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La quinta de Palmyra

XXIX BIOMBO FINAL

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Lucinda, deseosa de paz y holgura, se había quedado a vivir en la Quinta.

Las dos mujeres comprenderán mejor sus vejeces para las que al hombre sería siempre incomprensivo.

Entreveían la mañana con sus leches distintas y tenían vencida la necesidad complementaria.

En los primeros días bonancibles de su mezcla entrañable, se paseaban por aquella playa última del mundo europeo.

Entraban en la playa cuando el nublado del invierno había escampado.

Se veía el puente colgante del arco iris.

El sol rompía sus lápices al pastel de tanto como quería recalcar los colores.

La playa imitaba al desierto y para imitarlo más, un viento sur levantaba polvaredas de arena.

Toda ella revolaba como una vela y su sombrero era «corbeille» de los vientos.

Paradas ante la suave altamarea, que en vez de olas creaba fanales, se sentaban en la playa, que tan gran estuche de mujer es. Arreglaban la cama de la arena, y Lucinda se sentaba tan bien en la arena, luciendo con tal arrogancia su espléndido busto—en el que parecía estar su virilidad—que Palmyra la decía:

—Eres la amazona de la arena.

Brotaban las opiniones pueriles sin el temor que infunden los «¡qué tontería!» del hombre.

—Las conchas debían chuparse y saber a caramelo fino... Sobre todo esas que parecen un rizo de berlangot—decía Palmyra.

Cuando llevaban media tarde en la playa pasaba una ráfaga de abandono por sus imaginaciones.

A las dos, como a todas, se las habían escapado los hombres. Hasta el que se había ido a la muerte parecía haberse escapado también.

Por una dulzura de mujer que quisieran tener una tertulia en la antecámara de su panteón, se dejaba llevar de aquella amiga que le dió a leer los versos tendenciosos, en que la dulzura femenina parece encontrar su confidencia.

La última voluntad de amistad condescendiente y que no da el portazo de los machos al salir, se iba amparando de aquella hembra a la que podría asir por los cabellos y que sabía despedirse de ella todas las noches con la voluntad suprema de amanecer en el mismo tiempo, de saludarse en la misma mañana.

El drama de la incomprendida estaba resuelto. La otra la comprendía perfectamente y las dos se serenaban en el ser comprendidas.

Oían mejor toda la noche y saboreaban mejor todos los perfumes. No estaban atemorizadas y encerradas como cuando el hombre incomprensivo o presumido está cerca.

Ya aquella cosa dura, informe, cada día con nuevas violencias, había desaparecido. Ahora quedaban ellas que hacían juego con el estanque, que no lo perturbaban ni lo asediaban con las nubes negras de los presagios de rupturas, engaños y crueldades.

El día no tenía brusquedades ni incertidumbres de genio. Amanecían a un día de placidez, sin temor de ninguna hora, sin que una a otra se exigiesen una belleza meticulosa.

Sus miradas no perseguían los rasgos apuntados de la vejez.

El mundo resultaba más divertido, más asombroso, y las horas más grandes, más redondas, más claras.

Se asomaban a los balcones con alegría y saltaban sobre su busto apoyado en la balaustrada.

Una de las cosas que más adoraba Palmyra en Lucinda era que, además de su cuerpo, sabía arreglar sus encajes y sus ropas en todos aquellos grandes roperos que poseía Palmyra.

Tenía la paciencia de repasar los trajes y de sentir lo que de pasado amable, suave y perfumado quedaba en ellos.

—¿Vamos a arreglar los armarios?—preguntaba Lucinda, y Palmyra sonreía con encanto.

Su piel blanca se iba hacia aquella piel obscura... Después de todo el amor es una confidencia y sólo una confidencia de incompletables...

La soledad era cada vez más dolorosa en la Quinta... Los eucaliptos eucaliptizaban el alma. Todas las piedras de la Quinta tenían el temblor de su soledad.

En el porvenir se las perdonaría por la época de hombres violentos y zafios que fué aquella en que realizaron sus enchufes.

Esa cosa ambiciosa y desesperada del hombre, que es un eterno emigrante, se aplacaba en ellas.

En el salón del piano se oía cómo todas las horas tocaban sus sonatas diferentes. Estaba el teclado al aire para que el tiempo pudiese tocar aquellas teclas con amarillento tipo de dientes de caballo.

Su gran sensibilidad se daba cuenta hasta de cuando los ratones eran cogidos en las ratoneras de los sótanos y lanzaban en la noche el «glu» del ahogo último, cuando su rabo les quiere ayudar a escapar, y oyendo las cajas de música apreciaba qué púas las faltaban.

Pensaba constantemente en el fondo del gran estanque.

—Yo me haría boás con esos marabús verdes que hay en el fondo del agua. ¡Qué frescura en los días de verano!

—Cuando yo digo que eres una sirena aficionada a esos trajes de flecos que son como trajes de algas.

Por un lado la noche estaba detrás de biombos y por el otro estaba en pleno salón.

Esa manera con que el hombre tira de la mano femenina, arrancándola a toda contemplación para llevarla a la alcoba, no era la manera con que ellas se retiraban después de haberse adormecido mirando.

—En una quinta así llega a sentirse una bastarda de rey...

—Es verdad... O sea persona con toda la realeza y que tiene al mismo tiempo la inmensa fortuna de no tener que salir al mundo.

—Somos dos hijas bastardas de un rey.

—No—respondió Lucinda—, tú eres esa bastarda y yo tu dama.

Palmyra abrazó ludiéndola con su traje de niña, de pura niña, hecho de un «fular» blanco que daba dentera a las caricias.

