← Table of contents
El Diablo Cojuelo

TRANCO II

Reading edition

Quedó don Cleofás absorto en aquella pepitoria[130] humana de tanta diversidad de manos, pies y cabezas, y haciendo grandes admiraciones, dijo:

—¿Es posible que para tantos hombres, mujeres y niños hay[131] lienzo para colchones, sábanas y camisas? Déjame que me asombre que entre las grandezas de la Providencia divina no sea ésta la menor.

Entonces el Cojuelo, previniéndole, le dijo:

—Advierte que quiero empezar a enseñarte distintamente, en este teatro donde tantas figuras representan, las más notables, en cuya variedad está su hermosura. Mira allí primeramente cómo están sentados muchos caballeros y señores a una mesa opulentísima, acabando una media noche[132]; que eso les han quitado a los relojes no más.

Don Cleofás le dijo:

—Todas esas caras conozco; pero sus bolsas no, si no es para servillas[133].

—Hanse pasado a los estranjeros, porque las trataban muy mal estos príncipes cristianos—dijo el Cojuelo—, y se han quedado, con las caponas[134], sin ejercicio.

—Dejémoslos cenar—dijo don Cleofás—, que yo aseguro que no se levanten de la mesa sin haber concertado un juego de cañas para cuando Dios fuere servido, y pasemos adelante; que a estos magnates los más de los días les beso yo las manos, y estas caravanas las ando yo las más de las noches, porque he sido dos meses culto vergonzante de la proa[135] de uno de ellos y estoy encurtido de excelencias y señorías, solamente buenas para veneradas.

—Mira allí—prosiguió el Cojuelo—cómo se está quejando de la orina un letrado, tan ancho de barba[136] y tan espeso, que parece que saca un delfín la cola por las almohadas. Allí está pariendo doña Fáfula[137], y don Toribio su indigno consorte, como si fuera suyo lo que paría, muy oficioso y lastimado; y está el dueño de la obra a pierna suelta en esotro barrio, roncando y descuidado del suceso. Mira aquel preciado de lindo, o aquel lindo de los más preciados, cómo duerme con bigotera[138] torcidas de papel en las guedejas y el copete[139], sebillo en las manos[140], y guantes descabezados[141], y tanta pasa[142] en el rostro, que pueden hacer colación[143] en él toda la cuaresma que viene. Allí, más adelante, está una vieja, grandísima hechicera, haciendo en un almirez una medicina de drogas restringentes para remendar una doncella sobre su palabra[144], que se ha de desposar mañana. Y allí, en aquel aposentillo estrecho, están dos enfermos en dos camas, y se han purgado juntos, y sobre quién ha hecho más cursos[145], como si se hubieran de graduar en la facultad, se han levantado a matar a almohadazos. Vuelve allí, y mira con atención cómo se está untando una hipócrita a lo moderno, para hallarse en una gran junta de brujas que hay entre San Sebastián y Fuenterrabía, y a fe que nos habíamos de ver en ella si no temiera el riesgo de ser conocido del demonio que hace[146] el cabrón, porque le di una bofetada a mano abierta en la antecámara de Lucifer, sobre unas palabras mayores que tuvimos; que también entre los diablos hay libro del duelo[147], porque el autor que le compuso es hijo de vecino del infierno. Pero mucho más nos podemos entretener por acá, y más si pones los ojos en aquellos dos ladrones que han entrado por un balcón en casa de aquel estranjero rico, con una llave maestra, porque las ganzúas son a lo antiguo, y han llegado donde está aquel talego de vara y media estofado de patacones[148] de a ocho, a la luz de una linterna que llevan, que, por ser tan grande y no poder arrancalle de una vez, por el riesgo del ruido, determinan abrille, y henchir las faltriqueras y los calzones, y volver otra noche por lo demás, y comenzando a desatalle, saca el tal estranjero (que estaba dentro dél guardando su dinero, por no fialle de nadie) la cabeza, diciendo: «Señores ladrones, acá estamos todos»[149], cayendo espantados uno a un lado y otro a otro, como resurreción de aldea[150], y se vuelven gateando a salir por donde entraron.

