XXIV EL EMBOTELLAMIENTO
Reading edition
Los árboles, en su mayoría de hoja permanente, brindaban su primavera invernal.
El marino paseaba por el jardín como presidiario que fragua una fuga.
Se escondía detrás de los árboles y miraba por entre sus verdes dedos entreabiertos, a alguien que le podía vigilar, que podía venir a intervenir en sus pensamientos.
Tenía la voluntariosa manía de llevar las manos en los bolsillos de la americana de botones dorados, con gesto intemperante y decidido a algo, a no se sabía qué.
En el jardín abrían sus bostezos los cocodrilos de la soledad.
El buscaba a través de las enramadas la orquesta del jardín, ese sitio en que se congrega la gente en los parques zoológicos, cuyo silencio es angustioso fuera de esa única plazoleta.
Aquella cosa de estar metido en una botella verde la sentía cuando anochecía dentro del bosque.
La botella verde del paisaje, come botella de sidra en los parajes asturianos, le encerraba en su verdosidad.
«Soy un corcho en una botella verde», pensó un día, y desde entonces sintió la angustia de los corchos que han podido entrar, pero que no podrán salir.
¡Con qué empuje saltaba en el fondo de la botella obscura y tristona!
Pinchaban a la tarde los cactus y las plantas de lengua gorda—esas plantas que gustan de la vera mar y de los climas buenos—querían hablar.
Los cañaverales imitaban a los maizales, pero entre ellos se destacaban los bambús, todos deseosos de pescar, todos ilusionados con el día ideal en que pudiesen despedir su anzuelo lejos.
Las palmeras pintaban optimista verdura en el cielo con sus brochas abiertas y también eran como abanicos de la reina entronizada en la tarde.
Echaba de menos esos bailes de los barcos en que el marino vive en plena novela de «Magazine».
Su cansancio de viaje, el terrible cansancio que le había llevado allí, ya se había acabado y sentía la nostalgia de volverlo a sufrir.
Ella le encantaba, ¿pero hasta cuándo duraría su maceración? Hubiera deseado, sí, saber todo el placer de aquella mujer y dejarla sólo la concha vacía, henchida nada más que por el eco del placer que contuvo.
Pero su más viva nostalgia la sentía en aquel rincón del jardín en que estaba la barca naufragada, la barca caída del revés como uno de esos animales que no pueden levantarse cuando caen así.
Aquella barca que alguna vez fué recreo de Palmyra para pescar el calamar o gozar un día de muy buen mar, era en la Quinta, algo alejada del mar, como bote salvavidas por si llegaba el segundo diluvio universal.
El marino sentía todos los comezones frente a aquella barca tirada, en la que estaba por meterse como en su hamaca de jardín.
«Aquí se conserva la vida como si fuese la muerte. En este marasmo no se diferencia nada la muerte de la vida. La vida es para perderla, para jugarla, no sólo para navegar con ella», pensaba Buonaventura.
Lo que en el jardín había de vegetación tropical, le embargaba y le tentaba con la otra orilla.
Los bananeros con sus grandes hojas rotas, parecían árboles de mangas con chorreras.
Ella le buscaba por el jardín con gesto que se esclarecía en los rincones más umbrosos, un gesto como de madre que ha perdido a su hijo.
El compadecía en ella su gran belleza y aquella cosa que tenía de loca, sobre todo los días que se había lavado la cabeza y llevaba el pelo colgante.
Palmyra buscaba candilitos, esas flores que buscan a los gnomos antiguos.
Hacía gárgaras la tarde con los barrenos. Toda aquella piedra arrancada sufría la dentición de lo que ha de vivir y ser civilizado. El marino, por hacer algo, regaba.
Jugaba a dibujar la palmera de agua junto a las palmeras verdes, mezclando sus arcos. Era aquel arco de agua una caricia que la palmera agradecía.
Los relojes del último ocaso europeo entregaban su hora en el calvario supremo.
