ve usted que yo no le dejé en el jardín... Lo recogí y lo he puesto en el perchero...
—Ya le he visto al entrar, y por cierto que he hecho como que lo dejaba, ajustándole más a su colgadero...
Palmyra sonrió, aunque estaba asustada e indecisa, ante aquella visita que amenazaba con ser muy larga... No sabía hasta cuando... Quizá hasta cuando volviese aparecer de nuevo en lontananza un barco con la ruta del que había dejado irse...
—¿Y qué es usted?—preguntó Palmyra sacándole de su arrobo.
—Yo... Doctor...
—No... Quiero decir de qué nacionalidad.
—Norteamericano... Sé el español difícilmente, pero como he notado que me entendía así con los portugueses, he creído posible conversar con usted toda la vida...
Palmyra estaba radiante. Su desconcierto se había ido borrando; el caso era que tenía allí a uno de los que pasaban raudos y representaban para ella el mundo, el mundo de los grandes trasatlánticos como palomares flotantes, llenos de gemelos que miraban su torreón...
El norteamericano apoltronaba su tamaño en la butaca con un paisaje en el respaldo, y mostraba su rostro de ninguna raza y de casi todas, uno de esos rostros que confunden siempre al que les mira, pues habiendo parecido que antes se miró a uno, después resulta que es a otro al que se encuentra.
—Ahora iría por el mar, con todos mis compañeros de viaje que me echarán de menos, sobre todo en la mesita verde que ocupábamos después de cenar, cuatro, siempre los mismos...
¿Qué la iba a exigir aquel hombre a cambio de aquéllo? Había perdido su barco y tenía derecho...
—¿Y hasta cuándo estará usted aquí?
—Hasta que usted quiera... Vengo a Europa a estudiar, así es que me puedo quedar aquí a estudiarla a usted.
—¡Ah! No... A estudiarme, no... Me dan escalofríos sólo de pensarlo.
—Bueno, bueno... Diré sólo que estudio.
—¿Y de qué región es usted?
—Bástela saber que una carta tarda en llegar a mi casa veinte días...
—¿Y cómo es su pueblo?
—No tiene nada de interesante... Esto sí que es bello... Es el digno marco que la corresponde... Cuando me saludó usted al pasar, perdí la brújula... Si usted no me hubiera recibido, hubiera paseado por delante de la verja de su Quinta siempre y me hubiera convertido en acuarelista de paisajes en que se ve una Quinta.
—Estoy comprometida con usted como con el que ha naufragado...
—La verdad es que me he tirado del barco al mar sólo por usted...
—Ha sido tan franca su decisión que yo debo ser también franca... El mote del escudo de la Quinta es: «Sigue tu primer impulso sin dejar pasar la hora...» Venga con sus equipajes... Es usted mi huésped.
Se hizo una pausa. El norteamericano se puso en pie. Tenía en el rostro timidez y osadía, descorazonamiento por el pronto logro de su deseo y al mismo tiempo entusiasmo. Sus cincuenta rostros superpuestos eran descubiertos por una imperceptible muesca de colores y perfiles que no casaban bien como en una policromía mal tirada trasluciéndose sus cincuenta expresiones distintas.
—¿Y si ahora no le gusta a usted mi nombre?—dijo él.
—¿Tan extravagante es?
—No; es Samuel.
—Pues no es feo.
—Es que como es judío...
Palmyra no contestó, pero pasó por su imaginación una gran aprensión, y eso que en su pueblo no estaba vinculada la doctrina antisemita... Reponiéndose y queriéndole evitar toda suspicacia, dijo:
—¿Y eso, qué?... Aquí no se guarda ningún rencor a los judíos...
Samuel apretó su mano con silenciosa gratitud y se fué hacia la puerta. Palmyra salió con él.
En el recibimiento él hizo ademán de ir a coger su sombrero, pero Palmyra, que esperaba ese gesto para cazarlo, echó mano a su mano y la retuvo...
—No... Ese sombrero me pertenece... Es la prenda espontánea de su afecto... Sólo lo arrancará de su sitio el día que me olvide, el día que tome el barco que dejó escapar hoy...
—Pues entonces quedará ahí para siempre.
Samuel salió para traer sus equipajes en seguida.