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La quinta de Palmyra

XV EN ALTA MAR DEL AMOR

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La noche estuvo llena de las reticencias, de los silencios tímidos y de las cortesías graciosas de la aventura que se ha precipitado demasiado. Sólo el sueño niveló la falta de confianza en que se había realizado todo.

Durmieron como viajeros cansados, y cuando él se despertó primero a la mañana siguiente, despertado por las moscas que trajinaban en la luz, pensó despertarse en alta mar, y le sorprendió encontrarse en la cabaña de la alcoba, con una rendija excesiva en la ventana.

No estaba en la alta mar del mar, pero estaba en la alta mar del amor. Miró a Palmyra. Dormía sosegada, con confianza, como si durmiese más que sobre una cama sobre un jardín, en un rincón de los boscajes de la Quinta.

Sintió ganas de hacerla cosquillas en la garganta, que ofrecía curvada y graciosa. «¿Al abrir los ojos no me extrañará demasiado?»—se preguntó Samuel, pero recordó la naturalidad de Palmyra como si se tratase de una boda acordada por toda la familia, en vez de ser una aventura...

—Palmyra—llamó en voz baja Samuel para que al despertar entreviese que la conocía bien por su nombre.

—Palmyra.

—Palmyra.

—Palmyra.

—¡Palmyra!...

Palmyra entreabrió los ojos y sonrió, acostada en la lontananza de la playa ambarina de su carne, como lejana bañista debajo del toldo azul de sus ojos.

Pero le había sonreído. En vista de eso se tranquilizó y observó los cuadros.

Volvió a mirar a Palmyra como al valle florido de su amor, como el que sentado en la ladera ve la extensión luminosa y margaritada que desde allí se atalaya.

Ya estaba conformado con la sonrisa de aquel despertar que se había nublado en seguida. Ahora a esperar que se cerciorase, que recompusiese con el abrazo del despertar definitivo, la cadena de los abrazos.

Palmyra durmió el sueño deslumbrado de la mañana, el sueño que se sueña de cara a la luz, sucediendo la pesadilla en pleno mediodía. Samuel la oseaba las moscas.

Poco duró ese sueño anaranjado de la vívida mañana y Palmyra se despertó, sonriendo de nuevo al ver al náufrago que la hacía aire con sus manos oseadoras y osadas.

«Ya no se me irán los ojos y la tranquilidad detrás de las caravanas de los automóviles con gente de los barcos—pensaba Palmyra—. Mi única inquietud la habrá cancelado este viajero que se quedó a mi lado...»

Se rió con risa descarada, mirándole.

—¿De qué se ríe?

—De que me parece usted un barco embarrancado...

Volvían a perder el tuteo que habían alcanzado ya. No les convenía. Todo iba a retroceder.

—Tienes un despertar tranquilo como el de las playas.

—Y tú eres el mar que bulle demasiado temprano...

—¡No tanto!—dijo Samuel sonriendo—. A lo más soy un marinero despierto y animoso.

Palmyra se dió cuenta en ese amanecer que la sorprendía con aquel nuevo caballero al lado, de que era bastante calvo, ahora que su peinado estaba deshecho, y que, por lo tanto, debía tener la murrullería que ella achacaba a los calvos, su aire de hombres de mundo un poco cínicos, como si sus pensamientos se creyesen sin hoja de parra ya, y, por lo tanto, estuviesen en el deber de afrontarlo todo con demasiada audacia.

Palmyra gozó un rato viendo cómo se sobreponía la osadía de aquel hombre a la sorpresa de hallarse en tan íntima compañía con una mujer desconocida. Siempre quedará en una mujer la ilusión de esa sorpresa inevitable. Sólo eso inducirá hacia el amor variado, hasta a aquéllas que lo probaron mucho.

Se vistieron. Ya sabía Palmyra que había que gozar la mañana desde más temprano cuando llegaba un nuevo forastero que extrañaba la cama y que tenía curiosidades que había que saciar llevándole a la ventana y haciéndole desayunar en la terraza con las migas calientes de la mañana, que son como piedrecitas y tierras blandas y sustanciosas, que aclaran al ser comidas la neta impresión del terrenal mundo que se contempla, en plena alegría, toda su materia y su inmaterialidad.

Con aquella especie de matiné antiguo de bordes rizados, como se rizan los papeles en que se prueban las tenacillas de todos los días, salió con Samuel a la terraza, donde se celebraba el primer desayuno.

«Deberían recordar siempre este momento y llenarse de gratitud y de quietud, renunciando a sus ambiciones de comisionistas»—pensaba Palmyra.

Samuel andaba por la terraza como viajero de transatlántico, con cierta inseguridad aún. Se asomó a la balaustrada de la terraza como quien se asoma a la pasarela, y se quedó sorprendido de aquel mundo de rosas frenéticas que daban al mundo un infantilismo mañanero.

—Cantan su perfume como coros de colegio de niñas que lanzasen los hosannas de la mañana—dijo en voz alta a Palmyra, que abría el toldo de playa que tapaba el velador de los desayunos y de las comidas al aire libre, cuando estaban hartos del sombrío comedor.

