VI LA ÚLTIMA AMAZONA
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Todavía montaba a caballo, pero ya no iba a los sitios en que parecía irse antes al montar a caballo. Se paseaba sólo por los paseos transitados y sabidos.
Engañaba aún a las gentes la amazona, pero ella tenía una gran tristeza en el corazón porque a caballo sobre todo se sabía que no hay sitio donde ir.
Era su caballo tan reluciente como unos zapatos recién lustrados, un caballo francés, al que llamaba «Rey».
—¡Roi...!—decía a veces en francés, como si eso la diese un aire más aristocrático y el caballo se calmase así más.
La última amazona salía sola a la tarde—muy pocas veces con Armando—y adquiría autoridad y personalidad sobre su caballo. Era su hora de generalísima.
Palmyra tomaba aire para su pecho y escondía ráfagas de salud dentro de su descote; todo para llevárselo a Armando, displicente, enredado hasta muy tarde con los licores y con el café ideal que ella le preparaba en tazas de oro, en cuyo fondo se quedaba el último sorbo que era como esencia de escarabajo pura.
La amazona, la última amazona, montaba dando empellones al aire con sus senos cuya ancha proa hacía que le fuese difícil al caballo romper el aire, porque todo el espacio se agolpaba para recibir el encontronazo.
Armando, que encontraba anticuado el hecho de que fuese amazona, la esperaba como si su paseo a caballo la renovase y como si sobre su caballo hubiese recibido nuevas fuerzas para el embite de la noche.
El camino portugués, solitario y arbolado, se encantaba con la amazona. Necesitaba esa emulación. Sólo por el hecho de que transite por los caminos una amazona, habrá más florecillas en las cunetas.
Palmyra era una amazona de pura sangre, que iba litografiándose en la soledad del camino, llenándole de su estampa, adornándole con una guirnalda de moños de gran rodete.
La devolvía nueva a la Quinta aquel paseo de después de comer sobre el caballo favorito, al que daba terrones de azúcar como una ecuyere.
Todo el paisaje portugués se conmovía con el paseo de Palmyra y se notaba después en el resto de la tarde la dulzura que había impuesto al ambiente el paso de la amazona. Hasta había algunos árboles del camino que la rozaban, que la querían abrazar.
Cumplía un deber Palmyra, un deber con la Quinta, con la puerta de la Quinta y con todo lo demás al salir sobre su caballo con el traje de etiqueta que exige el amazonismo y que es la vanidad del paisaje. Armando la había dicho:
—Eres la canela del paisaje, en el que dejas tus caminitos de canela, igual que los que pone la mano de la que hace arroz con leche sobre la superficie un tanto encallecida del dulce arroz.
Quedaba el paisaje dominado, enamorado, saciado con el paseo de la fina amazona de breve cintura clásica y busto en punta. Con los gestos que la amazona hacía con la fusta y que eran como de batir el aire, se quedaba flagelado y enervado el aire de la tarde.
—Día que no sales—la había dicho también Armando—es día en que todo parece más hostil y como si algo faltase en la toilette del panorama. Es como si el muy cochino del día no se afeitase, como si al no recibir tu visita estuviese descuidado y salvaje.
—Mi amazona, ven—la decía también él con un mimo nuevo, abrazándola efusivamente, encontrando en su busto un apresto y una dureza que había adquirido petando con todo el camino, sobre todo con las vueltas.
Ya era una cosa más de su toilette volver así, triunfadora, con la levita orgullosa, un poco desmelenada, con tierra en los ojos, con la nariz agudizada.
—Traes las enaguas purificadas de la amazona—la decía Armando—, y traes unos labios nuevos que has recogido en el campo como se recoge el fresón de debajo de las hojas que tratan de ocultarlo.
También la repetía entre sorprendido e irónico:
—Nunca creí que fuese tan importante ser amazona... Resultas la madrina del paisaje... Madrina de bautizo y madrina de boda al mismo tiempo.
Volvía hecha, robustecida, con un secreto nuevo; pero todo eso se iba adelgazando, consumiendo, olvidando hacia la noche. Era el botín que traía la amazona como esas flores rústicas de las jaras oleaginosas, que se ablandan y moquean en la planta en cuanto pasan unas horas de haber sido arrancadas.
Había pasado por los más rústicos caminos. Los caminos solos, soleados y lejanos, de Portugal; los caminos llenos de las antiguas fábulas y las viejas consejas, en que no sólo figuran hidalgos aldeanos rústicos como en los de Galicia, sino reyes y finos aristócratas y damas de habla fina y cortesana.
Había hecho la dueña de la Quinta lo que tenía que hacer. Se había sacrificado a la cortesía que merecían los alrededores campestres que para eso les estaban obligados, sumisos, y eran la creación serena de sus vidas. Había hecho la visita al campo que lo mantenía propicio. Armando la daba en pago los besos de la gratitud y abrazaba su pecho en levitado, en el que tropezaba con la doble fila de botones.
Después Palmyra se ponía muy de casa y aparecían de nuevo sus brazos desnudos. Eso la volvía la mujer débil, íntima, delicada, cohibida. El, como quien toca el arpa de un cuerpo, la acariciaba los brazos de arriba a abajo, de arriba a abajo.
El gran salón se llenaba de una expectación, de una rotonda de luz en que se esperaban obispos, virreyes, magnates, que viniesen a intrigar y a hacer la tertulia. En definitiva sólo era una jaula demasiado grande, de esas jaulas historiadas que entristecen a los pájaros más que las jaulas íntimas.
En el patio del estanque gritaban los patos como si siempre les persiguiese la mano del matarife, como si fuesen a cogerles para echarles al caldo hirviente.
Le molestaba a Armando aquel griterío asustado, urgente, desesperado.
Le daban ganas de asomarse al balcón y gritarles:
—¡Calmaos, que no os van a hacer nada! ¡Cobardes, más que cobardes!