XXI TARDE DIÁFANA Y FINAL
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El pianista, como hombre acostumbrado a variar de ciudad, tenía el ansia de irse a otro sitio a continuar con sus conciertos de amor, así como con sus conciertos de música.
Otro prisionero que quería escaparse.
Como no se quiere oir sobre la almohada el latido del corazón, así los hombres no querían oir en aquella soledad el latido absoluto de su vida, el sentido claro de su existencia.
Les hacía mal efecto el oírlo clarísimo, pertinaz, dejando troqueles de sí mismo en todos los parajes.
—Demasiado yo mismo... Demasiado ella misma...—se decía el aislado sin acabar de desperezarse en todo el día, con los ojos turbios y chicos.
Era una tarde tan diáfana que estaban en la terraza.
—Ese chalet me da siempre pena...
—¿Por qué?
—Por ese cristal combeado que tiene en el mirador... Le da la luz de una manera que siempre parece que está llorando.
El pianista optó por su distracción embrutecida de hombre superior y no rió de la gracia de Palmyra. Aquel virtuoso del piano en la hora definida por alguien como la del «ocaso de los virtuosos» en honor de las grandes pianolas, tenía grandes terrenos rocosos en el espíritu.
Entró en el jardín uno de esos caballos negros que van vestidos con un atarre de lienzos blancos, completamente abrumados bajo la carga de piezas enteras; los caballos más limpios y ungidos del mundo, medio caballos medio nobles comerciantes, si el noble comerciante fuese posible.
Con el palo del metro al hombro tenía el que guiaba la buhonería un aire de boyerizo.
El caballo negro se volvía más negro bajo el comercio de puntillas y grandes sábanas que eran matrices de camisas, pantalones y demás ropa blanca.
—Mía señora, «lenzoes» de puro hilo...
Para la herida eterna de lo que se va descomponiendo y muriendo, allí iban hilas, vendajes, gasa para los apósitos.
Todas las ventanas de la Quinta pedían que la comprasen lienzos nuevos.
Palmyra siempre compraba algo: un encaje, un mantelito, una puntilla, sólo por ver cómo soltaba sus riquezas el buhonero y descansaba su noble caballo negro del pesado corsé cuajado de telambre.
Aquella cosa episcopal que tenía Félix la subrayó Palmyra aquella tarde en que él, muy beatíficamente, estaba sentado entre las dos palmeras de alto plumero que se elevaban sobre la terraza.
—Pareces el Papa entre los dos altos abanicos de pluma que siempre le rodean...
—Pero sólo soy un modesto organista resignado.
Los ovillos de golondrinas jugaban alrededor del palacio.
Ella le miraba por ver cómo le complacían aquellos mimos del paisaje.
Nada. Su abstracción era la del que quiere marcharse. Esparaba no sabía qué cosas del mundo. Quería asistir a las fiestas en que se bebe una copa de champagne.
Tenía amigos a los que no había acabado de olvidar y sobre los que tenía de triunfar. Debía tener alguna amiga, cuya cita después de la ausencia, le tentaba.
Félix no hacía más que acariciar su gloria.
—¡Ah, mi gloria!
Palmyra, desde su gran dulzura, había aprendido a ver que en los hombres hay unos maniáticos exacerbados y terribles.
—¡Ah, mi gloria!—repetía y su gloria daba una gran intranquilidad inútil a aquella vida, la intranquilidad estéril y enferma de la fiebre.
Corría un aire suave, un aire de llamada.
Los vientos se meten en el rincón más refugiado de la casa, pero los aires suaves llaman, son la resaca que lleva a los países a los que se está un poco rehacio en ir.
Aquellos aires suaves que sólo despelusaban los árboles y movían los «moirés» del boscaje, no la gustaban a Palmyra porque eran llamadas cuyo apremio sabía.
—No tengo tristeza humana esta tarde, pero tengo tristeza—dijo ella.
—¿Pues entonces, de qué clase es?
—Tengo la tristeza del primer pino en que comienzan los pinares junto a las playas...
—Siento no sentirme yo otro pino para poderte consolar...
—No tiene consuelo esto... Prefiero desconsolarme más... Toca algo, algo triste...
—No seas egoísta... Estoy cansado... No es éste el momento...
—Ah, ¿sí?... No te lo perdonaré nunca...
Se hizo un silencio largo en que ella se sentía como ese pino que sólo encuentra arenas para sus raíces y siente el embate del mar y su amenaza de retorcerle las muñecas con esos vientos que acuestan y aculebrinan los árboles...
Era un vil ejecutante de los que se visten de romántico y aguantan los deliquios de las señoras.
El reanudó la conversación:
—Los pinares han de tener lobos para tener encanto... ¿Hay aquí lobos?
—Siempre quedan lobos en la noche de los pinares.
—¡Ah! ¡Lobos supuestos! ¡Valiente cosa!
¡Qué pena no compartir las suposiciones y fantasías que merece el mundo! ¡No coincidir en el mismo escalofrío y la misma sospecha!
Pasó la bandada de pájaros como una larga hilera de puntos suspensivos... Nunca tan oportunos...
Lo que leían en el paisaje se cortó como se corta un capítulo por varias líneas de puntos suspensivos.
Pasó un automóvil.
Iba llenando el camino de las ratas quejosas de los bocinazos.
Tenían aquella tarde los pinos redondos de la quinta vecina el retoque de haber sido tratados por el peluquero de los pinos, que tan bien les sabe hacer la cabeza.
En la diafanidad de la tarde se percibía que tenían en sus cabelleras encrespadas ruido de mar.
¿Quién pastorea los pinos? Los pinos se pastorean a sí mismos. Son su propio rebaño y sus propios pastores.
Seguían poniendo en su vida la austeridad y recomendándosela. Eran las pestañas de su paisaje.
Ellos la contenían en su valle y ponían la orla que necesitaba su vida, cada vez más abandonada.
¿No podían representar lo varonil en su vida, lo varonil quieto y firme?
Ya en el atardecer, vieron cómo en el marco de una lejana puerta se encendía la primera fogata de las cocinas.
—Siempre creo que son un incendio que nace esos fuegos de las cocinas... Tienen un color tal de gasa de fuego las llamas a esta hora, que me sobresaltan el ánimo...
—Eres una hiperestésica... En Portugal, todas sois hiperestésicas.
—Si no se es hiperestésico, no vale vivir... Comprendo que no se debe tomar ninguna droga para fomentar la hiperestesia, pero si se es lealmente no hay por qué dejarlo de ser.
Félix no contestó.
Aun estando tan necesitado de ruptura, le doblegaba la tarde diáfana.
Había fundidos en aquel ocaso muchos arcoiris, como en una de esas natillas en que se echa una docena de huevos.
Ya en su final el sol buscó una nube para celebrar púdicamente sus misterios detrás del iconostasio.
Parecía no querer que se le viese morir en el último momento cuando ya no conocía a nadie y era inútil quererle retener.
Las chicharras del atardecer comenzaban a sonar. Félix se indignó.
—¡Ah! Que nos hayan tocado esas chicharras al lado del balcón es como si tuviésemos encima un despertador descompuesto, de esos en que suena el timbre a todas horas sin parar... Y que no tiene remedio... No hay relojero a quien llamar.
Las chicharras no descansaban, sonando como un timbre cuyo botón se ha metido dentro del llamador y del que no hay quien separe las lengüetas contrarias apretadas en encarnizado contacto.
Se seguía oyendo el timbrazo de esa clase especial de cigarras lusitanas, cigarras sin la sequedad de las castellanas, cigarras de pila húmeda que surgen en los otoños como si en los timbres de la naturaleza se diese un contacto interminable, o bien el dedo de Dios llamase al hombre bueno o el cinematógrafo de la noche anunciase su apertura.
El caso es que ese timbreante nerviosismo de la naturaleza era como un vivero de timbres esparcidos, musgosos y saudosos en medio de su crispadora unanimidad.
—No se puede hacer música en esta Quinta con ese chicharreo... A esta hora, que es la mejor para hacer música, comienzan todas las tardes... Me acuerdo de unos conciertos que di en un rincón de América en un teatro dotado de infernales timbres para el reclamo... Pero cuando yo comenzaba el concierto, callaban como por encanto... ¡Pero éstos!...
Cada vez le resultaba más insoportable al gran pianista aquella grillería inacabable como césped fecundo de la tierra, como multitud de escarabajos engordados por el térmico otoño.
¡Y que no se podía extirpar el retoñeo silvestre! No era cosa de buscar en un rincón al animal impertinente. Habría que arrasar aquello.
—No puedo continuar en medio de esta naturaleza tan descuidada y como con liendres... Te voy a decir la verdad... Yo volveré, pero necesito irme...
Palmyra se quedó del color de los recién operados. No esperaba que sucediese tan pronto y fuese tan cínico aquel desenlace.
—Bien, me parece bien, pianista ingrato; pero te has de ir antes de que llegue la noche cerrada...
—No creí que te ibas a picar tanto, querida patrona.
—Eres como un intérprete de hotel... Los unos interpretan las palabras de los demás, tú la música... Por eso no contesto como debiera a que me hayas llamado patrona.
Félix se quedó pálido. Quizás ninguna mujer le había sabido insultar mejor. Le aturdió el insulto como esos codazos que se dan al piano y que desarmonizan todo el espacio, y dirigiéndose a su alcoba, hizo la maleta rápida del huésped que ha reñido con la hostelera.