IV LAS VISITAS
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Algo entretenían a Armando las visitas de los habitantes de los pocos hoteles con gente.
Le gustaba encontrar aquella ansiedad de hablar con que les inquietaba la soledad. Entraban en la Quinta con una zalamería de gentes que temen que las echen y las exijan el silencio.
Se entablaba un diálogo tímido y que nunca se explayaba entre los moradores de la Quinta y los recién llegados.
Los recién llegados.—Venimos a tener un ratito de conversación... Déjennos ustedes tenerla...
Los moradores.—Siéntense; ¿pero de qué vamos a hablar?
Los recién llegados.—De nada... De esas cosas que se cazan al vuelo, de lo que sino se hablase de ello la vida sería demasiado imponente... Pequeñeces.
Los moradores.—Hágannos ustedes el programa.
Los recién llegados.—No será posible hacerlo nunca, y, sin embargo, surgirán las palabras...
Los moradores.—Con que nos digan cualquier cosa de las que pasan por el camino. ¡Pero de ninguna manera alabar nuestros cuadros!
Los recién llegados.—No... Intentaremos hablar de todo antes de ocuparnos de eso...
Los moradores.—También nosotros estamos deseando la conversación trivial.
Los recién llegados.—Pues no perdamos tiempo.
Y después de ese diálogo invisible comenzaban las conversaciones.
Entre los que iban con más constancia figuraban doña Manolita, don Vasco, una inglesa, antigua huéspeda de aquel paraje, que se llamaba Elisabeth, y un español, don Mariano Guisasol, que tuvo gran importancia social en España y se había metido allí para siempre.
Doña Manolita era una viejecita española que apenas tenía para vivir, y que agradecía con locura los tés de Palmyra.
Llegaba sobre las seis y media, hasta los días que llovía mucho y entraba toda chorreosa y brillante de lluvia.
Dejaba su sombrero en el perchero y entraba bufándose el pelo y llevando extendidas sus manos frías para calentarlas urgentemente.
Su sombrero de luto, con gran pena, colgado del perchero, ponía de luto toda la casa. Por eso no la quería Palmyra. Era visita que la angustiaba la tarde. Parecía ir a ver la felicidad que allí podía haber para estorbarla.
Pero, sobre todo, su sombrero en la percha ponía de luto la casa y la añadía gran pena.
Doña Beatriz, que era el antídoto de doña Manolita y que también estaba de luto, no enlutaba la casa. ¡Encogía, dobladillaba, guardaba tanto su manteleta! ¡Disimulaba tanto lo que había de dejar ocupando un sitio de la casa ajena!
La inglesa doña Elisabeth entraba, con mucho derecho a entrar, y se iba derecha a la butaca, que creía ya que la pertenecía.
No se acababa de saber de qué parte de Inglaterra era, ni hacia dónde caía su pueblo.
En su roñosería, en su modo de ser se veía la mujer que ha estado asomada al mostrador de una tienda de especias. Tenía los lentes de la que despacha o toma la cuenta muy por lo menudo a sus colonos.
Un inglés chic se hubiera dado cuenta de qué clase de inglesa era, aunque sin perjuicio de creer que era más persona que el resto de la humanidad.
Siempre iba con sombrero de paja, sin tener en cuenta que aun siendo un buen clima el portugués, convenía ensamblarse con la moda y dar al invierno lo que es del invierno.
Su sombrero era como un sombrero viejo, un sombrero de pajilla fina, machucada, y de alas desigualmente rizadas por estar siempre en la horma del perchero.
A la servidumbre, a la gente del pueblo, los trataba con ese aire colonizador que tienen los ingleses.
No encontraba el bien del cambio. Esa alegría picaresca, como de pegársela al país en que su moneda está más alta, que tienen los españoles y que después se hacen perdonar teniendo largueza, los ingleses no la tenían. Estaban acostumbrados quizá a que las libras fuesen superiores a la moneda de los países que visitaban y adquirían en seguida la sensibilidad del dinero en el país en que estaban.
La inglesa vivía la vida con un firme deseo de vivir y con un imperio de pantera que, aun vieja, tiene que deber a su fiereza el seguir viviendo.