—Mejor fuera—dijo don Cleofás—que le hubieran llevado sin desatar en el capullo de su dinero, porque no le sucediera ese desaire, pues que cada estranjero es un talego bautizado[151]; que no sirven de otra cosa en nuestra república y en la suya, por nuestra mala maña.

Pero, ¿quién es aquella abada[152] con camisa de mujer, que no solamente la cama le viene estrecha, sino la casa y Madrid, que hace roncando más ruido que la Bermuda[153], y, al parecer, [bebe][154] cámaras de tinajas y come jigotes de bóvedas?

—Aquélla ha sido cuba de Sahagún[155], y no profesó—dijo el Cojuelo—si no es el mundo de agora, que está para dar un estallido, y todo junto puede ser siendo quien es: que es una bodegonera tan rica, que tiene, a dar[156] rocín por carnero y gato por conejo a los estómagos del vuelo[157], seis casas en Madrid, y en la puerta de Guadalajara[158] más de veinte mil ducados, y con una capilla que ha hecho para su entierro y dos capellanías que ha fundado, se piensa ir al cielo derecha; que aunque pongan una garrucha en la estrella de Venus y un alzaprima en las Siete Cabrillas, me parece que será imposible que suba allá aquel tonel; y como ha cobrado buena fama[159], se ha echado a dormir de aquella suerte.

—Aténgome—dijo don Cleofás—a aquel caballero tasajo que tiene el alma en cecina, que ha echado de ver que es caballero en un hábito[160] que le he visto en una ropilla[161] a la cabecera, y no es el mayor remiendo que tiene, y duerme enroscado como lamprea empanada, porque la cama es media sotanilla, que le llega a las rodillas no más.

—Aquél—dijo el Cojuelo—es pretendiente, y está demasiado de gordo y bien tratado para el oficio que ejercita. Bien haya aquel tabernero de Corte, que se quita de esos cuidados y es cura de su vino, que le está bautizando en los pellejos y las tinajas, y a estas horas está hecho diluvio[162] en pena, con su embudo en la mano, y antes de mil años[163] espero verle jugar cañas[164] por el nacimiento de algún príncipe.

—¿Qué mucho—dijo don Cleofás—si es tabernero y puede emborrachar a la Fortuna?

—No hayas miedo—dijo el Cojuelo—que se vea en eso aquel alquimista que está en aquel sótano con unos fuelles, inspirando una hornilla llena de lumbre, sobre la cual tiene un perol con mil variedades de ingredientes, muy presumido de acabar la piedra filosofal y hacer el oro; que ha diez años que anda en esta pretensión, por haber leído el arte de Reimundo Lulio y los autores químicos que hablan[165] en este mismo imposible.

—La verdad es—dijo don Cleofás—que nadie ha acertado a hacer el oro si no es Dios, y el sol, con comisión particular suya.

—Eso es cierto—dijo el Cojuelo—, pues nosotros no hemos salido con ello. Vuelve allí, y acompáñame a reír de aquel marido y mujer, tan amigos de coche, que todo lo que habían de gastar en vestir, calzar y componer su casa lo han empleado en aquel que está sin caballos agora, y comen y cenan y duermen dentro dél, sin que hayan salido de su reclusión, ni aun para las necesidades corporales, en cuatro años que ha que le compraron[166]; que están encochados, como emparedados, y ha sido tanta la costumbre de no salir dél, que les sirve el coche de conchas, como a la tortuga y al galápago, que en tarascando cualquiera dellos la cabeza fuera dél, la vuelven a meter luego, como quien la tiene fuera de su natural, y se resfrían y acatarran en sacando pie, pierna o mano desta estrecha religión; y pienso que quieren ahora labrar un desván en él para ensancharse y alquilalle a otros dos vecinos tan inclinados a coche, que se contentarán con vivir en el caballete dél.

—Esos—dijo don Cleofás—se han de ir al infierno en coche y en alma.

