← Table of contents
La quinta de Palmyra

IX EL ENVENENADO

Reading edition

Armando encontraba siempre lo de niña cargante que había en Palmyra. Todo se lo había oído numerosas veces.

Estaba en crisis. Lo que había en ella de mujer—casi completamente igual a lo que pudiese ofrecer otra mujer—no le era suficiente. Su sexo era como un volcán apagado.

Decía aún sus últimas frases. Los atardeceres le conseguían poner a tono.

—Todos son techos de pagoda al atardecer—decía asomado a la bella ventana encelosada de la Quinta.

—La misión del mar es una misión sin descanso... Lava los pies a la tierra constantemente para ganar el cielo.

Pero de aquel estar asomado a la ventana de la Quinta, desde la que se veía el mejor trasluz y el más puro reflejo metálico del mar, salía más desconsolado porque al mar se necesita oponer fuertes caricias para poder reaccionar de él.

No bastaba que mirase siempre, como si atisbase el rescoldo de una gran pasión, a aquel hotelito en que pasaron su luna de miel dos príncipes románticos.

Todos los atardeceres esperaba que hubiese venido alguien de los alrededores en el último tren, pero después se desengañaba.

Buscaba otras ventanas de la Quinta, se asomaba al patizuelo en que estaba la inefable fuente, en que dos niños, dos colegiales, en la isla central de la taza se tapaban con un paraguas del chorro que salía de su propia contera. Siempre le resultaba íntima y entrañable esa escena de amistad infantil bajo la lluvia constante de la fuente.

Por fin se asomaba a la ventana, desde cuya ventana se veía el faro que resultaba con su pábilo tembloroso algo así como el gran cirio pascual del paisaje.

—¿Es que yo voy a ser el farero de ese faro?...—se preguntaba Armando al mirarle—. Por muy bonita que sea la vida aquí es siempre vida de farero... Se vuelve cementerio la naturaleza en esta soledad y en esta Quinta por más de que tenga el tipo legendario de esos palacios que los reyes tienen para pasar un mes de su vida.

El faro daba luz y vigilancia, no sólo al mar sino a todo el paisaje. Le parecía que en caso de tener que lanzar un grito angustioso le respondería el faro lejano, que le animaba el corazón como unas gotas de digital. Palmyra aparecía a su lado en ese momento y se ponía a mirar también el faro como si fuese la estrella fija de todos los días, aun de los más nublados.

Palmyra se apoyaba en su hombro con melancolía.

¿Es que sólo iba á tener derecho a los mimos de aquel día ya lejano en que la conoció? No. Todos los días se producía en ella esa misma alegría exigente de las jaulas de los pájaros colgados al sol y Armando no se daba cuenta.

Tenía la misma cara pequeña, suave, requetebesable del primer día y, sin embargo, estaba abandonada. Y la fuente de su sensibilidad manaba en chorro inútil como esas fuentes que se desangran sin que las oiga siquiera nadie en los jardines que se quedaron lejos de todo.

—En esta soledad se llena de musgo el alma—pensaba Armando.

Así de ensimismados pasaban los atardeceres hasta que Armando se decidía por fin a mimarla. Era un arranque final, irremediable.

Esta última tarde, como todas, se oyó, durante un largo rato, cómo los criados cerraban todas las ventanas del hotel que sonaban en una larga tormenta de portazos. La Quinta se iba llenando de la permanencia de luz eléctrica, como de una cordialidad especial, como si la luz eléctrica, en vez de acabar en cada instante, pudiese dejar algún residuo clarividente adensado en el ámbito.

Palmyra buscaba en su corazón más confidencias y más reflexiones que hacerle:

—Te voy a contar un secreto de la Quinta que no te he dicho nunca...

—¿Cuál? Cuenta—y Armando se aproximó, a oir su voz, a sentir el perfume de sus equis.

—Que mi abuelo murió envenenado... En una gran comilona que dió en nuestro comedor—todo estaba como está hoy—le dieron en el vino polvos de muerte.

—¿Y cómo no lo notó?

—Tú sabes que las viejas botellas se sacan en la canastilla que sirve para que no se despierten.

—Sí, en su cureña de paja...

—Eso... Y que si se mueven un poco, los posos de la botella se alborotan y se mezclan al vino dándole una turbiedad manifiesta... Pues se creyó que el veneno era esa turbiedad natural... Nunca se supo ni se pudo descubrir al asesino...

Armando volvió la vista en derredor como si buscase aún, al cabo de los años, al posible envenenador.

Ahora se daba cuenta de haber encontrado una pregunta inscrita en el ambiente de la casa. «¿Quién había envenenado al abuelo Joao? Se repetía en todas las habitaciones esa pregunta. La historia de Portugal está llena de envenenamientos, tanto, que una vez en el Brasil envenenaron a toda la familia real, salvándose sólo uno de sus miembros.

En las comilonas de los reyes, a veces se sazonaban con veneno los magníficos platos como por variar, como por conseguir que en vez del monótono «¡Qué exquisito!» se tornase pálido el comensal y echándose mano a la barriga dijese: «¡Yo me muero!»

Daba mayor soledad y mayor impunidad a la Quinta aquel caso de envenenamiento. La aislaba más del mundo.

Armando encontró en Palmyra, puesto a encontrar encantos, el encanto de la que había escapado al veneno, y la encontró más apetitosa, más necesitada de protección y con mayor deseo de retenerla, la besó con afán con la mejilla y con la boca, que era como le gustaba besar, mientras apretaba sus manos como si la consolase de la orfandad de aquel abuelo envenenado.

Después, llamados a la mesa, él la dió el brazo con aire de valiente que, después de saber que aquél era el comedor de los envenenamientos, se dirige a él sin titubear.

El comedor, después de la comunicación del secreto, resultaba más pétreo y su bóveda tenía algo de bóveda de panteón.

Armando pidió una botella de vino viejo, del que reservaba para las solemnidades, del que su amigo había bebido para huir más ligero y vivo de la Quinta.

Se lo trajeron en la canastilla a que se asoman las buenas botellas que merecen algo así como la presentación a la corte del infante recién nacido.

Se sonrieron los dos amantes. Ya veía ella qué escena quería mimar. Armando miró al criado, como si éste se pudiera dar cuenta de lo que aquello significaba, como si pudiese ser el nuevo envenenador.

Tenía una alegría siniestra y novelesca el comedor aquella noche.

Armando disparaba constantemente cañonazos de viejo vino en su vaso. Estaba alegre.

—¡Por qué no me lo habrás dicho antes! Me hubiera gustado mucho más el vino...

—No seas blasfemo... Yo sostengo que el alma de mi abuelo se quedó para siempre en el comedor, detenida en aquella cena...

—Vamos... Es un comendador convidado perpetuamente a la mesa... ¡Qué suerte!

—Mi madre decía que estaba metido en la alacena, en esa gran alacena de puertas labradas, y no la abrió nunca... Todos los objetos de plata estaban oxidados cuando yo mandé revisarla.

—Yo te aseguro que quedó en el vino la solera de aquel veneno y que no está mal...

Palmyra le dió más detalles, mientras el criado se ausentó. Fué en una cena de Navidad cuando mataron a don Joao, hombre corpulento que estuvo agonizando cinco días.

Toda la cena tenía algo de veneno mezclado a la sal, y ante el primer plato estuvo por decir Armando:

—¡Qué venenoso está esto!—cuando sólo era que estaba un poco quemado.

Había quedado en el comedor la satisfacción insatisfecha—mitad con mitad para siempre jamás—de una comida tan alegre como lo suelen ser todas las comidas perturbadas por la muerte.

La cena tuvo una turbación especial que encantó a Palmyra, porque quitaba monotonía a la Quinta. La monotonía que la ahogaba.

La cena abundó en alusiones y dicharachos, quedándose Armando muy pálido al mover la gran lámpara del comedor que se quedó oscilando y como haciendo oscilar toda la habitación, como si el terremoto hubiese removido los cimientos.

Al salir del comedor él la dijo:

—Estoy envenenado de amor.

—¡Falso!—repuso ella dándole con la cadera.

El Envenenado daba emoción a la Quinta, porque con su muerte incorrupta de asesinado, al que no se pudo vengar, daba valor y temblores a la vida mortal.

El estrado de la cama tenía aquella noche actitud de horca, haciendo un ángulo macabro del que no colgaba aún el pendido, aunque pedía su colgajo.

—¡Si esta transformación súbita de la Quinta me salvase de mi misantropía!—se decía Armando viendo a Palmyra despojarse de sus fundas, como desesperada que se arranca la piel en lucha con alguna prenda que no quiere salir.

Por fin se oyó en toda la alcoba el desclavijarse de los dientes del corsé, y Palmyra, como si se entregase al envenenado, como si quisiese curarle del envenenamiento posible, le abrazó con frenesí. Tan solemne era la noche, que ella se quedó con sus joyas puestas, y el collar de perlas recalcitrante y luminoso buscaba siempre el hueco de sus senos.

Armando se fué comiendo los frutos del día, que eran como frutos renovados de la Quinta, pero, como siempre, insistió en el melocotón nuevo de la barbilla.

Era aquella diversión la mayor y la única de la Quinta abandonada en medio de los grandes jardines, que de noche se hacían mayores.

Armando luchaba por alcanzar aquel ¡Ay Jesú! sin la ese final, y sin la ceda andaluza, que daba singular aire de martirio y derretimiento al amor. También cuando le salía un «¡Ay mía mae!» encontraba en ella toda la dulzura portuguesa.

Aquella noche brotó el «¡Ay Jesú!» suave, inusitado, con blandura suprema.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings