← Table of contents
El Diablo Cojuelo

TRANCO VII

Reading edition

El Estudiante se incorporó entonces, supliendo con bostezos y esperezos lo que le faltaba por dormir, y prosiguió el Diablillo, diciendo:

—Todo este estruendo trae consigo la casa de la Fortuna, que pasa al Asia Mayor a asistir a una batalla campal entre el Mogor y el Sofí, para dar la victoria a quien menos la mereciere. Escucha y mira; que esta que pasa es su recámara, y en lugar de acémilas van mercaderes y hombres de negocios que llaman, cargados de cajas de moneda de oro y plata, con reposteros bordados encima con las armas de la Fortuna, que son los cuatro vientos, y un harpón en una torre, moviéndose a todos cuatro, sogas y garrotes del mismo metal que llevan, y, con ir con tanto peso, van descansados, a su parecer. Esta tropa inumerable que pasa ahora mal concertada es de oficiales de boca, cocineros, mozos de cocina, botilleres, reposteros, despenseros, panaderos, veedores, y la demás canalla que toca a la bucólica. Estos que vienen agora a pie, con fieltros blancos terciados por los hombros, son lacayos de la Fortuna, que son los mayores ingenios que ha tenido el mundo, entre los cuales va Homero, Píndaro, Anacreonte, Virgilio, Ovidio, Horacio, Silio Itálico, Lucano, Claudiano, Estacio Papinio, Juvenal, Marcial, Catulo, Propercio, el Petrarca, Sanazaro, el Taso, el Bembo, el Dante, el Guarino, el Ariosto, el caballero Marino, Juan de Mena, Castillejo, Gregorio Hernández, Garci Sánchez, Camoes y otros muchos que han sido en diferentes provincias príncipes de la Poesía.

—Por cierto que han medrado poco—dijo el Estudiante—, pues no han pasado de lacayos de la Fortuna.

—No hay en su casa—dijo el Cojuelo—quien tenga lo que merece.

—¿Qué escuadrón es éste tan lucido, con joyas de diamantes y cadenas y vestidos lloviendo oro y perlas—prosiguió el Estudiante—, que llevan tantos pajes en cuerpo que los alumbran con tantas hachas blancas, y van sobre filósofos antiguos que les sirven de caballos, de tan malos talles, que los más son corcovados, cojos, mancos, calvos, narigones, tuertos, zurdos y balbucientes?

—Éstos son—dijo el Cojuelo—potentados, príncipes y grandes señores del mundo, que van acompañando a la Fortuna, de quien han recibido los estados y las riquezas que tienen, y, con ser tan poderosos y ricos, son los más necios y miserables de la tierra.

—¡Buen gusto ha tenido la Fortuna, por cierto!—dijo don Cleofás—. ¡Bien se le parece[404] que tiene nombre de mujer: que escoge lo peor!

—Primero lo debieron a la naturaleza—respondió el Cojuelo, y prosiguió diciendo—; Aquel gigante que viene sobre un dromedario, con un ojo, y ése ciego, solamente, en la mitad de la frente, con un árbol en las manos de suma magnitud, lleno de bastones, mitras, laureles, hábitos, capelos, coronas y tiaras, es Polifemo, que después que le cegó Ulises, le ha dado la Fortuna a cargo aquella escarpia de dignidades, para que las reparta a ciegas y va siempre junto al carro triunfal de la Fortuna, que es aquel que le tiran cincuenta emperadores griegos y romanos, y ella viene cercada de faroles de cristal, con cirios pascuales encendidos dentro dellos, sobre una rueda llena de arcaduces de plata, que siempre está llenándolos y vaciándolos de viento, y esotro pie, en el elemento mismo, que está lleno de camaleones que le van dando memoriales, y ella rompiéndolos. Ahora vienen siguiéndola sus damas en elefantes, con sillones de oro sembrados de balajes, rubíes y crisólitos. La primera es la Necedad, camarera mayor suya, y aunque fea, muy favorecida. La Mudanza es esotra, que va dando cédulas de casamiento, y no cumpliendo ninguna. Esotra es la Lisonja, vestida a la francesa de tornasoles de aguas, y lleva en la cabeza un iris de colores por tocado, y en cada mano cien lenguas. Aquella que la sucede, vestida de negro, sin oro ni joya, de linda cara y talle, que viene llorosa, es la Hermosura: una dama muy noble y muy olvidada de los favores de su ama. La Envidia la sigue y la persigue, con un vestido pajizo, bordado de basiliscos y corazones.

—Siempre esa dama—dijo don Cleofás—come grosura[405]: que es halcón de las alcándaras de palacio.

—Esotra que viene—prosiguió el Cojuelo—, que parece que va preñada, es la Ambición, que está hidrópica de deseos y de imaginaciones. Esotra es la Avaricia, que está opilada de oro[406], y no quiere tomar el acero[407], porque es más bajo metal. Aquellas que vienen, con tocas largas y antojos, sobre minotauros[408], son la Usura, la Simonía, la Mohatra, la Chisme[409], la Baraja[410], la Soberbia, la Invención, la Hazañería, dueñas de la Fortuna. Los que vienen galanteando a estas señoras todas y alumbrándolas con antorchas de colores diferentes son ladrones, fulleros, astrólogos, espías, hipócritas, monederos falsos, casamenteros, noveleros, corredores[411], glotones y borrachos. Aquel que viene sobre el asno de oro[412] de Lucio Apuleyo es Creso, mayordomo mayor de la Fortuna, y a su mano izquierda, Astolfo, su caballerizo mayor. Aquellos que van sobre cubas con ruedas y velicómenes[413] en las manos, dando carcajadas de risa, son sus gentiles hombres de la copa, que han sido taberneros de Corte primero. Aquella escuadra de selvajes[414] que vienen en jumentos de albarda son contadores, tesoreros, escribanos de raciones, administradores, historiadores, letrados, correspondientes[415], agentes de la Fortuna, y llevan manos de almireces por plumas, y por papel, pieles de abadas. Tras dellos viene una silla de manos, bordada de trofeos, para las visitas de la Fortuna; los silleros son Pitágoras, Diógenes, Aristóteles, Platón, y otros filósofos para remudar, con camisolas y calzones de tela de nácar, herrados los rostros con eses y clavos[416]. Aquellos que vienen agora de tres en tres, sobre tumbas enlutadas, a la jineta y a la brida, son médicos de la cámara y de la familia, boticarios y barberos de la Fortuna. Agora cierra todo este escuadrón y acompañamiento aquella prodigiosísima torre andante, que es la de Babilonia, llena de gigantes, de enanos, de bailarines y representantes, de instrumentos músicos y marciales, de voces, de algazaras, que se ven y oyen por infinitas ventanas que tiene el edificio, coronadas de luminarias y flechando girándulas[417] y cohetes voladores[418]; y en un balcón grande de la fachada va la Esperanza: una jayana vestida de verde, muy larga de estatura, y muchos pretendientes por abajo, a pie, soldados, capitanes, abogados, artífices y profesores de diferentes ciencias, mal vestidos, hambrientos y desesperados, dándola voces, y con la confusión no se entienden los unos a los otros, ni los otros a los unos. Y por otro balcón del lado derecho va la Prosperidad, coronada de espigas de oro y vestida de brocado de tres altos[419], bordado de las cuatro estaciones del año, sembrando talegos sobre muchos mentecatos ricos, que van en literas roncando, que no los han menester y piensan que los sueñan. Ahora sigue todo este aparato una infinita tropa de carros largos, llenos de comida y vestidos de mujeres y de hombres, que es la guardarropa de la Fortuna; y con ir tantos como la siguen desnudos y hambrientos, no les da un bocado que coman ni un trapo con que se cubran, y aunque los repartiera con ellos, no les vinieran bien, que están hechos solamente a medida de los dichosos.

Seguía este carruaje un escuadrón volante de locos, a pie, y a caballo, y en coches, con diferentes temas, que habían perdido el juicio de varios sucesos de la Fortuna por mar y por tierra, unos riéndose, otros llorando, otros cantando, otros callando, y todos renegando della[420]; y no tomaba de otros parecer, diligencia para no acertar nada, desapareciendo toda esta máquina confusa una polvareda espantosa, en cuyo temeroso piélago se anegó toda esta confusión, llegando el día, que fué mucho que no se perdiera el sol con la grande polvareda, como don Beltrán[421] de los planetas, subiéndose los dos camaradas la cuesta arriba a la recién bautizada ciudad de Carmona[422], atalaya del Andalucía, de cielo tan sereno[423], que nunca le tuvo, y adonde no han conocido al catarro si no es para serville[424]; y tomando refresco de unos conejos y unos pollos en un mesón que se llama de los Caballeros, pasaron a Sevilla, cuya giralda y torre[425] tan celebrada se descubre desde la venta de Peromingo[426] el Alto, tan hija de vecino de los aires, que parece que se descalabra en las estrellas.

Admiró a don Cleofás el sitio de su dilatada población, y de la que hacen tantos diversos bajeles en el Guadalquivir, valla de cristal de Sevilla y de Triana[427], distinguiéndose de más cerca la hermosura de sus edificios, que parece que han muerto vírgines[428] y mártires, porque todos están con palmas en las manos, que son las que se descuellan de sus peregrinos pensiles, entre tantos cidros, naranjos, limones, laureles y cipreses; llegando en breve espacio a Torreblanca, una legua larga desta insigne ciudad, desde donde comienza su Calzada y los caños de Carmona, hermosísima puente de arcos, por donde entra el río Guadaira[429] en Sevilla, cuya hidrópica sed se le bebe todo, sin dejar apenas una gota para tributar al mar, que es solamente el río en todo el mundo que está previligiado deste pecho[430]; haciendo mayor la belleza desta entrada infinitas granjas, por una parte y por otra, que en cada una se cifra un jardín terrenal, granizando azahares, mosquetas y jazmines reales. Y al mismo tiempo que ellos iban llegando a la puerta de Carmona, atisbó el Cojuelo entrar por ella a caballo, con vara alta y los dos corchetes que sacó del infierno, a Cienllamas; y volviéndose a don Cleofás, le dijo:

—Aquel que entra por la puerta de Carmona es comisario de mis amos, que viene contra mí a Sevilla: menester es guardarnos.

—No se me da dos blancas[431]—dijo don Cleofás—; que yo estoy matriculado en Alcalá, y no tiene ningún tribunal juridicción[432] en mi persona; y fuera de eso, dicen que es Sevilla lugar tan confuso, que no nos hallarán, si queremos, todos cuantos hurones tiene Lucifer y Bercebú[433].

Entrándose en la ciudad los dos a buen paso y guiando el Cojuelo, la barba sobre el hombro[434], fueron hilvanando calles, y, llegando a una plazuela, reparó don Cleofás en un edificio sumptuoso de unas casas que tenían una portada ostentosa de alabastro y unos corredores dilatados de la misma piedra. Preguntóle don Cleofás al Cojuelo qué templo era aquél, y él le respondió que no era templo, aunque tenía tantas cruces de Jerusalén del mismo relieve de mármol, sino las casas de los duques de Alcalá, marqueses de Tarifa[435], conde de los Molares y adelantados mayores de Andalucía, cuya grandeza ha heredado hoy el gran Duque de Medina Celi, por falta de hijos herederos, que aunque fuera mayor, no le hiciera más: que por Fox y Cerda es lo más que puede ser.

—Ya conozco ese príncipe—dijo don Cleofás—, y le he visto en la Corte, y es tan generoso y entendido como gran señor.

Con esta plática llegaron a la Cabeza del Rey don Pedro, cuya calle se llama el Candilejo[436], y atravesando por cal[437] de Abades, la Borciguinería[438] y el Atambor[439], llegaron a las calles[440] del Agua[441], donde tomaron posada, que son las más recatadas de Sevilla.

En este tiempo, a nuestro Astrólogo o Mágico se lo había llevado de una aplopejía[442] el demoñuelo zurdo que sustituía al Cojuelo, y bajó a pedir justicia a Lucifer en el güeso del alma, sin las mondaduras del cuerpo, del quebrantamiento de su redoma; y doña Tomasa, no olvidando los desaires de don Cleofás, trataba con otra requisitoria de venir a Sevilla, con un galán nuevo que tenía, soldado de los galeones, para tomar venganza casándose con el licenciado Vireno de Madrid la Olimpia de mala mano[443], sabiendo que se había escapado allá. Don Cleofás y su camarada no salían de su posada, por desmentir las espías de Cienllamas y de Chispa y Redina, y subiéndose a un terrado una tarde, de los que tienen todas las casas de Sevilla, a tomar el fresco y a ver desde lo alto más particularmente los edificios de aquella populosa ciudad, estómago de España y del mundo, que reparte a todas las provincias dél la sustancia de lo que traga a las Indias en plata y oro (que es avestruz de la Europa, pues digiere más generosos metales)[444], espantándose don Cleofás de aquel numeroso ejército de edificios, tan epilogado, que si se derramara, no cupiera en toda la Andalucía, le dijo a su compañero:

—Enséñame desde aquí algunos particulares, si se descubren a la vista.

El Cojuelo le dijo:

—Ya por aquella torre que descubrimos desde tan lejos discurrirás que esa bellísima fábrica que está arrimada a ella es la Iglesia Mayor y mayor templo de cuantos fabricó la antigüedad ni el siglo de agora reconoce. No quiero decirte por menudo sus grandezas; basta afirmarte que su cirio pascual pesa ochenta y cuatro arrobas de cera[445], y el candelero de tinieblas, de grandeza notable, es de bronce, y de tanta ostentación y artificio, que si fuera de oro no hubiera costado tanto[446]. Su custodia es otra torre de plata, de la misma fábrica y modelo[447]; su trascoro no perdonó piedra esquisita y preciosa a los minerales; su monumento es un templo portátil de Salomón[448].

Pero salgámonos della; que aun con las relaciones ni los pensamientos no podemos los demonios pasealla, y vuelve los ojos a aquel edificio que se llama la Lonja[449], cortada del pernil de San Lorenzo el Real, diseño de don Felipe II, y a mano derecha della está el Alcázar, posada real y antigua de los reyes de Castilla, fértil albergue de la primavera, de quien es ilustrísimo Alcaide el Conde Duque de Sanlúcar la Mayor, gran Adtlante[450] del Hércules de España, cuya prudentísima cabeza es el reloj del gobierno de su monarquía; que a no estar labrado el Buen Retiro[451], fábrica de inimitable ejemplar por el edificio, los jardines y estanques, tuviera este palacio sevillano la primacía de todas las casas reales del mundo, poniendo en primer lugar el real salón que la majestad del rey don Felipe IV el Grande ha copiado de su divina idea, donde todas las admiraciones vienen cortas, y las mayores grandezas enjaguadas[452]. Más adelante está la Casa de la Contratación, que tantas veces se ve enladrillada de barras de oro y de plata[453]. Luego está la casa del bizarro Conde de Cantillana, gran cortesano, galán y palaciego, airoso caballero de la plaza[454], crédito de sus aplausos y alegría de sus Reyes; que esto confiesan los toros de Tarifa y Jarama cuando cumplen con sus rejones, como con la parroquia[455]. Luego está, junto a la puerta de Jerez, la gran Casa de la Moneda, donde siempre hay montones de oro y de plata[456], como de trigo, y junto a ella, el Aduana, tarasca de todas las mercaderías del mundo, con dos bocas, una a la ciudad y otra al río, donde está la Torre del Oro y el muelle, chupadera de cuanto traen amontonado los galeones en los tuétanos de sus camarotes. A mano derecha está la puente de Triana[457], de madera, sobre trece barcos. Y más abajo, en el margen del celebrado río, las Cuevas, monasterio insigne de la Cartuja de San Bruno, que, con profesar el silencio mudo, vive a la lengua del agua[458].

A estotra parte, sobre la orilla de Guadalquivir[459], está Gelves, donde todos los romances antiguos de moros[460] iban a jugar cañas, y hoy de sus ilustres condes[461] y del gran Duque de Veragua, hijo y retrato de tan gran padre;

que es, para no tener a mundos miedo, Portugal y Colón, Castro y Toledo[462].

—Soltáronsete—dijo don Cleofás—los consonantes, camarada.

—Cuidado fué, y no descuido—respondió el Cojuelo—, porque me deba más que prosa el dueño destas alabanzas.

Y prosiguió diciendo:

—Allí es el Alamillo, donde se pescan los sábalos[463], albures y sollos, y más abajo cae el Algaba, de los esclarecidos marqueses deste título, de Ardales, y condes de Teba, Guzmanes en todo. De esotra parte cae el Castellar, de los Ramírez y Saavedras, y a la vuelta, Villamanrique, de las Zúñigas[464], de la gran casa de Béjar, cuyo último malogrado marqués fué Guzmán dos veces Bueno, sobrino del gran Patriarca de las Indias, capellán y limosnero mayor del Rey, cuya generosa piedad se taracea con su oficio y con su sangre, y hermano del gran Duque de Sidonia[465], cuyo solio es Sanlúcar de Barrameda, corte suya, que está ese río abajo, siendo Narciso del Océano y Generalísimo del Andalucía y de las costas del mar de España, a cuyo bastón y siempre planta vencedora obedece el agua y la tierra, asegurando a su Rey toda su monarquía en aquel promontorio donde asiste[466], para blasón del mundo. Y pues ya llega la noche, y destas alabanzas no puedo salir menos que callando para encarecellas, dejemos para mañana lo demás;—bajándose del terrado a tratar que se aderezase la cena, y a salir un poco por la ciudad a su insigne Alameda, que hizo y adornó con las dos colunas de Hércules el Conde de Barajas[467], asistente de Sevilla, y después, de Castilla dignísimo presidente.

Notes in this chapter

Note 1 · Parecer, significando, más bien que ver, notar o advertir.Note 2 · Grosura, en una acepción no registrada en el léxico de la Academia, es, como dice Covarrubias, «lo interno y estremo de los animales; conuieNote 3 · Dice el señor Bonilla «que se recomendaban como remedios de ella [de la opilación] comer barro....» No sé de dónde pudo sacar tal especie, cNote 4 · Tomar el acero, como dice el Diccionario de autoridades, era «remedio que se da a los que están opilados, que se compone del acero, de diverNote 5 · Llamó Minotauro la mitología clásica al monstruo que nació de la unión de Pasifae, mujer de Minos, con un toro. Según Apolodoro, Higinio y oNote 6 · Chisme, femenino, como en el tranco I, donde quedó nota (23, 4)[88].Note 7 · Baraja, en su acepción de contienda o reyerta; de donde se dijo barajar, «reñir, altercar o contender unos con otros».Note 8 · En la edición príncipe, por mera errata, que copió el señor Bonilla, coredores.Note 9 · Sabidísimo es que este asno no era de oro, aunque se llamara así al libro en que de él se trata, cosa que parece haber olvidado Vélez de GueNote 10 · Velicómen, palabra que intrigó grandemente al señor Bonilla en su primera edición de El Diablo Cojuelo, y que antes que Vélez había usado QuNote 11 · Selvajes, que hoy, menos etimológicamente, decimos salvajes.Note 12 · Correspondientes, dicho por lo que ahora llamamos corresponsales. Castillo Solórzano, La Garduña de Sevilla y anzuelo de las bolsas, cap. IVNote 13 · Entre las diversas marcas con que solía herrarse a los esclavos en los siglos XVI y XVII, era la más frecuente la de una S y un clavo, para Note 14 · Girándula es, como dice Covarrubias, «cierta rueda llena de cohetes, que dando bueltas a la redonda, y girándose, despide de sí rayos de fueNote 15 · Dice cohetes voladores para diferenciarlos de los rastreros, también llamados buscapiés.Note 16 · El mejor brocado era de tres altos, como dije en mis notas al Quijote (V, 186, 20).Note 17 · Esta pintura de la instabilidad de la fortuna trae a la memoria aquella otra muy notable de Lope, en el acto II de Porfiando vence amor: «FANote 18 · Popularizado sobremanera aquel romance sobre la muerte de don Beltrán en Roncesvalles, en que se lee: «Con la mucha polvareda, perdimos a doNote 19 · Refiérese, como nota el señor Bonilla, al título de ciudad concedido a Carmona por Felipe IV en 1630.Note 20 · Juega de la voz sereno, adjetivo en una parte y sustantivo en otra: que nunca le tuvo, es decir, que por ser Carmona de cielo tan sereno, noNote 21 · De la frase de comedimiento no conocer a uno sino para servirle traté en nota del tranco II (38, 14)[133].Note 22 · Aunque hoy, generalmente, llamamos la Giralda a la torre de la Catedral de Sevilla, este nombre no es sino el de la esbelta y por todos estiNote 23 · Los últimos lugares del itinerario de Córdoba a Sevilla, según el citado Reportorio de Juan Villuga son: «a la venta ronquera ij a la venta Note 24 · Senda de plata había llamado Lope de Vega al Guadalquivir (La Esclava de su galán, acto I): «ELENA. Divídese Sevilla, como sabes, por este iNote 25 · Vírgines, a la latina, aún frecuente en el siglo XVII, como imágines, volúmines, etc.Note 26 · Hoy, en Sevilla, y hasta en la misma Alcalá, que tiene por sobrenombre el nombre de este río, no es raro oír llamarle Guadaira, en lugar de Note 27 · ¿De dónde pudo sacar Vélez de Guevara la errada noticia de que el Guadaíra, por medio de los caños de Carmona, surte de agua potable a SevilNote 28 · La blanca valía medio maravedí, y no huelga advertirlo, porque muchas personas cultas, dejándose llevar por lo que suena el nombre, imaginanNote 29 · Alude a la exención del fuero ordinario de cuantos estaban matriculados en la Universidad de Alcalá, como, generalmente, en cualquiera otra Note 30 · El mismo Vélez de Guevara había llamado a Sevilla, en la jorn. I de Más pesa el rey que la sangre: «Este Cairo español, esta Babilonia casteNote 31 · Como escribe Covarrubias, traer la barba sobre el hombro es «viuir recatado y con rezelo, como hazen los que tienen enemigos, que van bolvieNote 32 · Este edificio, que aun hoy subsiste, es la famosa Casa de Pilatos, visitadísima de cuantos curiosos van a Sevilla, por las notables riquezasNote 33 · Esto no era ni es así enteramente: no se nombraba el Candilejo a la calle en que está