—No es penitencia para menos—respondió el Cojuelo—. Diferentemente le sucede a esotro pobre y casado, que vive en esotra casa más adelante, que después de no haber podido dormir desde que se acostó, con un órgano al oído de niños tiples, contraltos, terceruelas[167] y otros mil guisados de voces que han inventado para llorar, ahora que se iba a trasponer un poco, le ha tocado a rebato un mal de madre de su mujer, tan terrible, que no ha dejado ruda en la vecindad[168], lana ni papel quemado, escudilla untada con ajo, ligaduras, bebidas, humazos y trescientas cosas más[169], y a él le ha dado, de andar en camisa, un dolor de ijada, con que imagino que se ha de desquitar del dolor de madre de su mujer.

—No están tan despiertos en aquella casa—dijo don Cleofás—donde está echando una escala aquel caballero que, al parecer, da asalto al cuarto y a la honra del que vive en él; que no es buena señal, habiendo escaleras dentro, querer entrar por las de fuera.

—Allí—dijo el Cojuelo—vive un caballero viejo y rico que tiene una hija muy hermosa y doncella, y rabia por dejallo de ser con un marqués, que es el que da la escalada, que dice que se ha de casar con ella, que es papel que ha hecho con otras diez u doce, y lo ha representado mal; pero esta noche no conseguirá lo que desea, porque viene un alcalde de ronda, y es muy antigua costumbre de nosotros ser muy regatones[170] en los gustos, y, como dice vuestro refrán, si la podemos dar roma, no la damos aguileña[171].

—¿Qué voces—dijo don Cleofás—son las que dan en esotra casa más adelante, que parece que pregonan algún demonio que se ha perdido?

—No seré yo, que me he rescatado—dijo el Cojuelo—, si no es que me llaman a pregones del infierno por el quebrantamiento de la redoma; pero aquél es un garitero que ha dado esta noche ciento y cincuenta barajas, y se ha endiablado de cólera porque no le han pagado ninguna y se van los actores y los reos con las costas en el cuerpo, tras una pendencia de barato[172] sobre uno que juzgó mal una suerte, y los mete en paz aquella música que dan a cuatro voces en esotra calle unos criados de un señor a una mujer de un sastre que ha jurado que los ha de coser a puñaladas[173].

—Si yo fuera el marido—dijo don Cleofás—, más los tuviera por gatos que por músicos.

—Agora te parecerán galgos—dijo el Cojuelo—, porque otro competidor de la sastra, con una gavilla de seis o siete, vienen sacando las espadas, y los Orfeos de la maesa, reparando la primera invasión con las guitarras, hacen una fuga[174] de cuatro o cinco calles. Pero vuelve allí los ojos, verás cómo se va desnudando aquel hidalgo que ha rondado toda la noche, tan caballero del milagro[175] en las tripas como en las demás facciones, pues quitándose una cabellera, queda calvo; y las narices de carátula, chato; y unos bigotes postizos, lampiño; y un brazo de palo, estropeado; que pudiera irse más camino de la sepoltura que de la cama. En esotra casa más arriba está durmiendo un mentiroso con una notable pesadilla, porque sueña que dice verdad. Allí un vizconde, entre sueños, está muy vano porque ha regateado la excelencia a un grande. Allí está muriendo un fullero, y ayudándole a bien morir un testigo falso, y por darle la bula de la Cruzada, le da una baraja de naipes, porque muera como vivió, y él, boqueando, por decir «Jesús», ha dicho «flux». Allí, más arriba, un boticario está mezclando la piedra bezar[176] con los polvos de sen. Allí sacan un médico de su casa para una apoplejía que le ha dado a un obispo. Allí llevan aquella comadre para partear a una preñada de medio ojo[177], que ha tenido dicha en darle los dolores a estas horas. Allí doña Tomasa, tu dama, en enaguas, está abriendo la puerta a otro; que a estas horas le oye de amor.

—Déjame—dijo don Cleofás—: bajaré sobre ella a matarla a coces.

—Para estas ocasiones se hizo el tate, tate[178]—dijo el Cojuelo—; que no es salto para de burlas. Y te espantas de pocas cosas[179]: que sin este enamorado murciégalo[180], hay otros ochenta, para quien[181] tiene repartidas las horas del día y de la noche.

