II INTERIOR DE LA QUINTA
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En el interior de la Quinta de Palmyra todo eso se remansaba más y las humedades del jardín se hacían compota en las compoteras de cristal tallado, de las que es agradable tocar la calidad de piña de cristal que tiene la tapadera.
Los muebles estaban pasando una temporada de primavera eterna, y por eso se les veía plácidos, como dedicados a la lectura y a la conversación.
En el centro de los grandes salones había asientos como esos de los Museos, que dan toda una vuelta alrededor del tronco redondo del respaldo. Sobre el pináculo de su remate se erigía una estatua que unas veces levantaba una palma en lo alto y otras tocaba una lira.
Numerosos veladorcitos con ceniceros, libros y cajitas revestidas de conchas se acercaban a los grupos de asientos en actitud servicial.
Varios relojes ingleses, de gran esfera matemática y con algo de mapa, se alzaban sobre muebles confidentes.
Bustos con la melena Luis XV estaban colocados en las esquinas de las habitaciones, resguardándose en las esquinas, y como dejando sitio para el paso para disfrutar una vida disimulada y pacífica.
Por detrás de todas las conversaciones, escondidos en un esquinazo, estaban sus cabezas.
Tenían su orgullo y su altivez de siempre y vivían la vida del palacio bien comida, tranquila, con el aroma de todos los vinos.
Tan opulento era el ambiente del palacio y tan sestero, que siempre serían en él una cosa vaga los cuadros y las cornucopias, algo así como una palmatoria en peregrinación por la galería de las paredes.
Se vivía en el cuajo de las habitaciones, en sus últimos rincones, lejos de su decorado y aceptándolo como un incontable aliciente. En aquel conjunto de cosas, casi sin trecho libre, siempre sería una sorpresa cada cosa y unos días se encontrarían los medallones en cera y pelo de los antepasados, y otro un relicario apenas visto.
Casa llena de caracolas como adorno de todo pie de consola o toda mesa libre. Se acordaba su ruido interno en un rumor incontrastable que se componía entre unos y otros. Estando muy atento se oía otro rumor que no era el del mar lejano, una especie de ruido de oídos de las caracolas. ¡Oídos incurables!
Unos cuantos mapas mundis y varias esferas armilares había repartidas por la casa y la daban una especie de trascendencia ultramarina y ultraterrestre.
Tenía siempre el aspecto de esos palacios pequeños que se enseñan cuando los reyes no están. Todas las habitaciones estaban como para no recibir a nadie, y, sin embargo, prontas para recibir a alguien. Había numerosos despachos y alcobas para huéspedes de una noche. Todos hallarían además un balcón ideal en cada cuarto.
La Quinta lo que estaba era muy entornada. Los párpados de sus persianas estaban entregados a un duerme vela constante.
Velos invisibles cubrían las cosas, las adormecían, las daban carácter de Semana Santa, cuando toda imagen se envuelve en un paño morado.
Las vitrinas eran auténticas y tenían cosas que habían tenido el sitio predilecto sobre el pecho de los que murieron. Había joyas en las que no se acababa de creer por lo excesivo que resultaba que fuesen verdaderas. Los brillantes tenían gotosa pesadez de cristal de roca, las pulseras eran como grilletes para la prisionera de la riqueza.
Pero en ese interior lo importante es la sombra de los rincones, la sombra de los que se fueron y la sombra de los que no pudieron estar nunca y que son los que hubieran llenado la soledad del palacio, seres excepcionales, animosos, magnánimos, que son los únicos que hubieran conseguido espantar la melancolía, que como las arañas, siempre tejía telas de sombra en las esquinas de las habitaciones de la Quinta.
Ninguno de los antepasados había podido reaccionar contra el dulce estrago de la Quinta, y casi todos habían acabado viviendo en Lisboa o en París. Sólo el primero de los Talares, el que compró la propiedad y edificó el palacio con tipo de castillo y de chalet, lo habitó hasta el día de su muerte, y sólo ahora, al cabo de los años, su única descendiente, Palmyra Talares, quería a toda costa vivir en el dulce retiro, tomar buena cuenta de todas las cosas en aquel dulce paraje, y oir la respiración de las cosas que se pierde en el ruido de la ciudad. Era Palmyra el alma flotante de la Quinta, la que la hacía apetecible y conseguía que todas las gentes que pasaban mirasen hacia el fondo de la avenida que paraba a la puerta de la casa.
En el pueblo de al lado, entre los que se hospedaban en los hoteles de alrededor, entre los aldeanos flotantes que tenían sus casas sembradas en el paisaje desigualmente, aquí una y mucho más allá otra, tenía un prestigio grande aquella bella mujer que no se iba, que vivía año tras año en la Quinta ideal.
Palmyra era esbelta, blanca, de nariz muy fina, de ojeras de niño de sangre azul, de los niños en su primera leche. Sus ojos eran unos ojos negros con un brillo metálico, brillo un poco dorado, ojos que se podrían llamar mordorés.
Su voz tenía la suavidad infantil que la daba el portugués.
No es que mezclase en sus palabras «eses» andaluzas, ni «ces» con zedilla, sino «equis», muchas x x x x intercaladas entre las palabras, dándolas exquisitez y dulzor.
Palmyra era un dechado de dulzuras y equis. Todo lo sugería y lo preguntaba al mismo tiempo, a todo lo daba vaguedad y dejaba que pudiese ser de otro modo.
Tenía una manera de envolverse en los grandes chales de lana que daba amor por ella, gustándola salir con los brazos desnudos, los brazos que amarilleaban y se ponían cárdenos de friolencia sin quejarse nunca. Sólo se abrigaba el pecho con gran cuidado, poniendo una mano sobre el cierre del abrigo.
Envuelta en sus larguísimas toquillas blancas, resultaba esponjosa, mayor, con unos opulentos senos guardados en el nido más tibio y cándido, el nido blando en que se mecían.
La cubierta del libro que siempre llevaba en la mano, la caracterizaba. Era una cubierta del lienzo que usan para las velas de los barcos, en el que una aguja paciente había bordado debajo de un precioso papagayo verde:
Papagaio da pêna verde Naó venhas ao meu jardim todas as penas se acaban. Só as minhas nao tém fim
¿Pero qué penas eran las suyas? Ningunas. Las saudades del país en el inmenso caserón de la Quinta. Hasta la había dado esa melancolía aquella voz excepcional y pulida como por haber cantado mucho.
Siempre se la veía detrás de los cristales mirando su paisaje, las palmeras y el mar, un mar que resultaba un escarpado y ancho patio.
Sobre todo, a las horas de tren, estaba acodada sobre el alféizar de la ventana más bonita desde la que se le veía recortado sobre el mar, coincidiendo las dos ventanillas como marco del mar luminoso, más luminoso en la galería de marinas que eran las ventanas de los vagones que en la amplia marina que se destacaba por encima y a los lados del trenecito. Aquella emoción del tren sobre el mar, como poniendo las ventanillas en blanco, era de lo más particular de aquella visión del tren de la costa, en el que el mar era un aderezo contrastante.
El mar, bajo la mirada instigadora de Palmyra, refrescaba la sed eterna con cerveza salada y fresca, encaperuzada por la espuma de nieve de las bebidas refrescantes.
La eterna fiebre de las encías que siente el mundo en dentición perpetua, se calmaba con el mar.
Daba el mar al espíritu de Palmyra uno de esos baños de tina que la había dado su madre. Cada ola que se rompía era una medida de agua fresca que la echaba sobre la cabeza. Se rompía sobre su espíritu cada ola, con chasquido de agua que se rompe en el agua.
¡Cuántas conchas de agua vertidas sobre el agua! ¡Cuántos bautismos fatales!
Pero esos espectáculos más fuertes y constantes que nosotros, son los que añaden vida a la vida.
Las palmeras eran el otro espectáculo que formaba sus horas. ¿Las quería? ¿Las odiaba?
¡Siempre aquellas grandes palmeras serían de otro país, de más lejos!
Siempre, sin embargo, serían la portada de su vida, de su novela, de su muerte.
Eran aquellas palmeras de un color verde como semillas florecidas que trajo la brisa del Atlántico. Eran árboles en los que no anidaba la inquietud humana, árboles desposeídos de sentimentalidad, que sonríen aun los días más duros.
Notaba esa indiferencia de las palmeras, pero eran su alegría en medio de todo. Enjugaban sus preocupaciones con su gran simpleza y ese optimismo fiero, que hacía que su sombra, aun en las noches de luna, parecíase como recortada luz del sol en el paraje de las playas.
Palmyra apenas salía de esa contemplación y veía venir y alejarse los trenes, cuya nube de humo parece que les retiene, que no les deja andar más deprisa, como si esa ráfaga fuese su cola que se enreda en los árboles.
Pero tanto la magnífica soledad de la Quinta como la frialdad del mar, la hacían necesitar del amor como única reacción contra aquellas dos grandes influencias.