—Parece que has puesto al cielo traje de baño—dijo Samuel, refiriéndose a aquella enorme sombrilla listada de azules círculos concéntricos y que era también como un blanco ideal para las escopetas de salón de los aviadores.

—Lo que se pone es más alegre la mañana con este quitasol—contestó Palmyra—.

—Como que es el pabellón de las buenas mañanas, sólo de las buenas mañanas—repuso Samuel.

El hombre oscilante, que venía del Perú, donde le había rechazado una mujer al saber su origen, gozaba aquella mañana plácida que brotaba después de haber sido propietario de una linda mujer, mucho más encantadora que «la otra». Lo que no digería, de lo que no acababa de poderse dar cuenta es de que fuese aquello epílogo en vez de preámbulo... Era como si el día comenzase por el ocaso, por lo realizado, en vez de comenzar por el rosicler.

No comprendía una cosa tan estable, tan franca, tan segura. La mañana entera aterrizaba en la terraza.

Desayunaron. El se sentía personaje un poco inverosímil de una estampa que había soñado alguna vez. Así había visto él la ilustración más viva de la felicidad: un desayuno así, en una terraza y entre flores y con pájaros posados en el barandal...

—Mi estancia aquí—dijo Samuel queriendo declarar la verdad de lo que sentía—es como si náufrago feliz me hubiese despertado en una isla encantada...

—Con tal de que pienses siempre eso—dijo Palmyra con su más rogativa entonación, mirándole fijamente para atisbar el efecto del «siempre», que hizo que Samuel la mirase con cierto susto, con aquel recelo inevitable, con aquella cosa de cogido que quiere escapar.

Hubo una pausa, en que él pareció dedicarse a escribir con manteca en la palma del pan, pareciendo después como si quisiera afilar el cuchillo en la reconfortante maculatura.

—¿Es que todos los amores son de travesía?—preguntó Palmyra con cierta incongruencia y para sorprenderle con la pregunta.

—¿Cómo, qué quieres decir?—contestó Samuel, envuelto en la mentira de la embriaguez y del hospedaje desinteresado...

—Es que te siento alegre, feliz, como sin otro negocio que el de vivir, y, sin embargo, temo que te ausentes—replicó con sumisión Palmyra.

—Pues no me ausentaré nunca... Cuando se encuentra la casa de la dicha hay que no salir de paseo siquiera... Como esos presidiarios que no pueden escaparse nunca, no tendré otro traje que el pijama...

—No, ¡qué horror!... Aborrezco el pijama... Todo hombre en pijama es trivial como él solo, y además hipócrita como un cómico de teatro galante... Tan pueril y tan ostentoso es el pijama, que no han podido menos de usarlo también las mujeres, que en sus juegos con los hombres juegan a la ambigüedad, por más que lo disimulen.

—Pues retiro lo del pijama...

En la mañana había una especie de batalla de flores, con proyectiles de mariposas. No se sentía ninguna impaciencia. El apartamiento arcádico de Portugal se sentía en rededor.

Palmyra, que en el primer momento de saber que Samuel era judío no se había dado cuenta de nada y le había recibido con magnanimidad queriendo mostrarle que no había en ella ni la más mínima rencilla contra su raza, ahora recapacitaba y pensaba que la idea de errante va unida a la idea de judío, y pensaba que había escogido más exprofesamente que nunca al que había de huir de un modo fatal.

El pronto de la huída de Samuel sería más subitáneo que en los demás. Echaría a correr sin despedirse, dejando quizá sus equipajes. Se había quedado en la Quinta por su facultad de huir, de apartarse de un camino para tomar cualquier otro, por su condición de errante.

Todos los días, a todas horas, tendría presente su fuga, y la lucha contra su voluntad de escapar sería estéril, porque ningún mimo contendría al encanto fatal. Mejor hubiera sido imitar un odio atávico, invencible, del que apenas se le hubiera podido echar la culpa, porque hubiera parecido brotar de la raza.

Ya vería siempre a Samuel como si fuese a echar a correr.

Con su imaginación hiperestesiada de avezada a la soledad, oía ya la voz del jardinero al contestar a la pregunta de: «¿Ha visto usted al señorito?» «Sí, le he visto cruzar la Quinta corriendo a todo correr», y como en medio de esa pesadilla en que se despierta la voz, dijo Palmyra a Samuel en voz alta:

—Si sientes deseos de andar por el jardín, date un paseo mientras yo me acabo de arreglar...

—Yo no... No me muevo de la terraza... Nunca me he sentido tan arraigado como hoy... Me parece como si la terraza estuviese cimentada sobre una pirámide incrustada del revés en la tierra.

—Y yo me siento también sobre el nivel de los otros días...—dijo Palmyra dándole el beso de detrás de la oreja, el beso que se queda pinzado como esos cigarros o esos claveles o esas cerezas que se ponen así los chulines.

La Quinta miraba a Samuel con la resignación del Museo que acepta al turista que se queda, al nuevo copista que se prepara a hacer la misma copia que tantos otros con igual pasión.

Desde que las Alhambras perdieron su primer recato, aceptan a todo enamorado como visitante, y hasta le recogen el bastón y le dan un número.

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