—¡Por vida del mundo—dijo don Cleofás—que la tenía por una santa!

—Nunca te creas de ligero—le replicó el Diablillo—. Y vuelve los ojos a mi Astrólogo, verás con las pulgas y inquietud que duerme: debe de haber sentido pasos en su desván y recela algún detrimento de su redoma. Consuélese con su vecino, que mientras está roncando a más y mejor, le están sacando a su mujer, como muela, sin sentillo, aquellos dos soldados.

—Del mal lo menos—dijo don Cleofás—; que yo sé del marido ochodurmiente[182] que dirá[183] cuando despierto lo mismo.

—Mira allí—prosiguió el Cojuelo—aquel barbero, que soñando se ha levantado, y ha echado unas ventosas a su mujer, y la ha quemado con las estopas las tablas de los muslos, y ella da gritos, y él, despertando, la consuela diciendo que aquella diligencia es bueno que esté hecha para cuando fuere menester. Vuelve allí los ojos a aquella cuadrilla de sastres que están acabando unas vistas[184] para un tonto que se casa a ciegas, que es lo mismo que por relación, con una doncella tarasca, fea, pobre y necia, y le han hecho creer al contrario con un retrato que le trujo un casamentero, que a estas horas se está levantando con un pleitista que vive pared y medio dél[185], el uno a cansar ministros y el otro a casar todo el linaje humano; que solamente tú, por estar tan alto, estás seguro deste demonio, que en algún modo lo es más que yo. Vuelve los ojos y mira aquel cazador mentecato del gallo[186], que está ensillando su rocín a estas horas y poniendo la escopeta debajo del caparazón, y deja de dormir de aquí a las nueve de la mañana por ir a matar un conejo, que le costaría mucho menos aunque le comprara en la despensa de Judas[187]. Y al mismo tiempo advierte cómo a la puerta de aquel rico avariento echan un niño, que por partes de[188] su padre puede pretender la beca del Antecristo[189], y él, en grado de apelación, da con él en casa de un señor que vive junto a la suya, que tiene talle de comérselo antes que criallo, porque ha días que su despensa espera el domingo de casi ración[190]. Pero ya el día no nos deja pasar adelante; que el agua ardiente y el letuario[191] son sus primeros crepúsculos, y viene el sol haciendo cosquillas a las estrellas, que están jugando a salga la parida[192], y dorando la píldora[193] del mundo, tocando al arma a tantas bolsas y talegos y dando rebato a tantas ollas, sartenes y cazuelas, y no quiero que se valga de mi industria para ver los secretos que le negó la noche: cuéstele brujeleallo por resquicios, claraboyas y chimeneas.

Y volviendo a poner la tapa al pastelón, se bajaron a las calles.

