XIX EL CONCIERTO
Reading edition
Habían brotado de los alrededores señoritas azules, abrochadas con broches de los que en el mundo han quedado más de non. Imitaban a la mujer como la habían imitado todas sus antepasadas.
Señores de perilla muy afeitada en vuelta y antiguos consejeros como con un luto histórico se pegaban a la pared como si fuesen cuadros de la casa.
Las señoras formales, con las manos en los vientres fecundos, lañados después de tantos partos, esperaban algo así como el sermón de la música.
La inglesa sorda, que sólo oyendo música decía que no era sorda, se había colocado en el sitio en que se oía mejor y en la butaca en que iba a ser más dulce la loción musical.
Palmyra había congregado los resplandores en el salón del arpa.
El artista era aguardado con impaciencia, como si su tardanza pudiese disminuir al final un acto del programa.
Don Vasco se sentía feliz aquella noche, como si en vez de un concierto fuese una función de teatro la que se fuese a representar.
Don Mariano Guisasol volvía a recordar sus días de fiesta en las embajadas y por eso se había puesto de frac, dándole eso la obligación de ser el que pasase las hojas al pianista o el que limpiase el piano.
Todos habían traído el juego de rostros para oir música y pensaban mirar al piano de cola como si fuese un ataúd en cuanto fuese necesario.
Los primeros abortos sentimentales de las jovencitas iban a quedar debajo de la butacas.
La veleta de la casa sentía cosquillas con la fiesta que se celebraba en sus salones, por lo general llenos de lánguida conversación.
En eso entró don Félix, raudo como a quien le persiguen y haciendo al mismo tiempo el gesto de aquel que se viene guardando un poco de música en los faldones del frac, como si temiese que le pudiese faltar aún con la que llevaba en todos los bolsillos.
Iba como a operarles a todos sentándose rápidamente en el piano. Templó el banquillo a su medida y sonriendo a todos y como diciendo: «para que el piano resulte bien tocado, hay que lavarse muy bien los dientes», se tiró al agua de la música como nadador valiente. ¡Había que pasar cuanto antes el escalofrío de las primeras notas!
Atacó seguidas las composiciones. Casi no descansaba. Saludaba con una inclinación de cabeza a los aplausos y como prestidigitador del piano sacaba músicas y músicas de sus dedos.
Las señoritas azules trataban de ocultar sus piernas que se escapaban a sus faldas escuetas. La música las nalgalizaba.
Don Félix tecleaba sin parar como si quisiera con vencer a Palmyra con su apasionamiento, mirándola mientras apasionadamente, como un náufrago en una tormenta, como barquero en medio de un oleaje embravecido.
Todos seguían con apasionamiento la lucha del pianista con el piano, como lucha de un estrangulador con la dulce víctima.
Por fin dió por terminado el concurso hípico musical de sus manos y descansó con las manos sobre las teclas del piano como el que cree que la víctima ha lanzado su último suspiro.
La música como un río incesante y bravo se había llevado vida de todos les reunidos, peces vivos de la vida de todos, peces brillantes y dorados, los mejores momentos de las almas. Y todo se había ido hacia el mar.
Habían quedado más que mejorados, empeorados, con menos belleza en sus corazones, con menos ideas bellas en sus estanques.
La música era un remolino engañoso, les había robado alma, fantasías, ideas, reservas bondadosas. Todo estaba ya en el fondo de los mares lejanos.
Don Félix se sentó al lado de Palmyra. La llevaba el triunfo de la noche y la sumisión de la música apagada y vencida bajo sus dedos. Parecía haber matado a una reina para entronizar a otra.
Palmyra parecía haber sido descascarillada por la música y por eso se ofrecía más blanda y desnuda en la conversación. Su traje era sólo un mosquitero rosa sobre la cama de la chaisse-longue.
—¿Es que ha llorado durante la música?—preguntó el disfrazado de melenas.
—No... Y sin embargo, me ha secado los ojos la música.
—Eso no puede ser...—dijo don Félix—el lagrimal es la primera lágrima solidificada, la lágrima madre de todas las demás... Esa no la podrá usted enjugar nunca.
—Pues yo tuve una amiga a la que extirparon los lagrimales y aunque creyó que ya no podría llorar nunca, volvió a llorar.
—¡Ah!, es que las lágrimas tienen que romper por algún lado...
—Lo que harían sería desparramarse como cascada del ojo.
De pronto, como sucede en los sitios en que se acuesta temprano la gente, a todos se les hizo tarde y todos se pusieron en pie al mismo tiempo emboscando la habitación que estaba tan diáfana.
Todos se despedían hasta otra vez como si creyeran que el célebre pianista se iba a quedar allí para tocar el té musical de todos los días.
Contaban con que por de pronto en la casa cerrada en medio de la noche se quedasen los dos como pareja matrimoniada por el arte.
El pianista esperaba ese fin de espectáculo para ofrecerse con su aureola a la mujer delicada que es doblegada por la música.
Todo había sido como música de boda y allí estaba ella con el novio cansado, puesto que había sido enamorado y orquesta.
Quizás aquel hombre con la tercera persona de su piano al lado, pudiese soportar la soledad de los dos en el palacio.
Aquella amante de cola negra que iba a completar la trilogía no la importaba.
Palmyra solo necesitaba que otras manos la encontrasen Era ciega de sí misma sin eso.
No acaba de creer en sí. Era ese medio ser que es la mujer.
Necesitaba ese reconocimiento de su silueta en el que toman parte las dos manos, bajando paralelas al contorno femenino, reposando sobre las caderas y como palpando así la esférica voluntad planetaria que hay en ellas.
—¿Y ahora, señora...?—preguntó el pianista, que parecía haber nadado hacia ella para conseguirla a través de el acuoso torbellino de la música:
Palmyra contestó:
—Se quedará aquí... El cuarto del huésped siempre está preparado.
—No es lo que me preocupa dormir... Después de un concierto en que he puesto más alma que en ninguno de los que he dado nunca, no podré dormirme en toda la noche.
—Y yo que le he escuchado, tampoco.
Junto al túmulo del piano de cola, animado aún por las últimas notas, era aquel idilio como una de esas aproximaciones de velatorio que surgen entre la hermana de la muerta y el cuñado.