III ARMANDO, EL FALSO ARISTÓCRATA
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Palmyra, en esa necesidad de entonar el palacio, y viendo que el tiempo pasaba y nadie llegaba lealmente a casarse con ella, creyó que eso se debía a una especial rebeldía de los tiempos ante el matrimonio, y se dejó seducir por ese joven español que está a su lado, Armando Vivar, que se hacía tener por un aristócrata español y vivía en el palacio desde hacía muchos meses, tratado a cuerpo de rey, y recibiendo en sus brazos aquella blanca forma de Palmyra como suprema posesión del paisaje.
Armando era un huído de España no se sabe por qué misteriosos asuntos. Tenía media cara joven y la otra mitad vieja, cansada, pachucha, con un ribete de plata en las sienes.
Aceptaba de Palmyra todos los agasajos, pero no partía de él ninguno. Tenía displicencia de hombre que se mira la punta de los zapatos de charol mientras habla.
—¿Y tus posesiones de la India, cómo son?—preguntaba con visible entusiasmo.
—Son pueblos enteros... Me pertenece un río desde su nacimiento a su desembocadura.
—¿Y hay grandes árboles, de esos que tienen dos siglos?
—Tan enormes que sobre sus ramas principales han edificado los indígenas casas para varias familias...
A Armando le gustaban esas conversaciones novelescas y embobecidas en que el niño pregunta como un niño ávido.
Palmyra había encontrado en él al apuesto varón que solía colgarla de su brazo en la intimidad pasando la mano por debajo de su axila y depositándola siempre en la esfera apetitosa de su seno.
Ella temblaba de pensar que se pudiera ir aquel hombre que llenaba del masculino son de su voz toda la casa y era como el guarda seguro de la Quinta.
Se adornaba mucho para retenerle.
Se ponía sus pendientes de brillantes viejos, que brillaban con singular encanto a la luz del sol de la tarde, cuando se acercaba a las dulces ventanas.
Ponían en las paredes sus espejuelos refulgentes, estrellitas de luz movibles a cualquier gesto de su cabeza.
Armando miraba esa animación viva que lentejuelaba la pared como lanzamiento de los espejitos rotos de los pendientes y procuraba pasar la tarde a fuerza de puros. Siempre estaba abierta en la mesa más próxima la caja con su orla de fina puntilla y en la estampa un caballero de grandes bigotes, gran cadena, dije de oro y cargado de sortijas; pureador como un rey, con placidez de gran tendero en la expresión. Eran esos grandes señores de Partagás, de Bravo, o de Gómez, grandes amigotes de su soledad, retratos de parientes bonachones y con gran bigote.
La sedosa suavidad del puro habano le quería y le acallaba. La Quinta entera estaba siempre llena de humo, como si hubiese entrado en las habitaciones el humo de la cocina.
Palmyra tosía al sentir cerca el humo del tabaco, pero se metía en su muralla espesa y al fin se acostumbraba y le hablaba con voz apagada.
El no la escuchaba, muchas veces distraído en especulaciones ingenuas. Era un pecado que no oyese su dulce voz, y los muebles le reconvenían. «¿Por qué no te dedicas a oir su voz? Ya sería una buena ocupación». Y las cornucopias le dirigían miradas atroces.
El coche de dos caballos les esperaba a las cinco en la puerta. Era la hora de paseo, esa hora dulce en que se va en los coches como en barcas por los lagos del paisaje portugués.
Armando subía al coche un poco convencido por el paseo. Iban por la orilla del mar, al margen de los hotelitos, observando los balcones, la lámpara que se entrevé por el balcón entreabierto, los techos de pizarra en forma de escamas que parecen las cabezas encucurruchadas de unos dragones escamados.
Leían, como títulos de poesías sentimentales, «Recordaçoes», «Corbeille de urs», «Mon plaisir», «Saudades», «Rosiña», «Bella-mar», «El Ribazo», «Vasco», «Ermida», «O miradouro», «Roseiras», «Mascota», «Ribereña» y numerosas fincas con numerosos nombres de mujeres quizás muertas en su mayor parte, alguna con la placa del nombre a medio desprender.
Un padre con su niño detrás de los cristales. Torres almenadas.
Aquellas mujeres no se atrevían a dejar pasar la verja al caballero desconocido por si se hacía el dueño.
No podía haber más temible ladrón de su casa que el que se sentase amistosamente en su gabinete.
Los pasos de nivel eran para él un camino de tragedia en que siempre se acordaba de aquel coche de carreras atropellado por el tren.
Se veían esos grupos de hombres que después del trabajo juegan a estar borrachos en la puerta de las tabernas y que parece que por lo menos van a tirar un corcho al coche que pasa.
Los eucaliptus dejaban caer sus cendales de olor, sus desgajados tules de perfume, sus grises ráfagas.
Armando, en el coche, la apretaba con abrazo de coche, o sea apretándola el costado, incrustándose en su brazo y hasta la cadera, como intentando volver a la mujer a su primitiva injertación en el costillar derecho.
—¿Me quieres como a la mujer que se desea en este encantador paisaje, o quisieras entrar en esas casas que se ven, buscando otras mujeres?
Armando respondía a esas sutilezas de un corazón enamorado que da vueltas ingeniosas a todas las posibilidades:
—No digas tonterías...
Y, sin embargo, se tenía que conmover ante aquel paisaje y aquella mujer.
Los dos caballos, bien amaestrados por los antiguos cocheros de la casa, componían ese verso de circo del paso bien braceado, que da al camino aire de pista, aire solemne y pretencioso de camino de orgullosos caballos.
Había siempre muchos humos en el paisaje.
Cada humo era un incienso. Eran humos lánguidos de la buena tarde. Ninguno perturbaba el cielo. Todos caían, y aun siendo caudalosos, eran humos de ara.
Por encima de ellos lucía el paisaje límpido, establecido con más asiento que en ningún lado del mundo. Era aquél un rincón inmóvil de felicidad.
«Este será—pensaba Armando, metiéndose más en el coche, replegándose en un rincón—el último refugio de la felicidad; será donde la dicha tarde más en apagarse.»
Todas las barquitas a lo lejos eran como flotadores de una gran red, como bastas con que la gran red estaba atada al mar.
Sin poder creer que aquéllas fuesen barcas, considerando que eran boyas, preguntaba a Palmyra:
—¿Son barcas?
—Sí... Son barquitas... Esperan, se ocultan en el mar, se disimulan para pescar más... Sacan el vivo dinero con que vivir los días malos.
—Que nunca les llega para zapatos...
—Nunca, es verdad... Aunque, como ellos dicen: «La planta del pie no necesita media suelas.»
A las seis de la tarde levantaban el vuelo todas las barcas, izando su vela, como cortapapeles de la tarde, igual que si fuesen el abrelibros del cielo y del mar.
En el vuelo, raudo sobre todo, tenía la agudeza rasgadora y sesgante de los cortapapeles el cuchillo triangular de la vela. Y abría, quizás, las hojas del atardecido, la lectura poética de la media luz, lo que sólo cuando se encienda la luz artificial se podrá leer, aunque se mate el tiempo esfoliándolo.
Entonces volvían apresuradamente, nadando los caballos el camino con braceo más enérgico.
El cielo tomaba ese color de las sedas irisadas a las que la luz se ha comido el color y en las que se hace así un borde y una huella insubsanable.
El mar, como espejo de luces extrañas, y con más luz cuando en la habitación de la tierra se apaga, recogía una anacrónica iluminación.