Note 416 — TRANCO VII
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Entre las diversas marcas con que solía herrarse a los esclavos en los siglos XVI y XVII, era la más frecuente la de una S y un clavo, para indicar esclavo. Gestoso, en su interesante artículo sobre La compraventa de los esclavos en Sevilla, apud Curiosidades antiguas sevillanas (Sevilla, 1910), págs. 83 y siguientes, reseña algunos documentos en que hay referencias a esta marca. Indicaré uno: en el testamento de Pedro García de Quesada (9 de marzo de 1520) se menciona «vn esclabo moro del cabo, de hedad de quinze a diez y seys años herrado en la cara, en vn carrillo con vna S, y en otro vn clavo, que se dize abrahem....» La S y el clavo pasaron pronto a la literatura. Baltasar del Alcázar, pág. 5 de mi edición de sus Poesías (Madrid, 1910):
«Pusome en el alma el clavo, su dulce nombre y la S, porque ninguno pudiese saber de quién soy esclavo.»
Lope de Vega, en la jorn. III de los Trabajos de Jacob:
«RUBÉN. Señor, todos queremos, pues es justo, quedar por tus esclavos: eses imprima y clavos en todos nuestros rostros hierro adusto....»
Y, figuradamente, se dijo echar a uno una ese y un clavo en la acepción de tenerle cautivada con beneficios su voluntad. Así en La Pícara Justina: «Por cierto, señora, en lo que toca al ofrecerme el empréstito, usted me ha echado una ese y un clavo, y una argolla, y un virote, y una cadena, y unos grillos....»