XXVI HERIDA HASTA EL ALMA
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Palmyra estaba dentro del proceso lento de la curación de heridas.
Vivía desarraigada de todo, en su rincón de fiebre, vencida por los colores amarillos y el dolor agudo de la cura de la tarde.
Todo podía complicarse, pero la herida se portaba bien, tenía testarudez en estar abierta, pero no se gangrenaba, era fresca y se mantenía gozando su abertura.
Hasta que la llegase ese día en que de pronto se cierra como una boca que se frunce y se aprieta.
En aquel dolor de sus heridas sentía más viva la rebeldía contra el mundo y amaba con más delirio los consuelos de su Quinta custodiada por las palmeras, con auras de salud entre las hojas de sus árboles.
El marino no sabía consolarla. Se le acabaron sus palabras de consuelo desde el primer momento.
El sólo servía para el consuelo inminente y enérgico.
Estaba impaciente. Le irritaba aquella espera del doctor durante todo el día.
Era el doctor el hombre principal de los días y él se sentía relegado en ese aire de disecación que crea el olor de las medicinas para las heridas.
Los grandes frascos con tapón de cristal contenían la salud que hay esparcida en las tardes de primavera.
Ella parecía la embarazada de todos los días, en un parto interminable lleno de ayes que se estampaban en las paredes.
Buenaventura se sentía algo así como culpable de aquella herida y parecía burlarse de ella al no estar él también herido.
El médico mismo le miraba como a quien se ha escapado a las heridas que tuvo la obligación de hacerse en la catástrofe.
Los vuelos atados de las palmeras le incitaban a irse.
Si ellas no podían, él podía desprenderse, pues para eso no era un árbol.
Un día, aprovechando el optimismo del atardecer, después de haberse ido el doctor conforme en que iba mejor todo, la enferma embellecida por las pomadas y llena del agua de colonia de las lociones de la cura, Buenaventura la planteó su marcha:
—Esto es lento... No estás para pasiones... Mi deber me reclama.
Palmyra, empapada en la salsa de las heridas, sonrió.
Conocía aquella traición, pero aquella vez le pareció más innoble. Herida en aquella excursión, al ser la víctima ella sola, lo había sido por abnegación, como salvándole a él y dándose en holocausto a la tragedia...
Palmyra dijo irritada:
—Te pudiste haber ido antes de la excursión al Palacio Ruso... Así no me vería como ves...
El encontró en aquellas palabras la injusticia que combate a la injusticia en la vida. Contestó, sin embargo, para contenerla en los ataques:
—¿Es que me vas a echar a mí la culpa?
Palmyra lloraba contra la almohada, gran esponja de lágrimas.
—Yo volveré...
Palmyra se destapó airada y dijo:
—El que se va no vuelve... No pienses volver jamás... No serías recibido... ¡Querrías que fuese una albergadora de caminantes! No... No vuelvas.
Aquel dominio del atardecido de la Quinta la hacía fuerte y todo el silencio la secundaba y la contestaba como un coro.
No había hombre lo bastante discreto para entrar en aquella alcurnia de la vida. Todos eran perláticos, desmañados, orgullosos de su infidelidad.
¡Qué cosa burda y ambiciosa se despertaba en aquel hombre!
La rudeza del hombre, su negación inesperada, su creerse misionario de una misión de viajes, surgía en él.
«Otro que tal», se dijo ella.
¿Cómo decirles que no tenían que hacer sino estarse quietos y no ser ridículos? No comprendían. Su locovelocidad era estúpida.
Todos parecían ir a decir siempre:
—Dame el gabán y el sombrero para irme a cualquier parte.
Ninguno se sabía quedar. Todos tan sentimentales, tan grandes, tan talentudos, con tanto carácter; pero ninguno sabía quedarse, aquel quedarse en que no había ninguna renuncia.
Elle se sentía más sabia que ninguno al apreciar lo que era aquella Quinta al borde del mundo y despreciaba a todos los hombres como a ladrones que huyen después de robar. Hasta la había enfriado el deseo el verles quererse ir agarrándose de los árboles con velocidad de monos inquietos y foragidos.
La prueba de la soledad hacía grande a su Quinta como un templo abandonado.
Todos querían ser transeuntes en aceras de las siete de la noche en ciudades americanizadas.
La parecían, en vez de seres humanos con una idea de su latido en la tierra, lenguados para las piscinas de los escaparates de joyería, una mezcla de cosa y ser que la dejaba fría.
No existía el héroe, que sería el que soportase la Quinta y se amansase en su recinto. Todos eran tan insensatos que no podían comprender el mundo, todos tenían la infatuación de irlo a buscar para comprenderlo en medio de sus caminos.
La despedida fué violenta, seca, entregándole con indiferencia su mano como de gallina muy cocida por la fiebre y repitiéndole al oirle insistir que volvería, un «no vuelvas nunca» sin reservas.
Todos quisieran volver alguna vez, pero no lo consentiría ella. Allí, o se quedaba el que fuese o no la alternaban con sus olvidos y sus otras conquistas. El único castigo de todos sería el de no poder volver. Nunca más.
Las palmeras asomando por la gran ventana, decían: «No, no», como aseverando el estribillo de Palmyra: «¡No vuelvas nunca! No te recibiría».
«No, no», decían las palmeras removidas.
La consolaba verlas desde su lecho como coro leal de su negación a dar nueva posada al que se iba.