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El Diablo Cojuelo

TRANCO VI

Reading edition

En este tiempo, nuestros caminantes, tragando leguas de aire, como si fueran camaleones[347] de alquiler, habían pasado a Adamuz, del gran Marqués del Carpio, Haro y nobilísimo decendiente de los señores antiguos de Vizcaya, y padre ilustrísimo del mayor Mecenas[348] que los antiguos ingenios y modernos han tenido, y caballero que igualó con sus generosas partes su modestia. Y habiéndose sorbido de los siete vados y las ventas de Alcolea, se pusieron a vista de Córdoba por su fertilísima campiña y por sus celebradas dehesas gamonosas[349], donde nacen y pacen tantos brutos, hijos del Céfiro más que los que fingió la antigüedad en el Tajo portugués[350]; y entrando por el Campo de la Verdad[351] (pocas veces pisado de gente desta calaña) a la Colonia[352] y populosa patria de dos Sénecas y un Lucano, y del padre de la Poesía española, el celebrado Góngora, a tiempo que se celebraban fiestas de toros aquel día, y juego de cañas, acto positivo[353] que más excelentemente ejecutan los caballeros de aquella ciudad, y tomando posada en el mesón de las Rejas[354], que estaba lleno de forasteros que habían concurrido a esta celebridad, se apercibieron para ir a vellas, limpiándose el polvo de las nubes; y llegando a la Corredera[355], que es la plaza donde siempre se hacen estas festividades, se pusieron a ver un juego de esgrima que estaba en medio del concurso de la gente, que en estas ocasiones suele siempre en aquella provincia preceder a las fiestas, a cuya esfera no había llegado la línea recta, ni el ángulo obtuso ni oblicuo[356]; que todavía se platicaba el uñas arriba y el uñas abajo de la destreza primitiva que nuestros primeros padres usaron; y acordándose don Cleofás de lo que dice el ingeniosísimo Quevedo en su Buscón[357], pensó[358] perecer de risa, bien que se debe al insigne don Luis Pacheco de Narváez haber sacado de la obscura tiniebla de la vulgaridad a luz la verdad deste arte, y del caos de tantas opiniones las demonstraciones matemáticas desta verdad.

Había dejado en esta ocasión la espada negra[359] un mozo de Montilla, bravo aporreador, quedando en el puesto otro de los Pedroches, no menos bizarro campeón, y arrojándose, entre otros que la fueron a tomar muy apriesa, don Cleofás la levantó primero que todos, admirando la resolución de el forastero, que en el ademán les pareció castellano, y dando a su camarada la capa y la espada, como es costumbre, puso bizarramente las plantas en la palestra. En esto, el Maestro, con el montante[360], barriendo los pies a los mirones, abrió la rueda, dando aplauso[361] a la pendencia vellorí[362], pues se hacía con espadas mulatas; y partiendo el andaluz y el estudiante castellano uno para el otro airosamente, corrieron una ida y venida sin tocarse al pelo de la ropa, y a la segunda, don Cleofás, que tenía algunas revelaciones de Carranza, por el cuarto círculo[363] le dió al andaluz con la zapatilla un golpe de pechos, y él, metiendo el brazal, un tajo a don Cleofás en la cabeza, sobre la guarnición de la espada; y convirtiendo don Cleofás el reparo en revés, con un movimiento accidental[364], dió tan grande tamborilada al contrario, que sonó como si la hubiera dado en la tumba[365] de los Castillas. Alborotáronse algunos amigos y conocidos, que había en el corro, y sobre el montante del señor Maestro le entraron tirando algunas estocadillas veniales al tal don Cleofás, que con la zapatilla, como con agua bendita, se las quitó, y apelando a su espada y capa, y el Cojuelo a sus muletas, hicieron tanta riza[366] en el montón agavillado, que fué menester echalles un toro para ponellos en paz: tan valiente montante de Sierramorena, que a dos o tres mandobles puso la plaza más despejada que pudieran la guarda tudesca y española, a costa de algunas bragas que hicieron por detrás cíclopes a sus dueños[367], encaramándose a un tablado don Cleofás y su camarada, muy falsos[368], a ver la fiesta, haciéndose aire con los sombreros, como si tal no hubiera pasado por ellos; y acechándolos unos alguaciles, porque en estas ocasiones siempre quiebra la soga por lo más forastero[369], habiendo dejarretado el toro, llegaron desde la plaza a caballo, diciéndoles:

—Señor Licenciado y señor Cojo, bajen acá, que los llama el señor Corregidor.

Y haciendo don Cleofás y su compañero orejas de mercader, comenzaron los ministros o vaqueros de la justicia a quererlo intentar con las varas, y agarrándose cada uno de la suya, a vara por barba[370], dijeron a los tales ministros, quitándoselas de las manos de cuajo:

—Sígan[n]os vuesas mercedes si se atreven a alcanzarnos.

Y levantándose por el aire, parecieron cohetes voladores, y los dichos alguaciles, capados de varas, pedían a los gorriones «¡Favor a la justicia!»[371], quedándose suspensos y atribuyendo la agilidad de los nuevos volatines a sueño, haciendo tan alta punta[372] los dos halcones, salvando a Guadalcázar, del ilustre Marqués de este título, del claro apellido de los Córdovas, que dieron sobre el rollo de Écija, diciéndole el Cojuelo a don Cleofás:

—Mira qué gentil árbol berroqueño, que suele llevar hombres, como otros fruta.

—¿Qué coluna tan grande es ésta?—le preguntó don Cleofás.

—El celebrado rollo[373] del mundo—le respondió el Cojuelo.

—Luego ¿esta ciudad es Écija?—le repitió don Cleofás.

—Ésta es Écija, la más fértil población de Andalucía—dijo el Diablillo—, que tiene aquel sol[374] por armas a la entrada de esa hermosa puente, cuyos ojos rasgados lloran a Genil, caudaloso río que tiene su solar en Sierra Nevada, y después, haciendo con el Darro maridaje de cristal, viene a calzar de plata estos hermosos edificios y tanto pueblo de abril y mayo[375]. De aquí fué Garci Sánchez de Badajoz[376], aquel insigne poeta castellano; y en esta ciudad solamente se coge el algodón[377], semilla que en toda España no nace, además de otros veinte y cuatro frutos, sin sembrallos, de que se vale para vender la gente necesitada; su comarca también es fertilísima[378]. Montilla cae aquí a mano izquierda, habitación de los heroicos marqueses de Priego, Córdovas y Aguilares, de cuya gran casa salió, para honra de España, el que mereció llamarse Gran Capitán por antonomasia, y hoy a su Marqués ilustrísimo se le ha acrecentado la casa de Feria, por morir sin hijos aquel gran portento de Italia, que malogró la Fortuna, de envidia; cuyo gran sucesor, siendo mudo, ocupa a grandezas en silencio elocuente las lenguas de la Fama. Más abajo está Lucena, del Alcaide de los Donceles, Duque de Cardona, en cuyo océano de blasones se anegó la gran casa de Lerma. Luego, Cabra, celebrada por su sima[379], tan profunda como la antigüedad de sus dueños, pregona con las lenguas de sus almenas, que es del ínclito Duque de Sesa y Soma, y que la vive hoy su entendido y bizarro heredero. Luego Osuna se ofrece a la demarcación destos ilustres edificios, blasonando con tantos maestres Girones la altivez de sus duques; y veinte y dos leguas de aquí cae la hermosísima Granada, paraíso de Mahoma, que no en vano la defendieron tanto sus valientes africanos españoles, de cuya Alhambra y Alcazaba es alcaide el nobilísimo Marqués de Mondéjar, padre del generoso conde de Tendilla, Mendozas del Ave María y credo de los caballeros. No nos olvidemos, de camino, de Guadix, ciudad antigua y celebrada por sus melones[380], y mucho más por el divino ingenio del doctor Mira de Mescua[381], hijo suyo y arcediano.

Cuando iba el Cojuelo refiriendo esto, llegaron a la Plaza Mayor de Ecija, que es la más insigne del Andalucía, y junto a una fuente que tiene en medio del jaspe, con cuatro ninfas gigantas de alabastro derramando lanzas de cristal[382], estaban unos ciegos sobre un banco, de pies, y mucha gente de capa parda de auditorio, cantando la relación muy verdadera que trataba de cómo una maldita dueña se había hecho preñada del diablo, y que por permisión de Dios había parido una manada de lechones, con un romance de don Alvaro de Luna y una letrilla contra los demonios, que decía:

«Lucifer tiene muermo, Satanás, sarna, y el Diablo Cojuelo tiene almorranas. Almorranas y muermo, sarna y ladillas, su mujer se las quita con tenacillas.»[383]

El Cojuelo le dijo a don Cleofás:

—¿Qué te parece los testimonios que nos levantan estos ciegos y las sátiras que nos hacen? Ninguna raza de gente se nos atreve a nosotros si no son éstos, que tienen más ánimo que los mayores ingenios; pero esta vez me lo han de pagar, castigándose ellos mismos por sus propias manos, y daré, de camino, venganza a las dueñas, porque no hay en el mundo quien no las quiera mal, y nosotros las tenemos grandes obligaciones, porque nos ayudan a nuestros embustes; que son demonias hembras[384].

Y sobre la entonación de las coplas metió el Cojuelo tanta cizaña entre los ciegos, que, arrempujándose primero, y cayendo dellos en el pilón de la fuente, y esotros en el suelo, volviéndose a juntar, se mataron a palos, dando barato[385], de camino, a los oyentes, que les respondieron con algunos puñetes y coces. Y como llegaron a Écija con las varas de los alguaciles de Córdoba, pensando que traían alguna gran comisión de la Corte, llegó la justicia de la ciudad a hacelles fiesta y a lisonjeallos con ofrecerles sus posadas, y ellos, valiéndose de la ocasión, admitieron las ofertas, con que fueron regalados como cuerpos de rey; y preguntándoles qué era el negocio que traían para Écija, el Cojuelo les respondió que era contra los médicos y boticarios, y visita general de beatas; y que a los médicos se les venía a vedar que después de matar un enfermo, no les valiese[386] la mula por sagrado; y que, cuando no se saliese con esto, por lo menos, a los boticarios que errasen las purgas, que no pudiesen ser castigados si se retrujesen[387] en los cimenterios de las mulas de los médicos, que son las ancas[388]; y que a las beatas se les venía a quitar el tomar tabaco, beber chocolate y comer jigote.

Parecióle al Alguacil Mayor, que no era lerdo y tenía su punta de hacer jácaras y entremeses, que hacían burla dellos, y quiso agarrallos para dar con ellos en la trena, y después sacudilles el polvo y batanalles el cordobán, por embelecadores, embusteros y alguaciles chanflones[389]; y levantando el Cojuelo una polvareda de piedra azufre y asiendo a don Cleofás por la mano, se desaparecieron, entre la cólera y resolución[390] de los ministros ecijanos, dejándolos tosiendo y estornudando, dándose de cabezadas unos a otros sin entenderse, haciendo los neblíes de la más obscura Noruega[391] puntas a diferentes partes; y dejando a la derecha a Palma, donde se junta Genil con Guadalquivir[392] por el vicario de las aguas, villa antigua de los Bocanegras y Portocarreros, y de quien fué dueño aquel gran cortesano y valiente caballero don Luis Portocarrero, cuyo corazón excedió muchas varas a su estatura, y luego a la Monclova, bosque deliciosísimo y monte de Clovio, valeroso capitán romano, y posesión hoy de otro Portocarrero y Enríquez, no menos gran caballero que el pasado, y a la hermosa villa de Fuentes, de quien fué marqués el bizarro y no vencido don Juan Claros de Guzmán el Bueno, que, después de muchos servicios a su rey, murió en Flandes con lástima de todos y envidia de más, hijo de la gran casa de Medina-Sidonia, donde todos sus Guzmanes son Buenos por apellido, por sangre y por sus personas esclarecidas, sin tocar al pelo de la ropa a Marchena, habitación noble de los duques de Arcos, marqueses que fueron de Cádiz, de quien hoy es meritísimo señor el excelentísimo duque don Rodrigo Ponce de León, en quien se cifran todas las proezas y grandezas heroicas de sus antepasados, columbrando desde más lejos a Villanueva del Río, de los marqueses de Villanueva, Enríquez y Riberas, y hoy de don Antonio Álvarez de Toledo y Beamonte, marqués suyo y duque de Güesca, heredero ilustre del gran Duque de Alba, Condestable de Navarra, llegaron de un vuelo los dos pajarotes de camarada[393], no siendo ésta la mayor pareja que habían corrido, al pie de la cuesta de Carmona, en su dilatada, fértil y celebrada vega, donde les anocheció, diciéndole don Cleofás al amigo:

—Camarada, descansemos un poco, que es mucho pajarear éste, y nos metemos a lechuzas silvestres; que la serenidad de la noche y el verano brindan a pasalla en el campo.

—Soy de ese parecer—dijo el Cojuelo—: tendamos la raspa[394] en este pradillo junto a este arroyo, espejo donde se están tocando las estrellas, porque aguardan a la madrugada visita del sol, Gran Turco de todas esas señoras.

Y don Cleofás, poniendo el ferreruelo[395] por cabecera y la espada sobre el estómago, acomodó el individuo, y estando boca arriba, paseando con los ojos la bóveda celestial, cuya fábrica portentosa al más ciego gentil obliga a rastrear que la mano de su artífice es de Dios, y de gran Dios, le dijo al camarada:

—¿No me dirás, pues has vivido en aquellos barrios, si esas estrellas son tan grandes como esos astrólogos dicen cuando hablan de su magnitud, y en qué cielo están, y cuantos cielos hay, para que no nos den papillas[396] cada día con tantas y tan diversas opiniones, haciéndonos bobos a los demás con líneas y coluros imaginados, y si es verdad que los planetas tienen epiciclos, y el movimiento de cada cielo, desde el primer móvil al remiso y al trepidante, y dónde están los signos de estos luceros escribanos, porque yo desengañe al mundo y no nos vendan imaginaciones por verdades?

El Cojuelo le respondió:

—Don Cleofás, nuestra caída fué tan apriesa, que no nos dejó reparar en nada; y a fee que si Lucifer no se hubiera traído tras de sí la tercera parte de las estrellas[397], como repiten tantas veces en los autos del Corpus, aun hubiera más en que haceros más garatusas la Astrología. Esto todo sea con perdón del antojo del Galileo[398] y el del gran don Juan de Espina[399], cuya célebre casa y peregrina silla son ideas de su raro ingenio; que yo hablo de antojos abajo, como de tejas, y salvo la óbtica[400] destos señores antojadizos que han descubierto al sol un lunar en el lado izquierdo, y en la luna han linceado montes y valles, y han visto a Venus cornuta. Lo que yo sé decir, que el poco tiempo que estuve por allá arriba nunca oí nombrar la Bocina, el Carro, la Espica Vírginis, la Ursa major ni la Ursa minor, las Pléyades ni las Helíades, nombres que los de la Astrología les han dado, y esa que llamaron Vía Láctea, y ahora los vulgares Camino de Santiago, por donde anda tanto el cojo como el sano; que si esto fuera así, yo también, por lo cojo, había de andar por aquel camino[401], siendo hijo de vecino de aquella provincia.

Ya en estas razones últimas se había agradecido al sueño el tal Don Cleofás, dejando al compañero de posta[402] como grulla[403] de la otra vida, cuando un gran estruendo de clarines y cabalgaduras le despertó sobresaltado, recelando que se le llevaba a otra parte más desacomodada el que le había agasajado hasta entonces; pero el Diablillo le sosegó, diciendo:

—No te alborotes, don Cleofás; que, estando conmigo, no tienes que temer nada.

—Pues ¿qué ruido tan grande es éste—le replicó el Estudiante.

—Yo te lo diré—dijo el Cojuelo—, si acabas de despertar y me escuchas con atención.

Notes in this chapter

Note 1 · Sabido es que de los camaleones cree el vulgo que se mantienen del aire.Note 2 · En lo del mayor Mecenas se refiere nuestro autor al Conde Duque de Olivares, hijo, en efecto, de don Diego López de Haro, quinto marqués delNote 3 · Aunque la edición príncipe estampa gamenosas, y así, dicho de esas mismas dehesas, recuerdo haberlo leído en la comedia El amigo hasta la muNote 4 · Esta fábula de la antigüedad había sido creída por hombre de tan buen entendimiento como Ambrosio de Morales, pues dijo en Las Antigvedades Note 5 · Los cordobeses llaman Campo de la Verdad al barrio del Espíritu Santo, unido a lo demás de la población por un antiquísimo puente de diez y Note 6 · Así el texto en la edición príncipe; pero probablemente falta una palabra: a la Colonia Patricia, diría el original, porque éste fué el nombNote 7 · Acerca del significado de acto positivo quedó nota en el tranco III (83, 4)[230].Note 8 · Escribí preguntando por este antiguo mesón a don Enrique Romero de Torres, mi docto y amable paisano (porque él es natural de Córdoba y yo sNote 9 · De la Corredera, sita en el barrio de San Pedro, dijo, entre otras cosas, el citado autor de los Paseos por Córdoba, tomo II, pág. 105: «Su Note 10 · Esta línea y estos ángulos son términos de lo que aún al mediar el siglo XVII se llamaba nuevo arte de la destreza, debido principalmente a Note 11 · Alude Vélez—como dice Bonilla—al diestro retratado por Quevedo en su donosísima Historia de la vida del buscón llamado don Pablos. Quevedo, Note 12 · Este pensar, o creer, siempre usado en pretérito y ante infinitivo y equivalente a imaginar, es popularísimo en Andalucía, donde a menudo seNote 13 · Llamaban espadas negras, porque tiraban a ese color, a las de hierro, sin lustre ni corte, que servían para los ejercicios de esgrima, y a lNote 14 · Dirigía los juegos de esgrima un maestro de destreza, con un montante, o espada grande de dos manos, con el cual, atravesándolo entre los luNote 15 · Aplauso, equivaliendo a solemnidad o pompa, acepción no registrada en el Diccionario.Note 16 · El vellorí o vellorín, era según el Diccionario de autoridades, un «paño entrefino de color pardo ceniciento, u de lana sin teñir». Vélez llNote 17 · Cuarto círculo es un término de la destreza, que yo no he de definir, porque estas y otras voces técnicas que ocurren poco después se encuenNote 18 · Movimiento accidental es otro término de la llamada pomposamente esgrima científica y filosofía de las armas.Note 19 · Dice Covarrubias, en el artículo tvmba de su Tesoro: «Del ilustre linage de los Castillas se cuenta que en el entierro que tienen en Santa CNote 20 · Si nuestros periodistas no hubieran olvidado que en castellano tenemos la palabra riza, que significa «destrozo o estrago que se hace en unaNote 21 · Porque tales desbragados quedaron de suerte, que dejaron ver aquello en que dió el sol al don Bueso del antiguo romance.Note 22 · Sobre la frase muy falsos quedó nota en el tranco V (123, 4)[315].Note 23 · Modifica por donaire el conocidísimo refrán Siempre quiebra la soga por lo más delgado.Note 24 · Por barba, como dice nuestro Diccionario, equivale a «por cabeza, o por persona». Así, como pudieran decir unos soldados cristianos, convidáNote 25 · ¡Favor a la justicia!, porque éste era de ordinario el grito de alguaciles y corchetes, cuando no clamaban «¡Favor al Rey!», de lo cual vinoNote 26 · Coger, dar, hacer o tomar puntas es volar el ave de cetrería de un lado para otro, en diversas direcciones, pero subiendo siempre, en esperaNote 27 · Para Covarrubias, rollo era «la picota o horca hecha de piedra en forma redonda, quasi rótulo». El Diccionario de la Academia lo define: «CoNote 28 · En efecto, son las armas de Ecija un sol radiante, con la leyenda Civitas solis vocabitur una, tomada del Libro de Isaías, XIX, 18.Note 29 · Dice pueblo de abril y mayo por la muchedumbre de flores que pueblan en ese tiempo los prados andaluces.Note 30 · De Garci Sánchez de Badajoz he hallado peregrinas noticias, y pronto las publicaré en el Boletín de la Real Academia Española; de Juan BermuNote 31 · Esta especie de cogerse en Ecija el algodón estaba muy sabida; porque la divulgaron Pedro de Medina y su ampliador Pérez de Mesa en la PrimeNote 32 · El humanista Francisco Cascales, en su Discurso de la ciudad de Cartagena (Valencia, Juan Chrysostomo Garriz, M.D.XCVIII) decía: «El campo, Note 33 · Esta renombrada sima está a cinco kilómetros de la ciudad, en la falda oriental de la sierra. Tiene de profundidad 146 varas castellanas. MeNote 34 · A la celebridad de los melones de Guadix aludía el guadijeño Ginés, en la jorn. III de La Niña de Gómez Arias, de Calderón: «Pues ¿hasme gozNote 35 · Del doctor Mira de Amescua (así firmaba él, y no Mescua) y de su arcedianato di algunas noticias hasta entonces ignoradas en mi libro acercaNote 36 · Esta fuente databa de principios del último tercio del siglo XVI: don Manuel Varela y Escobar (Bosquejo histórico de la ciudad de Ecija, págNote 37 · Quizá son auténticamente de ciego estas seguidillas, y no obra de Vélez de Guevara; a lo menos, muy de ciegos era acabar sus relaciones con Note 38 · En nota del tranco IV (107, 6)[278] vimos cómo Quevedo en Las Zahurdas de Plutón pinta a las dueñas convertidas en ranas, y cierto es que seNote 39 · Dando barato, es decir, repartiendo entre los concurrentes algo de lo que traían entre manos. Algunos baratos de esta clase quedaron en provNote 40 · A vedar que ... no les valiese.... Hoy lo diríamos sin ese no que en lo antiguo acompañaba a los verbos de negación o privación.Note 41 · Aunque se retrujesen, quiere decir. El si suele equivaler a aunque, como noté en diversos lugares del Quijote (II, 216, 10; VIII, 125, 10, eNote 42 · Según advirtió Pérez y González (págs. 56 y 57 de su tan citado libro), el mismo Vélez explicó este pasaje en la jorn. I de El Diablo está eNote 43 · Alguaciles chanflones, como doncella chanflona en el tranco I (18, 5)[76], donde quedó nota.Note 44 · Pérez y González creyó errata resolución: «Debe ser revolución; inquietud, alteración, alboroto».Note 45 · Los buenos neblíes eran de Noruega, tierra donde apenas luce el sol; pero el Cojuelo era neblí de otra Noruega aún más obscura: del infiernoNote 46 · Aquí supone nuestro autor que el Genil y el Guadalquivir se juntan o casan por el vicario de las aguas, como habló del vicario Responso en eNote 47 · Pues en el uso actual camarada sólo significa compañero, y con tal significado ocurre poco después, podría parecer que no hace buen sentido Note 48 · Tender la raspa, o tender raspa, es acostarse para dormir o descansar. Quevedo, en una de sus jácaras: «Llegamos a Babilonia un miércoles poNote 49 · El ferreruelo o herreruelo era una capa sin capilla.Note 50 · Como advierte Covarrubias, dar papilla a uno, o papillas, es «engañarle o tratarle como a niño». «No piense vuesa merced darme papilla», dicNote 51 · Díjolo, verbigracia, el maestro Valdivielso, en el auto de El Hospital de los locos: «LUZBEL. Tres partes había de estrellas encima la impírNote 52 · Del Galileo, antepuesto el artículo al nombre propio, a la manera italiana.Note 53 · Acerca de este hombre extravagante, sus aficiones y su museo, puede verse el libro de don Emilio Cotarelo, intitulado Don Juan de Espina, MaNote 54 · Así, óbtica, en la edición príncipe, tal como el vulgo solía y suele pronunciarlo. «Conocida es—dice don Rufino José Cuervo (Apuntaciones crNote 55 · Para hacer su chiste, Vélez de Guevara, por boca del Cojuelo, confunde el camino de Santiago de Compostela, que es el aludido en el refrán, Note 56 · De posta, equivalente a de centinela. Rey de Artieda, en un soneto de los Discvrsos, epístolas y epigramas de Artemidoro (Zaragoza, Angelo TNote 57 · Pues el Diablillo era cojo, píntalo nuestro autor velando sobre un solo pie, como cuentan de la grulla, que, en efecto, duerme con un pie le
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