la cabeza del Rey don Pedro, pues, como dice Pérez y GNote 34 · Cal, por calle, como más adelante (tranco X) cal de Tintores. Y fueron tan para en uno, a las veces, la calle y su nombre, que se escribieroNote 35 · Borciguinería, por asimilación de vocales, en lugar de Borceguinería. Esta fué una de las muchas calles que tomaron su nombre del repartimieNote 36 · El Atambor, como dice don Félix González de León en su Noticia histórica del origen de los nombres de las calles de Sevilla (Sevilla, 1839),Note 37 · Calles, y no calle, porque se refiere a la propiamente llamada del Agua y a la inmediata del Chorro, ambas de la collación de Santa Cruz y pNote 38 · «La calle del Agua—dice el señor Bonilla—distaba mucho de ser recatada, y este vocablo, como advierte el señor Pérez y González (obra citadaNote 39 · Aplopejía, metátesis vulgar de apoplejía.Note 40 · La historia de los amores de Vireno y Olimpia y del consiguiente abandono de ella, está contada por Ludovico Ariosto en los cantos IX y X deNote 41 · Alude nuestro autor a la vulgar creencia de que el avestruz digiere el hierro. A lo propio se refirió Rojas Zorrilla en la jorn. I de El DesNote 42 · A ser esto así, se habría acrecentado su peso en ocho arrobas desde el tiempo en que Morgado escribió su Historia de Sevilla, pues dijo en eNote 43 · De este famoso candelero dice Morgado en su Historia de Sevilla que «es la mayor parte de bronze», y que lo juzgan «por el más curioso y queNote 44 · De esta famosa custodia dice Morgado (pág. 313 de su Historia de Sevilla) que Juan de Arfe tardó seis años en hacerla, y añade: «Tiene de alNote 45 · El antiguo monumento de la Catedral de Sevilla, al cual—dice Morgado (pág. 314)—«con razonable conjetura se le da el nombre de Templo de SalNote 46 · Nuestro autor juega del vocablo, por el doble significado de lonja, y alude a que la de Sevilla, como San Lorenzo del Escorial, fué traza deNote 47 · Así, Adtlante, en la edición príncipe, y aun pudo decir Adlante, sin la t, porque así solía y suele pronunciarlo el vulgo. En otro lugar (trNote 48 · Acerca del Retiro, o Buen Retiro, el curioso puede ver el interesante capítulo que le dedicó Mesonero Romanos en El Antiguo Madrid, tomo II,Note 49 · Muchas ediciones leyeron enjauladas, siguiendo a la de Zaragoza, 1671. En la de Vigo, 1902, el señor Bonilla declaró que «enjaguadas está poNote 50 · De la enormidad de riquezas que solían pasar por la Casa de la Contratación de Indias dije algo en el discurso preliminar de mi edición crítNote 51 · Tratando de la Plaza de la Universidad y Colegio de Maese Rodrigo, dice don Félix González de León en su Noticia artística, histórica y curiNote 52 · Quiere decir que así como es forzoso a las personas cumplir con la parroquia, esto es, confesar y comulgar, a lo menos una vez en el año, asNote 53 · Pedro de Medina, corregido y ampliado por el rondeño Diego Pérez de Mesa, Primera y segunda parte de las grandezas y cosas notables de EspañNote 54 · De la antigua puente de barcas de Sevilla dijo Lope de Vega en el acto I de La Esclava de su galán, refiriéndose al casco de la ciudad y a sNote 55 · Por estar el monasterio de las Cuevas a la lengua del agua, llamaban vulgarmente espantaalbures a la campana con que sus monjes tocaban a maNote 56 · El señor Bonilla, por muy disculpable distracción, leyó del Guadalquivir. De ordinario no se ponía artículo a los nombres de los ríos, como Note 57 · No todos los romances de moros; pero sí algunos, especialmente los de la serie de Gazul, incluída en el Romancero general. Al fol. 4, verbigNote 58 · En la edición príncipe, da sus ilustres condes, evidentemente por errata.Note 59 · Estos dos versos están impresos corridamente, como prosa, en la edición original.Note 60 · Refiérese a la huerta del Alamillo, que estaba próxima a las Cuevas y, como este monasterio, a la orilla derecha del Guadalquivir. Eran famoNote 61 · Así la edición príncipe; pero quizá es errata, por los Zúñigas.Note 62 · De Medina Sidonia, quiere decir.Note 63 · Cuando estos elogios salieron a luz, el duque don Gaspar Alonso de Guzmán el Bueno había dejado de merecerlos de todo en todo, por un hecho Note 64 · A don Francisco Zapata, conde de Barajas, se debió, en efecto, el saneamiento de aquella parte de la ciudad que se llamaba la Laguna, conver
Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings