XIII ERA EL HOMBRE VIOLENTO
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El solaz de la Quinta aumentó. Después de la lluvia deseada brotó en la plazoleta del edificio la serenata de perfumes de todo el jardín.
El ingeniero, sin que eso supusiese que estaba preocupado por las cifras exageradamente, tenía la costumbre de hablar por números más que por palabras. Perdió pronto la idea de su deber de convivencia, manteniendo las ilusiones que provocaba la Quinta.
Miraba por el ancho ventanal y seguía sus planos y sus cálculos. Palmyra le miraba asombrada de su inconsciencia. Por él mismo más que por ella le hubiera recomendado un poco más de amor. «Desgraciado—se decía ella—, no conoce la farsa de la vida... Cree que conseguida la mujer no necesita hacer más».
En vista de que le vió laborar en una labor tonta y sórdida, se puso a coser. La hubiera prostituído el que aquello hubiese sido demasiado breve. Tenía que aprenderse más a aquel hombre y agotar su psicología.
Tenía mucha miedo a que en su imaginación se volviese confusa y casi irrecordable la silueta de un hombre. Entonces sí que se podría decir que había comenzado a ser una mala mujer.
Veía en él al chico que ha crecido en plena inconsciencia, dedicado como un colegial a su caja de compases. No se entregó a ninguna novelería. Se creía indudablemente en unas vacaciones de colegio, con una señora simpática y cariñosa, a la que apenas conocía.
Al trabajar era hombre de lentes, y ella notaba que cuando la miraba veía menos que nunca.
Así como Palmyra pensaba estas cosas sobre su costura, él pensaba otras sobre el papel cebolla de sus planos.
Había soñado muchísimas cosas: hallazgos de minas y encargos de puentes sobre el mar, pero no había soñado una mujer como aquélla, «¿Por qué me la habrá regalado el destino?»—se preguntaba, y en vano buscaba la respuesta.
Era un poco inexpresivo en sus caricias, y al encontrar sus brazos se dedicó a acariciarlos con la profusión y la disciplina del que da masaje.
Le tuvo que llamar la atención ella, porque la ortigaba el brazo con aquella insistencia.
Los dos, pues, se tenían afición e indiferencia. Lo que no acababan de comprender era por qué se habían reunido. Ella, más que un amante, había elegido un testigo con profesión seria, un testigo del que quedasen en limpio los instintos y en el que el ser humano quedase como montado al aire, es decir, sin encubrimiento; pues las líneas y los cálculos del ingeniero no perturban al hombre, le dejan en medio sobre una vagoneta y unos carriles y debajo de una serie de cables, de puentes y de señales.
Su ingeniero era algo así como un hombre del campo, y reaccionaba frente a las cosas con naturalidad y encontrando en todas gustosas experiencias de la vida.
En las sobremesas, recostados en la silla de dos asientos pegados haciendo la S confidencial, sentía ella cómo le fascinaba su descote, con el hoyo voraginoso entre los senos, pero le fascinaba sosamente, llevándole la placidez hasta el sueño, hacia el que la llevaba cogida de las manos, arrancándola de su asiento, ansioso, más que de abrazarla, de estar dormidos pronto.
Palmyra se aburría. Aquel hombre no comprendía el paisaje, no adoraba su Quinta, no sentía la soledad. Sólo se sentía dueño de ella y miraba el paisaje colocando cada cosa en su sitio, pero nada más. De todas maneras la acompañaba.
Un día de tormenta se quedó abierto el balcón de su despacho, y como su tablero se asomaba mucho al balcón, buscando la luz, llovió sobre el plano que tenía entre manos. El escándalo que armó al volver fué tan grande, que Palmyra le mandó callar.
—No quiero, mujerzuela—respondió encolerizado, y la empujó contra la pared.
Palmyra se quedó en el rincón de la habitación a que había sido empujada. Le miraba como la actriz que ha sido asesinada y no puede hablar ya.
El quiso borrar sus palabras y su acción. No había querido ir tan lejos. Pedía perdón.
—No puede ser—dijo ella—, has vuelto a ser el extraño, como si aquel señor que recogí en el Casino me hubiera dicho una grosería entonces, en vez de ser galante y apasionado... Jamás se oyó en la Quinta esa palabra... No la podré olvidar... Luego, al atardecer, tomas tus cosas y te vas.
Llamó al criado...
—Prepare el coche para las siete...
Se vengaba Palmyra de la huída del otro echando a éste. Ya le había encontrado hacía días el encolerizamiento que producía la Quinta en los hombres al poco tiempo de vivir en ella. La Quinta necesitaba un voluntario. No valía salir por un amante como ella había salido. Ahora esperaría la llegada del que fuese.
La corría prisa echar a aquel intruso. No podría nunca conformarse con un hombre obscuro, distraído, seco. Necesitaba el guarda enamorado de la Quinta. El que sintiese lo que de isla del amor había en su palacio.