Don Vasco era un señor plegado en arrugas seguidas, un señor que estuvo en la China y que tenía la casa llena de cosas chinesas.
Recordaba unos días mejores que aquellos, unos días de un amarillo más puro.
Todos parecían al otro lado del mundo, detrás de las tapias de la vida, asomando la cabeza por encima de las barreras, en la ventana parapetada, en las terrazas apartadas de todo y frente al mar.
Ellos a quien querían era a Palmyra, pero no discutían si estaba bien o mal que tuviese a Armando a su lado. Le saludaban también con mucho aprecio y se ponían a conversar con él familiarmente, en entrañable confidencia.
Aquel clima absolvía de todo. Había que estar contentos con los que permaneciesen en la vida.
—Por fin van a aprobar el tren eléctrico—dijo don Vasco, dando una gran alegría a sus palabras para que creyesen al fin aquella consoladora mentira antigua, aquel proyecto ideal, el magno proyecto que comparte medio universo, la electrificación. Parece que entonces se irá a todos sitios como por teléfono y esa idea entusiasma sin reservas.
—¡Lo que ganará entonces la propiedad aquí!—dijo doña Beatriz, que sólo tenía una propiedad insignificante, con la reventa de la que pensaba comprar otra casita un poco más lejos y aumentar de modo fabuloso las rentas de su dinero.
La inglesa, pobre gallina coja que sólo permanecía allí por ver si perdía su cojera, no salía apenas de la carretera de sol, y por lo tanto no la importaba nada que electrificasen aquello, preocupándole íntimamente por el contrario la idea de poner un día el pie en la vía electrificada y que se sobrecogiese más su pata coja. Pero no se atrevía a decir esa aprensión de su ignorancia.
Don Mariano opinó:
—No está mal... Habrá chispazos de gran ciudad en la carretera, chispazos que en las noches de verano parecerán relámpagos.
Armando, que sólo entraba en las conversaciones nada más que cuando había una entrada alegre, dijo:
—Y pediremos billetes para la Puerta del Sol...
Palmyra, que reconoció la nostalgia, la salió al paso para quitársela.
—Así podremos ir más veces a los teatros de Lisboa...
—Lo malo—insistió Armando—es que tenga tipo de tren en vez de tener tipo de tranvía... Debían de pintar los coches de amarillo. Don Vasco, usted que conoce al Director de la Compañía, se lo puede proponer.
El tren eléctrico pasaba por sus imaginaciones como guión que suprimiría el campo, sin tener en cuenta que mientras se viese en el viaje todo aquel largo paisaje que se veía por las ventanillas de aquel viejo primer tren de juguete con que se inauguró el trayecto, no podría conseguirse aquel raudo traslado telefónico en que materialmente soñaban.
Se hizo una pausa, durante la que los viejos tranquilones y huídos reaccionaban ante la electrificación, pues veían al pensar en el caso con más atención, que se corrompería un poco su retiro, que aquello que habían ido a buscar iba a verse muy accedido por las gentes que se enganchan en los viajes rápidos y fáciles.
—¡Qué tarde ha hecho hoy!—exclamó el alegre español, en cuyo pecho anfisemático la presión poderosa de la orilla del mar mezclada a la cordialidad del tiempo abría todas las válvulas defectuosas.
—Ha sido una tarde de toros, una tarde de Corrida de Beneficencia—dijo Armando, que se sobrentendía con el español don Mariano.
Palmyra, siempre pronta para apagar la nostalgia, dijo:
—Ha sido una mañana de luar...
—Muy bien, muy bien; eso ha sido—dijo doña Manolita, y todos los presentes volvieron los ojos hacia la dueña de la casa, que tan bien había caracterizado el día con su paradoja, convirtiéndole en día lleno de luna, borracho de luna como un bizcocho borracho.
—Realmente es verdad...—intervino don Vasco—. El sol era el sol, de eso no cabe duda; pero era un sol blando, alunado, de suave luz o más que de luz suave, porque no se le podía mirar siquiera, de luz suavizada aquí abajo, en nuestro valle de lágrimas...
La tarde les había convidado a todos con sus vinos dulces y estaban embriagados como después de un día de santo. Veían con pena y aun con sed la copa vacía de los cristales de las ventanas.
Estaban clavados en sus asientos, iban a vivir en aquellas visitas, sobre todo antes, cuando Palmyra estaba sola e indecisa y gozaban entera la pasión inútil que se escapaba a su juventud y que no acababa de salir de las habitaciones, aunque se abriesen los balcones, porque se agarraba a los tiradores de las puertas, a las paredes, a los brazos de las butacas y a los sofás. Ahora vivían con una absorción de vampiros viejos de lo que flotaba de la pasión que todos aquellos vejanchones suponían frenética, más frenética que fueron sus pasiones, y eso que alguno, como don Vasco, las tuvo de serpiente de tierra caliente.
Como de esas coronas que hace el humo al salir del cigarro, así parecía haber quedado lleno el salón de las coronas de los abrazos que se habían dado en la noche Palmyra y Armando, y que, como todo lo condensado en la alcoba, daba un salto por encima del biombo que la separaba del salón.
Armando se adormecía en aquella tertulia, pero Palmyra, no; a Palmyra le gustaba hacer los honores, moverse de un lado a otro, ofrecer el té...
—A propósito del té, ¿ustedes saben una historia india...?—dijo don Vasco.
—Ya nos lo ha contado usted tres veces, señor Vasco—dijo Armando.
—Quizá a ustedes sí, pero, ¿pero qué espíritus nos acompañan esta tarde? ¿Saben ustedes si son los mismos de ayer? Probablemente, no.
—Espiritismos, de ningún modo—dijo Armando, riendo de la disculpa que había buscado don Vasco, para contar la noventa y nueve vez la historia del té.
—Este es siempre un té cada vez más tardío—dijo la inglesa con su construcción y su portugués estrambóticos...
—Acabaremos convirtiéndole en vermú—dijo Armando.
—¡Qué más da! El té no hace daño a ninguna hora—aseguró la pobre doña Beatriz, ansiosa siempre de reconfortarse con muchos bizcochos y cuatro o cinco tazas de té, en cuyo fondo quedaba después algo así como un final de sopas de ajo.
Lo que había de rincón del mundo en aquel paraje se acentuaba a aquella hora en que había llegado el último tren, después del que ya no podía esperarse ninguna sorpresa. Ya no se podría poner ni recibir un telegrama tampoco. Quedaban desligados del mundo como si fuesen un islote que al anochecido se separase de las tierras firmes.
Palmyra servía a Armando su té, mirándole mucho a los ojos, queriendo dialogar secretamente con él en medio de todas las visitas, pero Armando rehuía esa complicidad que temía que todos notasen. Ella, con esa insistencia de la mujer enamorada, volvía y volvía a envolverle.
—Ha vuelto la gripe—dijo doña Manolita, atemorizada, queriendo que la consolasen los demás de su miedo; porque los pánicos se esparcen y se siente la voluptuosidad de propagarlos y padecerlos.
—La gripe siempre vuelve—dijo el anciano don Mariano—. Yo siempre la he visto volver desde que era niño... Es el vaho de la muerte, ese humillo que ella también echa los días crudos del invierno... No hay nada más sutil ni de que pueda uno defenderse menos.
—No está mal la teoría—repuso don Vasco—. A la gripe la he visto yo, devastadora como nunca, en la India; mataba como siempre con frivolidad, sin anunciar su gravedad, sin ahuyentar de ella como ahuyenta la peste...
—Es lo único que nos amarga este retiro delicioso. Hasta aquí mata—dijo doña Beatriz.
—¿Y de dónde podrá venir aquí?—preguntó Palmyra.
—¿No la he dicho a usted, señora—volvió a intervenir don Mariano—, que sale de los cementerios?... Si quemásemos todos los cadáveres no pasaría eso.
Todos quedaron silenciosos un instante y se hubieran sacudido el aire con la mano como quien aparta un contagio invisible.
Después todos se fueron levantando, no sólo porque era tarde, sino como si huyeran unos de otros, como si esperasen que en la noche se declarase en alguno la gripe, como si huyesen a una mayor soledad.
Así era una tarde de visitas en la Quinta de Palmyra.