La compañera era un abismo, pero uno de esos abismos consoladores en cuya sima hay un eco que responde. En el hombre el eco a veces no responde y huye.

Tejían interminablemente un jersey para envolver al mundo, el forrito de lana con que abrigar al terráqueo. ¡Ya era esa una buena misión!

Sólo no fracasan en la vida los amores muy excepcionales. Ella pudo encontrar al hombre alegre de la Quinta; ¡pero lo perdido que estaría entre las multitudes que hacen su manifestación de millones sobre cada lado del poliédrico terráqueo!

En la hondura inolvidable de su jardín acariciaba la humedad aterciopelada con sus manos para acariciar galgos.

Sentía una suprema mudez en sus sillones rústicos y veía cómo las palmeras tenían un cimbreo solemne.

—El hombre no ha llegado aún por su inteligencia a la misma finura a que la mujer ha llegado por su sensibilidad.

Era una pena tener que recurrir a la que era como espejo que reflejaba su misma mueca, pero había cierto consuelo en aquel desdoblamiento.

Un hombre no sabe estarse pacíficamente junto a una ventana. Ella con la amiga se sentaban en la carroza de la ventana y se pasaban la tarde viendo pasar el tiempo, y de vez en cuando a algún viajero de los caminos que lleva pan a alguna parte.

Es una paciencia mucho más larga que la de rezar el rosario la de permanecer junto a la cristalera de las grandes ventanas, con las cabezas saliendo apenas a flote sobre el alfeizar, metidas en el agua interior hasta el cuello.

Ellas con sus toquillas puestas se encrespaban en aquella visión del tiempo, como si viesen pasar un tren lleno de viajeros, un tren interminable que convertía el mar en una película de perforación universal.

Las dos sentían en las mejillas del alma el sabor de los musgos y en un día lluvioso encontraban profundidades de amor y naufragio, cantigas de tristeza y presagios.

La Quinta no tenía ya miedo de ser abandonada y todos los arbustos se les subían a los hombros como perros de alta talla.

La lluvia mojaba sus raíces y se sentían como árboles optimistas que agradecen el agua.

Las dos eran árboles que enlazaban sus raíces blancas, sus piernas desangradas por la alucinación voluptuosa.

—Estoy como una galleta mojada en té—dijo Palmyra.

Sentían, mirando los hoyos que hacía la lluvia, cosas hondas y su imaginación tenía más altura cuando la lluvia caía en caudalosas jarradas de esas que convierten los caminos en ríos nuevos, ríos improvisados y aún sin pesca.

—Siempre la invención del techo será maravillosa—dijo Palmyra.

—¡Qué gratitud a su inventor!—corroboró Lucinda.

Las lágrimas de los cristales caían por sus mejillas como por las de unas Magdalenas asomadas a la lluvia.

Nunca podría un hombre sentirse pacífico, en un internado de reloj como aquél.

Ni vicio ni alarde. Compañía, compañía inmensa, compañía insaciable con un momento de pegarse una a otra como lapas del desvarío.

La Quinta podría vivir ya quieta en su abismo de árboles.

Al vagido de Palmyra contestaría el vagido contrario, algo así como su mismo vagido enfundado en el eco.

Se reconocerían alertas en la noche y como eso es, después de todo, todo lo que se puede hacer antes de la muerte, se quedarían conformes.

—¿Oyes cómo suena la campana del paso del tren? Toca a que se abran los pasos de nivel para que pasemos nosotras...

—Sí es verdad, parece que debemos cruzar la vida en nuestros automóviles detenidos...

—¡Y con qué ansia de cruzar están todos los que esperan que pase el tren!

Estaban solas y, sin embargo, el ojo de la cerradura parecía tener la luz de una mirada.

El amor es estar trémulo, incapaz, desorientado, pero en segura compañía.

El frenesí brota por lo inacabado que se es, apareciendo en él los desperezos de todos los deseos. Es una aspiración al rayo que acaba en el abrazo.

No se ocultarían ni averiguarían el abismo en que consiste la inquietud de la vida. ¿Para qué engañarse? Antes y después abismo insaciable. Así no brotaría ese desengaño que brota en el hombre indignado por no haber sido saciado nunca. Ellas ya lo sabían, por lo menos antes de comenzar.

Los hombres fuerza, violencia y desprecio. Ellas miedo, incertidumbre y al fin un encalmamiento de condenadas irresolutas.

Estaban libres del temor de ser pisoteadas, que acude a las mujeres después de ser olladas por el hombre entre besos y picotazos de la nariz, como si fuese como pico de águila.

Sabían reanudar la vida del aprecio y la solidaridad después de apretujarse en la sombra. Más que un amor, su mezcla era una investigación.

La llamaba como quien llama a la camarera cuando se ahoga.

—¡Lucinda! ¡Lucinda!

Después la memoria del mundo se apartaba de la idea acalorada del pecado. ¡Era tan breve! Parece desde lejos que todo, el sentido del mundo, se vuelve contra los pecados, pero ni se entera.

Su imaginación amaría la escena de lo insaciable, de lo inconsumado por más que le consuma, lo que no se engaña con la verdad.

Dejemos a las dos mujeres solas. No conviene desvelar estos misterios, además de que ellas no dejan ningún agujerito por el que pueda nadie asomarse.

¡Largos y penosos insomnios los de ambas a dos!

El hombre está hallado nada más encontrado. Pero mujer con mujer, luchan como sedientas en el desierto ¡en tan larga tarea, en tan largo rechinar!

Pero en la pasión, ni hallando en seguida se halla, ni buscando siempre se logra hallar más.

FIN

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