Al ver Palmyra al marino, con una mano en el bolsillo y en la otra la manga de riego, le decía:
—Pareces un almirante dando órdenes con tu espada de agua.
—La espada flamígera del agua—aclaraba él.
Después se entraban en la Quinta que tenía calor propio, olor a maderas finas y el último perfume a flor de los bosques antiguos.
Otros días llovía y no salía. Gozaban de la lluvia que en una definición hecha de los placeres del castillo por el señor castellano, ocupa su número de orden entre los placeres: «Ver llover.»
Palmyra, aun dentro de su traje de terciopelo, iba sacando su hombro como si se bañase en la habitación.
Palmyra, como siempre, estaba empeñada en calentar toda la casa.
—Esta habitación no la hemos calentado aún... Ven aquí conmigo—y le llevaba a la habitación de los cuadros japoneses en que el dragón acaba por ser un animal vivo, cinematográfico, que llega a moverse.
En aquellas tardes de lluvia, se sentía deseoso del viaje por mar, pues se huye antes de la lluvia y se arriba a golfos y bahías en que el arco iris se ha tumbado.
Los cristales antiguos, imponían un dibujo de «moire» a lo que se veía fuera.
De un lado, el mar impasible y del otro, cualquier injusticia que viniese de los hombres y que en aquel castillo les heriría por la espalda.
—Mira, llueve en el mar—le decía ella señalando la lejana siembra desigual de la lluvia.
—Aquí tardará en llover—dijo él—, el mar atrae la lluvia como un beso que pide y el cielo tiene que otorgarle.
Las noches tenían monotonía de travesía. El marino fumaba en su camarote aunque estuviese con Palmyra. El puro estaba lleno de nostalgias cubanas.
Miraba displicente las cosas como mosca de sus marcos. Displicentemente tomaba del musiquero las novelas cortas de la música, con sus portadas novelescas e iba dejándolas como si supusiese lo que decían sus letras de ojos cerrados.
El mar desrizaba sus olas ruidosamente, con más rigidez que por el día.
Ella flotaba en la noche con sus ojos suspensos en lo vago.
Respiraban solos aquellos dos ojos en aquel cuerpo y sabían sus deberes de castellana como nada.
Era medicina de amor la que aplicaba a sus amantes y sólo quería que se explicasen que no hay más que calmantes en el mundo, aunque aspirando a otra cosa se pase de un amor a otro.
Los dos ojos serenos y colgados como lámparas de los techos de su palacio presenciaban la eterna escena de las probaturas.
Las noches de luna eran las únicas que le divertían como si hubiese cinematógrafo en el gran casino.
En las noches de luna parecía que el mar se había echado su colcha de matrimonio, su colcha de boda con la luna.
Daba pena retirarse a la alcoba. Los dos podían tener paciencia para siempre en la terraza del mundo.
Algunas noches, la luna, se nublaba de vez en cuando y eso daba al paisaje el movimiento de un juego de dados y unas veces—en la obscuridad—echaba los dados en el cubilete, y otras veces los desparramaba sobre las praderas del paisaje.
Palmyra seguía el celo violento de los gatos, asustada como de una tormenta. Percibía en aquellas noches el fondo de crueldad y rabia que hay en el amor.
Dominaban los gatos al mar cuyo ruido de ola parece que está llenando siempre el baño inmenso, cuyas torneras se han olvidado de cerrar.
Los gatos llenaban de llanto de niño aquellas noches. Parecía que el camino estaba lleno de niños arrojados al arroyo.
«¡Queja humana! También procedemos del gato»—pensaba ella.
De pronto salían escapados los dos gatos y se quedaban retorcidos y echados en los tejados lejanos, el gato con la zarpa en la cabeza de la gata.
Impresionados recónditamente por aquel concierto y sobre todo por el silencio que lo acababa, se iban a la cama como víctimas de la fatalidad de las cavernas.