XVIII EL GENIO ARREBATADO
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Palmyra recibió una carta de Mafra, su buena amiga de París, en que la recomendaba un pianista célebre.
«Como sé que te hará pasar un rato delicioso—decía la carta—me atrevo a enviártelo con esta carta de presentación, que debía estar escrita con notas musicales en vez de con palabras.»
Aquel pianista portugués que la expedían desde París, la tenía preocupada. Además la amistad con Mafra era sospechosa y ya le hacía complicado. Parecía una osadía más de Mafra aquél regalarla un pianista usado, aunque de la mejor calidad.
* * *
Esperó limpiando el piano, sacudiendo sus piezas de música, de las que salían innumerables notas de polvo, y colocando las partituras sobrenaturales en primer término.
Como tardaba, cubrió el piano con un magnífico retal de damasco y en vez de las velas sosas que tenían los candelabros, mandó traer unas velas pintadas.
Por fin, al día siguiente, apareció el artista, con un tipo exuberante, apasionado antes de que se presentase la ocasión, con una melena llena de brillantina sólida.
Cubrió el suelo de «mía señora» rendidos y anduvo hacia ella como arrodillado por las alfombras.
Por tanto bajar la cabeza, se le veía una calva que aparecía entre sus crespos cabellos y que se hacía visible, como luna entre nubes.
Venía entusiasmado por la belleza de los alrededores, con la imaginación desgreñada.
—¡Oh, mía señora!...
Lo que procuró primero fué asentarse bien en el más cómodo sillón de la sala, y después, con redoblada elocuencia, dijo:
—Desde fuera se sospechan muchas cosas en estos jardines... Me he emocionado el entrar hasta el palacio... Me parecía que había caimanes que morderían al desconocido... ¡Hacen un camino tan sombrío y tan entretejido los árboles!
—Sí, yo sé que produce ese miedo la Quinta... Después aquí se hace un claro muy bonito, muy rubio podríamos decir, ¿no?
—Sí, está bien... Muy rubio... Eso es...
—Desde la puerta se teme que salga a recibir al que ha llamado uno de esos japoneses de fisonomía retorcida que esgrimen un sable... Tanto, que los pobres pordioseros no llaman muchas veces de miedo que les da... Me defiende más ese grupo de árboles que obscurecen la entrada que mi perro lobo...
—Y después aquí, ¡cómo se levanta la cabeza sobre los árboles!.. Esto es maravilloso... maravilloso.
Palmyra miraba al pianista con cierta atracción. Tenía la melena fuerte de los pianistas y usaba los adjetivos vibrantes y frenéticos que a ella le gustaban tanto.
Venía de tocar en las reuniones de París. Los hombres quizás le daban un poco de lado porque no les parece bastante un pianista, pero las mujeres le seguían, siseaban, para que la reunión guardase silencio y siempre había una dama que volvía las hojas a su partitura y que en ese momento parecía tener galantería de caballero más que de mujer.
Tenía el frac un poco desgarbado de los pianistas que a la sombra del piano, indudablemente, se había alargado, preocupándole mucho conseguir la chepa de los grandes ejecutantes.
—Aquí debe sonar el piano admirablemente... Debe ondular cada nota hasta llegar al mar... Es como un ancho lago este silencio.
Y con esa desenvoltura que él tenía muy ensayada, se dirigió al piano y como quien levanta atrevidamente el peto de una mujer levantó la tapa y se puso a tocar.
Palmyra, acariciada en aquella caricia a su piano, se puso a su lado como para repasar las hojas de su memoria.
«Este hombre—se decía Palmyra—no está lleno de tantas complicaciones como él cree... No acaba de saber lo que hace, no tendrá las pretensiones de esos hombres demasiado deseosos de gloria de los que he huído... Tiene el bastante barniz para ser fino y saber poner las manos sobre lo que toca... Pero sus manos deben estar frías siempre.»
Necesitaba ya al otro varón. Todos los días tienen las habitaciones el mismo espacio que llenar y el mundo renueva también su vacía virginidad. Cuando llega el sol de la tarde sin haber tenido satisfacción, la habitación está desesperada.
El pianista tocaba en el piano de ella como si la gozase por primera vez y eso le comprometiese a más insistencia y a imitar más que nunca la desesperación de amor. Desde mañana ya sería otra cosa.
Palmyra, con voz un poco entornada, la voz que necesitaba el momento, dijo:
—Ha resucitado usted el palacio... Hacía tiempo que no se tocaba así, quizás desde que en las postrimerías del siglo pasado estuvo aquí nuestro célebre Almeida...
—¿Estuvo aquí Almeida?—preguntó con mucha admiración el pianista.
—Estuvo y dejó una fotografía dedicada a mi tía Ana, la más bella de mis antepasadas, tanto que no quiso entregar a nadie su belleza...
—¿Y tocó en este mismo piano?
—En el mismo...
—Entonces hay que cerrarlo y tirar la llave al mar...
Palmyra iba tomando gusto a aquella fantochería de don Félix; el pianista de la aristocracia. Iba a tener aquel hombre una hipocresía cabal, una de esas hipocresías en el trato que gustan a las mujeres que son las grandes hipócritas. Por eso ella le respondió en el mismo tono:
—Pero usted es un verdadero émulo de Almeida y merece su piano... Lo que he prohibido tocar en él son vals...
El pianista, como agradeciendo entremedias de la conversación esa deferencia, tomó su mano y se la besó.
Aquel beso, ni de llegada ni de despedida, fué un verdadero beso de amor, pero dado con verdadero disimulo.
«¿Tendré que dar de mamar a éste también?»—se decía ella, que sabía que en el juego del amor hay esa figura, la primera que acudía a su mente cuando el nuevo amante se la insinuaba.
Por como juzgaba según ese ejemplo a los hombres, desechaba a los hombres de bigote porque no comprendía cómo podrían simular la actitud infantil.
La repugnaba pensar en la farsa que supondría someter a ese gesto al hombre de bigote negro.
Un momento estuvo pensativa sin saber cómo aceptar aquel beso que podía ser tan cumplimiento como uno de aquellos «mía señora» con que la había alfombrado la casa.
Por romper el silencio, le consultó:
—¿Quiere que invite mucha gente al concierto?
—Quisiera tocar para usted sola.
—Pero es necesario que los demás le admiren...
Palmyra que quería entonar la entrada en la Quinta de aquel hombre que ya había visto en ella la desamparada y la consumida, esperó la noche solemne de la fiesta para comenzar con grandeza su nuevo amor.