Notes in this chapter

Note 1 · Nombrábase pepitoria a un guisado que se hacía con los cuellos, manos y pies de las aves. Era plato propio de sábado, día en que no se podíaNote 2 · Haya, diríamos hoy.Note 3 · Era hacer media noche, según Covarrubias, «vn abuso grande de aguardar a que den las doze del Viernes en la noche para comer vna olla regalaNote 4 · No conocer a uno si no para servirle es frase de comedimento que, por usual, no debiera faltar en el Diccionario de la Academia. Vélez vuelvNote 5 · Llamóse llave capona o capona a secas, la que honoríficamente se concede a ciertos gentilhombres de la cámara real, sin ejercicio ni serviduNote 6 · A propósito de esta frase, Pérez y González recordó (pág. 75 de su mencionada obra) que se llamaba proa a la parte delantera del coche; que Note 7 · Tanto era la barba cosa indispensable para los letrados, que dijo Quevedo en una de las letrillas de su Musa V: «Deseado he desde niño, y anNote 8 · Doña Fáfula, como si dijera doña Fulana, o doña Fabulana, nombre este último que aun suele oírse en Andalucía, y con el cual parece tener esNote 9 · La bigotera está definida en el Diccionario académico; y que los presumidos solían ponérsela para dormir, para no descomponer sus bigotes, cNote 10 · El uso masculino de los copetes y guedejas, por denotador de vil afeminamiento, fué prohibido en 1617; pero de tal manera continuó y aun se Note 11 · Mujeres y lindos cuidaban mucho de sus manos y de sus rostros, y para adobar éstos y aquéllas hacían mil extravagancias, y hasta verdaderas Note 12 · Descabezados, para poder usar de las yemas de los dedos y valerse de las manos aun teniéndolas untadas con los sebillos. Porque es de notar Note 13 · De estas pasas hablaba Areusa en el acto IX de La Celestina, levantando, por ruin envidia, mal testimonio a Melibea: «Todo el año se está enNote 14 · La colación de los ayunadores solía consistir en un poco de pan y dos o tres docenas de pasas.Note 15 · Una doncella sobre su palabra, es decir, una que sólo tenía de doncella el hacerse pasar por tal.Note 16 · Vélez de Guevara juega del vocablo curso en dos de sus acepciones. También en esto le había precedido Quevedo, al relatar en un desenfadado Note 17 · Hacer, en su frecuente acepción de representar.Note 18 · Quizá se refiere a Il Dvello del Mutio Iustinopolitano, libro del cual se hicieron varias ediciones, muy difundidas en España, por nuestra cNote 19 · Antes y más propiamente que el Diccionario de autoridades definió el patacón César Oudin, en su Tresor des devx langves...: «Patacón, monnoyNote 20 · Con sus propias palabras se llama ladrón al que iba a ser robado. La frase acá estamos todos tuvo origen, según el vulgo, en un cuentecillo Note 21 · «Alude—dice el señor Bonilla—a los autos o misterios populares de la Resurrección de Cristo, en que al descender el ángel del cielo y revolvNote 22 · Algo que dije de Sevilla en el discurso preliminar de mi edición crítica de Rinconete y Cortadillo (Sevilla, 1905), página 13, es aplicable Note 23 · Abada, o bada, que equivale a rinoceronte.Note 24 · La Bermuda, como explicó Pérez y González (pág. 80 de El Diablo Cojuelo: notas y comentarios), «era la isla principal del grupo descubierto Note 25 · En el texto original falta la palabra bebe, que suplo, como el señor Bonilla.Note 26 · De la renombrada cuba de Sahagún dijo Covarrubias en su Tesoro, compuesto en los primeros años del siglo XVII, que «cabía tantas mil cántaraNote 27 · A dar, como si dijera en dar, que equivale a dando, porque es sabido que el infinitivo con en antepuesto equivale al gerundio. Véanse algunoNote 28 · Como nota el señor Bonilla, Vélez de Guevara se refiere «a los huéspedes que como aves de paso paran en la posada, y reparan poco, porque noNote 29 · La puerta de Guadalajara, que era una de las más famosas de Madrid, estaba situada en la calle Mayor, enfrente de la entrada o embocadura deNote 30 · Es reminiscencia del refrán que dice: Cobra buena fama, y échate a dormir.Note 31 · Hábito, en su antigua acepción de insignia con que se distinguen las órdenes militares. «Cauallero de abito—dice Covarrubias—, el que trae eNote 32 · La ropilla, como dice el Diccionario de autoridades, era «vestidura corta con mangas y brahones, de quienes penden regularmente otras mangasNote 33 · Diluvio en pena, como alma en pena.Note 34 · Antes de mil años, es