XX NUEVO HUÉSPED
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Siempre sería dichoso el amanecer del desconocido en la Quinta de Palmyra. Merecía el cambio la sorpresa de cada uno de los nuevos huéspedes.
Se despertó temprano, lleno de la placidez de la alcoba.
«¡Qué desayunos tendrá este palacio!», se decía el pianista, esperando aquel tazón de leche en el que habrían caído las mariposas blancas de la mañana.
Llegó la criada confidente, que sabía saludar al nuevo señor encamado, igual que si lo saludase con levita y sombrero de copa, y abrió las maderas.
El mar entró en la habitación como colcha de damasco azul, de las que resbalan voluptuosamente, porque cuando se abre la primera ventana frente al mar, el despertar de la vida tiene algo de ola.
Félix venció esa descortesía que hay siempre en aparecer desarreglado frente a la mujer con quien no se acaba de tener confianza, y salió en pijama hacia el cuarto de baño.
Palmyra, contenta, se incorporó en el lecho y vió su mañana de jardín antiguo.
Era como si mirase a través de un brillante la ma ñana que tomaba todos los tonos azules y diáfanos que sólo toma a través del cristal.
«Resignación para un nuevo día», le hubiese pedido ella.
«Cortesía para un nuevo día», le hubiera pedido también.
Ya tenía la eterna melancolía despedidora en cada caso.
Sin embargo, la mañana era lo más bondadoso del día.
En la mañana las uñas estaban enfundadas en los dedos.
Las almas y los cuartos de los chalets se ventilaban a esa hora.
El verde de la primera comida apaciguaba todos los alrededores.
Se tenían pequeños deseos conformistas, como que pasase el primer automóvil, el automóvil que peina al paisaje y le hace la raya.
El mar era un mar vertido en un lava ojos.
Gran limpieza de espejos había en la mañana.
El pianista encontró con gusto la claridad y el relumbre matutino.
En días sucesivos, como una lección de optimismo que no le dejó reflexionar, se acordó de aquella mañana primera.
Como a todos, una convicción campestre les hacía perdurar.
Ella seguía improvisando sus frases de aplicación perfecta:
—Hay un momento en que los barcos son como tartanas.
Y en la hora luciente de después de comer, que es cuando más rubor y respingo dan los besos, ella decía:
—Que nos mira el mar con sus ojos azules—y ponía un gesto como de ser acusada por todas partes, mientras él respondía siempre incrédulo y sin respetar la frase que debía quedar en lo suyo:
—¡Como que le he visto pestañear!
Como siempre, vivían esperando la noche, disculpando las horas, arrancando sus hojas rápidamente.
El, como si eso estuviese entre sus deberes de amante, tocaba el piano al atardecer, pero cada vez con menos gana y escarbando largo rato, como perro que ahonda en la tierra, en el montón de partituras deshechas, desencuadernadas, mal barajadas por la desidia.
Ella le perdonaba los gestos preliminares y los gestos finales por como necesitaba aquella música para prepararse con ideal egoísmo para gozar el ocaso y la noche:
—Si yo fuese poetisa escribiría una poesía que se titulase «Las naranjas del ocaso» y pintaría a todos los que saborean el ocaso desde las ventanas, como gentes que muerden y chupan naranjas vespertinas...
—Eso sería muy pornográfico—respondió sin respeto a la pulposa idea aquel hombre en que cada día brotaba más el sochantre alevoso.
Pero Palmyra tenía ya la fuerza de sobreponerse a toda chabacanada.
Lo peor era cuando tenía que oir las confidencias imprudentes del «genio arrebatado»:
—Todos hemos tenido, te lo diré yo con más franqueza que nadie, una prima de perfil muy fino y de lindeza muy singular, de la que no pensamos ser nunca esposos, pero que al encontrarla en ti desnuda y suave, entregándonos sus secretos, nos ha llenado de una dicha sobrenatural... Nadie nos habrá podido dar más placer...
—¿Con que una primita muy linda en la que no pensásteis nunca?...
—Y que, sin embargo, ahora resulta que es en la que pensamos siempre.
—Es raro eso... Por lo visto tu amor es un amor que inicio yo, pero que no se inicia en ti... Tendré perdida por lo tanto tu constancia...
—No... No es eso... He querido ser sincero contigo y descubrirte los orígenes de mi cariño, y veo que hasta contigo me he equivocado, que eso está prohibido en todos los amores.
—Tienes carne de pescadora lisboeta—la decía otras veces.
—Explica, explica ese cumplimiento—decía Palmyra entre enfadada y satisfecha.
El pianista entonces contaba cómo desde niño había admirado a esas pescadoras de carnes muy blancas y frías, carnes de lubinas humanas que pasan por las calles de Lisboa mostrando su belleza como de mármol por como no la deteriora ni la pobreza ni la vida trabajadísima, ni el andar descalzas. De adolescente no tenía otro ideal que casarse con una de ellas si lograba que le quisiera.
—Pues probablemente yo no procedo de ninguna pescadora—repuso Palmyra.
—Pero es posible que alguna pescadora proceda de los tuyos... Hubo un tiempo en que eran hijas de reyes—contestó el pianista.
No se la olvidó a Palmyra aquella imagen; pues encontraba que era verdad, que en su blancura había calidades marinas y empalidecimientos debidos a ser de una especie cara, cortesana, siempre tratada en princesa y alimentada y sostenida en los palacios de los bastardos.
Pero Palmyra conseguía olvidar las estrechas confidencias asomándose a la terraza del atardecer. Su resarcimiento estaba en el anochecido. Estaba junto al hombre, necesitaba al hombre, pero sólo la curaba de él el asomarse a la perspectiva de su Quinta.
Todo se acaracolaba en el fondo del campo.
La borregada verde de los pinos embestía hacia el mar. Se veía que hacia allí había que orientar los pensamientos.
El faro ya lucía como si tuviese un destello de sortija monumental, la sortija que sólo reluce un momento cuando se lleva la mano al bigote o desenvuelve el periódico el farero.
Todo el mar admiraba aquella sortija de brillos intermitentes según daba en ella la luna.
Cenaban. La velada se envoluptiosonaba. Dejaba que se insinuase la noche y la metiese envidia de desembozar la cama.
Tenía algo de ofrenda a la noche aquel levantar las sábanas frente a toda su expectación.
Era allí más verdad que en ningún sitio—si cabe decir eso—el acto de acostarse.
Toda la noche venía a cantar silenciosos cantares alrededor de la Quinta.
Andaba sobre la alfombra felpuda de pelos largos, como Eva por la pelouse del paraíso.
Aquel ratillo que al amanecer al día y al anochecer al sueño, tenía Palmyra de andar descalza sobre la espesa y crecida alfombra, le dejaba al pianista un regustillo de entrevisión primera del mundo. Quizás ese ápice de la antigua visión repartida entre los hombres, se encalabrina de nuevo como sólo se encalabrinó al ver a Eva sobre la yerba suave del paraíso, peinando con sus pies el terciopelo velludo de la primera pelouse.
La ola lejana rizaba los peces.
El faro ponía una lágrima de luz en los ojos que lo miraban. Su fanal, con tipo de gran filtro, destilaba la noche en el laboratorio de la pureza nocturna.
Y Palmyra, en la solemnidad de aquellas noches, se desataba los lazos rosas de las hombreras de su camisa de niña.