decir, antes que pase mucho tiempo. Es hipérbole andaluza: bien se echa de ver quién habla por boca del Cojuelo.Note 35 · Como el jugar cañas era propio de caballeros, con estas palabras indica el Diablillo que pronto había de subir de categoría el tabernero bauNote 36 · Hablar en un asunto o negocio, que hoy decimos hablar de. Era régimen usualísimo en los siglos XVI y XVII (Quijote, I, 193, 10; III, 17, 4; Note 37 · También aquí sigue Vélez los pasos de Quevedo, que dijo en su Sátira a los coches (Musa VII): «Tras aquéllos llegó al puesto vn coche verde,Note 38 · Para el señor Bonilla, terceruela «puede ser la tercera menor o semitono». Y yo, que tampoco sé lo que es terceruela—digo, a qué terceruelasNote 39 · Todos estos son remedios populares para el mal de madre, muy usados cuando escribía Vélez y cuando, siglo y medio antes, compuso Rojas La CeNote 40 · Y trescientas cosas más es frase tomada del bordoncillo de un antiguo disparatorio que empieza: «Parió Marina en Orgaz, y tañeron, y cantaroNote 41 · Regatones, que hoy más bien diríamos regateadores, aunque esta palabra falta en el Diccionario. Regatear—dice Covarrubias—, «procurar abaxarNote 42 · Si la podemos dar roma, no la demos aguileña, dice el refrán, aludiendo a moza, y no a nariz, contra lo que opina el señor Bonilla. Es dichoNote 43 · Refiérese a una de las muchas pendencias que se promovían en los mandrachos o casas de juego sobre dar barato a los mirones que actuaban comNote 44 · Deslizáronsele aquí a Vélez dos versos endecasílabos: «...a una mujer de un sastre que ha jurado que los ha de coser a puñaladas.»Note 45 · Juega del vocablo fuga en sus dos acepciones musical y de huída, y alude a la frecuencia con que huían los músicos callejeros al primer asomNote 46 · Lo más corriente era llamar caballero del milagro, no a un sujeto como el que pinta Vélez, sino al que vivía bien, y hasta aparatosamente, sNote 47 · De la piedra bezar, «concreción calcárea que suele encontrarse en las vías digestivas y en las urinarias de algunos cuadrúpedos», escribió uNote 48 · Dice preñada de medio ojo para indicar que ocultaba su preñez, como ocultaban el rostro las que se tapaban de medio ojo. De éstas habrá ocasNote 49 · De tate se hacía festivamente una persona, anteponiéndole Pero, que es, a la vez que conjunción, nombre propio (Per, Pero, Pedro). Calderón,Note 50 · Pocas cosas equivale a cosas menudas o de poco momento. Cervantes, Quijote, I, 20: «... y no querría que pocas cosas penase mi ánima en el oNote 51 · Murciégalo (de mur y caeculus) como aún lo dice el vulgo, más etimológicamente que los que, con una metátesis innecesaria decimos murciélagoNote 52 · Quien, haciendo a plural, cosa frecuentísima en nuestros escritores de los siglos XVI y XVII.Note 53 · Como recuerda el señor Bonilla, llamaron los Siete Durmientes «a siete hermanos que se dice sufrieron martirio en Éfeso, en tiempo del emperNote 54 · Es decir, que dirá que no lo siente. Juega del vocablo sentir, en dos de sus acepciones.Note 55 · «Vistas—dice el Diccionario de autoridades—llaman los vestidos y tocador que los novios envían a sus futuras esposas.»Note 56 · Contra lo que ligeramente pudiera imaginarse, pared y medio no es errata por pared en medio. «Error de caja» lo creyó el señor Fitzmaurice-KNote 57 · Del gallo, es decir de la hora en que canta el gallo, queriendo ya venir el día.Note 58 · Porque de Judas se dice que fué despensero, y los despenseros acaparaban muchos mantenimientos para venderlos a precios elevadísimos. Es freNote 59 · Por partes de, y no por por parte de, como habría enmendado Clemencín si hubiese editado la presente novelita. Por partes de, o de partes deNote 60 · Pregunta el señor Bonilla: «¿Querrá decir Vélez que el padre de ese niño era infiel (judío o moro)?» No, ciertamente—respondo—, sino que eseNote 61 · Debiera decir Vélez el domingo de cuasi ración, para que recordase mejor el de Cuasimodo, al cual quiso referirse.Note 62 · Llamaban letuario, lectuario, electuario, a cierto género de conserva, ya medicinal o ya simplemente alimenticia, como la que solía tomarse Note 63 · Contra lo que dijo Durán y copió Bonilla, el juego de salga la parida no consiste en gritar los muchachos «ese refrán(?) cuando observan queNote 64 · Llama píldora al mundo, por lo esférico.
Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings